sábado, 4 de mayo de 2019

El juego de la venganza


La historia tuvo lugar en Kuala Lumpur en 1911. Luego se convirtió en un relato, publicado en 1924, junto a otros que formaban el libro The Casuarina Tree. Más tarde, en una obra de teatro escrita en 1927. Por fin, en una película, de 1929. Y el fin de todo ello, de esta suerte de atracción mantenida en el tiempo, es esta película La carta, de 1940. Así, Somerset Maugham, el dramaturgo; Howard Koch, el guionista; William Wyler, el director y Bette Davis, la actriz, forman el cuarteto sobre el que se asienta esta extraña, apasionante, dura y compleja producción. 

Nunca la fotografía ha sido un aliado tan fiel de las emociones. Nunca los movimientos de cámara han tenido mayor protagonismo. Nunca, las diferencias sociales, la lucha de clases, han tenido un espejo mejor en que mirarse. Nunca la pasión amorosa se ha escrito con tanta conmiseración y tanto odio. Nunca la rivalidad femenina ha tenido un ropaje tan caro y unos rostros tan herméticos. Nunca hemos entrado en una historia a través de una escena inicial tan llena de matices, líricos, poderosos, inmarchitables. Era una noche de luna llena, una gran luna, la que alumbra por igual, en los territorios coloniales, la casa de los ricos administradores y las miserables literas bajo el suelo de los pobres trabajadores. 

En la entrada de una de estas mansiones está una mujer. Sale de la casa detrás de un hombre y lo observa mientras cae al pie de la escalera. Ella lleva una pistola en la mano y vacía el cargador sobre el cuerpo del hombre, que no puede, o no quiso, defenderse. La luna se mueve sobre la plantación. El ruido de los disparos levanta el vuelo de los pájaros y el débil sueño de los esclavos que dormitan apenas en el suelo. La luz de la luna bosqueja sombras en los rostros y por eso no sabremos nunca qué siente esa mujer que dispara. 

Leslie Crosbie (Bette Davis) estaba sola esa noche en casa, mientras su marido, Robert (Herbert Marshall) viajaba por negocios. El muerto es un hombre mujeriego y bebedor que ha intentado propasarse con Leslie. Es el señor Hammond y parece lógica la reacción de ella. Defenderse ante la agresión sexual. Nadie podría culparla por eso. De esta forma se enhebra lo que pasa a ser un drama judicial en el que, además de ellos, está el abogado amigo de la familia (James Stephenson) y el detective encargado del caso (Bruce Lester). A estos hombres Leslie los conducirá por la senda de sus propios intereses y todo se hubiera resuelto con la mayor comodidad si no existiera alguien que no está dispuesta a darle facilidades. La viuda del muerto (Gale Sondergaard), una nativa de rostro cerúleo y mirada ofensiva. Alguien que trata a Leslie como a una igual y que no va a arrodillarse ante ella. Ese matrimonio secreto le da la fuerza necesaria para luchar contra una mujer poderosa pero que encierra una enorme debilidad en su corazón. Esa debilidad ha sido a la vez motivo y desazón. El enfrentamiento entre esas dos mujeres va a generar en todo momento un cruce de sentimientos y de inteligencias de muy difícil desenlace. 

Las escenas finales de la película hablan de venganza. La venganza es el resultado de una carta inapropiada, de una carta que nunca debió haberse escrito y que puede significar la sentencia de muerte para alguien. Pero ese trozo de papel se usará para la humillación antes que para la justicia. En las manos de una de las mujeres estará la vida de la otra y en ocasiones como estas es peor sobrevivir cuando una siente que, al final, el corazón acabó roto al tiempo que el hombre muerto caía por las escaleras acribillado. 

Hay elementos sobrados en la película para acongojar al espectador: el calor tórrido del trópico, la plantación basada en la desigualdad y la explotación, las diferencias sociales evidentes, las mentiras y ocultaciones. A nivel estético, las luces y las sombras, el juego de los ropajes, las expresiones faciales y corporales de los personajes, el cruce de miradas, tan definitivo. La fotografía, enhebrando un recital de belleza y opresión al mismo tiempo. La técnica al servicio del melodrama. 


Sinopsis: 

En una plantación de Malasia cuyo dueño y administrador es Robert Crosbie, su esposa Leslie dispara hasta dejarlo muerto a un amigo de la casa, el señor Hammond. El abogado de la familia y su ayudante, un joven nativo, tendrán que demostrar que la coartada ofrecida por la mujer es cierta, aunque el hallazgo de una comprometedora carta pondrá en evidencia su versión y desatará un juego de venganzas y engaños.

Algunos detalles de interés:

La primera versión cinematográfica de La carta fue dirigida en 1929 por Jean de Limur para la Paramount, protagonizada por Jeanne Eagles y O. P. Heggie. Existe una tercera adaptación al cine, titulada The Unfaithful y protagonizada por Ann Sheridan en 1947, además de una cuarta para la televisión, del año 1982, con Lee Remick en el papel principal. 

Bette Davis trabajó para William Wyler en otras dos memorables películas, de las mejores de su filmografía, La loba y Jezabel. 

El trasfondo histórico del argumento está en el dominio británico de Malasia, que originó ingente literatura, denominada “colonial” y que implica siempre una contradicción entre estratos sociales y laborales muy diferentes. 

Técnicamente sobresale la inmensa fotografía de Tony Gaudio, en un impecable blanco y negro que arropa la acción, además del uso del travelling por el director, tanto en la primera escena (de izquierda a derecha, para mostrar a los trabajadores malayos y a continuación el crimen), como en la última (de derecha a izquierda, siguiendo el camino de Leslie desde su casa hasta la puerta de la calle). 


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