domingo, 29 de septiembre de 2019

"El embalse 13" de Jon McGregor


Las historias de desapariciones son esas en las que los protagonistas son los policías que investigan, los malvados que secuestran o las familias que se deshacen en la búsqueda. En el caso de "El embalse 13" los verdaderos protagonistas son la gente y la vida. La vida que transcurre y la gente que existe. Por eso el verdadero secreto del libro está en la forma de narrar. Ninguna otra estrategia hubiera convenido para el caso y ahí está la elección del autor y el acierto. Jon McGregor (Bermudas, 1976) narra una historia que está llena de historias pero que no se desvía de su curso en ningún momento y que nos mantiene a la espera. Esperamos que el caso se resuelva aunque nada nos indica que eso vaya a producirse. Y mientras, a modo de milagro, pasan "cosas", pasan "todas las cosas" que suelen acontecer en un pueblo o en una ciudad o en cualquier parte. Y esas "cosas" terminan siendo la esencia, el todo, la historia. Una argucia narrativa incontestable. Un logro. Un espectáculo. 

La historia está llena de silencios incómodos y de sombras. Algunas personas son eso, "sombras", como los padres de la niña desaparecida, que se mueven de un lado a otro, ajenos, extraños, extranjeros, hasta cierto punto molestos. El resto continúa su devenir y solo alguien muy concreto lleva el control exacto de los acontecimientos, solo alguien puede contar lo que ha ocurrido, si es que alguna vez lo hace. Pero, mientras tanto, o sobre todo, la vida continúa, a modo de vertiginoso tiovivo, sin puntos y aparte, sin guiones, ni conversaciones explícitas. No hay respiro. Los habitantes del lugar en el que la niña ha desaparecido guardan una distancia mínima con el acontecimiento y se zambullen en su propio guión inseparable de sus vidas. Desgracias, dichas, encuentros, preguntas, operaciones quirúrgicas, amores falsos y verdaderos, hambre, sed, miedo y alegría, todo envuelto en el celofán de las palabras, una tras otra, imparables. No se paran nunca, el relato no se calla, no se detiene, en un continuo y asfixiante ejercicio de acumulación, como la noria de la feria que continuara danzando a pesar de que uno de sus usuarios se hubiera estrellado contra el suelo. 

Los acontecimientos se sentencian con una sola frase. Ejemplo: "Martin y Ruth se separaron, lo cual le sorprendió a él más que a muchos otros". Punto. Sobre la niña se vuelve una y otra vez pero no parece que haya compasión, ni recuerdo, ni desasosiego, simplemente es un hecho que está ahí, que es el telón de fondo de las vidas. La niña se llamaba Rebecca, pero hay quien ni siquiera está seguro de eso. Las estaciones se suceden, el ciclo de los animales y las plantas se renueva, los oficios siguen su lento y académico rito, las familias se unen y desunen, la naturaleza es benévola o dramáticamente funesta según los casos, y mientras tanto, la niña desaparecida sigue siendo un caso de desaparición que la policía investiga suavemente. 

Jon McGregor, al que nunca hasta ahora había leído, ha escrito una obra llena de incertidumbre, desasosiego y fuerza narrativa. Un espléndido mosaico situado en el lugar más inestable y con menos posibilidades de arraigar. Ha colocado un acontecimiento dramático al inicio y ha hecho que la vida lo rodee, lo circunde, lo abrace. El lector no tiene más que seguir las migas de pan que va dejando en las páginas del libro y esperar que esa misma vida traiga alguna respuesta. Si es que existe. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Recuerda que si escribes un comentario en este blog estás autorizando a que aparezca publicado con los datos que tú mismo aportes. Todo ello según la nueva normativa sobre privacidad.