domingo, 25 de agosto de 2019

Épica para unos ojos verdes


No es porque las películas históricas me pongan, ni porque necesite de héroes legendarios, ni siquiera porque encuentre en la lucha algún divertimento. No. Es por esa tristeza oculta, ese aire abandonado, esa marginación sin culpa alguna, ese fuego en los ojos, en las manos. Así descubrí al Cid en la pantalla, como un hombre perdido y acosado, un hombre que podía tenerlo todo y todo lo perdía sin recobrarlo. 

Y El Cid tenía el rostro de Charlton Heston. 

Si tuviera que contaros qué escenas me llenaron de asombro o de interés o de esa felicidad que el cine proporciona, entonces tendría que irme al establo, a ese lugar perdido en la Castilla de los romances viejos, recóndito escondite, camino de Valencia, en el que El Cid y su mujer se hallan esperando el destino y, mientras tanto, cultivando el amor, que tanto cultivo precisa. El escalofrío certero de la pasión, la búsqueda del cuerpo, los ojos en los ojos, las manos en las manos, todo aparecía en esos escasos momentos en los que, muerte y duelo de por medio, abril florecía entre la nevada y el frío del inmenso páramo castellano. 

Os diría que me producía tristeza esa despedida en el monasterio y esa seguridad en que Jimena, en flor y recién casada, tendría que despedirse de ese hombre recio, que marchaba a una guerra sin patrón, a una empresa sin rey. La despedida era lo peor. La distancia, imposible. La ausencia, un peso en el corazón que aún siento como mía. No es romanticismo, es deseo. No es una flor marchita guardada en un libro, es el arranque fiero de los amantes obligados a renunciar el uno al otro. 

Romeo y Julieta son aquí Rodrigo y Jimena. No hay balcón sino establo. No hay Mercuccio, sino caballeros que mueren abatidos en leal combate. No hay familia, sino reyes sin corona o con ella que no saben usarlas o las usan para destruir la vida. En esta lucha desigual un hombre y una mujer se encuentran desamparados. Él tiene una misión que cumplir y ella tiene que amarlo sin remedio. Al fin, incluso aquí, Shakespeare, sin escribirse, tiene la última palabra. 

A modo, quizá, de western, como ha señalado la crítica, la factoría Bronston hilvana un producto con varias lecturas. La más interesante, desde luego, no es la histórica, que actúa solo como telón de fondo necesario para que pasen otras cosas. Para que se aireen envidias, mentiras y despecho. O para que brote el romance, necesario en toda obra cinematográfica, en el que confluyan un hombre como Charlton y una muchacha como Sofía. En esta ocasión, y sin que sirva de precedente, con permiso siempre de Eleanor Parker y de Marcello, hubo química. Ay, esos ojos verdes. 

Al fin, lo que brilla es lo de siempre. Un hombre solo. Solo ante el peligro. Solo ante la ley. Un hombre que ha de hacerse cargo de sí mismo y de un empeño que lo sobrepasa. O no. La épica y la lírica mezcladas y no en tubos probeta como nos contaban en la clase de Literatura. El poema de Manuel Machado puede servir de hilo conductor a esa soledad anunciada, mucho mayor porque lo separa del amor y porque lo obliga a convertirse en un desclasado, en un Johnny Guitar sin guitarra y sin música. “El ciego sol, la sed y la fatiga, por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos, polvo, sudor e hierro, El Cid cabalga”

Resulta curioso como nuestro país no es capaz de honrar a sus héroes salvo con placas de mármol o romances. El cine, las nuevas tecnologías, las artes emergentes o las clásicas, todas ellas son incapaces de mostrar, siquiera un perfil liviano de los grandes hombres y mujeres que forman parte del acervo histórico que deberíamos conocer. 

En este caso, El Cid, como hombre leal, de honor, como guerrero invicto, como hombre enamorado, tiene que vivir y perpetuarse en una coproducción italoamericana sin que nosotros pongamos nada más que los ya arcaicos decorados de los estudios Bronston. 

Sinopsis:

Rodrigo Díaz de Vivar es un caballero cristiano que, en la mitad del siglo XI, en plena Reconquista, es considerado el ejemplo de soldado y de vasallo fiel a su rey. Las disputas entre los miembros de la Casa Real lo llevan al destierro. Su romance y matrimonio con la bella Jimena no está tampoco exento de dificultades. 


Algunos detalles de interés:

Uno de los secretos de la película está en el reparto. Charlton Heston traza un retrato convincente, a la vez lírico y rocoso del personaje principal. A su lado, la bellísima Sophia Loren, como Doña Jimena. Otros actores fueron  Raf Vallone, John Fraser, Geneviève Page

“El Cid” fue dirigida en 1961 por el norteamericano Anthony Mann, uno de los maridos de nuestra estrella nacional Sarita Montiel. La producción, lujosa y costeada, era de Samuel Bronston. 

El guión es de Ben Barzman, Philip Yordan (guionista también de “Johnny Guitar”) y Fredric M. Frank. En él se representa la Edad Media de forma idealizada, mostrando las luchas entre moros y cristianos que son el telón de fondo de la época. 

La música del gran Miklós Rózsa es una de las bazas principales de la película. Intimista y épica a la vez resaltaba el sentido homérico del héroe.

sábado, 24 de agosto de 2019

“El diario de Bridget Jones”, 2001. Sharon Maguire


El crítico de El País, Miguel Ángel Palomo, la definió así: “Sólo una comedia, a ratos divertida, a ratos irritante”. Es la única crítica negativa que le he encontrado. Aunque quizá no sea algo malo ser “sólo una comedia”. Con o sin tilde diacrítica, que la RAE ha modificado la cosa hace poco tiempo. 

Es una comedia, cierto. Una comedia romántica y, como tal, graciosa, tierna, a ratos exagerada, llena de tics y con sus homenajes incluidos. A Jane Austen, por ejemplo, con ese protagonista, Mark Darcy (Colin Firth), el hombre perfecto. El que era en Orgullo y prejuicio un caballero dueño de Pemberley, es aquí un abogado especializado en derechos humanos. No está mal el cambio de roles. También está el vividor, el aprovechado, el Wickham de marras, llamado Daniel Cleaver, a la sazón el jefe de Bridget en la editorial en la que esta trabaja. El mosaico de amigos fieles tiene su guasa y los padres de Bridget son de colección, con un padre escaso de fuste y decisión y una madre que se prenda de un tipo que tiene la cara color naranja. Esto, desde luego, no lo hubiera hecho nunca la señora Bennet, que solo perdería la cabeza por un casaca roja. 

La historia que escribió Helen Fielding tiene su pizca de denuncia social con respecto al trato que las mujeres reciben en función de su físico. La autoestima, ese concepto tan de moda, de Bridget está por los suelos: está gorda y no tiene novio, adentrada ya en la senda de los treinta. Ese vaivén en el que aparece el ejercicio físico y un buen trago para compensar las carencias, se refleja de una forma muy fiel. Y el tira y afloja entre Darcy y Cleaver, muy logrado y con un buen sustento en el casting de los actores, ambos ingleses pero muy distintos. Uno de ellos shakespeareano y el otro dado a las bodas y a los funerales. 

Las mujeres que ven la película se sienten reconfortadas de que Renée Zellweger no sea perfecta. Ninguna de nosotras lo es. Les suena algo raro eso de que tenga dos caballeros donde elegir, tan raro como el color de la sopa del cumpleaños, una sopa azul tirando a incomestible. Bridget (tampoco) podría concursar en Masterchef. Luego se van desilusionando al comprobar que la actriz inicia una carrera contra reloj para estar más delgada y parecer más joven, hasta el punto de que en la tercera entrega de Bridget Jones, no se parece en nada a la persona que era, ni a Bridget, ni la historia tiene que ver con lo que escribe Helen Fielding. 

Hay escenas descacharrantes, como la fiesta de curas y fulanas a la que acude Bridget vestida de conejito; el paseo en barca de las dos parejas, Mark y su colega Natasha (delgada e hiperperfecta), por un lado y Daniel y Bridget, por otro. También la cena en la que Bridget es la única mujer soltera y sola, con ese final al pie de la escalera en la que Darcy le confiesa que le gusta “tal y como eres”. El final es romantiquísimo. Esa niebla invernal, ese frío, ese indigente que grita “estás locaaaa” cuando ve a Bridget correr en braguitas y jersey en busca de un Mark Darcy que ha leído su diario y ha desaparecido de inmediato. Lo mejor del final es la constatación de que la pasión existe, incluso para un abogado bastante responsable y concienzudo. Ella: “Los chicos buenos no besan así”. Él: “Joder que no….”. 


Sinopsis: 

Bridget Jones es una treintañera pasada de peso que decide cambiar de vida y para ello comienza a redactar un diario en el que volcará sus ilusiones y sus frustraciones. Perder peso y encontrar un novio son dos de sus objetivos para el nuevo año. 

Algunos datos de interés:

La película está basada en el libro de Helen Fielding del mismo nombre. El libro tuvo un gran éxito y el personaje de Bridget Jones se hizo muy popular. Tiene otras dos entregas. 

Hugh Grant es un especialista en comedia romántica. Su interpretación del joven apocado y tímido en Cuatro bodas y un funeral (1994, Mike Newell), es, seguramente, la mejor de su carrera. En Sentido y sensibilidad (1995, Ang Lee) una estupenda versión del libro homónimo de Jane Austen, hace otro papel muy agradecido, el de Edward Ferrars, el amor de Elinor Dashwood (Emma Thompson). 

Colin Firth, por su parte, es un actor dramático en la mayoría de sus interpretaciones, así que su papel de Mark Darcy se sale de su registro habitual. Entre sus películas hay algunas memorables como El paciente inglés, de 1996; Shakespeare in love, de 1998; Love actually, de 2003; Un hombre soltero, de 2009; y, sobre todo, El discurso del rey, que le valió un Oscar y el reconocimiento general, en 2010


El mismo año de 1995 en que Hugh Grant estrenaba Sentido y sensibilidad, Colin Firth hacia lo propio con una serie de la BBC sobre Orgullo y prejuicio que lo sacó del anonimato y lo puso en la carrera del aprecio popular. La que es seguramente la mejor adaptación de un libro de Austen a la pantalla lo convirtió para siempre en el señor Darcy por el que todas suspiran (suspiramos). Ese juego lo utilizó en El diario de Bridget Jones su directora. 

viernes, 23 de agosto de 2019

“La gran apuesta” de Adam McKay, 2015



A partir de un voluminoso libro de gran éxito escrito por Michael Lewis “Big Short. Inside the Doomsday Machine”, el director de cine Adam McKay realiza esta película, de título original “The Big Short”, en español “La gran apuesta”, rodada en 2015. 

El sarcasmo, la ironía, la distancia inteligente son los aditivos principales de esta película que trata de un tema tan actual que nos resulta incomprensible que no nos hayamos enterado antes de nada. Y lo hace desde el punto de vista de unos tipos listos que estaban al loro de todo y que, gracias a su intuición, su falta de escrúpulos e incluso su atrevimiento, estaban en el sitio adecuado y en el momento adecuado. Hablamos del estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, en el año 2008, inicio de esa gran crisis económica mundial que todavía persiste. 

Habrá quien piense que una película tan densa de diálogos y con tanta carga de conceptos técnicos puede convertirse en algo plúmbeo o cansino. Nada más lejos de la realidad. No solamente el ritmo no decae, sino que la charla es ingeniosa, divertida, los actores se mueven con una pericia que se agradece y los personajes a los que encarnan son gente digna de figurar en los anales de la adivinación junto a otros brujos célebres. Inversionistas y hombres de negocios que advirtieron lo que iba a pasar y que se hicieron ricos al acertar en su predicción. 

Además, el director usa un sistema muy ingenioso para explicarnos los tecnicismos económicos: los cameos de personajes famosos que funcionan a modo de paréntesis. El de Sofía Vergara en la ruleta es genial. De otra forma nos resultaría difícil distinguir las operaciones entre corto o las operaciones a largo, y entre los CDO y los CDO sintéticos, por poner algunos ejemplos de términos con los que acabas familiarizándote. 

Es verdad que, ideológicamente, la película es algo tramposa. Porque el tema es muy delicado a pesar de la carga de supuesta ligereza formal que el director le imprime. Y el dilema moral se plantea porque el éxito de algunos es el fracaso y la ruina de otros muchos. Y ellos, los que triunfan, son conscientes de eso en un momento dado. Los héroes son villanos, gente que anticipó la crisis y que se aprovechó de ello.

Pero algunas frases sueltas al final y un tono ciertamente compungido en el relato, pretenden hacerse perdonar el regocijo que han mostrado todo el tiempo en torno a un hecho tan detestable como que, aprovechando que la especulación es la reina del mambo en la bolsa y adyacentes, ellos se van a hacer ricos a costa de que miles de personas pierdan sus hogares y sus empleos. Esto, dicho así, es el corolario que el director esgrime al final para que no pensemos que es un desalmado. 

Seguramente lo mejor de todo es el reparto. Christian Bale es Michael Burry, un doctor en medicina, inversionista mediano, síndrome de Asperger, con un ojo de cristal y visionario absoluto que se inspira tocando la batería y oyendo música a todo trapo: “Master of Puppets” de Metallica o “By Demons be driven” de Pantera. Ryan Gosling es Jared Vennet, un hombre de negocios avispado. Su físico aparece transformado a causa de un moldeador de pelo y un bronceado consistente estilo macarra del sur de Florida. Steve Carell es Mark Baum, el inversionista al que Vennet avisa de lo que está a punto de pasar. También tuvo que cambiar su físico y engordó considerablemente. Por su parte, Brad Pitt, que es, además, productor de la cinta, se colocó unas gafas de intelectual y una barba muy ochentera para interpretar a Ben Rickert, el único que siente una especie de remordimiento o de punzada moral por lo que está haciendo. Todos, basados en personajes reales. 

Es una película agridulce. Una reflexión ácida sobre la quiebra del sector inmobiliario norteamericano con toda la carga de problemas en cadena que originó. En medio de ese apocalipsis anunciado, unos visionarios contemplan lo que va a ocurrir y se las ingenian, con una gran audacia, para salvarse de la quema y ganar dinero. No es nada edificante, así que estos héroes son, en realidad, unos malos que nos caen simpáticos a fuerza de tratarlos y de oírlos comentar sus argucias. Los otros son peores, podemos decir, los grandes inversionistas y los banqueros, pero ellos no se quedan atrás. La culpa está repartida, la absolución está así asegurada. 

Las películas de tema económico son siempre complejas de entender en lo que se refiere al detalle de las transacciones o de los términos concretos, pero aquí el mensaje es nítido y el argumento fluye, incluso aunque no se distingan perfectamente los entresijos de la inversión y el ámbito hipotecario. El hecho de que el punto de vista que vemos sea el de un grupo heterogéneo de personas sin relevancia, distintas entre sí y con formas de actuar diferentes, le da un punto de novedad con respecto a otras películas que la han precedido en esta temática, como “Wall Street”, “Inside Job” o “Margin Call”. 


Sinopsis: 

Antes del estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos a partir de las hipotecas subprime, un grupo de inversionistas pequeños y un hombre de negocios, adivinan el pronto desenlace e intentan sacar tajada del mismo. Lo consiguen, desde luego. Y se hacen ricos. Nosotros somos todos un poco más pobres desde ese momento. 

Algunos detalles de interés: 

Adam McKay escribió el guión de la película a partir del libro de Michael Lewis, con el auxilio de Charles Randolp. La música es de Nicholas Britell. Se trata de una banda sonora que incluye momentos ásperos, con música trepidante. 

La fotografía es de Barry Ackroyd. La productora de la película pertenece, entre otros, a Brad Pitt. Se trata de Plan B Entertainment, que aquí se asoció con Regency Enterprises. 

Todos los actores principales intervienen en un registro que no es el usual. Se adaptan a los personajes reales a los que encarnan y consiguen que nos olvidemos de quiénes son, para ver a quiénes representan. Muy destacable, por tanto, el casting, la dirección de actores y las labores de maquillaje y de vestuario. 


martes, 20 de agosto de 2019

La escritora que inspiró a Jane Austen


Retrato de la escritora Frances Burney

(Remember: if to pride and prejudice you owe your miseries, so wonderfully is good and evil balanced, that to pride and prejudice you will also owe their termination)

Esta frase, extraída del libro "Camilla" de Frances Burney, dio origen al título del libro "Pride and Prejudice" originariamente titulado "First Impressions". Frances Burney fue contemporánea de Jane Austen, aunque nació más de veinte años antes y murió más de veinte años después. Austen conocía bien sus novelas, como también las de otros escritores de la generación inmediatamente anterior porque en casa de los Austen se leía mucha novela. Defoe, Fielding, Richardson, Swift y Sterne andaban por la biblioteca de Steventon, la rectoría donde la autora nació y vivió sus primeros veinticinco años. Y también estarían en esos anaqueles las menos conocidas Elizabeth Fowler, Hannah More, María Egerton y por supuesto, Burney. ¿Quizá la primera escritora profesional inglesa, Aphra Behn (1640-1689) podía encontrarse allí? 

La vida de Frances Burney, Fanny llamada, bien pudo inspirar una novela o una obra de teatro llena de acción. Tiene todos los ingredientes para ello. Es el contrapunto de la existencia de Jane Austen, no porque la de esta fuera plácida (ninguna vida es plácida si nos fijamos) sino porque la de Fanny Burney fue excepcionalmente movida. Huérfana de madre a los diez años tuvo que soportar a su madrastra, pues su padre se volvió a casar con una viuda poco agradable que aportó tres hijos al matrimonio, a los que había que sumar los seis del caballero. 

Había nacido el 13 de junio de 1752 en King`s Lynn, Inglaterra, aunque la familia se trasladó a Londres. Su padre era un hombre instruido, compositor e historiador de la música, pero ella no tuvo una buena educación porque consideraron que tenía poca inteligencia. De modo que fue autodidacta al máximo. Incluso aprendió a leer sola cuando ya había cumplido los diez años. En 1768 comenzó a redactar su Diario, que escribió durante 72 años y que se ha convertido en una fuente indispensable para conocer la sociedad y los modos de la época. En 1778, sin contar con la ayuda de su padre, publicó su primera novela, "Evelina o historia de una joven dama en su entrada en sociedad", cuyo título adelanta el contenido. La publicó de forma anónima y obtuvo por ello una ganancia de veinte guineas. La guinea era una moneda de oro que se utilizó en el Reino Unido antes de que adoptase el sistema decimal en 1971. Equivalía a 21 chelines. 

En 1785 pasó a formar parte de la corte del rey Jorge III y su esposa, la reina Carlota, como segunda vestidora. Este trabajo funcionarial le restaba mucho tiempo para escribir y terminó por dejarlo. En esos momentos (1789) estalló la Revolución Francesa y fue de los ingleses que la apoyaron fervientemente. 

Un emigrado francés, el general Alexandre D`Arblay, llegó a Inglaterra y conoció a la escritora, casándose en 1793. El único hijo de ambos nació un año después. 

En 1796 publicó "Camilla", otra de sus grandes novelas, también dirigidas a mostrar la sociedad de la época sobre todo en relación con la situación de las jóvenes. Antes había publicado, en la misma línea, "Cecilia" (1782). En 1801 su marido obtuvo un puesto cerca de Napoleón Bonaparte y se marchó a Francia. Ella le siguió el año siguiente pensando que era una cosa provisional pero la guerra anglo-francesa la retuvo diez años en Francia, pues hasta 1812 no pueden volver a Inglaterra, instalándose en Bath, ciudad en la que murió en 1840. Las novelas de Fanny Burney denuncian la hipocresía social patente en la sociedad del momento y la frivolidad y crueldad que se gastaban en determinados contextos debido a la ambición o a la maldad. Esto se ve con toda claridad en "Evelina", novela epistolar que coloca en su centro a una joven bella, ingenua y bondadosa, rodeada de "hombres que la pretenden y mujeres que la envidian". 

Tienen razón los que sitúan a Fanny Burney como una de las escritoras que Jane Austen conocía bien y que le inspiró en su obra. Pero la excepcional originalidad de Austen hizo que su forma de enfocar los temas y de resolverlos fuera radicalmente distinta. De esa forma se constituye en una isla literaria que no tiene parecido ni antes ni después. La inteligencia de sus planteamientos y la forma en la que mira con perspectiva todo aquello que rodeaba a la vida de las mujeres en su época constituyen un universo aparte. No obstante, como en cualquier escritor, el poso de las lecturas siempre es una cuestión de interés. Ella se consideraba una gran lectora y dejó a la posteridad el analizar si también era una gran escritora.

domingo, 18 de agosto de 2019

Austen y sus editores


Grabado realizado por E. Finden y publicado por A. Fullerton en Londres en el que se representa al editor escocés John Murray II (1778-1843)

Las seis novelas mayores de Jane Austen sufrieron una suerte diversa a la hora de ser publicadas. Las diferencias esenciales están en los años transcurridos entre el momento de escribirse y el de ver la luz. Algunas tuvieron una larguísima travesía a este respecto. La primera novela que escribió fue también la primera en publicarse. Se trata de Sense and Sensibility (Sentido y Sensibilidad) que tuvo primero el título de Elinor and Marianne. El borrador completo estaba ya escrito en 1795, cuando la autora tenía veinte años, pero no se llegó a publicar hasta 1811. En la portada de la primera edición puede observarse claramente en qué condiciones se realizó esta publicación:


La portada se encabeza con el título: Sense and Sensibility y, a continuación, una aclaración que parecía necesaria: A novel (una novela). Después la indicación clásica de que se editaba en tres volúmenes y luego la firma: By a Lady (Por una dama). Austen no pone su nombre, pero no se inventa un pseudónimo ni se lo endosa a ningún hombre como habían hecho otras autoras y seguirán haciendo en otras épocas. Debajo, los datos de la impresión (ojo, a cargo de la autora: Printed for the Author), que tuvo que asumir los gastos y, a continuación, el nombre del editor (que tan poca confianza demostraba en el valor del texto, ya que no aportó ningún dinero), el señor Thomas Egerton, de Whitehall. El año, 1811, indica que se publicó dieciséis años después de ese primer borrador. 

Thomas Egerton fue un librero y editor, con sede en Londres, que vivió entre 1784 y 1830. Publicó una amplia colección de obras, 167, que dieron lugar en total a 263 ediciones. Los temas eran variados: Historia, Historia militar, Ficción doméstica, Ficción romántica, Ficción a secas, Diccionarios, Biografías o Fuentes. La empresa la había creado John Millan y entre sus dueños aparece John Egerton que fue socio de Thomas, aunque falleció y dejó la empresa a este. 

Así que es Thomas Egerton el editor de Pride and Prejudice, de la que hizo tres ediciones entre 1813 y 1817. 

Algunas cuestiones interesantes pueden observarse en esta otra portada de la primera edición de Pride and Prejudice. Los primeros borradores datan de 1796, inmediatamente posteriores al de Sense and Sensibility y escrita en el mismo entorno, Steventon. El título original de la obra había sido First Impressions. En cuanto a las diferencias con la anterior, para empezar, hay que señalar lo que se refiere a la autoría, en este caso indicando que la novela era del autor de Sense and Sensibility, lo que significaba claramente que había tenido éxito. La otra diferencia está en la edición, esta vez a cargo del editor y no de la autora, como puede observarse en la parte final de la página. 

De Sense and Sensibility Egerton sacó tres ediciones que se publicaron entre 1811 y 1813. Esto avala lo que decimos del éxito de la novela y del porqué de la referencia en la portada. Pride and Prejudice, Sense and Sensibility y Northanger Abbey forman la trilogía de Steventon, novelas que se escribieron todas en la rectoría de Hampshire donde había nacido y vivido la autora hasta que se marchó con su familia a Bath. 

Hubo un tercer libro publicado por Thomas Egerton. Se trata de la primera novela que Jane Austen escribió en Chawton, Mansfield Park. Su primera publicación, de 1814, es la última que la autora hace con Egerton. Tanto es así que hay una segunda edición de esta obra que se publica por John Murray II que será el segundo editor de Jane Austen. Las otras dos novelas de la trilogía de Chawton son Emma y Persuasión y se editan, asimismo, por Murray, que se convierte en el editor de Austen. 


La edición de Mansfield Park a cargo de Egerton, que es de 1814, se refiere al autor como el de Sense and Sensibility y Pride and Prejudice, sin embargo, la publicación de John Murray II, de 1816 alude únicamente al autor de Pride and Prejudice, seguramente porque, al fin y al cabo, era la obra más popular y vendida de la escritora. El texto de Murray lleva impreso con toda claridad el letrero Second Edition, lo que dejaba claro el cambio de editor, producido porque no había demasiado interés en Egerton a la hora de promocionar las novelas de Jane Austen que, seguramente, no constituyeron para él ningún evento especial. 

Cuando John Murray publica Mansfield Park todavía su negocio estaba situado en Albemarle Street, antes de que se trasladara a la zona de Mayfair, mucho más elegante y llena de posibilidades a la hora de las tiendas, las actividades comerciales y artísticas. 

La editorial inglesa John Murray sigue existiendo. Desde el año 2004 pertenece al grupo Lagardère bajo la marca Hachette UK. Fue fundada en 1768 por John Murray (1745-1793), un oficial de la marina con inquietudes culturales. Su hijo, John Murray II (1778-1843) fue el editor de Jane Austen, de Sir Walter Scott y de Washington Irving, entre otros. Este Murray cuidaba especialmente sus catálogos y fue el artífice del cambio de sede, dándole mayor proyección a la empresa que pasó de ser solo una librería que editaba a un lugar de encuentro de escritores y editores. 

El tercer Murray se llamaba también John y vivió entre 1808-1892, continuando con el trabajo familiar en la editorial. La nueva publicación de Mansfield Park (que se había escrito entre 1812 y 1814) en 1816 es un claro ejemplo de sacarle réditos a una obra ya publicada y que solo había tenido una edición dos años antes. En la nochevieja de 1815 Murray publicó un nuevo libro de Jane Austen. Se trata de la segunda novela de la trilogía de Chawton, Emma. Y de la primera heroína que no tiene problemas de dinero, o de belleza o de familia. El libro iba dedicado al Príncipe Regente, en una especie de carambola del destino que a Austen no le hizo mucha gracia.


Emma, escrita entre 1814 y 1815, publicitada como del autor de Pride and Prejudice, salió en tres volúmenes como era lo tradicional y lleva el consabido subtítulo A novel (Una novela). Esta fue la última obra que vio publicada en vida Jane Austen. Las otras dos no verán la luz hasta que haya fallecido. Se trata de Northanger Abbey y Persuasion. La primera de ellas fue escrita en Steventon y la segunda en Chawton. Northanger Abbey sufrió una serie de peripecias muy curiosas. El libro estaba listo para ser publicado entre los años 1798 y 1799 y pertenece a la trilogía de Steventon. En 1803 se revisó y se vendió a un personaje bastante oscuro que la tuvo guardada hasta que la revendió de nuevo a Henry Austen, el hermano de la escritora. Tampoco salió a la luz hasta finales de 1817, cuando Jane Austen ya había muerto, aunque en la portada del libro figura la fecha de 1818. Es una obra satírica, la más cómica y mordaz de las que escribió Austen, una especie de crítica a la locura que en las jóvenes producía la lectura sin criterio de las novelas góticas con fantasmas, castillos encantados, príncipes caprichosos y toda la suerte de tópicos de ese tipo de libros que hacían furor en la época.

Esta edición doble, que se presentaba en cuatro volúmenes, fue publicada asimismo por John Murray II, tras la muerte de la escritora. En la indicación pertinente sobre la autoría señala que pertenece al autor de "Pride and Prejudice", "Mansfield-Park" etc. Además, añade una nota biográfica sobre el autor (With a Biographical notice of The Author).

Persuasion pertenece a la trilogía de Chawton y, aunque es radicalmente distinta, se escribió inmediatamente después de Emma entre 1815 y 1816. Es una historia muy dramática, en la que se trata el tema de las segundas oportunidades. Se trata de una novela de madurez, con cierto aire melancólico y sin la ligereza y la comicidad que eran frecuentes en sus otros libros.

Dos editores, dos hogares en dos ciudades, seis grandes novelas, este es el balance más importante de una escritora cuya relevancia se acrecienta con el paso del tiempo y con el conocimiento de su obra.


sábado, 17 de agosto de 2019

La Provenza y unas violetas


Si algún día fuera posible que tú y yo recorriéramos el mundo, la primera parada sería Uzés, el pueblo de la Provenza en el que viví algunas de esas horas que se guardan en un arca secreta de la memoria. El olor a violetas cruzaba sus calles y los campos de lavanda las rodeaban imprecisos. En las horas tórridas de la primavera, todo se convertía en una sinfonía de lilas imposibles de apartar de la imaginación. Y en septiembre, la uva y sus tonos dorados eran un reclamo seguro para la vista. Todos los aromas se concitan en la Provenza para acuciar nuestros sentidos. El pueblo se estiraba como si fuera un viejo animal ronroneante que buscara el amparo de alguien que le pusiera suavemente la mano sobre el lomo. Las gigantescas puertas que cercaban algunos de los arcos de sus murallas eran como enormes manos que quisieran proteger el interior. En los soportales de la plaza cuadrada estaban los artesanos con sus madejas de hilo de colores, sus lanas teñidas manualmente y un sinfín de cachivaches que no servían para nada. 

Toda la Provenza se convirtió en el escenario de una de mis mejores películas. Los actores fueron cambiando, pero los sentimientos se mantienen en la distancia. Los pintores impresionistas me esperaban en cada esquina y no hubo ninguno que no pusiera su punto diferencial en el guiso. Todos ellos tenían algo que ofrecer. En las calles de Avignon entreví un pasado lejano de esplendores, después convertidos en un sencillo tiovivo al que los niños se asomaban con avaricia. Un vestido de muselina azul celeste produjo una foto antigua, como si los años no hubieran pasado y algún caballero tuviera que venir enarbolando banderas de ducados inexistentes. 

En la cercana Arlés, la casa de Van Gogh tenía echadas las persianas y una semioscuridad casi siniestra me convertía en una figura de atrezzo en ese decorado de la vida que el pintor no supo completar con tino. Nos sentamos en un pequeño café que tenía las persianas de un extraño color púrpura y una camarera muy joven nos atendió con una espectacular sonrisa. Ella debía saber también que estábamos rodando una película. El pequeño trozo de quiche que nos comimos tuvo que tener un sabor parecido al de la gloria pero entonces nuestras vidas eran siempre un vaivén de emociones que no permitía detenerse en ninguna. 


También en Montpellier había historias. Ese chico mexicano que me miraba con ganas de morderme. Un mordisco amoroso, hecho con el ansia de quien es joven y lo sabe. De quien es hermoso y lo presiente. La universidad tenía un trajín constante y las clases se abrían con generosidad a gente de todos los países. El chico mexicano con nombre de telenovela estaba con una perpetua nostalgia de su hacienda y de sus hermanitos, a los que nombraba uno a uno cada día, como si esa mención pudiera obrar el milagro del reencuentro. 

Allí, en Nîmes, las paredes de los edificios romanos se levantaban sin pedir permiso y te convertían en una minúscula porción de todo ese conglomerado gris tomado por el sol de media tarde. El profesor Fesquet abatía con desgana las cucharillas de plata sobre el recipiente helado en el que se posaba una espesa bola de vainilla cuajada de canela. Su casa era un edificio campestre del siglo XVI hecho de piedras grises y rodeados de campos cubiertos de parras suculentas. En cada esquina de la casa había una hornacina, adornada con flores silvestres y en la que aparecían imágenes de vírgenes que el profesor Fesquet tenía como suyas. En uno de los patios, el más sombreado, las palabras del viejo profesor resonaban al tiempo que mi estómago: siempre tenía hambre a esas horas mediadas de la tarde durante el rito del helado. 

Las carreteras de la Provenza se desgajan en árboles y macizos de flores que anticipan el aire único de la Costa Azul. El mar Mediterráneo no tiene ese color verdoso de mi Atlántico, sino que es azul, como el cielo de Michaux al que aludo tantas veces. Los caminos provenzales tienen un destino ya trazado y el visitante entiende que es el mar y que no se ha escrito siquiera su nombre pero existe. Como Emma Woodhouse, yo también era capaz de adivinar que el mar estaba cerca, que llegando a Marseille ya todo era coser y cantar. Pero la conjunción de campo y de naturaleza salvaje es tan potente que llegas a demorar el camino. Una lucha entre los sentidos y el corazón. 

Si algún día tú y yo, por un milagro de la vida, recorriéramos el mundo, en estas soledades encontraríamos un hueco para guardar nuestro silencio y las voces se aposentarían en un espacio sideral sin nada más que besos. Los besos, que tendrían sabor a fresa ácida, serían rojos y el fondo de los ojos de un violeta oscuro, inveterado, un color que ahora, todavía, no se ha dibujado entre nosotros. 

Las noches de fantasmas tienen escrito siempre el mismo itinerario. Has de saber, no obstante, que si alguna vez vuelvo, ha de ser contigo. 


viernes, 16 de agosto de 2019

No todos son iguales en Connecticut


"Lejos del cielo" es un melodrama de los buenos. De esos que te hacen llorar al final. No le sobra nada y no le falta nada. Douglas Sirk lo rodó antes, pero esta versión no se queda atrás en belleza y en fortaleza. La música de Elmer Bernstein acompaña cada escena y eso son palabras mayores. Y los intérpretes están geniales. Dennis Quaid, con un gesto torcido y culpable, es Frank Witaker, el marido perfecto, el ejecutivo envidiado; Julianne Moore, es Cathy Whitaker, la esposa de Frank y madre de sus dos hijos, niño y niña, la parejita, un ama de casa modélica, que lo mismo lleva la casa, que organiza un cóctel o ayuda a la comunidad en sus necesidades; Dennis Haysbert es Raymond Deagan, un hombre de raza negra hecho a sí mismo, titulado universitario, viudo y padre de una niña de once años; Viola Davis, es Sybil, la sirvienta que sostiene la casa y la vida doméstica y Patricia Clarkson es la amiga íntima de Cathy, Eleanor Fine, una mujer casi perfecta. 


Todd Haynes dirigió la película y logró convertirla en una obra maestra en su género. Dos asuntos golpean la pequeña sociedad en la que viven los protagonistas y cambia su existencia para siempre. Frank, el marido, tiene que terminar aceptando que es homosexual y que su lucha por ser alguien "normal" (esa es la expresión que usa) ha acabado en fracaso. Esa lucha tambalea su vida y la de su esposa, pero permanece oculta al resto de sus amigos y de sus vecinos. Cuando se divorcien, él seguirá siendo el hombre perfecto porque la superficie está limpia y en el fondo se concentra lo oscuro. Por el contrario, la amistad sincera, natural y llena de química entre Cathy y Raymond no pasará el examen colectivo. Los negros en la sociedad de los años cincuenta todavía sufrían una atroz discriminación. En el pueblo donde viven los dos grupos étnicos viven sin cruzarse. No hay entre ellos relaciones de igualdad y la forma afable en la que estas dos personas se tratan no es entendida ni por blancos ni por negros. Este salto sin red se volverá contra los dos. 


Enorme delicadeza es lo que usa el director para poner sobre la mesa la absurda lucha de un hombre contra sus inclinaciones sexuales y lo terrible y también absurdo que es la segregación racial. A nuestros ojos actuales ambas discriminaciones nos parecen incompatibles con la libertad y los derechos de las personas pero entonces suponía un claro reto al que todos se plegaban si querían seguir existiendo. La película muestra de forma extraordinaria todo esto y lo hace con los mejores recursos posibles, una ambientación increíble, unos intérpretes fuera de serie, una música maravillosa y un argumento narrado con maestría. No deberíamos pensar, al verla, que todo esto que denuncia de forma sencilla y directa está ya superado. Si fuera así el mundo sería diferente. 


En realidad, todos sufren. Los deseos no satisfechos, el amoldarse a las convenciones sociales, la necesidad de mantener un estatus en el que uno no cree, los sentimientos sofocados...Todo se conjura para propiciar el sufrimiento. Y es un sufrimiento bastante inútil, nada purificador, más bien absurdo. Porque no tiene razón de ser. El marido ha vivido una ficción obligándose a sí mismo a actuar como se debe. La esposa no ha tenido un marido tal y como ella hubiera deseado. Esa insatisfacción se le trasluce en todo. El jardinero tiene que luchar contra su raza y su situación social que le impide querer en todo su sentido a una mujer que le ha producido los mejores sentimientos de su vida. La amiga no lo es tanto, solo hasta que puede soportar la transgresión. Y los niños son también víctimas. Niños que no comparten cosas con sus padres, niños atados a las normas y a los prejuicios, niñas que son apedreadas...Toda la película expresa a cada fotograma cómo vivir de acuerdo con normas que no tienen sentido le quita todo el sentido a la vida.


Julianne Moore es una actriz encantadora. No solo por su belleza física, su precioso pelo y su sonrisa única, sino por los matices que siempre aporta a su personaje. Por su parte Dennis Haysbert es un extraordinario actor. En la serie "24" incorporó el papel del presidente Palmer, el primer presidente negro de EEUU, mucho antes de Obama y ya puso de manifiesto su estilo, elegancia, gesto delicado y todo ello sin estridencia alguna. "Lejos del cielo" es un magnífico melodrama. Y un buen melodrama siempre nos hace disfrutar. Esto es cine, cine clásico hecho en los dos mil.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Vuelven las mujercitas


Las hermanas March en la versión de "Mujercitas" de 2019

Louisa May Alcott (1832-1888) vivió toda su vida en Nueva Inglaterra. La época victoriana se desarrolla entonces en el Reino Unido y en Estados Unidos se viven los movimientos en pro del sufragio femenino y el abolicionismo. Ambas cosas las defendió Alcott que fue educada en la filosofía trascendentalista. La escritura fue para ella un don que empleó en obtener beneficios para poder vivir y para llevar adelante a su familia. Para conseguir esto último había trabajado en oficios diferentes antes de dedicarse a publicar. Fue maestra, costurera e institutriz. Fue enfermera durante la Guerra de Secesión. Su facilidad para escribir le sirvió para publicar y vender cuentos infantiles, así como novelas para adultos que tratan temas de gran dureza y su tetralogía que se hizo muy famosa y que todavía sigue formando parte de los libros juveniles de referencia. Mujercitas, Aquellas Mujercitas, Hombrecitos y Los chicos de Jo. 

El fenómeno de aceptación de Mujercitas no ha terminado nunca. Sigue siendo uno de esos libros que se regalan a las chicas a partir de los nueve o diez años. En todas las casas lectoras hay un ejemplar del libro. Y no solo eso. Se han inmortalizado imágenes de las muchachas a través del cine y de las series. Es una de esas historias que el celuloide inmortaliza y que las series hacen pervivir a lo largo del tiempo. Seguramente muchas chicas conozcan la historia a través de las imágenes aunque nunca hayan leído el libro. 

Mujercitas se publicó por primera vez en 1868. Es una novela de crecimiento y de aprendizaje. No es nada conformista, al contrario. Se había escrito por encargo de su editor que quería un libro dedicado a las muchachas. Las cuatro hermanas, Meg, Jo, Beth y Amy, se constituyeron en personajes muy cercanos y queridos de las lectoras de la época y de las siguientes generaciones lectoras. A pesar de que una lectura superficial puede calificarla simplemente de una historia dramática, el análisis detallado del argumento pone de manifiesto que Alcott quiso entreverar sus propias teorías sobre la vida. No en vano se inspiró en muchos pasajes de su propia existencia y de la de sus hermanas. 

De Mujercitas (cuyo título original es Little Women or Meg, Jo, Beth and Amy), se han hecho obras de teatro, musicales, mangas japoneses, series de televisión de distintos formatos y hasta trece adaptaciones cinematográficas, la última de las cuales se podrá ver en la navidad de 2019. La prueba de su vigencia es esta precisamente. 

Si alguien leyó el libro en clave convencional, pensando que se trata de una acomodaticia historia, se equivoca de punto de vista. Resulta ser todo lo contrario, precisamente por la ideología y la educación que había recibido la autora, mucho más adelantada que las mujeres de su época. Las propias aficiones artísticas de las hermanas March indican que se trata de chicas con voluntad de ser independientes, de vivir una vida propia. Sus decisiones sentimentales corroboran esta percepción. En realidad, las hermanas March sobrevuelan la época victoriana y a sus representantes literarias por excelencia, las Brontë, con sus angustiosas existencias plagadas de conflictos internos, para enlazar con las muchachas Austen, con esas mujeres que querían casarse sí, pero por amor, y que no estaban dispuestas a condicionar su vida a la tristeza ni a perder el sentido del humor. 


En la versión de 2019 las hermanas March están interpretadas por Saoirse Ronan (Jo), Emma Watson (Meg), Eliza Scanlen (Beth) y Florence Pugh (Amy)


Jo March (Saoirse Ronan) con Laurie (Timothy Chamalet), en la versión de 2019


Emma Watson es Meg March


La versión de 2019 tiene ya dispuesto su primer tráiler.  Los papeles de la madre (Laura Dern) y de la tía March (Meryl Streep) son elementos fundamentales de la historia. Está dirigida por Greta Gerwig. 

lunes, 12 de agosto de 2019

Tesoros escondidos


En la calle, bulliciosa de por sí, se formó un jaleo de campeonato. La puerta del número 39 se había abierto estrepitosamente y dos de los hijos de la familia aparecieron en ella, con cara de pocos amigos, portando a rastras unas cajas de gastada madera que no tenían cubierta. Nadie podía ver lo que contenían porque los espectadores espontáneos que llegaban atraídos por el ruido, no tenían suficiente ángulo de visión. Pero la niña de la casa de enfrente saltó por encima de los pies de los otros y se plantó delante y asomó la cabeza y metió la nariz y descubrió los libros. 

¡Son libros, son libros! gritó. Y el grupo de mirones se fue dispersando. A buenas horas iban a pararse en libros a la hora de la siesta porque a aquellos imberbes se les hubiera ocurrido hacer limpieza de buhardillas….Pero la niña entonces se sentó en medio de la calzada, que era de piedra, dura, gris y a veces transparente cuando la lluvia la regaba, y empezó a rebuscar con cierto gesto compulsivo, sacando de la caja los libros y esparciéndolos a su alrededor mientras leía los títulos y manoseaba las portadas. 

Así estuvo un buen rato, tanto que llegó el atardecer, esa hora indecisa en la que no se sabe si comienza o acaba el día y que, por eso mismo, a ella no le gustaba. Pero, en esta ocasión, absorta en la caza de los libros, no pudo evitar que las sombras de la noche golpearan de pronto su cabeza y le recordaran que ya debía estar en casa. Mientras tanto, los hermanos porteadores se habían marchado y no quedaba ni un alma en la calle salvo los libros, si es que tienen alma, la niña y las cajas de vieja madera. 


Una vez hubo terminado la inspección convino en que casi todos los libros le interesaban. Dos o tres muy pesados de jardinería y alguno de cocina estaban fuera de su gusto. Pero tirar libros o dejarlos en el suelo le parecía un pecado. Quiso asegurarse de que podía disponer del hallazgo y llamó a la puerta del 39. Asomó la cabeza la madre, rectilínea y con gesto de pájaro, y le afirmó con monosílabos que sí, que no quería los libros, que hiciera con ellos lo que le diera en gana. 

Entonces la niña volvió a su propia casa, rápidamente para que nadie pudiera adueñarse de aquel tesoro, y llamó a su legión de hermanas. Salieron todas: Beatriz, Úrsula, Irene, Inés, Violeta…se asomaron a la puerta y le dijeron que si estaba loca. Jajajajajajaja. Sí, contestó ella, pero ayudadme que tenemos que trasladar todo esto a casa. ¿Todo? ¿Ese montón de libracos y esas cajas vencidas? Sí, todo, afirmó resuelta la niña. Venga, ea, vamos palante.

Se formó allí mismo una extraña procesión que movía los libros de unas manos a otras, llegaban a la casa, los dejaban encima de una mesa, volvían a salir, cruzaban la calle, cogían otros libros y así mucho rato. Y luego las cajas, que amontonaron en la casapuerta en un sitio que no estorbara el paso. Las niñas se reían mientras hacían el trabajo y se empujaban a veces unas a otras, llenas de bromas y de dichos alegres. La noche las sorprendió a casi todas aprisionando un libro entre las manos y leyendo con ansia las palabras impresas. Así ocurrió también los días sucesivos. Algunos de esos libros existen todavía. Podrías verlos si te asomas sin ser visto por aquellas ventanas. En todo caso, leyeron, ya lo creo que leyeron. 


(Fotografías: Uta Barth) 

domingo, 11 de agosto de 2019

Úrsula y Gudrun


Las hermanas Brangwen, Úrsula y Gudrun, son cultas, hermosas, inteligentes y vitales. Pero tienen una mancha de fábrica que en la sociedad de entreguerras no es fácil de solucionar. Son hijas de minero, nietas de minero. Si fueran hombres, serían mineros. Úrsula es maestra y ha dado el salto sobre los de su clase a base de ocupar una plaza en la escuela del lugar donde nació. Eso la obliga a vivir en la casa familiar, a pesar de que no es la casa de sus sueños, de que es una casa en la que no querría haber nacido. Gudrun, que tiene unas alas más amplias y unos sueños más extravagantes, es artista, porque los artistas no son de ningún sitio y tienen patente de corso para codearse con unos y con otros. Pero ambas saben, sobre todo cuando están en su tierra, que todo el mundo conoce a su padre, oscuro del color de la mina, y a su madre, sencilla y sin abalorios, y su casa, una casa corriente con la única diferencia de que en ella hay libros y acuarelas. 

Es muy difícil remontar el vuelo cuando una tiene los pies atados al origen de una manera tan sólida. Cuando eres prisionera de algo que no has buscado ni entendido. En las fiestas de la sociedad a la que Gudrun quiere pertenecer hay mujeres atractivas que se mueven con insólita frescura, que están seguras de sí mismas, que llevan el aire de poseerlo casi todo. Son mujeres que acaparan las conversaciones, que llevan extraños pañuelos al cuello de colores cerúleos y que se mueven al compás de una música invisible. Úrsula, que es más consciente de lo que les sucede a las dos, sabe que la cultura o el arte no va a rescatarlas del olor a carbón y que siempre llevarán las huellas del hollín en las manos, por mucho que usen jabones perfumados traídos de no sé dónde. Su manera de escapar no es sino entrar en la naturaleza de los libros, apresar lo que dicen, transportarse y creerse otra persona diferente, alguien que nació en otra época y en otro ambiente. Vivir hacia dentro, hacia las palabras. 

En "Mujeres enamoradas", la mejor novela de las escritas por D. H. Lawrence, hay una lucha sorda entre las hermanas y sus ataduras, entre las hermanas y la sociedad que les ha tocado vivir. Ellas no han elegido ser lo que son, pero sí sentir lo que sienten. Es la opción del sentimiento la que consideran suya y no esa otra que clasifica a las personas por la familia a la que pertenecen o por la cuenta corriente. En estos años de posguerra y de anticipo de otra, cuando se vive una extraña quietud que preludia el futuro desastre, nadie es lo que parece pero ellas tienen la exacta conciencia de que todos en las Middlands saben que, por mucho que lean y escriban, por mucho que se adornen con perlas, por mucho que tracen espléndidos dibujos de paisajes agrestes, su vida pertenece a este lugar donde lo único blanco es la blanca y alargada casa de los Crich, los dueños. Están condenadas. 

Lawrence podía haber encontrado otra forma de señalar la opresión de los mineros ante unos acontecimientos que los obligaba a ser parte de la cadena de producción. Podía haber buscado otros personajes para indicar su apego a la naturaleza y su desacuerdo con una industrialización que convertía en negro los paisajes. Pero eligió a estas dos mujeres y sus emociones como una fórmula universal de expresar el desarraigo, la mirada extranjera de quienes están excluidos. Ambas se enamoran de hombres que están fuera de su órbita y ese amor es, por tanto, una transgresión, una manera de afirmarse y de negar lo que son, de traspasar esa frontera impuesta de las clases sociales. El inspector de educación del que se enamora Úrsula es, además, un hombre lleno de miedos, de reservas y de compartimentos estancos. En realidad no quiere enamorarse. En realidad no sabe lo que quiere. Añade Lawrence al personaje las dudas propias de quien está más cómodo relacionándose con su mejor amigo que con la mujer que lo ama. Gudrun pone sus ojos en Gerald Crich, una especie de semidiós para todos los habitantes de la zona, porque es el hijo del dueño de las minas y porque representa la belleza en todos los sentidos, la nobleza, la elegancia, el ser. Pero tanta perfección despertará en ella cierto rechazo que no entiende, cierta incomprensión que hace daño a todos. Porque los lazos del amor son difíciles de desatar. 

Las hermanas quisieran confiar la una en la otra y contarse las cosas pero no es así como funcionan  entre ellas. Cierta oscuridad contagiosa las rodea. Expresarse y perderse es todo uno. Y los amigos, Crich y Birkin, esos hombres fuertes y, a la vez, vulnerables, tienen la extraña complicidad de quienes, quizá, se aman por encima de todas las cosas. Esos sentimientos ambiguos que dan vueltas y vueltas en el libro se entrelazan con algunas escenas magistrales, preciosas escenas de acontecimientos y también con conversaciones largas y demoradas, en las que podemos reconocer, quizá, algunas inquietudes ya vividas. El momento de la boda de la hermana de Gerald, con su cortejo de personas lujosamente ataviadas, sus ritos de la gente bien y, por contra, la imagen de las hermanas sin mezclarse con el conjunto de curiosos, es quizá, el símbolo más claro de lo que significa estar sin terminar de entrar en un espacio que te ha sido negado desde el inicio. 

Pocas veces los sentimientos se desmenuzan tan bien y con tanta delicadeza y, al tiempo, realismo, como en esta novela que tanta gente ha malentendido, incluidos los que han hecho cine de ella convirtiendo su razón de ser en una especie de erotismo salvaje. Pobre Lawrence, tan maltratado, tan mal leído, tan despreciado e ignorado a menudo. Solo la charla que mantienen Birkin y Úrsula en la escuela, mientras contemplan los pétalos de la flor, merecería la pena.

(Foto: autor desconocido)

miércoles, 7 de agosto de 2019

Berenice Abbot: tiempo de Nueva York



Berenice Abbot es una de las fotógrafas de la modernidad. En su obra hay tres etapas que se corresponden con las temáticas que más le interesaron. La primera, París en los años veinte, el centro del arte y la cultura, las vanguardias y el cambio de mentalidad. La segunda, la transformación de la ciudad de Nueva York en los años treinta, con toda su variable de edificios nuevos, estaciones de tren, puentes y rascacielos. La última de estas temáticas fue la ciencia, y de ahí su trabajo en el MIT de Massachussetts, fotografiando experimentos físicos. 

Sobre todo ello destaca su pasión por el arte, su especial visión del mundo que representa con su fotografía y su ansia de libertad, de no depender de nadie, como ella misma comentaba cada vez que tenía ocasión. Desde su nacimiento en el Estado de Ohio en 1898, recorrió casi todo el siglo XX cambiando de actitud conforme cambiaban los tiempos, salvo en el caso de su insobornable ambición por vivir su vida y no dejar que nada la condicionara. Murió en Maine en 1991 y su obra ocupa ahora un lugar de honor en la historia de la fotografía, tanto por los temas elegidos como por la perseverancia en su tarea. Cada fotografía le suponía miles de tomas, con el fin de lograr la perfección y la imagen perfecta. 



martes, 6 de agosto de 2019

Una mirada atrás (III)


Despedirse sin despedidas es muy difícil. Toda mi vida ha sido así. Así me despedí de algunos amores. Así me despedí de mis padres. Así me despedí de ti. Así me despedí de mi casa. Despedirse de una casa sin el rito de la despedida te condena a no olvidarla. En tus sueños siempre estará esa casa. La verás con toda clase de detalles y no distinguirás si es realidad o fantasía. Cuando despiertes, buscarás en algún lado de la habitación un detalle familiar, pero no lograrás encontrarlo. Será el vacío lo que encuentres y entonces habrá alguna lágrima. 

Ahí está el portón de entrada pintado de rojo inglés. Es muy grande y tiene a su lado la puerta del garaje, del mismo color. Ella eligió el color porque leía mucho a Agatha Christie y le parecía que el rojo inglés merecía la pena tenerlo cerca. Entre las dos puertas hay un buzón hecho de cerámica amarilla y azul. La casa está encalada en la parte superior y la inferior lleva un zócalo de piedra ostiones y un remate arriba en color albero. El contraste del blanco, el albero y el rojo inglés resulta extraño. Es una casa muy reconocible. 

Dos cierros ampliaos están a la izquierda de la puerta. Ves los visillos blancos y corridos, las contraventanas de madera y, apenas, el mármol blanco de los alféizares. La casa tiene una entrada de azulejos y detrás de ella una puerta de hierro y cristal. Cuando se abre, el frescor del patio te inunda sin dudas. La fuente central suena con un hilillo de agua, las macetas de alrededor tienen un jugoso verdor y las velas están desplazadas porque es la hora de la tarde y mi madre se sienta en una silla baja con su cesto de costura a un lado y un libro sobre el regazo. Alternativamente cose y lee. Los niños están en un rincón jugando a adivinar palabras y las habitaciones se abren y se cierran cuando se mueven por ellas como si fuera una obra de teatro. 

La puerta del fondo da a la cocina. No es una cocina de esas americanas de las películas de Doris Day  sino una cocina francesa: un gran aparador para el cristal y la vajilla, una despensa, una enorme mesa ovalada en el centro, rodeada de sillas, unos estantes de madera con objetos de cerámica, y, en un lateral, lo más moderno de los electrodomésticos, un gigantesco frigorífico, una cocina y una lavadora que no hace ruido. Como si fuera un laberinto, desde la esquina de la lavadora se accede a otro patio, este más grande y más soleado, un verdadero patio exterior con arriates, macetas colgadas, un banco de hierro y un cielo inmenso. Geranios, gitanillas, buganvillas, la flor del dinero, claveles y rosales, todas las flores se mezclan en color y en olor. Es el paraíso de las tardes y las noches de invierno. 

El tercer tramo es el de mi casa, el de las casas de mis amigas. La enorme casa de las viudas, en las que la viuda solo es la madre y las hijas unas monísimas muchachas que van en moto todo el tiempo. Está la casa de Isabel, estrecha y con un pequeño patio donde ella se sienta a dormitar cuando ya es mayor. La casa de Trinidad, la de Manuela, todas las casas de los amigos están en esa zona y nosotras, las niñas, saltamos de una a otra probando almuerzos o buscando un momento de charla. La conversación es nuestro reino y nosotras somos las sacerdotisas de una religión del encuentro que no se puede dejar de realizar por mucho que tengamos que estudiar o que obedecer. 

Todas las casas de este tramo se abren por la mañana y se cierran por la noche. Hay un solidaridad íntima que impide cerrarle la puerta a nadie. La cafetera está dispuesta y, en verano, los niños se reúnen en uno o en otro patio para contarse historias o leer tebeos. Todas las casas son una sola casa y todas las madres parecen actuar de igual manera. Esperan que crezcamos pero tienen miedo a que muy pronto dejemos de ser el motivo de su entretenimiento y su preocupación. Por eso saben que estas casas perdurarán como ahora solo hasta que todas y cada una de nosotras levantemos el vuelo. 

(continuará) (Foto: Nina Leen)