viernes, 12 de julio de 2019

Dos hombres y una partida de póker


Una cosa es ser un timador de poca monta, simpático y tal, y otra muy distinta un gángster que va asesinando gente y abusando de los pobres incautos. Esta diferencia fundamental es la que marca el punto de partida de “El Golpe”, la película de 1973 en la que la pareja Redford-Newman decide hacerle la competencia en química masculina a Walter Matthau y Jack Lemmon. Ya me diréis cuál de las dos os parece digna del cetro. 

En Illinois la cosa funciona, en estos años treinta del siglo XX, a base de policías que miran para otro lado, de malvados con posibles y de enclenques vividores de todo a cien. Hay otro subgénero, el de los estafadores retirados, maestros del buen vivir y consejeros áulicos de los nuevos aspirantes a delincuentes. De Joliet a Chicago, durante unos meses del año 36, se va a poner en marcha una detallada, inteligente y sistemática venganza de los marginados contra el todopoderoso Doyle Lonnegan, que, en la película, tiene toda la pinta de ser Robert Shaw. 


Si eres Lonnegan y te cargas a un tipo sencillo y ladrón llamado Luther Coleman, que resulta ser amigo de Johnny Hooker, impulsivo, nervioso y con ganas de bronca, entonces puedes meterte en un lío descomunal. Debiste pensarlo antes, Lonnegan. Porque la muerte de Luther abrirá la espita de la amistad y entre los timadores y estafadores de esta parte del mundo la amistad es algo sagrado. Tendrías que saberlo. 

El contrapunto del ansioso y demasiado joven Hooker no es otro que Henry Gandorff, cuarentón y gurú del timo, que imparte lecciones prácticas de cómo vivir sin doblarla, desde su dorado retiro. Comparado con Hooker, Gandorff es el hombre tranquilo. Y eso que no es irlandés, no ama a Maureen O´Hara ni se llama John. Ambos, el joven y el menos joven, se conocían desde antes. Sin ir más lejos, se parecen sospechosamente a Redford y Newman en la película “Dos hombres y un destino”, dirigida también por George Roy Hill. Cosas del cine. 

Concebir un plan para darle su merecido a Lonnegan precisa casi tanto ingenio como escribir el guión de esta película, pero, que se sepa, el autor de la historia y de los chispeantes diálogos, es decir, David S. Ward, no era aficionado a las carreras de caballos, ni a las apuestas, ni en su historial se conoce timo alguno, salvo, quizá, la argucia de quedarse con el respetable a la hora de escribir el desenlace de la película, un final sorpresa que, cuando ya las has visto, se convierte en un final esperado ante el que pones la misma cara boba que un enamorado cuando la chica de sus sueños aparece en la cita vestida de rojo cereza. 


Más de treinta secundarios se mueven al compás de los actores principales, Redford y Newman en su mejor estado de forma. La música, que Marvin Hamlisch dirigió tomando algunos temas de Scott Joplin y añadiendo composiciones originales entre las que no falta el clásico toque de piano sincopado de la segunda mitad del siglo XX, es uno de los ingredientes que contribuye a crear ese estado de gracia permanente en la que la acción transcurre. Una coreografía perfectamente engrasada, montada con talento y disciplina y con una dirección artística que huye del estereotipo y se fija en los detalles. Ni que decir tiene que una parte fundamental de toda esta precisa ambientación es el diseño de vestuario que firma la grande, grandísima, Edith Head. Cualquier película con la Head al mando de la costura es un tiempo aprovechado. 

Interiores de los Estudios Universal y exteriores de Los Ángeles, Pasadena, Santa Mónica y Chicago, se mezclan en un montaje modélico, de manera que los aspectos técnicos están organizados con la sabia eficacia de quien se considera un artesano y no un artista de la exquisitez.

Con algunas escenas memorables que todos los que la han visto recuerdan y que dejan admirados a aquellos que, por primera vez, se acercan a este film, el desarrollo argumental hace delicados equilibrios entre un plan estructurado y una constante sorpresa. Evidencia y asombro son los ejes en los que el guión se columpia y que, en el momento final, ocasionan esa abierta sonrisa que los espectadores dibujan en su cara, señal inequívoca de que se han divertido, de que han disfrutado. Y eso es todo, amigos. 

Sinopsis: 

Joliet (Illinois) 1936. Johnny Hooker (Robert Redford), guapo, joven y demasiado impetuoso para ser un malvado, engaña, con el auxilio de su colega de andanzas timadorescas Luther Coleman (Robert Earl Jones) a un esbirro de segunda fila del gánster de primera fila Doyle Lonnegan (Robert Shaw). Cuando Luther muere, Hooker se lanza a la búsqueda de un experto en casi todo, Henry Gandorff (Paul Newman) y juntos traman una sutil venganza digna de la puesta en escena de una ópera burlesca en cualquier teatro de Viena. 

Algunos detalles de interés:

La película “El Golpe”, de título original “The Sting”, rodada en 1973, está basada en hechos reales que se recogieron en la obra “The Big Con: The Story of The Confidence Man”, de 1940, cuyo autor fue David W. Maurer. Se estrenó simultáneamente en Nueva York y en Los Ángeles el día de Navidad de 1973. 

George Roy Hill dirige la película, que contó con un presupuesto de cinco millones y medio de dólares, con el concurso de David S. Ward (guión), Marvin Hamlisch (banda sonora), Robert Surtees (fotografía), Edith Head (diseño de vestuario).

El reparto estaba encabezado, como ya hemos escrito, por Robert Redford y Paul Newman. Los secundarios son Robert Shaw, Charles Durning, Ray Walston, Eileen Brennan, Harold Gould, Dana Elcar, John Heffernan, Charles Dierkop, Dimitra Arliss, Robert Earl Jones, Lee Paul, Avon Long. 

La película fue nominada a diez especialidades en los Oscar. De ellos, consiguió siete estatuillas. Seguramente la mejor noticia fue, sin embargo, la inmediata y generosa acogida de un público que la sigue considerando una de las mejores películas de la historia del cine y que la vuelve a ver sin cansancio y sin apreciar indicios de envejecimiento, algo tan difícil en las películas de los años setenta. 

Las lecturas que pueden hacerse de “El Golpe” son, indudablemente, muchas, como ocurre con todo el cine de calidad. Pero no pueden soslayarse emociones y sentimientos como la amistad, la lealtad, la ayuda mutua, el sentido del humor y la venganza que, a modo de David y Goliath, emprenden los pequeños timadores contra los malvados gigantes. En este sentido, la película es un cuento, un cuento tan real como la vida misma. O tan irreal. Porque a todos nos gustan los finales sorpresa. 

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