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Homenaje a Rancapino

Rancapino tiene una inmensa mata de pelo gris y mantiene el aire de siempre. El aire y el compás porque, aunque su voz, siempre difícil, lucha por salir, no hay forma de que se desvíe de su cante de siempre. Veo a Rancapino y me acuerdo de Chiclana, su pueblo y el mío, aunque él es de La Banda y yo de El Lugar (y si no eres de por allí no entenderás qué significado tiene eso). Me acuerdo del Canario, del colegio Santa Ana, de la calle La Vega, de la calle Fierro (en la que nací, al lado de la plaza de España y en la esquina del Cabezo). Me acuerdo del bar Cachito, de La Barrosa, del puente sobre el río Iro, de La Predilecta...

Estos días pasados le han hecho un homenaje en Sevilla, en el Teatro Lope de Vega. No es frecuente homenajear a los secundarios de oro del flamenco, gente con trayectoria y conocimientos pero que no han estado en la primerísima fila, porque, como en todo, hay cuestiones relacionadas con la suerte que no se pueden controlar. En este caso, ese homenaje ha sido cosa de la gente que ahora mismo está en la cima, lo que no deja de ser digno de reseñar, porque uno suele olvidarse de lo de atrás cuando está delante. Miguel Poveda ha sido el aglutinante del acto y a él han acudido artistas nuevos y consagrados.

Presencié el homenaje desde mi fila favorita del Teatro Lope de Vega y en compañía de mi amiga Gema, malagueña y gran aficionada, tanto que incluso sabe bailar muy bien flamenco. El contenido fue heterogéneo pero, aunque duró mucho, no se hizo pesado, porque estuvo equilibrado y diverso. El joven Kiko Peña, que abrió, cantó muy bien y con ganas. Todavía le falta mucho, pero tiene madera para llegar a más. Después, Antonio Reyes, paisano, de Chiclana, que es ahora mismo un artista de enorme proyección, llamado a conseguir grandes metas y si no, al tiempo. Tiene una estupenda voz y muy buena presencia, igual que Kiko. Un aire muy actual pero todo dentro del enorme respeto a la tradición que suele ser usual en los que comienzan.

Por su parte, y a continuación, tuvimos ocasión de escuchar a Árcangel, consagrado ya hace algún tiempo, artista personal, con voz muy suya y con una forma de hacer el cante que le ha hecho ganar muchos adeptos, aunque también críticas de aquellos que la consideran demasiado dulce o sencilla. Ya sabemos que en el flamenco las críticas son siempre hacia el mismo lado.

Arcángel protagonizó con Miguel Poveda uno de los momentos más memorables que recuerdo haber vivido en el flamenco. Cantaron mano a mano, a modo de improvisación, de una manera única y llena de emoción. Una orquesta sinfónica parecía aquello, algo inenarrable que levantó a la gente por primera vez. Después Poveda siguió con su intervención y cantó por Cádiz para chillarle de bien que estuvo. Daba gloria. Se acordó de todo lo que tenía que acordarse y le dio su toque particular. De compás, sobrado. Como gaditana, escuchar cantar por Cádiz con solvencia es lo que más me emociona. Y Poveda sabe hacerlo con categoría y talento.

Juanito Villar, gaditano, tuvo un intervención importante, seria y en su estilo, respetuoso con el legado flamenco y con su propia personalidad. Después, la guitarra de Paco Cepero y sus dos acompañantes, jóvenes guitarristas de su escuela, nos hizo vivir otro momento mágico. Impresionante interpretación que levantó, de nuevo, al público de su asiento.

Después, cómo no, Rancapino hijo, también artista y bueno, estupenda voz, ángel y mucha proyección futura, seguro, si encuentra su propio camino, que debe buscarse como todo artista.
El acto tuvo dos cierres de oro. El primero, como no podía ser de otra forma en el transcurso de un homenaje que se da en vida, porque así se pueden disfrutar las cosas, estuvo a cargo del protagonista, al que todos los artistas habían dedicado sus actuaciones, Rancapino, con su pelo blanco, su magnífico guitarrista que tenía un arte tocando que es difícil de describir y su forma de cantar tan especial, con esa voz agotada que ahora deja más intuir los cantes que nunca. Pero sin salirse del sitio, sin buscar atajos.

El fin de fiesta fue espectacular. Matilde Coral bailó como hacía años, espléndida. La nieta de Rancapino, también bailó, con siete u ocho años y sombrero tejano. Todos en el escenario, más la familia de Rancapino, que ahora lo acompaña en sus recitales, dieron el do de pecho. Bailaron, cantaron, jalearon, tocaron las palmas...Todos por igual, como diría un capataz de la Semana Santa.


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