viernes, 19 de julio de 2019

Mentiras por amor


La personalidad de Hitchcock era tan potente, tan cuidadosamente agresiva, que sus propias opiniones acerca de las películas que dirigió son capaces de influir al público de una forma muy decisiva. Si lees en cualquier libro o página dedicada al cine las opiniones sobre esta película, encontrarás que muchas de ellas se dejan llevar por la propia inquina que el director inglés le tenía. Una inquina que no tenía que ver con la película en sí sino con algunas circunstancias que rodearon su filmación. En concreto, con el choque de trenes entre dos personalidades de carácter: el productor David O´Selznick y el propio Hitchcock. 

O´Selznick era un productor que seguía al milímetro el producto. Intervenía con mano dura en la elección de actores y en todos los asuntos que podían afectar al resultado final. Eso para Hitchcock era demasiado. No sabemos si por convicción o por llevar la contraria en este caso se lió a cuenta del casting masculino. Ninguno de los tres pilares de la película le parecían bien a Don Alfred: Ni Gregory Peck, al que consideraba demasiado rudo; ni Louis Jourdan, al que consideraba poco rudo; ni Laughton, sin razón aparente, eran santos de su devoción para estos papeles. Eso lo repiten hasta la saciedad los comentaristas y críticos de la película. Todos a una. 

Mi opinión es radicalmente opuesta. Una de las mejores cosas de la película son sus hombres. La frialdad contenida de Peck me parece de perlas para el papel que hace: un abogado defensor felizmente casado que cae en la trampa del enamoramiento con una clienta. Debe intentar que esto no se trasluzca y para eso qué mejor que un actor sin alharacas, que una interpretación ajustada y sobria. Por su parte, el juez Lord Thomas Hortfield, interpretado por Sir Charles Laughton, es un hombre sarcástico, lascivo y un punto odioso, papel que le venía como anillo al dedo al actor, a quien en su vida privada imagino correteando jovencitas por detrás de las mesas. Como tercer elemento está Louis Jourdan que hace de André Latour, el criado de confianza del asesinado y amante de la viuda, la misteriosa y bellísima Magdalena Ana Paradise. Jourdan, tengo que reconocerlo, es una de mis debilidades cinematográficas, esa clase de hombre absorbente, hermoso y lleno de esa extraña dualidad bondad/maldad que tan atrayente resulta. Puede ser un canalla con corazón de oro o un buen hombre con un punto malote. 


A estas alturas de la reseña la trama es conocida por todos. Asesinato de un ricachón ciego, posiblemente ( o no) a manos de su joven y guapa esposa, que, por supuesto, lo heredará todo. La acusación se sustenta en el hombre de confianza del asesinado, precisamente Latour, que parece odiar con toda su alma a la viuda. Y la odia, desde luego, pero es el odio del amor que ha logrado despeñarlo por un río de abyección, por un tumulto que conduce al infierno. Es el amor/odio. 

Todos en esta película cometen malas acciones por amor. Cuando digo todos, son todos. Hasta Sophie (Ethel Barrymore) que cuida amorosamente a su marido el juez usará malas artes para encarrilarlo. Hasta Gay, la atractiva esposa de Anthony Keane, el abogado, sufrirá celos y albergará sentimientos inconfesables cuando descubre lo que su esposo siente por su cliente. Por supuesto, es el abogado, precisamente, el que se despeña con mayor escarnio por un camino equivocado, porque se salta todos los principios que ha jurado defender. Y, en medio de todo, manejando la trama, una mujer que presenta la dualidad imposible entre un rostro angelical y un corazón oscuro. 

Keane ama a la mujer equivocada. Latour se ha dejado llevar por un sentimiento equivocado. Ana Paradise es la mujer equivocada. Y todos deben representar su papel en un drama judicial que guarda un secreto y que conducirá el desenlace a un final insospechado. Nunca el amor generó tanta zozobra y tanto remordimiento. 

“El proceso Paradine” es una película en penumbra, una obra silenciosa, donde la música solo suena para matizar algunos momentos, sobre todo el violín, que es el alter ego de los pensamientos de los enamorados. El castigo y el perdón son temas centrales en una película que ofrece planos y contraplanos memorables, con una tensión que aflora con claridad en las escenas del juicio y que se va relajando, pero no del todo, en la vida cotidiana de los protagonistas. 

La gran duda queda planteada así ¿vale el amor la pérdida de todos los valores en los que creímos algún día? 

Sinopsis:

La acción transcurre en el condado de Cumberland, Inglaterra. Allí la policía detiene a Magdalena Ana Paradise, acusada de haber asesinado a su esposo, mucho mayor que ella, muy rico y ciego. El abogado defensor, Anthony Keane, es un tipo serio, casado y muy cumplidor de sus obligaciones. Pero no cuenta con que la belleza y el misterio que irradian de Ana va a convertirlo en un esclavo a sus pies, alguien por quien traicionará su sagrado juramento y por quien estará a punto de hacer peligrar su matrimonio con Gay, inteligente y atractiva. En escena también un personaje peculiar, el juez Hortfield, socarrón y convencido de que las mujeres son lo mejor del mundo, sobre todo si no son la tuya. 

Algunos detalles de interés: 

“El proceso Paradine” de título original “The Paradine case”, se estrenó en 1947. Fue dirigida por Alfred Hitchcock  producida por el todopoderoso David O´Selznick. La relación entre ambos fue tan tormentosa que poco después el director inglés creó su propia productora, la Vanguard Films. 

Para que todo quedara en casa, la esposa de Hitchcock, Alma Reville, escribió el guión junto con O´Selznick, sobre una novela de Robert Hichens. La música, cauta y medida, a base de cuerda sobre todo es de Franz Wazman y la fotografía de Lee Garmes. 

El reparto, motivo de las disputas entre productor y director, estaba encabezada por Gregory Peck (Hitch hubiera preferido a Lawrence Olivier, al que consideraba con más empaque para ser un abogado con prestigio), Ann Todd (como la esposa), Alida Valli (como la señora Paradine), Charles Laughton (como el juez), Ethel Barrymore (como Sophie, la esposa del juez), Louis Jourdan (como André Latour, el criado del millonario asesinado), Charles Coburn, Leo G. Carroll, Joan Tetzel e Isobel Elsom. Un extraordinario reparto, se mire por donde se mire, reticencias aparte. 

La película tuvo ese año una sola nominación al Oscar, a la mejor actriz secundaria (Ethel Barrymore) que no logró. Sin embargo, ya sabemos que el termómetro de los Oscar no es demasiado fiable. 


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