lunes, 30 de septiembre de 2019

Mis flamencos. José Mercé.


La imagen

Un salón atestado. Primavera incipiente. El patio en derredor huele a dama de noche y a jazmines. Buganvillas trepando por una de las paredes, la que llega a la calle. Un salón noble, con techos de madera, ventanales hermosos, grandes cortinajes, sillones tapizados de rojo sangre. Gente ensimismada, que no pestañea, que oye y escucha, que observa, que absorbe, mucha gente. En torno al salón, pequeños despachos que se han quedado vacíos, pues todos los que allí deberían estar han salido despacio hasta el pasillo que antecede al salón y se han parado, justo en ese sitio, como figuras de cera, inmóviles, atentos, sin respirar siquiera. 

Un hombre elegante, vestido de negro, rubio, de ojos azules, muy alto, sentado en una silla pintada de verde, una silla que podría encontrarse en cualquier patio de vecinos de La Isla, para tomar el fresco o para charlar, o quizá para que una mujer con el pelo recogido y la sonrisa presta, cosa y remiende. Una silla que desentona de aquel ambiente pulcro y burocrático. Junto al hombre de negro, otro más menudo, desliza las manos por una guitarra, rasguea, apunta falsetas, mira intermitentemente al que canta y sonríe. Esa es la complicidad exacta del flamenco, la sonrisa que sirve de lazo entre el que canta y el que toca. La sonrisa que baja del escenario a modo de paloma invisible y cruza las estancias y llega a todos los rostros. Todos sonríen escuchando al hombre que va de negro, por dentro y por fuera, de negro por el luto más riguroso que imaginarse pueda. 

El sonido

Principia el cante por Tangos de Triana, con ese compás que recuerda la esquina de San Jacinto con Alfarería, la calle Pureza o el Altozano. Tangos medidos y acompasados, plenos de un sabor propio que todos reconocen. El viejo arrabal se aparece como en un holograma. Se huele el río. La distancia exacta desde la dársena al Aljarafe, el camino de Coria, el de La Puebla. Después, cómo no, llega la brisa de Cádiz y toda la Caleta sube al improvisado escenario, La Isla y Puertatierra y todos los Puertos. También Chiclana y Rancapino. Camarón, desde luego, en el recuerdo. Y los grandes. El Chaqueta, La Perla, Aurelio, Pericón, mi tío Chano. Por Cantiñas. Aires de la bahía en una voz jerezana. Suena la Malagueña del Mellizo, brutal arquitectura. Y luego el Cante de Alcalá, el del Paula y Antonio. Después, cómo no, recordando a su tierra, la Bulería perfecta de Jerez, el compás de amalgama, las palmas al tiempo, el delirio. Suena casi todo el cante y, al final, transida, garganta firme, manos extendidas, la voz se encamina al Gólgota y desgrana la Seguiriya, hecha desde dentro y hacia fuera, como se hacen los cantes más grandes. Y es entonces, en esa Seguiriya, cuando los ojos se humedecen y las sonrisas cómplices envuelven de nuevo a todos y cada uno de los que allí escuchan el milagro. 


La emoción

Algunos viejos del pueblo, atentos a la llamada de lo hondo, han arribado al salón y se han sentado juntos, en una esquina, sin querer estorbar, un poco cabizbajos, un poco expectantes, fuera de lugar al principio. Esto no es una peña, no es un encuentro en la barra de un bar, ni un reservado, no es un cuartito. Esto es el sueño de un visionario que se ha ido. El flamenco del pasado está en sus rostros y aquí están un algo perdidos, náufragos, como si extrañaran el lugar, igual que extrañas tu almohada cuando cambias de cama. Extrañar, esa palabra única, dulce, que tu madre tantas veces usaba…Te extraño. Os extraño.Tanto. 

Es un salón de plenos de un ayuntamiento y los doscientos asistentes son profesores, gente que quiere aprender el secreto del flamenco y que todavía no tiene en sus manos ni en sus gargantas el justo punto del ole que debe surgir en su tiempo preciso. Eso también se logra con el tiempo. Los viejos, seis o siete, observan todo con la curiosidad del entomólogo, como si estuvieran asistiendo a un rito en el que hay algo que no les cuadra, que no les encaja. Pero la voz y la guitarra han ejercido de manto que todo lo cubre, de suave gasa transparente y amiga, y así, a los pocos minutos, poco se distingue salvo la fuerza de esa voz y esa guitarra. Mediada la Seguiriya, hechos ya los cuerpos a casi todo, uno de los viejos, con los ojos húmedos, eleva su voz sin darse apenas cuenta. Viva Jerez. Viva el cante de ley. Qué grande es esto, Dios mío, qué grande. 

Mercé. José. Con Moraíto. Aire. Tú. 

¿Quién dijo que Emma no tenía corazón?


"Y aquí estoy yo-se dijo-, después de haber hecho que Harriet se enamorase de semejante individuo. No habría pensado nunca en él de no ser por mí y, por supuesto, nunca habría concebido esperanzas si yo no la hubiera convencido de su afecto, porque Harriet es tan modesta y tan humilde como yo pensaba que lo era él. !Ah! !Si me hubiera limitado a convencerla de que no aceptara al joven Martin! En eso sí estuve acertada; hice lo que debía, pero tenía que haberme parado ahí y dejar lo demás al tiempo y a la suerte. Bastaba con permitirle que conociera a personas de la buena sociedad y darle ocasión para llamar la atención de alguien que mereciese la pena; no tenía que haber pretendido más. Ahora, en cambio, perderá la paz durante una temporada. No he sabido ser buena amiga y, aunque este desengaño le afecte menos de lo que temo, no se me ocurre otra persona que pudiera ser un buen partido para Harriet..."

Estas palabras, que recogen el pensamiento de Emma Woodhouse, contradicen su fama de frívola y caprichosa, de muchacha rica sin corazón que utiliza a la gente. Después de comprobar que el señor Elton, el joven y presumido vicario, no tiene ninguna intención seria (ni en broma) de emparentar con su querida y nueva mejor amiga Harriet Smith, ella se da cuenta de que ha hecho daño a su amiga con su actitud insistente de presentarle a Elton como un hombre extraordinario que puede quererla. No es eso todo. La declaración de amor del clérigo la ha puesto sumamente nerviosa y su negativa a aceptarlo está llena de reproches a alguien a quien ve ahora como un oportunista. Es el segundo rechazo sonado de una protagonista a un clérigo en los libros de Austen. El otro es el que experimentó el señor Collins de mano de Elizabeth Bennet. Curiosamente, ambos reaccionaron de forma diferente. Mientras que Elton fue a buscar consuelo a Bath (y lo encontró de parte de una señorita de familia, la estirada Augusta Hawkins), Collins se emparejará, de forma sorpresiva, con una íntima amiga de Elizabeth, nada menos que la tímida, sensata y poco agraciada Charlotte Lucas. En todo caso, los dos presentarán en sociedad un matrimonio para hacerle frente a la negativa y quedar mejor ante los ojos de los otros, algo que era muy importante para todos. En el caso de Emma, nadie más que ellas dos y el propio Elton conocerán la historia, quedando así lejos de la mirada de los demás, lo que garantiza todavía con mayor eficacia la salvaguarda del vicario. 

Pero, en este caso, Harriet Smith es la damnificada y así lo entiende Emma y por ello mismo se considera culpable. Una muestra inequívoca de que no era clasista es ascender a Harriet a la categoría de amiga íntima y tratarla como tal, siendo una muchacha abandonada en un pensionado de la que no se conoce la familia. Pero no es oro todo lo que reluce porque seguramente su insistencia en que se fije en Elton viene dada por la intención de que olvide al señor Martin, el honrado y joven granjero que le había declarado su amor previamente. Los líos de Emma. 

Pero la juventud y la alegría natural de una persona como Emma, aunque se vean sometidas momentáneamente a la tristeza durante la noche recobran su fuerza con cada nuevo amanecer...Emma se levantó más dispuesta que por la noche a encontrar consuelo, más segura de que podría encontrar paliativos para los problemas que se avecinaban y de que saldría relativamente airosa de todo aquello. 

La alegría es el elemento natural en el que Emma se mueve. Eso es lo que más admira de ella el señor Knightley a quien, según sus propias palabras, no le gustan las mujeres tristes o cerradas en sí mismas. Además de eso Emma es una muchacha muy segura de sí misma. Eso puede deberse a su posición social, pero también a su crianza, llena de amor y de una capa protectora que la ha cubierto. Esa seguridad la lleva a considerar que va a encontrar solución para todo y quizá por ello se mete en demasiados problemas. Sin embargo, la preocupación que siente por Harriet es genuina y la prueba es que le cuesta contarle lo ocurrido y que, después de esas confidencias, considera que debe escuchar sus lamentos y soportar sus lágrimas. Todas sabemos que los desengaños amorosos, en la juventud, tienen necesidad de ser comentados y sufridos, para lo cual nada mejor que una amiga en la que depositar nuestras confidencias. Pero el ansia de pasar página y de evitar que ese sufrimiento se prolongue inútilmente (Emma es una chica muy práctica) se manifiesta en que, incluso, decide ir de visita a casa de las Bates (algo que odia porque las considera unas "pesadas") con tal de que Harriet se distraiga y olvide esos pesares.

Las escenas que transcurren entre la declaración amorosa de Elton a Emma, en el coche de caballos que los lleva de vuelta después de la cena navideña de los Weston, son memorables y nos ofrecen una cabal estampa de una muchacha dividida entre el remordimiento y el deseo de seguir disfrutando de la vida. Algo tan natural que no debería resultarnos extraño ni reprochable. 

No se trata, por tanto, de alguien que pasa por encima de los demás para entretenerse o satisfacer sus ansias de llenar su vida de aventuras a costa de los otros. Ni de una loca absurda que juega con la gente que la rodea. A veces se la ha considerado una persona sin sentimientos, más dispuesta a satisfacerse ella misma que a respetar a los demás. Sin embargo, quienes así opinan se olvidan del cariño inmenso que siente hacia su padre, por ejemplo, al que no quiere abandonar ni siquiera para vivir su gran aventura de amor. El hecho de que confíe demasiado en su intuición y se equivoque quizá sea solo una muestra clara de que, por desgracia, en cuestiones de amores y de sentimientos las cosas no son aritméticas, ni geométricas, más bien terminan convirtiéndose en esplendorosos fuegos artificiales. 

domingo, 29 de septiembre de 2019

"El embalse 13" de Jon McGregor


Las historias de desapariciones son esas en las que los protagonistas son los policías que investigan, los malvados que secuestran o las familias que se deshacen en la búsqueda. En el caso de "El embalse 13" los verdaderos protagonistas son la gente y la vida. La vida que transcurre y la gente que existe. Por eso el verdadero secreto del libro está en la forma de narrar. Ninguna otra estrategia hubiera convenido para el caso y ahí está la elección del autor y el acierto. Jon McGregor (Bermudas, 1976) narra una historia que está llena de historias pero que no se desvía de su curso en ningún momento y que nos mantiene a la espera. Esperamos que el caso se resuelva aunque nada nos indica que eso vaya a producirse. Y mientras, a modo de milagro, pasan "cosas", pasan "todas las cosas" que suelen acontecer en un pueblo o en una ciudad o en cualquier parte. Y esas "cosas" terminan siendo la esencia, el todo, la historia. Una argucia narrativa incontestable. Un logro. Un espectáculo. 

La historia está llena de silencios incómodos y de sombras. Algunas personas son eso, "sombras", como los padres de la niña desaparecida, que se mueven de un lado a otro, ajenos, extraños, extranjeros, hasta cierto punto molestos. El resto continúa su devenir y solo alguien muy concreto lleva el control exacto de los acontecimientos, solo alguien puede contar lo que ha ocurrido, si es que alguna vez lo hace. Pero, mientras tanto, o sobre todo, la vida continúa, a modo de vertiginoso tiovivo, sin puntos y aparte, sin guiones, ni conversaciones explícitas. No hay respiro. Los habitantes del lugar en el que la niña ha desaparecido guardan una distancia mínima con el acontecimiento y se zambullen en su propio guión inseparable de sus vidas. Desgracias, dichas, encuentros, preguntas, operaciones quirúrgicas, amores falsos y verdaderos, hambre, sed, miedo y alegría, todo envuelto en el celofán de las palabras, una tras otra, imparables. No se paran nunca, el relato no se calla, no se detiene, en un continuo y asfixiante ejercicio de acumulación, como la noria de la feria que continuara danzando a pesar de que uno de sus usuarios se hubiera estrellado contra el suelo. 

Los acontecimientos se sentencian con una sola frase. Ejemplo: "Martin y Ruth se separaron, lo cual le sorprendió a él más que a muchos otros". Punto. Sobre la niña se vuelve una y otra vez pero no parece que haya compasión, ni recuerdo, ni desasosiego, simplemente es un hecho que está ahí, que es el telón de fondo de las vidas. La niña se llamaba Rebecca, pero hay quien ni siquiera está seguro de eso. Las estaciones se suceden, el ciclo de los animales y las plantas se renueva, los oficios siguen su lento y académico rito, las familias se unen y desunen, la naturaleza es benévola o dramáticamente funesta según los casos, y mientras tanto, la niña desaparecida sigue siendo un caso de desaparición que la policía investiga suavemente. 

Jon McGregor, al que nunca hasta ahora había leído, ha escrito una obra llena de incertidumbre, desasosiego y fuerza narrativa. Un espléndido mosaico situado en el lugar más inestable y con menos posibilidades de arraigar. Ha colocado un acontecimiento dramático al inicio y ha hecho que la vida lo rodee, lo circunde, lo abrace. El lector no tiene más que seguir las migas de pan que va dejando en las páginas del libro y esperar que esa misma vida traiga alguna respuesta. Si es que existe. 

jueves, 26 de septiembre de 2019

Mis flamencos. Estrella Morente.


El flamenco es un territorio de libertad. Libertad expresiva y compositiva. Aunque haya todavía quien lo niegue, cerrando los oídos a la evidencia. Y es, también, una música de creación. De autor, para entendernos. En sus más de doscientos años de existencia constatada ha tenido que escuchar a menudo que va a terminarse, que está en crisis, que lo puro se ha acabado, que lo nuevo va a terminar con el cuadro. Jeremíadas y lamentos. Ay, qué fue del cante jondo…Ya Lorca y Zuloaga y Falla y Manuel Ángeles Ortiz temían por su desaparición. Tanto, que despreciaron a los profesionales y fueron a buscar la fuente en donde no podía estar. Un milagro, el Niño Caracol, salvó el empeño, que si no…Si esos malos augurios hubieran tenido algo de verdad el arte flamenco habría sucumbido hace tiempo pero, sin embargo, se muestra pleno, renovado y lleno de futuro. A lo largo de su historia, los grandes artistas, los nombres que la jalonan, a modo de testigos de una evolución imparable, entendieron que su capacidad musical es tanta que no puede constreñirse. Entendieron que las estéticas cambiaban, los gustos del público se ampliaban y que el flamenco era siempre la vanguardia, la posibilidad cierta de transformación a partir de su esencia. Legado e innovación van de la mano, en una indisoluble unión. Si esto no lo entiendes es que todavía no has captado su secreto. 


A modo de ejemplo…

Estrella Morente vive el mestizaje en sus raíces familiares, en su vida cotidiana, en la música que hace y con la que vibra. Un aprendizaje musical basado en la libertad de elección y también en el encuentro. Poemas que se hermanan con el cante. Cantes que se unen con otros ritmos, incluso de allende los mares. Recuerdos de la infancia que se escriben con notas del pentagrama. Baile, cante y toque de guitarra. Al aire, el sonido de Nueva Orleáns. Al aire, la ópera. Verónicas, muletazos, quiebros, todas las artes. Estrella Morente es, en sí misma, mestiza. Tiene el corazón partío. Esto es, en realidad, su cualidad esencial. Un crisol. Un filtro a través del cual las luces de colores de todas las músicas del mundo se decantan y dejan un poso, un suave pero intenso eco que se traslada al cante de inmediato, como si el flamenco estuviera presto a recibirlo y lo esperara. Esperanza es el nombre. Aunque se llame Estrella. 


Frondosa melena oscura, ojos grandes, camisas blancas y chalecos, pañuelos al cuello al estilo campero, mantones como las viejas de Granada, perfil atrevido, mirada firme, imagen propia. Mezcla de lo antiguo y lo nuevo. Un polisón de nardos para el cante. Lo antiguo pasado por el tiempo que se vive. Y antecedentes. Abuelos, padres, fuentes de inspiración. Cruce de apellidos y de aficiones. Arte. 

Niño Josele acompasa la guitarra para unirse  a la voz de la cantaora en su último disco, un disco con aires brasileños y voz flamenca, porque nada es imposible, ya lo digo. Disco de afirmación y de compromiso. Estoy aquí, canto así, porque esto es lo que quiero, porque creo en esto. “Amar en paz“ es el título del disco y también el de uno de los temas que contiene. Pero quizá haya que ir más allá y buscar en esa elección de temas y estilos un referente, una explicación al momento vital de la artista. Cerrar capítulos y heridas, abrir puertas, no invadir otros espacios que hagan daño. Creer en el arte como forma de vivir el mundo desde dentro. El flamenco es arte, ya lo decimos, es creación y es amalgama. En este caso, con Brasil nada menos. 


Tiene que ser difícil. Llevar el peso de un apellido de tanto fuste. Heredar el temperamento curioso, la búsqueda. Pero también las críticas. Pero también los cuestionamientos. Tiene que ser difícil y seguramente el secreto está en la convicción. En estar segura de que este es el camino. Aún más. De que no hay otro. De que transitar por esta vereda plagada de encuentros en cada esquina es una forma de honrar las memorias, una forma de abrir baúles cerrados, plagados de sorpresas, de secretos. 

Mi cante, un poema, mujeres, un autorretrato, en la calle del aire, aquí, ahora, amar en paz. Morente. Una estrella. 

lunes, 23 de septiembre de 2019

Mis flamencos. Carmen Linares.



Primer Acto. 

En la Fuente de los Siete Caños de Priego de Córdoba todo está dispuesto. El escenario encara el espacio urbano, alargado y barroco, dejando a ambos lados el trasiego de gente que se mueve por este enclave único de la ciudad. Es verano, es tiempo de fiesta y tiempo, por tanto, de cante. El cante se ha llenado de ecos mairenistas y ahora es el momento en que irrumpe, por qué no decirlo, una voz diferente, con una escuela propia, con un aprendizaje minucioso, con un saber añejo pero renovado. Carmen Linares lleva un vestido rojo y, sobre los hombros, en lugar del mantoncillo de las glorias del pasado, un pañuelo de seda, ese pañuelo, ay, un pañuelo de seda en tonos malva. Y las manos en la cintura, sentada alante, firme. Abrir paso, que hoy tengo que cantar la Taranta de la Gabriela, la del Niño la Isla, Pastora y Escacena. “Corre y dile a mi Grabiela, que voy a las Herrerías, que duerma y no tenga pena…“Tiempo de festivales. Y esos Cantes de Levante casi olvidados, esos cantes que hay que escribir de nuevo porque no los reconoce el oído que está acostumbrado tan solo al compás de la bulería o de la eximia soleá. Cantes con nombres de mujer, olvidadas. El olvido, ese manto que cubre aquello que no conocemos o que despreciamos. Ahí Carmen se parte la camisa. Vamos a sacar del arcón todo el paño, vamos a airearlo, a descubrirlo, vamos a ponerlo a respirar.


Segundo Acto.

Es ya noche cerrada, febrero quizás. Un pueblo de la campiña sevillana, una peña flamenca de las de antes, un sitio pequeño y mal dispuesto, una barra, unas sillas apenas, un diminuto escenario y la televisión pregonando los goles en un partido de máxima rivalidad. ¿Quién puede tener ganas de cante? Carmen va vestida de verde, el color de la hierba. Tiempo de peñas. Atadas a una nomenclatura, a un estilo. En la Baja Andalucía reina Mairena. Todo el cante se escribe con su nombre, perdidos, arrumbados los ecos de Caracol, de Marchena o de Pastora, incluso. Con armoniosa paciencia, sin descomponer el gesto, en una sonrisa cómplice, Carmen engancha a los viejos que remolonean antes de sentarse, porque no la conocen, porque no tienen claro qué es eso que va a cantarles, porque viene de Madrid y quién sabe…Carmen principia y Cortés apura las falsetas, Falla de por medio, y el más viejo del lugar se seca una lágrima, ya rendido, “aquí hay arte“, dice. Y sentencia. Carmen recuerda a Pastora y pone los puntos sobre las íes y se acaban las dudas, porque las dudas duran solamente el tiempo exacto en que la voz se coloca arriba. “Conchita la Peñaranda, la que canta en el café, ha perdido la vergüenza, siendo tan mujer de bien“. Y así. 


Tercer Acto. 

La orquesta permanece dispuesta ya en el foso. El director se ajusta el frac y acaricia la batuta. Faltan apenas unos minutos para que empiece todo. Los grandes cortinajes de color grana están corridos. El público se remueve aún en sus asientos. Expectación. Misterio. Un engranaje único para un encuentro que se produce al fin, porque no podía ser de otro modo. Tiempo de grandes escenarios. El gran maestro de la guitarra, la bailarina internacional, la gran maestra del cante, los músicos, violines, el piano, el viento, la percusión, ya todo está dispuesto. Carmen lleva un vestido negro. El brillo del escote a base de perlas parece repetirse con la luz, como si fuera un traje sideral. Un ramo de locura cruzará el escenario y quedarán escritas para siempre sus notas. No hay vuelta atrás. El amor es brujo y el viento lleva enhebrada una locura de brisa y trino. Los poetas están en Nueva York. “La aurora de Nueva York gime, por las inmensas escaleras, buscando entre las aristas, nardos de angustia dibujada“ Desde las raíces, las alas terminan posándose en un oasis abierto. Consagración de la cantaora. Hecho. 


Y un bis.

Primero, los tablaos. El tiempo justo de aprender que el flamenco es medida, es compás, aire, ritmo. Matrona, Varea y Fosforito como telón de fondo. Al alimón, en el meritoriaje, Camarón, los Habichuela, Morente. “En el Café de Chinitas dijo Paquiro a su hermano, soy más valiente que tú, más torero y más gitano“. Subiendo otro peldaño, buscando en otras fuentes, la poesía. Poesía en el cante. Porque reside en ella la música interior precisa para amarrarse a este arte, que se nutre de otros y que, a la vez, convierte cualquier cosa en la razón artística más pura. Pureza de lo hondo en Hernández, Alberti, Valente, Juan Ramón y Lorca, mucho Lorca, canciones populares, al aire de La Argentinita, pero con voz propia. Conciencia de mujer. El cante de mujer, el preterido, el que apenas llegaba a los oídos de quiénes, mucho tiempo, solamente tuvieron una versión del hecho. Y no es eso. Es menester abrir ventanas y Carmen las abre con largura. Voz especial, trayectoria distinta, sentido único de por dónde han de ir las cosas. Flamenco de mujer. Carmen Linares. 

sábado, 21 de septiembre de 2019

Retrato de madre con libro al fondo


(Fotografía de Frances McLaughlin-Gill)

La madre tenía siempre un libro en la mano y una película en la cabeza. Las dos aficiones, lectura y cine, las llevaba tan dentro que hubiera querido ser Lady Rowena o Scarlet O`Hara. A veces lloraba con los melodramas, pero disimuladamente. Y otras veces, se enzarzaba en una discusión sobre el final de un libro que no le parecía apropiado. Sus libros llevaban su nombre en la primera página, el día en que empezó a leerlo y, al final, un pequeño comentario. Unas pocas frases lograban resumir todos los pensamientos que acudían en tropel cuando leía. Su imaginación era desbordante. Podía inventar vestidos, muñecas e historias para contar en las noches de tormenta. No tenía miedo a nada.

Se sabía de memoria los argumentos de las películas como si ella hubiera sido la guionista. Y conocía a los actores y actrices, a los directores, y también los cotilleos del rodaje: tal o cual enamoramiento, tal o cual rencilla. Los libros le permitían tener un rato de sosiego íntimo en el fragor de la batalla diaria. La casa nunca descansaba pero ella intentaba escaparse por unos minutos a ese lugar en el que los sentimientos florecen sin disimulo. Así pudo suplir la falta de abrazos y los besos perdidos. Era hermosa pero no lo sabía. Era alta y su cabello oscuro parecía brillar con la luna. Los ojos eran como la avellana madura. Pero no lo sabía. Y nadie se lo dijo. Por eso, quizá, vivía en una perpetua búsqueda de un lugar donde sentirse libre y, a la vez, admirada. Un espacio en el que su nombre no tuviera que ocultarse tras ninguna cortina hecha a retazos de minutos perdidos. 

viernes, 20 de septiembre de 2019

"Todo es posible" de Elizabeth Strout

Que Elizabeth Strout es una narradora extraordinaria ya lo había comprobado con Me llamo Lucy Barton. Y, después, con Amy e Isabelle, ambos reseñados en este blog.

Ahora, esa condición de observadora privilegiada y de escritora dotada de recursos, escudriñadora del alma humana y dueña de una mirada compasiva y empática, vuelve a ponerse de manifiesto con este libro de relatos Todo es posible. Relatos que no aparecen desconectados unos de otros sino que se van moviendo en círculos en torno a las mismas personas, a las que se añaden otras circunstanciales. Lucy Barton, la muchacha pobre que vivía en un entorno familiar desfavorecido y que logra salir adelante y convertirse en escritora, ilumina esos relatos a su manera.

Son nueve los relatos que aparecen en el libro: La señal, Molinos de viento, Rota, La teoría del pulgar magullado, Misisipi Mary, Hermana, El hostal de Dotti, Cegados por la nieve y El regalo. 

De ellos, mi apreciación personal elige Molinos de viento como el más intenso, el más lleno del perfume Strout, el que enternece más, el que más llega. Supongo que estas elecciones son profundamente íntimas, cada uno de los lectores tenemos la capacidad de decidir cómo leemos y cómo sentimos cada una de las cosas que lee. Y con Elizabeth Strout hay mucho donde escoger.

En Molinos de viento la protagonista es Patty, una orientadora de secundaria, en la cincuentena, con una madre a punto de caer en la demencia y que ha tenido una vida, digamos, voluptuosa; una hermana que no quiere divorciarse y que ansía vivir con el mayor lujo (sabremos de ella en el cuento siguiente, Rota), un trabajo duro, en el que tiene que lidiar con alumnos problemáticos; un marido que muere al principio de la historia y con el que nunca ha podido tener relaciones sexuales y un amor platónico, Charlie, el hombre tranquilo.

"Hacía unos años, una mañana en la que el sol inundaba su dormitorio, Patty Cicely tenía el televisor encendido y el sol impedía que lo que aparecía en pantalla se viera desde determinados ángulos". Este es el comienzo de Molinos de viento y lo que aparece en pantalla es una entrevista con Lucy Barton (una niña de la infancia de Patty, con una familia basura), que va a publicar otro libro y que vive ahora en Nueva York. Barton es la celebridad del pueblo pero, lejos de admirarla, la gente se pregunta cómo ha podido sobrevivir a la miseria y cómo ha llegado a ser lo que es. Esa superación de las dificultades es lo que Patty ve en ella y lo que, tras leer su autobiografía, le sirve para dar pequeños pasos en su propia vida. Pequeños pasos con su madre, a la que debe perdonar y decir que la quiere; con su hermana; con sus alumnos y con Charlie, ese hombre que nunca compartirá con ella nada más que un rato sentados en los escalones al sol.

Lila Lane, la alumna, que es sobrina de Lucy Barton (y que, por lo tanto, comparte la misma sordidez familiar); Angelina, la amiga; Charlie, el amor imaginado; todos, la misma Patty, son reos de desesperanza. La ilusión no existe para ellos, tampoco el futuro. Dejan que los días pasen en absoluta indiferencia, sin planes y sin deseos. El deseo es una palabra cuyo significado no entienden. Por eso resulta tan doloroso y estimulante ver cómo Lucy Barton, que ha partido de mucho más abajo que ellos, se pasea por las televisiones con sus libros y es capaz de escribir cosas que a ellos les resultan tan necesarias, tan llenas de música para adornar sus propias vidas.

"Lucy Barton había sufrido sus propias ignominias; vaya que si las había sufrido. Y se había levantado y había seguido adelante"

El papel salvador de la palabra. El hueco que el talento bien llevado proporciona a las personas sin hogar y sin referentes sólidos. La valentía de reconocer lo que uno es y de saber qué es lo que quiere conseguir. Todo eso es lo que Strout plasma en estos relatos. Lo ha hecho ya en otros libros, pero ese camino trazado continúa aquí. De ahí que leerla sea un ejercicio de comprensión de nosotras mismas. Y de esperanza, quizás. No demasiado, pero casi.

ELIZABETH STROUT nació en Maine, pero desde hace años reside en Nueva York. Es la autora de Olive Kitteridge, novela por la que obtuvo el Premio Pulitzer y el Premi Llibreter, Los hermanos Burgess, Abide with Me y de Amy e Isabelle, que fue galardonada con el Art Seidenbaum Award de Los Angeles Times a la primera obra de ficción y el Heartland Prize del Chicago Tribune. También ha sido finalista del Premio PEN/Faulkner y el Premio Orange de Inglaterra. Sus relatos se han publicado en varias revistas, como The New Yorker y O, The Oprah Magazine (reseña biográfica de la editorial Duomo) 

jueves, 19 de septiembre de 2019

"Las confesiones del señor Harrison" de Elizabeth Gaskell


El más reciente libro de Elizabeth Gaskell publicado por Alba Editorial es este “Las confesiones del señor Harrison”. Se le considera dentro de las crónicas de Cranford, aunque antecede a estas o es, sencillamente, su precuela. Elizabeth Gaskell es una maestra de la crónica doméstica con aire social. Sus preocupaciones van más allá de matrimonios o chismorreos, cruzando la línea delgada que separa la vida personal de la colectiva.

Hija y esposa de ministros de la iglesia unitaria inglesa, se quedó huérfana de madre y por ello se crió con una tía en el pueblo de Knutsford en el Cheshire, al noroeste del Reino Unido. Todavía en ese pueblo se encuentran sus huellas, tanto en el Knutsford Heritage Centre como en la The Gaskell´s Society.

Después de casarse se trasladó a Manchester y allí su visión rural y casi idílica de la vida en la campiña se encontró con la realidad de una ciudad industrial, en la que se vivían constantes contradicciones entre la pobreza y la opulencia. Esa dicotomía marcaría una parte de su obra, sobre todo la espléndida “Norte y Sur”. Su primera novela fue “Mary Barton”, publicada en 1848 cuando llevaba tres años dedicándose a la escritura. Es autora de una excelente biografía, la dedicada a una de las Brontë, “Vida de Charlotte Brontë”, de 1857. Escribió cuentos góticos, libros costumbristas, como el citado “Cranford” o el que encabeza esta reseña, y otras novelas más íntimas, emocionales, cercanas y con un fuerte componente de análisis psicológico, entre las que está la magnífica “La prima Phillis”, de 1863.

Elizabeth Gaskell murió a los 55 años, en 1865, en Alton, Hampshire. Su obra constituye un hito esencial en la novelística inglesa y, por extensión, europea, actuando como puente entre las Brontë y la siguiente generación. Todas ellas tienen el sustrato común, nunca superado, de la extraordinaria Jane Austen, la luz que las alumbra.


(Knutsford Heritage Center)

“Las confesiones del señor Harrison” se desarrolla en el imaginario pueblo de Duncombe, que identificamos con el Knutsford de su infancia. La rectoría, la oficina de correos, el pequeño pub, la casa del médico, las casas de las familias acomodadas, los campesinos y labriegos (en este condado hay una intensa dedicación a la ganadería de las granjas lecheras y a la agricultura, y, sobre todo, una naturaleza que funciona como telón de fondo y que marca el hilo de las relaciones y las horas del día. Harrison es un joven médico que llega al pueblo como ayudante del titular. Cuando llega allí descubre que hay muchas mujeres, sobre todo viudas y solteronas ricas, pero está también la muchacha en la que fija sus ojos de inmediato, la joven Sophy, hija del párroco. Las peripecias que acontecen al joven tienen mucho que ver con un modo de vida lento, tranquilo pero no exento de envidias, maldades y estratagemas, lo que quizá será demasiado para un joven acostumbrado a la vida en la ciudad y que desconoce los ritmos y los ritos de las sociedades rurales.


(Vista actual del mercado de Knutsford)

El libro, en esta edición de Alba Editorial, lleva un apéndice muy interesante. Se trata del artículo “La Inglaterra de la última generación”, una serie de anécdotas acerca de la vida en el pequeño pueblo en el que residía la tía que la acogió y que nos da cuenta del aire, de los gustos, las costumbres y también las emociones, presentes en su sociedad. Como decía Agatha Christie, y como había demostrado con creces Jane Austen, sobre todo en “Emma” y en “Orgullo y prejuicio”, unas pocas familias en un entorno rural es todo cuanto se necesita para armar una buena novela. Que no es exactamente lo mismo que “armar una buena” aunque se le parece.

martes, 17 de septiembre de 2019

Otro otoño de lecturas


El otoño es tiempo de estrenos y también de reencuentros. En los libros se anuncian novedades y todos los lectores y bibliófilos hacemos cábalas de cómo serán y cuánto tiempo tendremos que esperar para tenerlas en nuestras manos. Las relecturas no faltan y, con ellas, las recomendaciones de esos libros que leímos y que nos han dejado huella. Todo eso se mezcla en un delicioso cóctel de palabras y de frases. Es un itinerario que defines tú misma y que nadie te impone. Ningún crítico, ninguna editorial, ninguna conclusión te hará leer lo que no desees leer, porque la lectura es un acto de libertad y, si no es libre, no es producto de la extraña unión entre la mano que escribe y la mente que lee. 


En ese no fiarse de otros hay mucho de individualismo como lo hay en la misma actividad de leer. Un individualismo que termina siendo un acto solidario y solitario, porque otras muchas personas igual que tú deciden acercarse a un libro determinado para extraer de él cosas distintas. Las visiones se complementan y, aunque no haya acuerdo, en todos permanece el recuerdo, el olor, de esas páginas. Espero que los libros nuevos que lleguen tengan ese aroma impregnado, el de los textos bien escritos, el de los textos llenos de la verdad de la imaginación y de la verdad del talento. 

Es la misma condición que tienen los libros ya leídos, los que se sitúan cerca de ti en las estanterías o en las mesitas y que nunca parecen terminar de decir aquello que encierran. Un gran milagro que lleva nombres diferentes pero que se renueva en cada ocasión. La complicidad es el secreto que une con un lazo invisible a todos aquellos que comparten el amor por un escritor o un libro cualquiera. Lo dijo D. H. Lawrence "los lazos del amor son difíciles de desatar". Los libros te crean unos lazos indestructibles, que el paso del tiempo no mengua ni aminora, sino, al contrario, que hacen más sólidos y se convierten en un referente en tu vida. Recordamos los libros que leímos con el mismo fervor que lo hacemos de las personas que amamos.


Se repiten los ritos. Algunos autores anuncian "su nuevo libro". Son esos que escriben y publican cada año, como si tuvieran una enorme fábrica. Un cierto escepticismo me hace dudar de la mayoría de ellos. También están los regresos. Esos tienen más sentido. Como el de Edna O`Brien, que publicará con Lumen su "La chica", una novela escrita al calor de Nigeria y de la tragedia de las secuestradas. La filosofía de Gomá, sobre la que hay quien alberga dudas y otros tienen una rendición plena, se refiere esta vez a la "Dignidad", algo sobre lo que también escribió Albert Camus. Las relecturas de "Mujercitas" de Louisa May Alcott serán muy frecuentes porque se estrena nueva película sobre el libro y eso siempre actúa de trampolín. Nuevas generaciones de muchachas conocerán así a las hermanas March. 


Hay una ilusión sobrevenida en aquellos que, por primera vez, van a leer los libros que tú leíste. Esos que leerán a Jane Austen, se detendrán en "Emma" o en "Orgullo y Prejuicio" y conocerán a Elizabeth Bennet, Emma Woodhouse o cualquier otro de sus personajes. Leerán sus frases, reirán con su ironía y disfrutarán con sus historias. 

No haber leído un libro tiene esa ventaja: puedes leerlo por primera vez. La relectura, no obstante, trae muchos placeres. El placer de volver a encontrarte con un hogar cuyas habitaciones ya conoces pero que tienen para ti algunos detalles que se habían pasado por alto y que ahora se te presentan nítidos, nuevos, flamantes. No te habías dado cuenta, no era el momento o las luces brillan con más intensidad ahora. Eso es la relectura, una nueva forma de mirar. 


Hay otra interesante forma de plantearse el hecho lector. Es aquella que te lleva a ahondar en un autor que te ha deslumbrado. El gran ejemplo de ello no puede ser otro que William Shakespeare, ese genio que te va trasladando de una obra a otra sin solución de continuidad y sin perder el asombro. Shakespeare tiene la virtud de convertir al lector en un personaje más de sus obras, en un espectador privilegiado, en un cronista de las historias y de los argumentos. Pero hay otros autores y eso ya depende de cada uno. Jane Austen, para mí, desde luego, el gran referente de la novela moderna y de la novela emocional. Agatha Christie y esa larga travesía de pequeños detalles y de descubrimientos enrevesados. D. H. Lawrence, sin dudarlo. Robertson Davies, también. Cada uno de nosotros tiene su itinerario. Y se descubren nuevas ramas de ese frondoso árbol, inevitable. 


Luego están los flechazos. Y las intuiciones. Esa portada, ese título, ese autor, ese momento. Todo se conjura para que el libro acabe en tus manos o en la pantalla de tu artilugio electrónico. Todo tiene un sentido último que adivinas aunque no descifras de momento. Es el encuentro, el hallazgo, la elección. A veces, aciertas, otras veces, no tanto. En algunas ocasiones se produce el enamoramiento súbito, total. En otras, sabes que no podrás pasar de las primeras páginas. Es un sentimiento inexplicable, ninguna frase podría condensar esa sensación de haber acertado o ese desasosiego de que no puedes avanzar en la lectura porque los pies se han hundido en el barro. Es un sentimiento físico, reconocible, único, perfecto.

El otoño trae nuevas lecturas o lecturas renovadas. Nosotros, como lectores, tenemos el burbujeante motivo de buscar lo que nos complace, lo que queremos y lo que esperamos. Paseamos por las librerías o navegamos por internet, oímos recomendaciones visitamos blogs, somos fieles a nuestros escritores, indagamos nuevos universos. Da igual, el libro seguirá siendo una asignatura pendiente cada año, una asignatura que nunca lograrás aprobar del todo. Están ahí y los reconoces, los conoces y son tuyos. Así que nada que objetar, salvo que en ese ámbito de libertad nadie puede convertirse en juez sino tú mismo y nada importa lo que otros opinen sino lo que tú, libremente, hayas decidido hacer en este paseo interminable sobre la palabra, el gran hallazgo, la voz, la manera en que los hombres deciden comunicarse sin perder el hilo de lo que son o esperan.