miércoles, 19 de junio de 2019

"El final del affaire" de Graham Greene

En cualquier libro hallas una frase que habla de ti. En este, la frase es muy sencilla y se desliza al principio de la historia: "Esto que ahora siento es esperanza"

Como suele ocurrir la frase tiene que ver contigo. Ese "tú" al que ella, la protagonista, se refería siempre, es muchas personas y tiene muchos nombres. La identificación es una de las formas en que los lectores sienten que ese libro tiene algo que ver con ellos. Cuando ocurre, es más fácil entender y entenderse. 

La frase puede aplicarse a muchos contextos pero hay uno irreversible y único: esa sensación de que, ante determinadas personas, en ciertos momentos, todo lo que vives es tu hogar, eso es tu hogar y el resto es intemperie. 

"Sarah me gustó desde el primer momento porque dijo que  había leído mis libros y ya no volvió a hablar más del asunto: me trató como a un ser humano y no como a un escritor". 

Aquí el narrador, siempre en primera persona, nos presenta a su amada y nos desvela un tema importante. Ser querido por lo que uno es sin aditamentos, no dejarse llevar por el oropel, no usar al otro como medio de llegar a un fin, salvo el amor en sí mismo. El libro habla, por tanto, del amor, durante muchas páginas. Un amor convertido en "affaire", palabra que todos entendemos y que le viene mucho mejor que aventura o que romance. En "affaire" están condensadas todas las condiciones de algo efímero pero definitivo a la vez. Algo de corta duración pero de profundidad ineludible. Algo que no es usual y que, cuando sucede en la vida, te la cambia para siempre. Eso existe y eso es lo que el narrador, el personaje de Maurice Bendrix, quiere contar. 

"Cuando una mujer ocupa los pensamientos de uno durante el día, lo mejor es no soñar jamás con ella" La novela sigue transitando por los terrenos de la lección sentimental, del recorrido emocional que se produce cuando dos personas se encuentran en un momento de la vida y se reconocen. Todos hemos sentido eso alguna vez y nada puede compararse al descubrimiento, si este es recíproco, por muy efímero que sea. Si no lo es, si no hay un quid pro quo en los sentimientos, sean estos los que fueren, entonces no hablamos de "affaire" en su sentido más noble sino de desamor, de tristeza, de equivocación, de emoción frustrada. Nada peor que reconocer en alguien aquello que esperabas y que, a su vez, no ha visto nada en ti. La invisibilidad es tan dolorosa que terminas por diluirte en ti misma. 

"Yo no tenía ni idea de que iba a enamorarme de ella, sobre todo porque era muy hermosa, y las mujeres hermosas, si también son inteligentes, provocan en mí un profundo sentimiento de inferioridad". Esta inferioridad, manifiesta, se observará en sus reacciones, en sus mentiras, en los celos inevitables, en las trampas que va poniendo a la mujer que ama, a pesar de ese amor, porque quizá quiere que sea ella la que se aleje, porque tiene miedo de amar, cosa que nunca antes ha logrado y que nunca logrará después. Es un amor contra su voluntad y que lo pone a prueba. 

"La infelicidad es mucho más fácil de narrar que la felicidad". Esto ya lo dijeron los escritores rusos y es una verdad tan cierta y tan asentada en la cabeza de los escritores como que todo hombre soltero, en posesión de fortuna, necesita una esposa. Es una de esas ideas recurrentes que convierten a un hombre desgraciado en un escritor profundo y a un hombre feliz en un desconcertante paisano, disfrutando de la vida. 

"Para mí, el presente nunca está aquí; siempre está en el año pasado o en la semana que viene". Hay personas que no están nunca en el sitio adecuado. Que viajan a un lugar maravilloso pero sienten que su compañía no está acorde con el paisaje. Que disfrutan de una cena idílica pero quisieran estar tranquilamente en su casa viendo una serie de televisión. Que mantienen una relación esporádica con alguien que quizá merece la pena y huyen pensando que una cárcel se les avecina. Que se remueven nerviosos en el asiento porque no son capaces de sentir la tierra sólida bajo sus pies. Que prefieren desear y echar de menos, que disfrutar y cansarse. Y que tienen el cansancio a flor de piel, cansancio de los demás, cansancio de sí mismos. 


El libro, que se convirtió dos veces en película (la segunda con Julianne Moore, hermosísima, y Ralph Fiennes, con ese aire paciente y cínico a medias que luego desarrollará en otras interpretaciones), tiene una segunda parte cuyo giro argumental da un salto y la convierte en una reflexión sobre la religión, el pecado, el arrepentimiento y la renuncia a la pasión para agarrarse a la fe. Entonces ellos, los protagonistas, dejan de compartir cenas, encuentros, charlas y abrazos. Todo eso es papel mojado y cambia el escenario vital y hasta la vida. 

En la edición de Libros del Asteroide que es la que he leído, con la impecable traducción de Eduardo Jordá (una muestra evidente de que un buen traductor ha de ser, por fuerza, un buen escritor), aparece también un texto de Mario Vargas Llosa sobre la figura del autor. Es un texto muy interesante que arroja luz acerca de una figura compleja, que tiene tantos seguidores como gente que duda ante su talento. Vargas Llosa concluye diciendo que a Greene le faltan dos cualidades esenciales para lograr ser autor de una verdadera obra maestra: la ambición y la locura. No le falta razón.

En realidad, la novela es toda una contradicción en sí misma. Al fondo, su autor, también era un hombre cuajado de preguntas más que de respuestas. El trasfondo de la guerra sacude el argumento, pero no como motivo central sino como excusa ante determinados hechos que el conflicto trae. Aunque quizá el pánico que la población europea sufrió en los años cuarenta a costa de la contienda mundial tenga mucho que ver con la necesidad de redención, con la búsqueda de una razón última para explicar la existencia más allá de la cotidianeidad o con el paso de las horas.


El final del affaire. Graham Greene. Traducción de Eduardo Jordá. Texto de Mario Vargas Llosa. Editorial Libros del Asteroide. 2019. 

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