domingo, 5 de mayo de 2019

Padres e hijos


Alguien podría pensar que esta historia ha quedado desfasada. Pero no. Aunque la estética de la película nos resulta ahora vintage, aunque los actores aparecen tan jóvenes que apreciamos cuánto ha pasado el tiempo, ni el tema ni el fondo de la historia son cosa pasada. Al contrario. Muy presentes en esta y en otras miles de formas. El relato del desamor entre una pareja cuyos hijos se desarraigan de uno o de otro es el relato de las sociedades modernas. En este sentido la película es la constatación de una evidencia y también un aviso. Te puede pasar a ti. 

Cuando vuelves a verla te llama la atención, en primer lugar, la fotografía. Desde ese primer encuadre en el que el rostro de Joanna Kramer (Meryl Streep) muestra el dolor por la separación de su pequeño, hasta la escena final en la que ese mismo rostro adquiere la serenidad de la aceptación, transcurre un recital de magia fotográfica, de interiores velados, de exteriores simétricos, de luces y sombras, de primeros planos magistrales, la marca inconfundible de Néstor Almendros (1930-1992), el director de fotografía de origen español que se formó en Cuba y que terminó sus días en Nueva York. 

La historia no es usual para la época y, casi diríamos, tampoco para este tiempo. Una mujer, madre y esposa, Joanna Kramer, deja atrás a su marido y a su hijo de seis años, Billy (un precioso niño, inteligente y cariñoso), porque no se siente a gusto con su vida. Es profundamente infeliz, considera que no es una buena madre y que tiene que intentar encontrar un sentido diferente a su existencia. Las mujeres de la época, al verla, pensaban que era una egoísta, alguien que aspiraba a demasiado. El padre, un ejecutivo de publicidad, ha de construir una nueva vida cotidiana que, al final, acabará pasándole factura a su trabajo. 


El primer desayuno termina con las tostadas quemadas y la llegada al colegio con una pregunta clave “¿en qué curso estás?”…Cuando van a hacer la compra el hombre no sabe qué productos llevarse y a partir de esos primeros momentos de desconcierto se inicia el duelo de la pérdida: quitar las fotos de ella, guardar sus cosas, vaciar armarios, meterlo todo en cajas de cartón. 

Todo este proceso se produce sin que sepamos a ciencia cierta qué siente el hombre porque está inmerso en cuidar al niño y en que la rutina fluya sin demasiados contratiempos. Las rabietas del niño lo desesperan a veces. Tampoco ayuda el que su jefe le exija más concentración a su tarea. Pero, poco a poco, las aguas se van remansando y él consigue crear un territorio familiar en el que las cosas se encajan, aunque con interferencias y disfunciones, como esa noche en la que se acuesta con una compañera de trabajo que anda por el pasillo desnuda y se encuentra con el niño. 

En un momento dado, pasados unos meses, la madre vuelve a aparecer y desde ese momento todos nos preguntamos qué hará y cuándo dará señales de vida. En esa incertidumbre sucede un accidente de columpio y veremos al padre correr por toda la ciudad con el hijo en brazos para llevarlo al hospital. El miedo a que su hijo se quede solo también surge y por eso le dice a su vecina y amiga, Margaret, que cuide del niño si a él le pasa algo. 


Cuando la madre decide pedir la custodia del niño porque considera que ya ha pasado el mal momento la esencia de las cosas cambia y pasa a manos de abogados y jueces.  La madre es una egoísta, volvemos a pensar. Vuelve ahora queriendo tener derechos, después de lo que ha hecho sufrir al niño y al padre. Los acontecimientos se desbordan. Ya no están controlados por ellos y así se llega al veredicto: custodia para la madre. Pero esto es una película y por eso el final da un giro que, en la vida real, lo sabemos, nunca se produciría. La madre renuncia a la custodia porque entiende que su hijo es feliz en su casa y con su padre. Ahora nos reconciliamos con ella, la perdonamos, aunque seguimos sin entenderla. 

Con esta sencillez de desarrollo, sin efectos especiales ni vueltas de tuerca (salvo el final, tan imposible) la película es un melodrama realista, porque así son las cosas y no podemos mirar para otro lado. Su realismo y la forma en la que engancha con los espectadores le granjeó un éxito inmediato, cinco premios de la Academia y otros reconocimientos más. En el público quizá un debate: ¿Tiene derecho una persona a dejar atrás su familia, sus hijos en concreto, para buscar algo “interesante” que vivir?

Kramer contra Kramer. Dirigida por Robert Benton en 1979. Meryl Streep y Dustin Hoffman. 



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