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Cosas que nunca se borran

De vez en cuando, casi siempre con los cambios políticos, se sucede el debate sobre la educación. Todos los que tienen un lugar donde opinar se lanzan en barrena, argumentan, discuten, proponen, opinan. La mayoría de estos "opinantes" no conocen la educación por dentro más allá de que ellos mismos fueron educandos o tienen hijos que van al colegio. Esta experiencia indirecta es suficiente para convertirse en dueños de la verdad. La verdadera problemática de la educación, de las escuelas, colegios e institutos, se escapa de la normativa, no tiene que ver con religión sí o no, con ciudadanía sí o no, ni siquiera con el hecho de que se enseñe o aprenda en una lengua o en otra.
La verdadera esencia de la educación, del hecho de educar, del arte de enseñar, como quiera decirse, va mucho más allá y tiene un componente técnico y especializado desconocido para la mayoría. Tiene también una vertiente humana, emocional, que la distingue de otras actividades. Por eso los maestros y los profesores se implican tanto, por eso hablan de sus niños, sus colegios, de una forma tan impulsiva y tan llena de pasión. La educación, al margen de las tecnologías educativas, de las ideologías que la sacuden, de la modernidad o la antigüedad de los métodos, supone el encuentro del individuo con un contexto que lo hará salir de sí mismo, teniendo enfrente, por un lado, al maestro, al profesor, a la persona que decidirá sobre su futuro, lo acompañará o lo frustrará. También, a los saberes, los libros, los conocimientos, el legado cultural que nos han dejado nuestros antepasados. Por supuesto, a los compañeros, los otros alumnos, esos que van a compartir con nosotros los descubrimientos.
Cuando la escuela cumple su función, descubrir está en su día a día, en su ADN. La escuela, educar, por eso no es algo rutinario, establecido, sino que se reinventa cada curso, dependiendo de los profesores, de los niños, de los colegios. He hablado muchas veces, algunas en este blog, de mi maestra de primaria, la señorita María de los Ángeles Maura, a la que llamaba simplemente "la señorita". Ella, una adelantada a su tiempo, grabó de forma indeleble miles de ideas, de conceptos, de momentos, en mi retina. Está mucho más presente que cualquier otra circunstancia que haya podido vivir en la infancia. También os he hablado de mi colegio, de la Academia Maura, laico y privado, cosa que era difícil de lograr, y de la educación libre, abierta, mixta, que pudimos recibir allí. Muchas de las cosas que aprendí las puse en práctica cuando tuve la suerte de hacerlo, siendo maestra, en Conil, en Chiclana, en La Puebla del Río, en Alcalá de Guadaira, en Sevilla... De los alumnos de Chiclana conservo la amistad virtual con Andrea, maravillosa niña. De los de La Puebla del Río ha habido muchos años contactos con otros alumnos, pero de aquí me han quedado más los compañeros, maestros que todavía están en mi entorno, a pesar de tantísimo tiempo. De Sevilla, del Parque Alcosa, son mi última promoción de alumnos antes de dejar de ser maestra y pasar al Instituto. Ellos, con los que estuve cinco años, de cuarto a octavo de EGB (la bendita EGB que ahora añoramos) son el termómetro de mi tarea de enseñar.
Los niños del colegio Averroes, de quien he hablado ya en este blog algunas veces, significan en sí mismos todo el debate de la educación. Eran diversos, tenían intereses distintos, cualidades dispares. Se portaban de forma diferente. Los había de todas clases: aplicados, educados, listos, lentos, ocurrentes, chistosos, amables, sencillos, complicados, tiernos...Aplíquese a todos estos adjetivos su correspondiente femenino, pues eran chicos y chicas. Lo que ellos son ahora tiene mucho que ver con esos cinco años en los que intentamos, ellos y yo, transitar por un camino. De las cosas buenas que aprendieron somos responsables todos. De las cosas que dejaron de aprender también. Pocas veces tienen los maestros la suerte de ver el resultado de su trabajo de forma tan nítida. La mayoría de las promociones se dispersan, se pierden... En muchas ocasiones los grupos no permanecen juntos un número de años suficientes como para consolidar un trabajo. Se mezclan, se dividen. Ahora mismo sería impensable poder seguir la pista a un grupo de alumnos durante cinco años seguidos.
Por eso, esa experiencia, esos años, son irrepetibles. Como la vida es amable y nos da oportunidades, el empecinamiento nostálgico de uno de ellos, José María, ha logrado reunirnos en esa gran plaza virtual que es el Facebook y en el más moderno sistema de comunicación inmediata, el watsap. En ambos medios se ha establecido una forma de relacionarse que tiene sus claves internas y que bucea, de vez en cuando, en aquellos años, que son el referente de todo el grupo. Por supuesto, el incansable José María también ha logrado que haya quedadas, pero éstas no han llegado todavía a conseguir el gran milagro de que nos encontremos todos.
Tengo que decirlo. Aquellos años desarrollamos un proyecto de trabajo que no era improvisado. Estaba planificado perfectamente y se basaba en integrar los saberes de distintas disciplinas, a modo de ámbitos o de áreas. Eso que ahora se ha puesto tan de moda. Algo que nosotros ya experimentamos entonces. Era un proyecto de innovación que tenía como ejes temáticos la música flamenca, la expresión plástica, las ciencias sociales y la lengua. Las condiciones de partida fueron sensiblemente propicias para lograr que el proyecto se consolidara. Sus resultados se expusieron en su tiempo en forma de memoria. Pero la vivencia general, ese balance vital de lo que somos ahora después de aquello no se ha realizado. Quizá podamos, en breve, lograr plasmar en el papel lo que aquello significó. Sumar los recuerdos de todos, coserlos uno a uno, conocer cosas que alguien supo y que otros desconocieron. Entender las circunstancias, los silencios, los fracasos, los logros. Pedagogía, compañerismo, aprendizaje, vida en suma.
En el ágora del Facebook están ahora los desocupados, como símbolo de que enseñar y aprender es posible, de que las leyes de educación hay que hacerlas pensando en los niños y en los maestros, que hablar de educación exige, al menos, alma y conocimiento. Lo que decía mi amadísima Jane Austen, sentido y sensibilidad. Ahora sé que esa promoción de alumnos del colegio Averroes plasmó en sí misma lo mejor de lo que quise transmitir como maestra. Lo que pasa es que, casi siempre, el que más aprende en todo esto no es el alumno, sino el maestro.

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