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Intensidad

En las doscientas dos entradas que tiene este blog todavía no he hablado de un escritor y de una obra que me acompaña desde hace años. Es un escritor que no conoce mucha gente (el otro día, en una conversación con dos compañeros a quiénes tengo por personas formadas y cultas, me di cuenta de ello). Creo que es un escritor es poco y mal conocido, además de mal interpretado. Porque algunas de sus obras han sido trasladadas al cine con una lectura errónea, superficial y en busca de la comercialización más banal. El autor, uno de mis autores, se llama David Herbert Lawrence, para el mundo de las letras D.H. Lawrence.

Nacido en 1885 en pleno proceso de industrialización del Reino Unido, su país de origen, la obra de Lawrence persigue la perfección técnica, en un lenguaje plagado de poesía, de simbolismo y de belleza formal. Es verdad que las traducciones, incluso las que son muy buenas (como las de Alianza Editorial) nunca te dan el verdadero pulso de las palabras (y es en estos momentos cuando lamento profundamente no saber inglés), pero, aún así, leerlo es un verdadero ejercicio de imaginación bien dirigida, un placer, un paraíso al que uno puede acceder sin más requisito que abrir el libro.

En su literatura dibuja a un hombre que se enfrenta al vacío que genera el fracaso de la civilización, tal y como lo sentían los espectadores del desarrollo industrial. Por eso en él luchan siempre la espontaneidad y la norma; el amor y la obligación; el sentimiento y la razón; el pensamiento y la acción... Es un hombre que quiere conservar la pureza de lo natural, tan diferente al automatismo de la máquina. Por eso, en sus páginas se recrean las contradicciones entre la vida de los burgueses enriquecidos por las nuevas industrias, en sus blancas mansiones de las colinas, y la negrura de los mineros, de la gente que está condenada a estar siempre lejos de la luz del sol.

Creo que he leído todas sus obras, desde sus novelas largas (Hijos y amantes, La serpiente emplumada, En el erial, Mujeres enamoradas, El amante de Lady Chatterley...), hasta las cortas (como El oficial prusiano) y, como suelo hacer con todos aquellos escritores o artistas que me interesan hasta el final, también he leído su Correspondencia y una biografía cuyo autor no recuerdo en este momento, aunque el libro está por aquí, cerca de donde escribo.

De toda su escritura, aunque quizá la que más he releído es El amante de Lady Chatterley y la que resulta más potente sea Hijos y amantes, me quedo ahora con Mujeres enamoradas y me atrevo a recomendaros que la busquéis en cualquiera de sus ediciones (la mía es de Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, y la compré, según aparece en la anotación de la primera página, el sábado 19 de julio de 1980 en San Fernando). Está bastante usada, he tenido que pegar las hojas varias veces y dentro me acabo de encontrar, al abrirla después de algún tiempo, unas papeletas de la lotería de Navidad de la Escuela de Maniobras de El Ferrol del Caudillo (para que veáis los años que tienen las papeletas).

He abierto el libro por una página cualquiera y aquí os escribo lo que aparece: "Todas las cosas de este mundo tienen su función y son buenas o no lo son en la medida en que cumplan con esa función de una manera más o menos perfecta. Si el minero era un buen minero, entonces lo tenía todo. ¿Era el gerente un buen gerente? Con eso bastaba. El mismo Gerald, que tenía la responsabilidad de toda esa industria, ¿era un buen director? Si lo era, había cumplido con el cometido de su vida. Lo demás era puro pasatiempo"

¿Será entonces aquí donde he aprendido que es mucho más importante cómo hace uno las cosas, bien, mal, con dedicación o con desgana, y no las cosas en sí? Ahora lo pienso... Y quizá venga también de su lectura ese encuentro permanente con el mundo de las emociones. Hablando de emociones: esta mañana, los niños del tercero de ESO a los que doy clase, no querían moverse del asiento mientras veían una película que les intentaba hablar de la compasión, de los buenos sentimientos y de la piedad hacia los otros. Llegó el recreo y los niños no querían salir al recreo, ni tomarse el bocadillo, ni nada de nada...Esos niños, de los que a veces pensamos que son imposibles...Ojalá alguno de ellos lea a D. H. Lawrence alguna vez y reconozca esa emoción de esta mañana entre sus páginas...

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