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El triunfo del color


Un sábado del mes de abril estuve en San Hermenegildo viendo la exposición  “El triunfo del color”. La sala tiene unos techos muy altos en forma de bóveda y está dividida en altísimos paneles azules, de un azul intenso, el azul del que hablaba Michaux en sus libros, el azul de la Costa Azul, que da título a la exposición. Por los espacios que delimitan los  paneles circula la gente en medio de un rito compartido, se detiene y observa, se para y comenta, se pone las gafas para mirar de cerca, se las quita para observar de lejos, se detiene, se aleja…


 Primero hay que pararse en Modigliani, un retrato de aquellos que hizo a Jeanne Hebuterne, con los ojos almendrados y torcidos, una boca pequeña, roja y sorprendida, unos inacabados fondos violeta. El rato que se pasa ante el retrato de Modigliani no puede calcularse, es una duración sin tiempo, infinita, hasta que los otros visitantes te insinúan que ya está bien, que todos tenemos el mismo derecho a mirar… Luego están las casas rojas de la Provenza, con techos rojos y puertas rojas, con suelos oblicuos y de formas extravagantes. Rojo, rojo y haces amarillos que se convierten en llamas… Junto a las casas hay unas figuritas pequeñas, estáticas a veces y, otras, andando o en raros movimientos…Algunas casas aparecen vistas desde arriba, alineados los tejados como si estuvieran expuestos al fuego, ardiendo bajo el sol del verano, un sol rojo, intensísimo, que desvía los ojos y la mirada hacia el suelo, de piedra, gris y verdoso, fresco y antiguo…

Andando nos podemos detener en las imposibles peras de Vlaminck, de un color aguado y mortecino pero que parecen tan vivas, tan reales, que resulta ilógico que el cuadro se titule, precisamente, “naturaleza muerta”. Junto a las peras hay un jarrón con anémonas y mimosas que recuerda a los cuadros de flores de Redon, flores entrelazadas, perdidos los tallos los unos en los otros, colocadas con descuido en unos jarrones chinos en los que sobresalen unas pequeñas imágenes de danzantes.


Todos los cuadros tienen ese aire común a la ruta entre París y la Provenza, después de pasar por las tierras llanas de La Camarga, donde viven caballos salvajes todavía y en las que se ven pequeños arroyos cruzados por puentes de madera rodeando los pueblos. En aquellos lugares estuve casi un año y puedo reconocer su olor y sus sonidos en cualquier parte. Todos estos artistas, perdidos en el tiempo y que parecen formar parte sólo de los libros que hemos estudiado, son, por el contrario, para mí, algo muy cercano, son gente de la familia, gente de la que conozco ya tantas cosas, a los que he seguido desde hace tanto tiempo…

 El fondo musical de la exposición, una desgarrada canción en francés que seguramente habla de desamor, es el mismo que hay en muchos cafetines de Marsella y en los restaurantes cercanos a la Universidad de Montpelier, en la que aquel chico mexicano, de Aguascalientes, a quien le gustaba tanto la tortilla de patatas y cuyo nombre de telenovela no recuerdo, estudiaba Enología lejos de su hacienda, de su papá y de sus hermanitos. Esa música es la única música que podíamos escuchar aquí, salvo quizá, cualquier cosa de Aute, “Un ramo de viento”, sobre todo.

He encontrado, además, las conocidas figuras de los vendimiadores, las suaves pendientes que están a ambos lados de las carreteras, rodeadas de árboles enormes que ensombrecen los caminos, con el rumor cercano de los sembrados de viñas y cereales; he visto los muros altos de las casas de campo en los que hay horadadas pequeñas hornacinas de piedra vieja, que no contienen figuras ni santos, sino sugestivos ramos de flores extrañas, las mismas que había en la finca del profesor Fesquet, que era del siglo XVII (la finca, no él) y en la que, en las tardes todavía calurosas del otoño, nos sentábamos en el patio, junto a una mesa verde de madera,  a tomar grandes trozos de helado de vainilla con unos finos canutillos de chocolate, porque el horario francés de las comidas se hace muy extraño y el hambre es un compañero perpetuo. A la finca del profesor Fesquet llegaban vendimiadores en Septiembre procedentes de España, cantando canciones de Manolo Escobar o de Perlita de Huelva desde los camiones en los que se dirigían a los campos. Cuando el grupo de lectores nos encontrábamos allí en las tardes de los sábados, porque la actividad del instituto se paraba, había siempre una sensación de tranquilidad, un aire diletante, propicio a la conversación a media voz, a los largos silencios, un aire que no parece propio que se repita en ningún otro sitio. El sol caía a plomo en los alrededores de la casa de piedra y todavía conservo una foto en la que estoy de pie, con un lazo en la cabeza, hecho con un pañuelo blanco con hilos dorados, mientras que el rayo de sol dibuja figuras en los pies del profesor Fesquet, que está allí, enjuto, serio y ceremonioso, con unas extrañas gafas de montura dorada, señalando algo a lo lejos.

 En un lugar privilegiado de la exposición están las marinas, cuadros de grandes marcos dorados en los que aparecen ya las  olas grises y azules de las playas del sur de Francia, los  paisajes elegantes y refinados de Jean-les-Pins, el lugar que vio el encuentro de Picasso con otros genios y también los veranos imaginarios de Hércules Poirot en las novelas de Agatha Christie. Siempre que Poirot vuelve en avión de la Costa Azul, se sucede un crimen. También es el lugar en el que Joan Fontaine, la muchacha sin nombre, conquistó el corazón de Olivier antes de volver a Manderley, donde esperaba la sombra de Rebeca.  La Costa Azul es el colmo de la elegancia y uno se imagina que Sarah Bernarht subirá a uno de esos coches hiperrealistas y cruzará las carreteras empinadas, paralelas a la costa, con un largo foulard de seda alrededor del cuello, un foulard peligroso que asemejará su destino al de la princesa Grace, años después.

 En uno de los lados de la entrada, aparece un cuadro de Manet, un majestuoso retrato de una mujer alta, esbelta, en tonos verdes y azules, sin rostro, con un vestido hecho a base de trozos, de manchas, de rayas,… Manet en estado puro. La mujer no nos mira, no tiene ojos ni expresión, sólo el aspecto elegante de quien ha sobrevivido al tiempo. Esa mujer está sola, no se dirige a nadie ni a lugar alguno, pero no parece importarle y no repara siquiera en el cúmulo de visitantes que se detiene frente a ella…

He tardado no sé cuánto tiempo en recorrer toda la sala, dividida de forma inteligente en pequeños cubículos separados por los altos paneles azules, siempre el azul, y me ha parecido encontrarme de nuevo en el sur de Francia, en aquellos años ya lejanos, comiendo los trozos de Quiche Lorraine que vendían por las calles en los puestos callejeros, o recorriendo en coche las carreteras llenas de árboles que conducían a la casa de mis amigos Pedro y Marie, con las mismas ventanas rojas y la chimenea azul oscuro de las pinturas de Utrillo. En el pequeño jardín de la casa comíamos, entre risas, las pequeñas bolitas de arroz oscuro que Pedro había aprendido a cocinar en Marruecos y los frijoles con tortitas que vio guisar a su madre, en México.


En un expositor acristalado hay unos pequeños cuadros de Renoir y de Pissarro. A mi lado una pareja comenta que esos son los más valiosos, y, por ello, están colocados tras un cristal de seguridad. Pero se equivocan: lo mejor de todo es ese Modigliani en el que la mujer nos mira con el rostro torcido, con un raído vestido negro coronado por un cuello pequeño y blanco; lo mejor son las peras oscuras y cansadas de Vlaminck; o las casas de rojos tejados; o la calle empinada que me recuerda a Uzés o a Arlès; o ese esplendoroso ramo de mimosas y anémonas, anémonas que no flotan en el estanque como en los cuadros prerrafaelistas, sino que se sumergen en el agua de un pequeño jarrón doméstico; o el fantástico Manet, la extraña mujer sin rostro que es también el cartel de la exposición.

Cuesta mucho salir de allí, porque el hechizo va a romperse en cuanto se traspase la puerta de entrada y no podrá reconstruirse luego, al repasar en casa las imágenes del catálogo, tan bien resuelto y escrito pero con esa frialdad de la imagen impresa, infinitamente más cuidada que la obra real, pero mucho más distante, mucho más perfecta, menos emocionante. Tampoco en el catálogo está todo: falta la música en francés, “danse tante que tu peut danser”,  el fondo de los altos paneles azules bajo las inmensas bóvedas decoradas, el rítmico movimiento de los visitantes, recorriendo cada uno de los rincones, encontrándose cada vez,  pero, sobre todo, faltan los cuadros, con colores menos vivos que los del catálogo, pero más reales y cercanos, tanto que, en la exposición, estuve a punto de tocar el Modigliani con las manos y me tuve que contener para no hacerlo.

 (25 de abril de 2004. Escritos propios. Catalina León Benítez) 

Comentarios

El Fauno y Basajaun ha dicho que…
Es el blog mas fenomenal que he visto. Me ha gustado muchísimo. Gracias.
Caty León ha dicho que…
Gracias, me alegra leer eso.

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