domingo, 30 de junio de 2019

Siempre a mi lado


(Life Magazine. Trafalgar Square. Nina Leen)

¿Sabes esas veces en las que todo se aleja? Las palabras se esconden en la lámpara de Aladino y el genio ha huido. Los sonidos de las palabras se oscurecen, no hay tictac de relojes que anuncien nada, tampoco el tiempo significa alborozo. Se suceden las horas como si fueran una fila de hormigas andando encima de un trozo de papel blanco y liso. Días sin alharacas, vacuos, sin esa sonoridad de la alegría. Amaneceres dudosos en los que el sueño se termina para lanzarnos a un precipicio cuya altura desconocemos. Noches en las que no existe sino una penumbra indistinguible de las sombras. 

Cuando eso ocurre y ocurre muchas veces, porque la vida está llena de golpes, algunos de los cuáles llegan directamente al corazón, es el momento de tener a mano una pócima. Si fuéramos Harry Potter, una simple varita de sauce nos serviría para conjurar el dolor. Si fuéramos Aladino tocaríamos la lámpara y de allí saldría triunfante el genio, con su aspecto retozón y funambulista. 

Pero no somos nadie. O quizá, alguien anónimo, silencioso, perdido. En esos casos, en esos tiempos, en esos años, en esas horas, y, en estos días…ella estaba ahí, está ahí, la reina del crimen, la dama, ella, que con sus novelas te salvó, te hizo sumergirte en un pasadizo secreto que conducía nada menos que al olvido de esa ola negruzca e informe que te aprisiona el corazón sin remedio. Ella, la dama, Ágatha, estaba ahí. Aún lo está. Aún la necesito. 

He leído mil veces todas sus novelas, las que firmó con el nombre de su primer marido, el coronel Christie y las que firmó como Mary Wesmacott. Todas sus novelas, su autobiografía, el libro dedicado a sus cuadernos, todo lo que de ella se ha escrito. Es una vieja amiga. Me la encontraba en las estaciones de tren o de autobús, cuando iba a emprender un viaje. Hallar una de sus novelas, sobre todo si no la había leído antes, era un golpe de suerte, un buen augurio. La he hallado también en mi peregrinaje por las librerías, en esas tardes sólidas de calor, cuando las horas parecen estar detenidas, cuando los trece años se hacen eternos, cuando nada pasa. Esa vez que el chico al que querías sacó a bailar a tu mejor amiga; esa vez que leíste algo que no te gustó; esas veces en las que la preocupación te bañaba en sudor; esas veces en las que no sonaba el teléfono o no llegaban cartas o no silbaban mensajes. Siempre en la retaguardia, sin anunciarse, evitando ser la protagonista, pero siempre ahí. Ella, Dame Ágatha, querida Ágatha Christie, mi amiga. 

Las casas solariegas del sur de Inglaterra se llenaban de crímenes. En todos ellos latía el interés. El dinero como trasfondo, a veces la venganza, o los celos. El detective llegaba y ponía en marcha sus células grises y transformaba el escenario del crimen en una clase de baile. Todos tenían papel en esa partitura y, al final, milagrosamente, encajaba el puzzle y veías la pieza completa. Es este, esta otra, aquel, ella…quién cometió el crimen…la gran pregunta. Pero no solo eso. Sus palabras te traían el olor del té recién hecho, de las pastas doradas y crujientes, del pudding de Navidad, de la carne fría sobre el aparador…No es solamente eso. Sus descripciones te acercaban a la costa de Torquay, a los paisajes verdes de la costa, a los acantilados, a los jardines plagados de plantas de extraños nombres, a los ritos de la tarde y de las celebraciones. Tanto leerla has llegado a pensar que conocías de cerca a todos esos personajes que se mueven en sus libros y que, a pesar de que los años pasan, siguen ahí, cerca de ti, esperando que los abras, que te acerques, que los necesites. Y aún los necesito. 

Si pudiera, te escribiría una carta llena de cursivas y palabras subrayadas y te la haría llegar. Te contaría cuántas veces uno de tus libros me salvó del frío, de la soledad y del miedo. Cuántas veces tus libros me siguen abriendo las puertas de un territorio único que reconozco como mío. Un territorio que no es extraño, ni diferente, ni lejano. Tantas veces se guarda uno las emociones, se guarda uno los sentimientos, los deseos, los aprecios…Si existen amigos que te abrazan cuando necesitas el calor del otro, entonces tendré que concluir con que tengo una amiga, inglesa, escritora y excéntrica que responde a ese nombre. Ágatha Christie. 

sábado, 29 de junio de 2019

No todos podemos ser héroes



¿Otra vez hablando de “Casablanca“? No, por favor, otra vez no.

Una enorme plaza muy concurrida con ese aire abigarrado del Oriente, un lugar cualquiera del norte de África, un sitio de paso. Carreras, gritos, disparos, uniformes, alguien que es perseguido…alguien que cae, policía, ajetreo…¿El hombre que sabía demasiado? Sí. 

Y “Casablanca“…Allí estaba Doris Day cantando “Qué será“ y aquí está Sam con “El tiempo pasará“…

El avión que va a Lisboa sobrevuela la ciudad. La gente alza los ojos al cielo, lo ven pasar, saben que se les escapa una parte de su esperanza. Otra parte sobrevive, intacta, al igual que ellos, con rotos y descosidos en el corazón, pero a la espera…Gente herida sin que se vean los esparadrapos, sin que notemos las cicatrices. La gente herida que no es de ningún bando, o sí, de aquel que les convenga en cada ocasión. Oportunismo, supervivencia… Eso es lo que traen las guerras, ya lo sabemos. 

“La Francia no ocupada les da la bienvenida a Casablanca“. En el local de Rick el tiempo parece haberse detenido en un pasado confortable. La ruleta, la bebida y los vestidos impolutos de los clientes, el atuendo brillante de las chicas…humo, música, mujeres, conspiraciones, gente que espera, mercado negro, miradas ocultas, desconfianza, individuos extraños, babel de lenguas y de intenciones…

“El señor Rick se cree muy especial“ ¿Lo es? Firma un cheque con mano segura y contesta a las preguntas que se le hacen con otras preguntas. ¿Es un hombre seguro? ¿De verdad? Juega contra sí mismo una partida de ajedrez y esa soledad quizá no esconda únicamente una forma de pasar el tiempo…

“¿Dónde estuviste anoche?“ Ivonne tiene un gesto agrio…“No tengo la menor idea“, dice él con displicencia, pero también con cierta compasión disimulada. “¿Dónde estarás esta noche?“ insiste la chica, que no ha aprendido nada todavía de cómo funciona la mente de este hombre…“No hago planes por anticipado“, es la fría respuesta. 


Y es cierto, Rick no hace planes, ni se juega el cuello por nadie, lo que representa, sin duda, “una sabia política exterior“…según la opinión del prefecto, “un oficial corrupto, pero pobre“. No obstante, parece que no es oro todo lo que reluce, o que el oro no brilla y está escondido debajo del acero. “Bajo su apariencia de hombre cínico es usted un sentimental“. Y el prefecto sabe mucho de eso, sobre todo de cinismo o, quizá, es otra forma de sobrevivir, de amanecer al día siguiente. “Usted enfatiza lo del III Reich, ¿es que espera otro?“ “Personalmente me adaptaré a lo que venga“. Sin duda. Así ha de actuar alguien que intenta mantenerse en un precario equilibrio justo en este lugar mientras los servicios de espionaje y contraespionaje de las potencias en conflicto se dedican a hacer juegos malabares antes de que estalle el polvorín. 

Aparte de un sentimental con aire de cínico, Rick es también un “borracho“ y un hombre descreído, porque el amor que una vez tuvo en sus manos, siquiera por instantes, la mujer a la que esperó bajo la lluvia hasta que el aguacero hizo imposible que viera más allá de sus zapatos, esa mujer única, se fue y, cuando reaparece, no es ya la chica vestida de azul que emergía entre soldados grises, sino la esposa vestida de blanco de un héroe contra el que es muy difícil luchar. Porque los héroes, esta es la realidad, son necesarios en momentos de zozobra y es muy difícil enfrentarse a ellos sin quedar mal ante todo el mundo. Como si se tratara de una especie en peligro de extinción todos saben que Víctor Laszlo debe salvarse. Y que su salvación implica que Rick Blaine pierda la partida, esa que parecía jugar en solitario pero en la que, a última hora, ha surgido un contrincante. Así que, Ilsa Lund, ese es tu papel. Continuar al lado de tu marido, ese héroe. Aunque pienses que tu renuncia va a significar olvidarte del amor. Al fin y al cabo, Rick es, de nuevo según el prefecto, “un hombre del que yo me enamoraría si fuera mujer“. Pero eso, en este tiempo, no significa nada. Hablamos de renuncias. 

En “Casablanca“ brillan esas horas tiernas en las que Rick rememora a su amada, en las que se derrumba sobre la mesa y en las que sus ojos parecen titubear por un segundo, inseguros, al vislumbrar un definitivo futuro en soledad. Ese hombre es el que nos atraviesa con la mayor emoción, con la dulzura a flor de piel, con el escalofrío, y quizá nos arrebata pensar que, una caricia, solamente una caricia, le devolvería, a él sí, la esperanza. En esas horas tiernas podemos ver la otra cara del hombre que nunca dejaría, por ningún otro motivo, que vieras su interior. Un hombre, como existen algunos, que no explica lo que le pasa, que no verbaliza su realidad para que no exista, que no se confiesa con nadie, que prefiere pasar por duro antes que reconocer que su corazón está roto en mil pedazos. No es esa dureza de pedernal lo que te atrae de Rick sino el destello apasionado que adivinas en su rictus amargo, el destello simple y pequeño de otra personalidad que aparece velada, que se escapa. “Y aquí tienes a un hombre que te ama“, Robert Browning a Elizabeth Barrett. 


Un hombre enamorado. Esto era todo. Sencillamente amor, aunque parezca ira, aunque parezca rabia, aunque parezca miedo, aunque parezca fuego. Amor, sencillamente. Con los ojos nublados por la lluvia o quizá por las lágrimas. ¿De qué le sirve la admiración de todos si él va a estar siempre vacío? “Ella va a venir, yo sé que va a venir“ “De todos los cafés y locales del mundo aparece en el mío“

…En realidad entre Ilsa Lund y Rick Blaine solamente existe un impulso, un lazo atávico, una química inexplicable. Como todos los amantes del mundo, sus corazones tienden hacia el otro. Una fatal llamada que no pueden oír, que quieren ignorar, incluso ahora, en esa penumbra buscada del café, cuando suenan las notas de una canción perdida. Como todos los amantes del mundo tienen una canción que les pertenece y que no son capaces de acallar ni las bombas que no entienden de vida. El tiempo inoportuno de su encuentro tiene escritas las frases que guardan la historia de su amor. El tren, la cita, una lluvia que no cesa, la voz anunciando que es el último tren para Marsella, la carta que se llena de agua y se borra, el fiel Sam que tira de Rick para que suba al tren…Hablamos de emociones. 

En ese reencuentro inesperado en un terreno neutral para casi todo, menos para el amor, ella aparece vestida de blanco en medio de la noche, en medio de dos hombres. Aparece en la espera. En el sueño, tantas veces sentido entre las horas firmes de la madrugada y los atardeceres incompletos. Dos hombres. El idealista, comprometido, luchador por la libertad. El escéptico, vividor, negociante, cínico. La única seña de coincidencia entre ellos es que los dos están enamorados de la misma mujer. Y cada uno de esos dos hombres reaccionará de forma diferente a esa tensión latente que están viviendo. Laszlo, que para eso es el héroe, entonará “La Marsellesa“, el himno de la Europa libre. Levantará así los corazones de los otros, otra vez la emoción, de los sin patria, de los que añoran volver a no se sabe dónde. Rick, por su lado, se convertirá “en su mejor cliente“…

En el desenlace final Rick mentirá. Engañará a Ilsa cuando afirme que la única causa por la que lucha es la suya propia. La engañará cuando le prometa que van a seguir juntos. Así que, en su trance más comprometido, Rick será el héroe que renuncie al amor y Laszlo el héroe que debe seguir pregonando la causa de la libertad. Dos héroes son demasiados para ocupar el mismo espacio. Y este tampoco es el momento del amor. ¿Quién piensa en el amor si vivimos la guerra?…

Escena final. Una renuncia. Dos hombres solos en medio en la niebla. El principio de una hermosa amistad. ¿Y aquellos otros dos hombres que aparecen justo antes del The End para descubrir que nadie es perfecto? ¿Con faldas y a lo loco?…

No. Esto es “Casablanca“.


Sinopsis

Casablanca, durante la Segunda Guerra Mundial, es un lugar de paso para aquellos que quieren huir del nazismo. Allí se encuentra Rick Blaine, regentando un café que lleva su nombre, por el que pasan todas las personas que son algo en aquel enclave. También Víctor Laszlo, un héroe de la Resistencia, y su esposa Ilsa, recalan en la ciudad dando lugar a una situación complicada cuyo desenlace no es el esperado por sus propios protagonistas. 

Algunos detalles de interés

La película se basa en una obra de teatro que nunca se estrenó, cuyo título era “Todos vienen al café de Rick“, en el original “Everybody comes to Rick´s“. Se rodó en un espacio de tiempo muy corto, desde el 25 de mayo al 3 de agosto, ambos de 1942. La filmación se hizo toda en estudios, salvo la escena del aeropuerto. Según los expertos en el filme, el productor de la Warner, Hal B. Wallis, era la cabeza pensante del equipo creativo. 

Michael Curtiz, el director, trabajó sobre un guión de Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch. Probablemente los diálogos y la música de Max Steiner son los puntos fuertes de la película. La fotografía es de Arthur Edeson  y la dirección artística, también muy estimable, de Carl Jules Weyl. 

Los intérpretes principales son Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid, Claude Rains, Conrad Veidt y Arthur Dooley Wilson, que hace el papel de Sam, el pianista. Bogart compuso un papel lleno de matices, a medio camino entre el hombre solitario y cínico y el amante desesperado. El personaje del prefecto de policía, Claude Rains, es el contrapunto del protagonista. 

Obtuvo ocho nominaciones a los Óscar y se llevó tres. Aunque se rodó como una película más entre las decenas que se hacían en esos estudios, ahora mismo y desde hace años se considera un clásico y una película de culto. 

Un momento especialmente emocionante es el canto de “La Marsellesa“ en el café de Rick. Por mucho tiempo que pase este himno será siempre el de la lucha contra el totalitarismo nazi. El himno de la Europa libre, en realidad. 

Dos miradas


Sentados en el salón de nuestra casa, a media mañana de un domingo frío, con la lluvia cayendo sin parar al otro lado de los ventanales y un aire de quietud en la plaza…La vida da una vuelta de tuerca cuando es tu hijo quien te conduce a través de una película. Sonríe a veces con tus preguntas y te mira con condescendencia al oír algún comentario que le resulta casi inocente. Ay, piensa, cómo es mi madre…El ciclo de la vida, que comenzó cuando vimos juntos “El rey León”, nos ha llevado a compartir hoy “Casino” de Scorsese. La cinefilia se hereda pero no por vía genética sino por la bendita fuerza de la costumbre. Por la sencilla ecuación de compartir horas y horas viendo películas y hablando de ellas. “101 dálmatas”, “En busca del valle encantado”, “Pesadilla antes de Navidad”. Y luego, el gran salto, “Doce hombres sin piedad”. Hasta llegar al cine japonés en versión original y con subtítulos en inglés. ¿Hay quién dé más?. Él es la cuarta generación de esa cinefilia que hoy nos convoca delante de la televisión para ver en el BlueRay una película. 

Rojo y dorado. Maletines. Avionetas particulares. Esbirros a sueldo. Jefes respetables y matones sanguinarios. Las Vegas. El todopoderoso sindicato de camioneros. Tipos trajeados, con el pelo peinado hacia atrás, con brillantina, como si de Travolta se tratase, pero en plan bestias. El puto dinero. La puta vida. Los putos jefes. 

De Niro lleva unas enormes gafas de sol, moda años setenta. Camisas amarillas, imposibles chaquetas azul claro. Corbatas del color de la camisa. Un estilismo inenarrable. Una gama cromática que se repetirá durante toda la cinta. Y, en la mano, siempre un cigarrillo. No hay una sola escena en la que no aparezca fumando o a punto de hacerlo. Así puedo observar el grueso anillo de oro que lleva en el dedo anular. Cosa de canis, de frikis, de vikingos…

Las voces en off se alternan durante toda la acción. Joe Pesci y Robert de Niro dan su propio punto de vista de lo que allí está pasando. Nicky y Ace (o Sam) comienzan siendo amigos y terminan…mejor no decirlo. La iluminación enfatiza los rostros, destaca las miradas, la crueldad de los ojos viendo al enemigo. Cuando Nicky se carga a un tipo en la barra hundiéndole un bolígrafo, sangre a borbotones, da muestras de la violencia soterrada que lleva dentro. La corrupción de los políticos y de los altos funcionarios emerge con claridad. “Había que tenerlos contentos”. “Todo por cuenta de la casa”. Rubias oxigenadas, sin pizca de misterio, ostensiblemente mercenarias, cruzan el espacio abierto entre las mesas de juego. Tapetes verdes, fichas de colores. 

“Aquel mamón era el único ganador en serio que he conocido”. Definiciones. Los símbolos del lujo, del poder, los primeros planos, la vigilancia que sobrevuela a todos. Y la música. Para la chica “My Sweet Baby”, Sharon Stone, “me enamoré de ella allí mismo, pero en Las Vegas y con una chica como Ginger el amor cuesta dinero”. Ginger es, pues, una respetable buscavidas. “Ginger sabía tratar bien a la gente” Sobre todo a los aparcacoches, los reyes del hampa en los casinos. Pero, ay, Ginger tenía un punto débil, el chulo de su novio, Lester, James Wood con un aire marginal que logra enternecernos. 


Las voces en off lanzan dos miradas, cuentan dos realidades y nosotros dos, en el sofá, diseccionamos esas voces y las nuestras se mezclan con el sonido de la magistral banda sonora, de las canciones metidas hasta en la sopa, del exceso musical que llena la película de movimiento, de ritmo, de cadencia, de armonía…La parte tierna de Nicky es su hijo al que prepara el desayuno. Todos los maleantes tienen su corazoncito. 

“Cualquier paleto con botas es concejal del condado o primo del concejal del condado”. Demoledor. Y luego, la incomprensión ante esa mujer rubia, Ginger, que pone en peligro su matrimonio con un hombre poderoso y atractivo por seguir fiel a alguien que la ayudó a sabe Dios qué en su juventud. Así surgen los triángulos. Ginger, Lester, Sam. O ese otro. Ginger, Sam, Nicky. O este. Ginger, Sam, Dinero. La volubilidad de los afectos. Salvo el afecto por la pasta que es el máximo sentimiento que ella puede expresar. El más duradero, eso sí. 

La música, siempre la música, marca el clima de cada escena y a veces compiten dos sonidos en el mismo recuadro, en el mismo momento. La cámara y la música cubren todos los espacios, sin dejar huecos, a modo de un barroco ensañamiento que realza lo que allí está ocurriendo. El cine americano hunde el bisturí en la propia miseria de su sociedad, en los chanchullos políticos, en la corrupción. El género de gángsters es un claro ejemplo de ello. O el judicial. O el género “Casa Blanca”. Y siempre los poderosos por un lado y los marginados por otro. “Están de visita pero se comportan como si estuvieran en su casa”. 

El descenso a los infiernos de Ginger dibuja una mujer que trata bien a todo el mundo pero que no sabe llevar una vida fácil porque está acostumbrada a situarse al filo de la navaja. “A veces me he sentido un cliente”, le dice su marido.

Pero el problema, en realidad, se plantea cuando deja de marchar bien “el cuarto de contar dinero”. “Maldito parné", diría Estrellita Castro en esa copla tan famosa. Porque los jefes se dan cuenta de que los maletines van cada vez menos cargados. Y, aunque Sam intenta conservar la calma y mantiene su elegancia con esa bata de seda tan preciosa y el cigarrillo sempiterno en la mano, empieza a darnos la impresión de que es un ídolo con los pies de barro. De que todo el tinglado tiene las bases de movediza arena. El enfrentamiento entre las ideologías de los dos co-protagonistas es patente. “Yo soy idiota y a mí lo de la cárcel me la suda”, dice Nicky. “Quiero llevar una vida legal y discreta”, contrapone Sam.

Los momentos de humor hay que anotarlos en el haber de la película porque ¿quién soportaría tamaña miseria, tanta violencia, si no es con esas gotas ácidas, corrosivas, fuertes, muy fuertes?: La anciana en el supermercado de Piscano, a modo de madre de Almodóvar. Los cambios de coche de Nicky cuando le persigue el FBI. La conversación telefónica entre Ginger y Ace mientras Lester está en el coche con la niña parloteando sin cesar. Las elucubraciones de Sam sobre el destino de los veinticinco mil del ala que se ha quedado Ginger. La lectura de labios. Los capos con mascarilla en el juicio. 

El encuentro de Ace y de Nicky en el desierto es un ejemplo del virtuosismo fílmico de Scorsese. Los movimientos de la cámara, la fotografía, el juego de las miradas, los planos y contraplanos, los efectos del sol y la nube polvo en las imágenes…La distancia entre ambos, antaño amigos, se evidencia en esta escena mucho más que en las confrontaciones verbales. 

El final de este entramado se recoge en una frase “Fue muy rápido. Todos los que sabían algo, cayeron”. 

Las imágenes finales son una muestra de que el criminal nunca gana (o eso dicen). Ginger deambula con sobredosis por un estrecho y lúgubre pasillo. Sam se salva in extremis de un atentado y vuelve a sus orígenes, a sus comienzos trapaceros. Nicky paga con una terrible muerte sus crímenes y su arrogancia. Violencia, sí. Cine, también. 

La ciudad no volvió a ser la misma. Hagan juego, señores. 

“Y eso es todo” 


Sinopsis

Año 1973. Sam Rohstein, apodado “Ace”, es un profesional de las apuestas que actúa como extravagante ejecutivo encargado de controlar uno de los más importantes casinos de Las Vegas. La misión principal consiste en garantizar el flujo de dinero a las manos que han de recibirlo, esto es, políticos, policías, mafiosos, sindicatos, etc. Su trayectoria profesional está unida a la de su amigo Nicky Santoro, un delincuente sin escrúpulos. Cuando Sam intenta pensar por sí mismo se desatará una convulsión que terminará afectando a toda la estructura de los casinos y del juego, así como a sus propias vidas. 

Algunos detalles de interés

Martín Scorsese (1942) dirigió esta película en 1995, sobre un guión escrito por el mismo y el autor de la novela original, Nicholas Pileggi. La base de la novela es la peripecia de Frank Rosenthal, que dirigió varios casinos en Las Vegas en los años setenta. 

La banda sonora de la película recorre prácticamente todos los sonidos en boga en esos años. Merece especial mención el trabajo realizado por Dante Ferretti en el diseño de producción. 

Sus principales intérpretes son Robert De Niro, en una más de sus colaboraciones con Scorsese; Sharon Stone, que realiza aquí un papel de gran fuerza expresiva que le valió un Globo de Oro y una nominación al Óscar; Joe Pesci, en el papel del descerebrado Nicky Santoro, cuya llegada a Las Vegas desencadena la tragedia y James Woods, en un inusual registro, el del novio de la protagonista, de la que se aprovecha descaradamente. El cantante Frankie Avalon interviene en la película interpretándose a sí mismo. 

“Casino” es un película de mafiosos, casi un género dentro del cine americano. Es considerada por muchos una obra maestra dentro de la trayectoria de su director. 

jueves, 27 de junio de 2019

Voyeurs


(Este vestido de Edith Heath, vestido maravillosamente por Grace Kelly, ha pasado a la historia de la moda)

Cualquiera que haya tenido alguna vez una pierna enyesada sabe lo que es eso. Yo he pasado en dos ocasiones por esa experiencia. La primera vez fue en diciembre y me dediqué a ver trescientas veces “Doce hombres sin piedad”, la segunda, en verano, y escribí, o casi, mi libro sobre Manolo Caracol. Las noches eran lo peor. Todo el mundo durmiendo y tú intentando aliviar el picor de la pierna con una aguja de hacer punto, ay. 

El patio de vecinos, la casa de apartamentos, es un espacio estrecho, saturado, desde el que no se ve la calle, salvo un pequeño resquicio. La claustrofobia que genera su pequeñez se une al hecho de que el hombre está sentado en una silla porque no puede moverse a causa de su pierna. El hombre es un fotógrafo, tiene calor, suda, padece de picores en la pierna y su única arma, su distracción, es mirar a través del teleobjetivo de su cámara de fotoperiodista. Aunque, en realidad, además, sobrelleva otra preocupación, la de decidir qué hacer con su vida. Puede seguir como está, viajando por el mundo y sacando fotos para su revista o darle un giro total y casarse con la bellísima, elegante, única, Lisa Carol. 

La dualidad de su vida se nota en ese poco espacioso apartamento, atestado de revistas de moda y de viajes, tiradas por las sillas y las estanterías. La moda y los viajes, dos mundos aparentemente irreconciliables. Jeff observa a lo lejos, al otro lado de su cámara, los movimientos de esos personajes en los que ha convertido a sus vecinos, gente pacífica, sin nada que ocultar. El pianista enamoradizo y juerguista, la deliciosa bailarina de pantaloncito rosa, la señorita corazón solitario, la pareja de recién casados dedicados a hacerse el amor, el matrimonio que duerme en el balcón o el viajante con su esposa enferma. Gente normal. Por cierto, que la mujer del viajante es un poco o un mucho insoportable. “Las mujeres no gruñen, comentan”. “Tal vez comenten en la alta sociedad, pero en mi barrio gruñen”. Así es la mujer del viajante, una gruñona. 


(Lisa y Jeff observan el trasiego del patio y, dentro de él, lo que ocurre en la ventana del viajante)

El atractivo suavemente cotidiano de James Stewart se desparrama en esta película sin necesidad de que aparezca vestido. Un pijama y un color cálido, saturado, cotidiano, son suficientes. Aquí está también, poniendo orden, Thelma Ritter, después de hacer de Birdie en “Eva al desnudo”, donde era la persona de confianza de una histriónica Bette Davis, y de beberse todo lo bebible en “Confidencias a medianoche”, Doris Day al mando de una historia de malentendidos, con el genial pero poco valorado Rock Hudson. La sabiduría de Stella (o Thelma, para entendernos) es indudable, el sentido común, también. Por eso aconseja a Jeff que no lo dude y que se case con Lisa, esa chica adorable al que él teme casi tanto como ama. Nada nuevo bajo el sol. El eterno dilema. 

Esta es la historia de una investigación realizada por tres detectives poco usuales: El hombre con la pierna escayolada, la enfermera a domicilio y la chica de mágica belleza. El hombre se aburre, la enfermera siente curiosidad pero, para la chica, es una forma de decirle a su amado, oye, estoy aquí, no soy una cursi mojigata, puedo cruzar el mundo con mi pequeño maletín y mi frasco de perfume francés, puedo hacerlo todo por ti. “Las personas sensatas pueden ir a cualquier parte”. 

Esta es la historia de un hombre que, para variar, no quiere casarse y aún menos hacerlo con una mujer perfecta. Esta es la historia de una muchacha sofisticada, guapa y enamorada que lo hará todo por lograr su objetivo. Incluso aparecerse de improviso con un maravilloso vestido blanco y negro, con la falda de pliegues de seda y gasa, el cuerpo negro muy ajustado y con amplísimo escote de pico en el cuello y la espalda. Incluso inclinarse hacia él y besarlo, besarlo inmensamente mientras él entreabre los ojos sorprendido y admirado. 

Ella es la chica que “nunca lleva el mismo vestido dos veces”. La que luce la ropa diseñada por Edith Head como si fuera una diosa, y quizá lo sea. La que luce perlas en el cuello, en las orejas y en las muñecas, de una forma provocativamente fría, la que mueve su media melena rubia al compás de las altísimas sandalias de tacón. Estilo, es la palabra. Es el concepto. La dueña de la ciudad, sin duda. Una princesa. 


(Tras la conclusión, Lisa vuelve a sus gustos de siempre. Las bellísimas imágenes de Harper´s Bazaar, la revista de moda)

El cielo rojizo al caer la noche, las ventanas que se abren y cierran, las puertas que no hacen ruido, el duermevela del hombre escayolado, el sonido insistente de la lluvia que pone música de fondo al ir y venir del viajante con su impermeable negro y su maleta blanca, todos son ingredientes de la acción, rápida, sin descansos, en una continuidad que te mantiene en vilo, a ti y a los habitantes de la casa. 

En el tiempo que dura la investigación la vida de los personajes cambia. La cámara de Jeff recogerá fielmente esos cambios y será el testimonio de que la vida continúa y de que nada se para. Hay incluso una esperanza para quienes no parecían tener buena suerte a tenor de lo que han visto sus ojos desde la ventana a través de la cual se observa la vida de los otros. Como hizo Almodóvar en su “Mujeres al borde de un ataque de nervios” cuando Carmen Maura se sienta frente a la fachada de la casa de Iván, mientras en las ventanas aparecen escenas que recuerdan, enormemente y como gran homenaje, a este patio de vecinos, este reducto de la vida que Jeff mira impotente tras su ventana, indecisa, dudosa, invisible, indiscreta ventana. 

Sinopsis

L. B. Jeffries, fotógrafo, está en una silla de ruedas con su pierna rota mientras se entretiene en mirar por la ventana de su apartamento en una casa de pisos y deshoja la margarita en su relación con la hermosa Lisa, que pretende convencerlo para que se casen. Mientras, una investigación por un supuesto asesinato dará lugar a los acontecimientos más inesperados. 


Algunos detalles de interés 

Raymond Burr, el viajante, será el famoso abogado en silla de ruedas Ironside, en la serie de televisión del mismo nombre. La película, dirigida en 1954 por Alfred Hitchcok, está basada en un cuento de 1942 cuyo autor era Cornell Woolrich, que convirtió en guión John Michael Hayes, también guionista de “El hombre que sabía demasiado” y “Atrapa a un ladrón”. 

La magnífica fotografía, una de las claves del filme, es de Robert Burks y la inquietante música fue escrita por Franz Waxman. 

Grace Kelly obtuvo el premio a la mejor actriz del Círculo de Críticos de Nueva York. Dos años después de rodar la película se convertirá en Princesa de Mónaco por su matrimonio con Rainiero III. 
La diferencia de edad entre los dos protagonistas era de 21 años. Stewart había nacido en Indiana en 1908 y Kelly en Filadelfia en 1929. 


miércoles, 26 de junio de 2019

Conversaciones


Estas mujeres parecen silenciosas. Están sentadas una junto a otra pero no tienen nada que decirse. O quizá hablan consigo mismas y entablan un diálogo íntimo que nada puede interrumpir. Echan la cabeza hacia un lado como si fueran modelos de Modigliani y visten de colores férreos, mientras mantienen los ojos entornados y la espalda encorvada. No parece que ninguna de ellas sea feliz.

El silencio nos aleja de los otros. Salvo en esos casos en que otro lazo mayor nos une, el lazo del amor el de la piel. En el resto, la conversación es el aliciente mayor, el benevolente sueño que inspira, que adormece, que irrumpe, que llena. Estas mujeres silenciosas tendrían los ojos más abiertos si hablaran entre ellas. Tendrían las manos más libres y la actitud más curiosa. Sabrían detalles del mundo que ahora ignoran. Salvarían del miedo a las otras y a sí mismas. Buscarían un arsenal de abrazos para repartir sin avaricia. Serían mujeres más felices, más plenas. Es el silencio lo que les estorba. Es la conversación lo que les falta.


Hay lunas, sin embargo, que dejan una flor abierta en el estío. Se esparcen sus pétalos de hora en hora y se descubre el gran secreto que cada una de nosotras guarda. El secreto de un amor perdido, de una duda iniciada, de un sueño sin cumplir, de un viaje que nunca vas a hacer, de un amigo que se ha marchado para siempre, de una mentira descubierta a tiempo. Incluso entonces vas a darte cuenta de que contarlo no es solo una forma de separar el grano de la paja, sino la manera más exacta de salvarte del frío. El frío acecha cuando el corazón siente que no hay enfrente otro corazón esperanzado y por eso la conversación es un regalo que nadie debería guardarse para sí mismo. 

A salvo del silencio, en un lugar en el que nos encontramos sin pedir nada a cambio, buceando en el fondo de lo que somos y sentimos, hay ocasiones en las que podemos llegar a preguntarnos por qué y no hallar las respuestas. Pero la simple pregunta cambia el paisaje, abotona sobre nuestro cuerpo un fino y suave abrigo cálido y esplendoroso, para convertirnos en parte de una línea que del aire brota. Un conjunto de seres en continua expansión, en total descubrimiento. 


A veces me pregunto por qué te cuento cosas. Por qué abro el baúl de las palabras y muestro sin pudor su mercancía. Por qué rebusco en los años pasados, en los tiempos antiguos, en las horas perdidas, en la gente que estuvo, por qué lo tomo todo y convierto en palabras las viejas sensaciones, para que no se pierdan, para que no rebosen, para que nunca estallen. A veces lo pregunto y no obtengo respuesta. Nada en ti tiene visos de ser cierto ni bueno. Nada en ti reverdece ni se mezcla conmigo. Nada en ti es agua clara, sino oscura simiente de segunda. Sin embargo levanto el manantial de los versos y los coloco todos en un sitio visible, limpiando el aire, aclarando la noche, devolviendo sonrisas, acunando motivos, sin nada más que eso, sin nada más que darte.

(Ilustraciones: Itzchak Tarkay, 1935-2012)

"Extranjeros, bienvenidos" de Barbara Pym

  Barbara Pym es una mujer excelente y una escritora excelente. Nació en 1913 y murió en 1980. Aunque publicó varias novelas en vida, lo cierto es que dejó una maleta con inéditos que van saliendo poco a poco. Algunas editoriales, entre ellas Gatopardo Ediciones, están realizando una encomiable labor de recuperación al respecto. Así ha publicado los tres libros que he leído de ella: Mujeres excelentes, Algo menos que ángeles y Amor no correspondido. Este último es mi favorito y publicación original tuvo lugar en 1961. 

   En "Un poco menos que ángeles" se cuenta la historia de Catherine Oliphant, escritora, cuyo noviazgo con un atractivo antropólogo llamado Tom Mallow entra en fase pantanosa cuando él conoce a una joven estudiante, Deirdre Swan. Para que haya cuarteto se añade al grupo otro antropólogo, un tipo de carácter bastante raro, Alaric Lydgate. No solo hablamos de enredos amorosos sino de esas argucias, artimañas y envidias que se mueven en el mundo de la investigación y la universidad a la hora de conseguir algún premio o alguna beca. Nada nuevo bajo el sol y eso que el libro fue publicado por primera vez en 1955. Hay un retrato del mundo académico que no tiene desperdicio y que está de plena actualidad. Podíamos resumirlo con la frase "no es oro todo lo que reluce". Debajo de las imponentes fachadas de catedráticos y eminencias se esconde la mediocridad y la petulancia. Tantas veces nos encontramos con sabios humildes y con prepotentes ignorantes. Lo que se dice "listos incompetentes" en versión Vivian Ward.

  Otro de los libros que he mencionado es "Amor no correspondido". Aylwin Forbes es un "libertino", un tipo muy atractivo, casi en la cincuentena, guapo a rabiar, inteligente, dotado de ese aura intelectual que gusta a todas las mujeres sin excepción. Hacerle un favor a alguien así te sube la autoestima. Que alguien así se fije en ti te convierte en un ángel alado. Eso piensa la pobre Viola Dace, enamorada de él, súbdita suya, que le organiza los libros y lo hace sin cobrar, como si fuera un gran honor para ella. Así lo pensó, en su momento, su esposa, Marjorie, que, de todas formas, ha perdido toda la ilusión por alguien que, por muy guapo que sea, no le aporta nada más que sinsabores. Por eso viaja en tren y mejor en la zona cara porque "nunca se conocía a nadie interesante viajando en segunda". Así lo piensa Laure, la joven sobrina de Dulcie, que vive en las madrigueras de jóvenes que convierten algunos barrios de Londres en el paraíso de la modernidad de los años cincuenta.

   Dulcie acaba de ser abandonada por su novio, Maurice, quien, bajo el pretexto sobado y falso de que no está a la altura de ella, la convierte en una mujer sola. Lo que resulta muy difícil. El paso siguiente, cuando sea más mayor, es convertirse en una mujer invisible. Y de ahí, una mujer cascarrabias, una mujer detestable, una mujer absurda. Esta novela está llena de mujeres abandonadas o rechazadas. Viola, Dulcie, Marjorie, la feligresa que pone en peligro su reputación al confesarle su amor a Neville Forbes, la señora Forbes, la señora Beltane... Pero esas mujeres no dejan de pisar la calle, aun con su poco favorecer atuendo de traje de tweed, zapatos bajos y sombreros de fieltro oscuros. Solo si eres una mujer amada y rodeada de hombres que te admiran te puedes permitir un "frívolo sombrerito de terciopelo rosa".

   El tercer libro que he citado de esta autora es, seguramente, el más conocido y valorado, el que describe un concepto que está presente en toda su obra y el que manifiesta un estilo más propio y original. Se trata de "Mujeres excelentes". Mildred Lathbury es una mujer de treinta y tantos, sensata, agradable y sin pájaros en la cabeza. La llegada del matrimonio Napier a su vida, en forma de inquilinos de la casa de al lado, con los que tiene que compartir el baño, pone en jaque muchas de sus actitudes y convicciones y, sobre todo, le da mucho que pensar y que hacer. La forma en la que ella, que trabaja en un servicio del gobierno para ayudar a personas necesitadas, se define, es toda una declaración de intenciones: "Me apresuraré a añadir que no me parezco en absoluto a Jane Eyre, quien debe de haber hecho concebir esperanzas a tantas mujeres feas que cuentan su historia en primera persona"

   Los Napier, Helena y Rockingham, traen consigo a un amigo, para quien Mildred es, en un principio, "una mujer que prepara tazas de té". Se trata del antropólogo Everard Bone, un tipo que vive con su estirada madre y que necesita una dosis de realidad para dejar de ser tan estricto. Además de ellos, sale el párroco de la Iglesia de Saint Mary, el señor Julian Malory, algo casquivano a juzgar por su intención de casarse con la viudad (casi alegre) Allegra Gray, y su hermana, Winifred, a quien le gustaría mucho que la boda fuera con la propia Mildred.

      Esta novela, "Extranjeros, bienvenidos" es anterior en su escritura a todas las citadas. Se trata de una novela de su primera época, que se recupera como suele ocurrir, cuando ya la escritora forma parte del conocimiento de un importante número de lectores. Esa recuperación a la que hemos aludido nos presenta el caso de un matrimonio, el formado por Cassandra Marsh-Gibbon y su presuntuoso marido, un escritor llamado Adam, entre los que existe el precario equilibrio que refleja la autora en otros libros y que contrapone a una mujer inteligente y sensata con un egocéntrico marido que solo ve en ella a alguien que está obligado a proporcionarle una vida hogareña que sustente, con la mejor de las intenciones y la mayor sabiduría, su propia vida social y profesional. El aburrimiento de Cassandra va en paralelo al de otras mujeres posteriores en la narrativa de Pym y debió ser un hecho que ella conoció de primera mano en la clase social en la que se movía, de otro modo no se explica la reiteración del tema, aunque siempre con situaciones distintas y con ingeniosos giros argumentales. Un extranjero, alguien que aparece de improviso y que no forma parte del cuadro supuestamente idílico en el que la pareja se mueve, cambiará las piezas, el punto de vista y será el acicate o quizá el estímulo, para que Cassandra emprenda ese camino de autoconocimiento y de reivindicación que tanto le gustaba a Barbara Pym y que califica a todas sus excelentes mujeres.

 Extranjeros, bienvenidos. Barbara Pym. Gatopardo ediciones. Junio de 2019. Traducción de Irene Oliva Luque. 

martes, 25 de junio de 2019

"Paseando con hombres" de Ann Beattie

Este es un libro que te produce desasosiego. Un libro en cierto modo triste. Un libro realista. Un libro escrito a golpe de vida. Por eso te deja esa sensación de amargura, de acidez, de evidencia. Por eso se lee de un tirón, como si fueras un espectador privilegiado de la historia que cuenta. Lo eres, no te quepa duda. En realidad, cuando abres un libro siempre se despliega ante ti como si fuera una obra de teatro, o mejor aún, como si te asomaras por una ventana entreabierta y descubrieras que la historia se está desarrollando a pocos pasos. Una puerta-ventana, de esas que siempre existen en las mansiones de campo de las novelas inglesas. Las huellas del asesino se reflejan en la tierra húmeda y por eso sabremos quién mató a la doncella. 

Jane es una brillante recién titulada y Neil un manipulador. El encuentro de los dos no puede ser más perjudicial para ella. Eso lo sabemos porque nos lo cuenta. Lo que significa para Neil se queda en la sombra, porque él no nos dice nada. Su mirada nunca aparece, sus pensamientos están ocultos, su visión es oscura y está escondida. Los manipuladores nunca cuentan la realidad de lo que ocurre, nunca viven las cosas como son, sino como ellos quieren que parezca. Hacen juegos malabares con la vida, les dan la vuelta a las cosas, te asesinan emocionalmente y resurgen para seguir haciendo daño, siempre adelante, como si no pasara nada. Neil, es, para nosotros, un tipo lejano, engreído, que engaña a las mujeres y que no nos genera lástima si termina mal. No podemos sentir ninguna empatía por un tipo así. 

Las personas que están en torno a Jane la avisan repetidas veces de su error. Las advertencias se suceden porque es así como ocurre en la vida. Todo el mundo ve con claridad que ese hombre te manipula, que está abusando de tu credulidad o, quizá mejor, del poder que tiene sobre ti. ¿Por qué una muchacha joven, guapa y luminosa, con una inteligencia clarividente, cae en manos de un tipo de esta calaña? Ese es un misterio que no saben resolver ni el psiquiatra, ni el psicólogo ni siquiera las amigas de Jane. Y, entre las advertencias, hay una voz privilegiada: la de la propia mujer de Neil que ha pasado por esto y que conoce el paño. Sus avisos caen en saco roto porque sabe ella misma que volvería a ser una víctima de Neil si él lo quisiera. Nunca ha dejado de mirar atrás por mucho que quiera parecer liberada de ese influjo. Es un peligro potencial que no se acaba nunca. 

El resto de los personajes de la novela están ahí para señalar aún más las diferencias, la absurda separación que existe entre ellos dos. Ben, el antiguo novio de Jane, un muchacho puro y con costumbres hippies, representa la lucidez de lo sencillo, alguien que te quiere sin más artimañas, alguien en quien resplandece cierta bondad que Jane ha dejado atrás en cuanto Neil apareció en su vida. Porque uno de los efectos que causa Neil es que las mujeres se convierten en brujas, gente mala que quiere hacer daño, que exige y que pide continuamente. Las mujeres sinceras son arpías, dice la propia Jane emulando el pensamiento de Neil. Un círculo de manipulación del que resulta muy difícil escapar. Porque Neil odia a las mujeres tanto como las envidia o las desea. Y, sobre todo, odia a las mujeres luminosas, a las mujeres inteligentes, a las mujeres como Jane. Real, como la vida misma. 

Paseando con hombres. Ann Beattie. Ediciones Gatopardo. Fecha de publicación: 2016. Traducción del inglés de Catalina Martínez Muñoz. 

Sinopsis del libro (editorial): En 1980, en Nueva York, Jane, una recién licenciada de Harvard, conoce a Neil, un problemático escritor veinte años mayor que ella. Los dos se convierten rápidamente en amantes y se mudan a un brownstone en el barrio neoyorquino de Chelsea. Neil le revela a la joven las reglas indispensables para vivir la vida: «Si te llevas las sobras de comida de un restaurante, no le comentes al camarero que se las darás al perro, dile que quieres los huesos para “un amigo que hace autopsias”».«Si no puedes hacer el pino (que sería lo preferible) aprende a dar volteretas.» «Haz el amor en los lavabos de los aviones.» «Vístete sólo con impermeables fabricados en Inglaterra.» Sin embargo, Jane descubre enseguida que detrás de las certezas de Neil sólo se ocultan sus propios fracasos y decepciones.

Reseña de la autora (editorial): Ann Beattie (Washington, 1947) está considerada una de las escritoras más importantes de Estados Unidos.
En 1976 publicó su primera novela, Postales de invierno, a la que siguieron Retratos de Will (1990), Nadie como tú (1995), My Life, Starring Dara Falcon (1997) y The Doctor’s House (2002) entre otras. Sin embargo, la fama de Beattie se debe sobre todo a sus libros de relatos, de los que cabe destacar: Distortions (1976), Secrets and Surprises (1978), Where You’ll Find Me and Other Stories (1993), Park City (1998) y Follies: New Stories (2005).
Ha recibido diversos galardones, como el premio de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras (1992), el Premio Pen/Bernard Malamud Award (2000) y el Rea Award for the Short Story (2005).
Actualmente, enseña en la Universidad de Virginia, donde ocupa la Edgar Allan Poe Chair del Departamento de Inglés y Escritura Creativa. Sus cuentos han sido publicados en The New Yorker.

Amarillo Vogue


La modelo Joanna McCormick aparece en la portada de julio de 1957 de la revista "Vogue". Las portadas de "Vogue" son la historia de la moda, del gusto femenino, de la emocionalidad, del sentimiento de la mujer. Mucho más que cualquier otra manifestación, a veces mucho más que cualquier libro. Todas las portadas llevan un mensaje y es un mensaje que no siempre se descifra. Sobre todo, llevan una intención, un anuncio. La mujer de la portada amarilla de julio de 1957 despliega la placidez elegante del verano de la Costa Azul. No el verano de las playas atestadas, de los paseos marítimos llenos de gente sin nombre. No. Ella es esa mujer que solo se cruza en nuestra vida una vez. Es la oportunidad que puede que nunca aparezca. Nosotras mismas, quizá en alguna ocasión podríamos haber sido esa mujer, con su pulcra sortija de perlas blancas, con sus pendientes a juego, con sus labios y sus uñas rojas, con su maravilloso sombrero orlado de lazos y mariposas. Es la mujer que lanza su mirada cálida y desconcertada. Es la mujer del suave maquillaje, del beso amanecido. La mujer que cualquiera llevaría de su brazo. La mujer que no eres. Ni serás nunca. 


La mujer del abrigo amarillo, la que aparece en la portada de enero de 1956, tiene una recatada melena, unos guantes blancos a juego con el vestido y el bolso, unas gafas de sol y, sobre todo, un gesto displicente, una actitud propia, un deseo de ser ella misma, de lanzarse al mundo con su presencia, con su contenido exacto, con su forma de ser. Es una mujer valiente, que no teme a miradas ajenas, que observa sin exagerar, que cumple con su papel sin querer ser ostentosa. Es la mujer de la fuerza, de la inteligencia y de la ingenuidad convertida en certeza. Es una mujer que todas quisiéramos ser, una mujer que cualquiera miraría por la calle, una mujer entera, digna, convencida, atrapada solo en sí misma y, aún así, dispuesta a todo. Es la mujer que todas quisiéramos llevar dentro, aunque nuestro exterior sea diferente. Esa disposición, esa rectitud, esa verdadera realidad que, no nos engañemos, está ahí y no sale porque tenemos miedo. Esta mujer no tiene miedo a nada. 


Antes de eso, en 1950, el verano se anunciaba con una sombrilla que tenía los colores del sol. Entonces la mujer se ocultaba detrás de ella y solo podíamos acceder a una parte de su mirada enigmática, al esplendor de los brazos y al gesto pícaro de la boca. Ella no quería ser vista, pero tampoco ocultarse, en ese doble juego del sí y el no que convierte la portada en un rompecabezas. En cualquier playa, en cualquier escenario, podía aparecer una historia que merecía la pena vivirse y escribirse y que, siempre, siempre, terminaba coloreando de amarillo las sombras del día. El invierno no tenía razón de ser y todo parecía convertirse en una estupenda rueda giratoria en la que las manos y los pies se entrelazaban para bailar al ritmo de la música de moda. Todo era música y la sombrilla se agitaba airosa, en las orillas, en la arena cambiante y con el flujo de las mareas, pleamar y bajamar, siempre el mismo son, la misma duda. 

domingo, 23 de junio de 2019

Flores blancas, tumbas negras


Anderson (Gene Hackman) y Ward (Willem Dafoe), dos agentes del FBI de Hoover, investigan, en el verano de 1964, la desaparición de tres jóvenes activistas del movimiento pro derechos civiles “Verano de la libertad”, en un pueblecito del Estado de Mississipi. 

Anderson y Ward son el agua y el aceite. El uno, rudo y atípico; el otro legalista y metódico. Mismos objetivos, métodos distintos. La clásica pareja de policías obligados a trabajar juntos contra su voluntad que, en este caso, ofrecen un contraste apasionante y la oportunidad de oír algunos de los diálogos más inteligentes de este tipo de uniones. 

A partir de aquí Alan Parker hace un mix de drama, denuncia y policíaco, a base de un ritmo endiablado y sostenido, unas interpretaciones de mérito y una atmósfera efervescente. A modo de poblado del legendario Oeste, el pueblo es una ciudad sin ley, en la que el polvo, el calor y el miedo se aúnan para mantener la tensión del espectador desde el minuto 1 al 125. 

La película ofrece algunas verdades incuestionables. Nadie admitirá que está a favor del racismo. Ninguno de nosotros disculparía la violencia. Todos entonaríamos convencidos el grito “Estoy más que harto” y marcharíamos en fila con gesto contrito en defensa de la libertad. En este sentido es una película claramente partidista. 

También contiene algunas trampas convenientemente escondidas de la forma efectista que se gasta Parker. Pero es inútil. Las vemos, las percibimos, aunque, al fin, no nos importan. No se trata de eso. Esa pelea a lo Steven Seagal, por ejemplo, entre Anderson y Ward. Esa constante alusión visual y verbal a que allí todo se resuelve a base de “huevos”. La gran trampa, la sentimental cómo no, con ese pseudo romance entre el caballero Anderson y la dama en apuros, una gentil Frances McDormand antes de los Coen, que es aquí la pieza clave en los 50 minutos que el marido de la peluquera no puede justificar de ningún modo convincente. 

Fuego, polvo, desvencijados coches que emergen en caminos pantanosos, fantasmas, encapuchados, arengas que concitan terribles unanimidades, encerronas, rostros. Los rostros son punto y aparte. Primeros planos encendidos por las proclamas, excitados por la violencia, hombres oscuros, hombres negros, niños rubios con ojos azules a punto de oír en la escuela que la Biblia consagra la segregación. El odio como asignatura. 

Esta es una película de dualidades. Ward y Anderson. Negros y blancos. Legalidad o violación de derechos. Miedo de casi todos y valentía de un niño. Impecables hombres de negro del FBI y policías estatales pasados de cerveza. Ocultación de los hechos y periodistas apaleados por informar. 

La dualidad máxima: Las trompetas sarracenas, esas delicadas flores blancas, crecen en los campos cenagosos de un pueblo que traza una línea divisoria entre razas. Quizá por eso esas flores no tienen olor. 

Sinopsis: 

El 20 de junio de 1964 Michael Schwerner, Andrew Goodman y James Chaney viajan por Filadelfia, pueblecito de Mississipi, como voluntarios de una organización pro derechos civiles, para lograr registrar a los negros como votantes. La desaparición de los tres jóvenes, dos blancos y un negro, abrirá una investigación que dirigirá el agente Ward, con el auxilio del agente Anderson, ambos del FBI. 

Algunos detalles de interés:

La película se estrenó en 1988 y fue dirigida por Alan Parker. En la filmografía de Alan Parker están “El expreso de medianoche”, “El corazón del ángel” o “La vida de David Gale”. 

En el reparto están Gene Hackman, Willem Dafoe, Frances McDormand, Brad Dourif, Michael Rooker, Stephen Tobolowsky, Gailard Sartain. La música es de Trevor Jones, el guión de Chris Geromo y la fotografía de Peter Biziou. 

Gene Hackman y Willem Dafoe forman un dúo sensacional. Aunque Hackman fue más reconocido por su labor y obtuvo incluso el Oso de Plata al Mejor Actor en Berlín, yo me quedo con Dafoe. Su personaje, contenido, intimista y elegante, me resulta más atractivo y me atrapa más que su compañero, ligeramente sobrecargado de matices y más tramposo en su papel. 

El final de la película, con la imagen de las detenciones de los responsables de los asesinatos y la sobreimpresión, sobre el blanco y negro de la salida de los juzgados, de las penas que se les impusieron (irrisorias) es uno de los logros del filme. El organizador de los asesinatos y miembro del KKK, Ray Killen, que en los juicios de 1967 fue absuelto, llegó de nuevo a los tribunales en 2005, cuando se reabrió el caso. Tenía ochenta años, iba en silla de ruedas y con mascarilla de oxígeno que no ocultaba, según dice la prensa, su sonrisa cínica. 

Si hay que elegir una frase como corolario, puede ser esta: “El béisbol es el único sitio donde un negro puede menear un palo ante un blanco sin que empiece un disturbio”

Connie y el guardabosques

A los catorce años leí "El amante de Lady Chatterley". La figura del guardabosques me parecía intrigante. ¿Existirían hombres así? ¿Hombres con ese vocabulario floral para designar lo que otros nombraban sin ninguna poesía? En realidad, visto con desapasionamiento, era un individuo primario, casi analfabeto, que poco o nada tenía que ver con mis inquietudes intelectuales de entonces (esas charlas interminables con los amigos, diseccionando películas como si estuviéramos haciendo una autopsia) y mucho menos con las de Connie Chatterley, pero, para ambas, encarnaba al "hombre" con mayúsculas, una especie que se adornaba de todas las distinciones. Éramos muy elementales en el fondo o, quizá, muy sensatas. Recubríamos nuestra supuesta erudición con adjetivos que habíamos tomado prestados de los libros de cabecera o de las películas que alguien nos había recomendado, pero, en el fondo, buscábamos un algo menos tangible, más especial.

Esto lo explicaba años más tarde Bridget Jones y de esa forma todo adquirió un tono más sencillo. Lo nuestro era natural y no lo sabíamos. Por su parte, Connie y su hermana recorrían las aulas universitarias durante los años anteriores a la primera gran guerra, en busca de gente "interesante" que tuviera una buena conversación (siempre la misma excusa), porque eso parecía ser el culmen de las aspiraciones de las jóvenes de su época. Eran los años veinte y, aunque ellas no lo sabían, el mundo estaba cambiando. 

Después de la I Guerra Mundial las cosas nunca volverían a ser como antes y esa añoranza de los tiempos pasados, a buen seguro mejores, resplandece en muchos aspectos de la novela. Se respira la nostalgia de la quietud, de la serenidad, de la charla templada, de los momentos distendidos, sin agobios y presiones, sin miserias. La situación de la aristocracia y de la nobleza rural en Inglaterra, como en otras partes del mundo, había cambiado, ya no volvería a ser como antes. Se derrumbaba casi todo lo que antes tenía sentido y con ello las mentes, que debían construirse un argumentario nuevo, una distinta ubicación en el mundo y la vida. 

D. H. Lawrence tenía conciencia de eso y, además representaba la figura de un verdadero outsider, alguien que no pertenecía por familia a la clase social más representativa de la cultura y el arte pero que llegó hasta allá por méritos propios, por su talento y por su capacidad de convertir la vida en escritura. Sin embargo, siempre llevó dentro al personaje disconforme con las élites, siempre defendió la vida natural, íntima, sencilla y, sobre todo, alejada de clichés y de prototipos que, según su propia experiencia, estaban cayendo irremediablemente al suelo, pisados, atropellados, confusos, discontinuos, perdidos. 

También Constance Chatterley, hija de buena familia, aristócrata de cuna, pero, a la vez, mujer independiente, llena de ideas, de deseos y de reivindicaciones, comprendió que el derrumbe del mundo exterior tras la guerra y sus secuelas, iba a llegarles a ellos, los poderosos y extraordinarios miembros de la clase privilegiada. Su marido, por ejemplo, condenado a una silla de ruedas, eso sí, moderna y con motor, no es capaz de hacerla feliz íntimamente, ni siquiera de tener un hijo que prolongue su estirpe. Esa clase de vida, amorfa, sin pasión, sin sexo, centrada solo en la espiritualidad y en la conversación como única arma de comunicación, tendrá que pasarle factura. Y por eso está allí Oliver Mellors, el guardabosques.
A veces veía por la calle a alguien que me recordaba al guardabosques de Lawrence. Tipos rudos que hacían trabajos manuales, albañiles, gente de la mar, capataces de las salinas, trabajadores normales. Ellos no tenían nada que ver con los compañeros de clase, ni con los hombres de chaqueta y de máquina de escribir, pero parecían desprender una clase de fuerza que no era comparable a otras cosas. 

Me imaginaba, después de leer y releer el libro, que en el mundo anclado en las convenciones sociales de Constance, esa evidencia sería mucho mayor, sobre todo cuando una ha perdido toda esperanza de que haya ojos que la contemplen como la mujer insatisfecha que ella era. Toda esta lucha interna, entre el engaño, la pérdida de la libertad y el deseo, tenía por fuerza que impresionar a una adolescente que no logró captar el significado de algunos de los temas que el libro trata hasta releerlo años después. 

La escena del descubrimiento de Mellors por parte de Connie es excepcional. Me he preguntado siempre si esa constante actitud contraria de muchos estamentos no tenía que ver con el resquemor de que una mujer de clase alta se sintiera deslumbrada por un trabajador manual. Una especie de lucha de clases íntima, no solamente económica, sino también plasmada en los ámbitos más profundos de la vida de las personas. Esa reivindicación del encuentro amoroso como lenguaje específico de los cuerpos, sin cortapisas y sin limitaciones, me pareció más importante que las pancartas y las manifestaciones. 

La censura que la obra sufrió durante años, el anatema de ser un simple entretenimiento erótico, las desastrosas versiones para el cine, el desconocimiento del sentido último del libro y de su significado en el contexto en el que fue escrito y, sobre todo, el escaso valor que se le daba al resto de la obra de Lawrence, sin cuyo concurso es imposible captar los pensamientos e ideas que trasladaba a su escritura, convirtieron al libro en un juguete sin valor que, incluso, estaba mal visto comentar. Pocas reseñas he visto por ahí que incidan en el cambio que experimenta la protagonista al conocer de cerca otro mundo que antes solo había entrevisto. Pocas veces se insiste en que el descubrimiento de una sexualidad natural, sana, abierta y sin complejos, hace el efecto sanador de permitir que la personalidad de ella aflore. Tampoco se suele comentar que el trasfondo de la lucha de clases estaba presente en la obra, porque, de algún modo, la guerra trastoca las funciones y convierte lo sagrado en imposible. 

Además de eso, y a pesar de que la lucha de las mujeres por ser consideradas dueñas de su vida y de sus elecciones estaba en un punto de no retorno en esos años, todavía el tema sexual seguía siendo tabú. Una lectura interesada y transversal condenó al libro y cuando llegó a mí y a los lectores (después de pasar peripecias increíbles como el juicio que lo sentó en el banquillo en el año 1960 en Inglaterra) se convirtió en motivo de charlas y de discusiones acerca de su contenido y de su valor literario. 

Sin embargo, como suele sucederme a menudo, el libro abrió otras puertas en relación con su autor. Leí, después de eso, "El arcoiris", "Mujeres enamoradas", "Hijos y amantes", "La serpiente emplumada", una colección de cuentos y toda clase de ensayos y biografías más o menos acertadas del escritor. Es decir, una indagación en torno a su obra en toda regla. "Mujeres enamoradas" cuya precuela es "El arcoiris" porque enmarca la historia de la familia Brangwen a la que las dos hermanas protagonistas pertenecen, incide, además en crear personajes femeninos que tienen un protagonismo inusual en la novelística de su tiempo, salvo en las historias escritas por mujeres, la mayoría de las cuales se guardaban en los cajones sin salir a la luz. Las hermanas, Úrsula y Gudrun, distintas pero complementarias, dan también el salto a otra clase social, al menos en lo que se refiere al amor, a través de su propia lucha por ser diferentes y por salir del contexto opresor en el que sus vidas se han desarrollado. La búsqueda de la conversación inteligente, de los modos refinados, de la elegancia del espíritu, todo eso está en el fondo de sus formas de actuar y de ser. 

De esa manera pude contextualizar "El amante...", que es no solo una novela en torno a la libertad de amar, algo que debería ser santo y seña de los seres humanos, mujeres incluidas, sino también una forma de expresar el desprecio que sentía Lawrence hacia las convenciones sociales por razón de cuna, hacia la industrialización salvaje que había terminado con la naturaleza y lo sentimientos puros en torno a ella y, sobre todo, una narración intensa y llena de matices sobre las relaciones entre los hombres y las mujeres y entre las personas y su yo interior. 

El verano en el que leí el libro, en medio de la tradicional vorágine lectora de las Agathas que había surgido con anterioridad, una visión nueva apareció para mí y no solo literaria, sino vital. Era el verano de los catorce años y, tras Lawrence, apareció en una colección de pastas duras y hojas pálidas el primer "Orgullo y prejuicio" que cayó en mis manos. De modo que ambos, Austen y Lawrence, formaron una curiosa pareja durante mucho tiempo. Sobrevivieron al verano y ahí siguen, impertérritos, demostrando que las clasificaciones son cosa de gente que mira por encima del hombro. En realidad, aunque no lo parezcan, ambos tienen mucho en común: van contra lo establecido y adoran la conversación. 

Eso es lo que hacen los libros: crear estados de ánimo, interrogarte acerca del mundo y de ti misma, abrir ventanas, expulsar mentiras y abordar emociones que, quizá, de otro modo, hubieras guardado en el fondo de un cajón, en una de esas libretas de pastas coloreadas que emborronabas desde siempre. Allí estoy, sentada en un rincón escondido de la azotea, de espaldas al viento que movía las hojas de los libros y traía sabor a salitre. Allí estoy, sola, con mis compañeros impresos, buscando horas al día para escaparme. Y luego, como ellas, las mujeres de esos libros, hablo de cosas intrascendentes con las amigas de la calle o las hermanas, guardando para mí, en un sitio inaccesible, eso que los libros han ido creándome: preguntas sin respuestas, respuestas a preguntas no formuladas.