miércoles, 22 de mayo de 2019

"Los lobos de Praga" de Benjamin Black


Este es un Black que parece Banville. Pero no el Banville de "Antigua luz", de "El mar"o de "La guitarra azul", sino más bien el de "La señora Osmond", lo que quiere decir que es un Banville más estilizado y menos oscuro. Que John Banville-Benjamin Black es un excelente narrador, un frasista de primera, un autor fundamental de nuestra literatura actual, resulta evidente. Pero eso no quiere decir que todos sus libros estén a su altura. Como ocurre con "La señora Osmond", un ejercicio de estilo que intenta reproducir y continuar los aires de Henry James pero que no deja de parecer una especie de intento. No hay necesidad, pienso, de saltarse lo que uno es para navegar en los mares de otros. Y por eso hay que saludar con satisfacción este libro, "Los lobos de Praga", que tienes que leer en el momento adecuado porque, si no es así, puede darte la impresión equivocada de que es un lento río sin meandros. 

El libro, que se acoge a la tradición del noir literario, tiene como protagonista a Christian Stern, un alquimista, que quiere medrar en el ambiente cortesano de Praga allá por el año de 1599. Una joven muerta inicia la acción. Y el encargo del emperador Rodolfo da lugar a la intervención investigadora de Stern. Hasta ahí todo bien. Podía haberse ambientado en cualquier tiempo y lugar porque es un esquema clásico. Joven muerta, misterio sin resolver, detective que intenta descubrir el secreto que se oculta detrás de ese posible asesinato y fuerzas extrañas que lo cercan. Pero a los secretos detectivescos y a los misterios por resolver y a los asesinatos y a los crímenes se une un complejo telón de fondo que distrae más que ayuda a comprender la acción.

El detallismo resulta algo empachoso. Describir con todo cuidado un coche de caballos, una vestimenta, una habitación, un itinerario, puede resultar convincente para una novela histórica pero en un thriller llega a entretenerte demasiado y este merodeo termina siendo excesivo. Como ocurre con muchos libros, lo mejor se condensa en los primeros renglones:

"Hoy pocos recuerdan que fui yo quien encontró el cadáver de la desdichada hija del doctor Kroll tendido en la nieve aquella noche en el Callejón del Oro. La voluble musa de la historia casi ha borrado el nombre de Christian Stern de sus páginas eternas, aunque a menudo he tenido razones para pensar que habría sido mucho mejor para mí no haber aparecido nunca en ellas. Mi destino era elevarme muy alto, con un magnífico plumaje, pero al final volví a caer al suelo con las alas en llamas"

El fragmento nos descubre algunas cosas: el tema principal, esto es, el posible asesinato de una joven, de padre conocido, pero cuya muerte arroja incógnitas. La personalidad del narrador (el libro está escrito en primera persona), su nombre y sus aspiraciones que, como él mismo afirma de entrada, no se han visto cumplidas. Y el anuncio agorero de que su intervención en la historia fue negativa para él a la postre, aunque alguna fama debió darle dado ya que si su nombre se ha borrado es porque antes estuvo escrito.

Muy pronto nos añadirá información sobre sí mismo, lo que hace en los párrafos iniciales:

"Yo era todavía un hombre joven, con veinticinco años recién cumplidos, despierto, sagaz y ambicioso, y tenía todo el mundo por delante, a la espera de que alguien lo conquistara, o eso me parecía. Mi padre era nada menos que el príncipe-obispo de Ratisbona; mi madre, una sirvienta en el palacio del obispo: un bastardo, por tanto, pero decidido a no ser el criado de nadie." 

El carácter decidido, seguro de sí mismo, ambicioso, del protagonista, aparece reflejado sin duda alguna. Además de eso tenía "una gran sed de conocimiento", y ello hizo que se convirtiera en un "precoz adepto a la filosofía natural y en un curioso aunque más bien escéptico estudioso de las ciencias ocultas". Sus padres adoptivos le daban palizas de pequeño, pero su padre biológico, el obispo, le proporcionó una buena educación. Su oportunidad estaba en Praga, a la sazón bajo el reinado de Rodolfo II, de la casa de Habsburgo, rey de Hungría y Bohemia, archiduque de Austria y gobernante del Sacro Imperio Romano. Por eso llega a la ciudad en diciembre de 1599. En realidad, Christian Stern es una especie de emprendedor, de buscador de fortuna, que tiene claras las oportunidades cuando se presentan. Un retrato que no es ajeno al mundo de hoy pero que en esos años finales del siglo XVI representaban casi a una clase social.

La historia es un continuo flashback porque se escribe cuando Stern es un anciano y por eso él mismo añade juicios de valor sobre acontecimientos que aún no han sucedido. Esto da lugar a que junto a los personajes de ficción aparezcan otros que son reales, tanto gobernantes, como sabios, alquimistas, científicos, astrónomos, matemáticos. Reales o ficticios todos ellos se mueven en torno a la corte de Rodolfo, un rey de carácter extraño, con mala prensa, pero de quien Stern llegó a formarse un buen concepto a pesar de que estaba "un poco loco". Como podemos suponer, ser hijo bastardo de un hombre influyente tuvo mucho que ver con su suerte en Praga, de manera que logró el favor del rey y esto le abrió puertas insospechadas. 

La manera de relatar de Banville-Black es adictiva. Incluso cuando trata temas que, de entrada, no nos interesan. Porque se trata de la virtud de la literatura, esa capacidad de que las palabras te conduzcan al camino deseado. Las novelas históricas no me gustan, ni me interesan y la mayoría de ellas son pesadas y huecas. Los escenarios resultan de cartón-piedra, los personajes suenan a estereotipo y los argumentos forzados. Pero, en este caso, desde las primeras páginas,  olvidas que estás en el siglo XVI y te trasladas a lo hondo de la naturaleza humana. Su capacidad para describir lo que ve, acompañada de esas reflexiones profundas en forma de frases cortas que van atravesando transversalmente el libro como si fueran heridas, es notoria. Aquí resulta fundamental porque la ciudad y sus calles, posadas, castillos, son otros protagonistas inanimados de la historia.

Las grandes palabras son aquí trasunto de inteligencia práctica, adaptación al medio, superación de las dificultades, traiciones y engaños, lucha entre advenedizos, mentiras consistentes, toda la parafernalia de situaciones que eran propias de las convulsas cortes de la época, en las que la magia y la religión pugnaban por convertirse en guía de los monarcas y en las que los validos, cortesanos, consejeros, obispos, tenían un papel fundamental que terminaba influyendo, no siempre para bien, en la vida de la gente. Dado que el encargo que el rey le hace de descubrir quién asesinó a la joven bañada en sangre que encuentra la primera noche es lo que puede convertirle en su favorito, no deja de llamarnos la atención la descarnada y escéptica frase que él mismo asume:

"Había ido a Praga decidido a ganarme el favor de Rodolfo, y lo había logrado superando con creces mis esperanzas más fantasiosas, pero si alguna vez hizo falta una prueba de la vieja advertencia de que conviene guardarse de conseguir lo que se desea, yo lo era".

Es decir, mira tu espalda cuando triunfes, no dejes de lado a tus enemigos y tampoco a tus amigos porque no sabes desde donde surgirá la daga.


Los lobos de Praga. Benjamin Black. Editorial Alfaguara. Serie Negra. Narrativa Internacional. Traducción de Miguel Temprano García. Título original: Prague Nights. Editada originalmente en 2017. 

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