viernes, 31 de mayo de 2019

Declaración de amor

(Renoir. Dos niñas al piano)

El colegio aparecía en la esquina de una espaciosa calle del centro. Estaba rodeado de casas hermosas, la mayoría de ellas de una planta, aunque estaban coronadas por torres, buhardillas o azoteas al estilo del sur. La fachada era blanca con remates de color albero y tenías que subir tres escalones de mármol para acceder a la entrada, bordeada de azulejos esmaltados, formando cenefas y dibujos geométricos, verdes, azules, malvas y corintos. Después, traspasando una puerta de hierro y de cristal, aparecía el enorme patio, cuadrado y enlosado en tonos ocres, al que se abrían las aulas, los servicios, y, al fondo, una puerta secreta que comunicaba con la casa del director. 

El zumbido de la poesía se oía a veces en alguna de las clases y también el dictado de Platero y algunas canciones que los más pequeños entonaban con poca fortuna. Un piano estaba en un rincón de la sala de música y la pequeña biblioteca estaba forrada de arriba a abajo con estanterías oscuras en las que los libros discutían por ofrecer un mejor toque de color. Las aulas eran muy grandes y todas ellas tenían ventanales que ofrecían la vista de la calle. Ventanas con postigos azules, cristales vidriados y unos pomos enormes, a modo de cancelas. 

Lo mejor del colegio era la maestra. Era muy joven y este era su primer trabajo. Llevaba el pelo recogido en una coleta y cada día cambiaba de color el lazo que la adornaba. Llamaban la atención las uñas, largas, rojas, espectaculares, como si fuera una actriz de cine que fuera a rodar un anuncio. Algunos días se ponía un pequeño collar de cuentas rosas, otras veces llevaba un broche en forma de mariposa. Se reía mucho y tenía una voz algo chillona que empleaba en reñir pero que sonaba bien en las funciones de teatro y en los ensayos de música. La maestra corregía pacientemente los cuadernos y se enfadaba cuando no estaban bien alineados encima de su mesa o alguno se caía al suelo. Explicaba la geografía sobre un gran mapa que estaba en un lateral y colocaba en la pizarra las tareas de cada día, la fecha y una pequeña anotación climática, por ejemplo: 22 de octubre, viento del sur. O: 14 de diciembre, está lloviendo. Parecía una mujer del tiempo que fuera a anunciar en la televisión todo eso de las borrascas y los anticiclones, fenómenos que peleaban entre ellos continuamente para ver quien llevaba la voz cantante. 

La clase de la niña de cabello castaño con reflejos dorados tenía tres filas de dos bancas cada una. A ella le gustaba sentarse delante para no perderse nada. Así, su sitio estaba, precisamente, en la primera fila de en medio, entrando a la derecha. Su compañera de banca se llamaba Mónica y tenía la nariz llena de pecas. La mirabas y parecía que las pecas iban a salir andando, a asaltar el espacio. Pero no. Se mantenían firmas alrededor de la nariz y en los pómulos. A Mónica le costaba trabajo aprender ciertas cosas y era también, como decía la maestra, un poco lenta. Por eso la sentaron con la niña porque la maestra tenía la idea de que una alumna buena ayudara a una alumna peor. Así estaba organizada toda la clase. 

Una vez salieron al recreo, a dar saltos en el patio, a contarse secretos y a empujarse unos a otros. Cuando volvieron, la niña reparó en un papelito que estaba colocado encima de su mesa, sujeto con un lápiz que habían colocado encima. El papelito era de rayas y alguien lo había arrancado de su bloc, lo había escrito y puesto ahí sin ser visto, seguramente. Tenía una simple frase. La letra era irregular y el lápiz era desconocido para ella. Sus lápices siempre estaban dispuestos y bien afilados, así que ese lápiz pequeño e irregular tenía un dueño al que no identificaba. La niña leyó la frase y la guardó en su mochila. No supo quién la escribió y tampoco preguntó a nadie. A nadie contó lo que había ocurrido, a nadie explicó lo de la frase, el papel y el lápiz despuntado. Llegó a casa y volvió a leer la frase a solas. Guardó el papel en uno de sus libros, una edición antigua de "Alicia en el País de las Maravillas" que le regaló su madre en un cumpleaños pasado. Estaba en la página 17, un  número mágico para la niña, no diremos por qué. 

Otra vez, siendo ya mayor, ordenando sus libros, la niña que ya no era descubrió el papel, volvió a leer la frase y sonrió sin remediarlo. Se volvió a preguntar quién y por qué. Volvió a guardarlo y dejó el libro en su sitio exacto, en la estantería junto con Mark Twain y Joseph Conrad. La visión del papel y de la frase le trajo a la memoria todo eso: el colegio, sus azulejos, su patio, sus ventanas, las pizarras, la música, el teatro, su compañera Mónica, su maestra. 

La frase decía exactamente: "Te quiero, niña de la fila de en medio" 

jueves, 30 de mayo de 2019

Fra Angelico en el Museo del Prado


La cultura no es nuestra única patria pero sí la más universal. Da lo mismo que hayas nacido en Tombuctú o en Jerez de los Caballeros. Da igual tu raza, tu religión, tu condición personal, tus bienes económicos...La cultura es el punto de encuentro en el que te reconoces cuando la mayoría de los anclajes han sido puestos en cuestión. El puente por el que cruzar para hallar al otro lado la seguridad de que alguien, alguna vez, en algún lugar, ha sentido lo mismo que tú oyendo una pieza musical, leyendo un libro o contemplando una obra de arte. 

Por eso nos sentimos parte del gótico o del Jinete Azul, o de la generación del 27, o de los pitagóricos. Porque hay una corriente iniciada desde el momento en que el hombre decide trasladar su emoción a cualquier forma de comunicación que lo acerque a los semejantes. Es la emoción la que preside las formas culturales, sean estas tangibles o no. Es la emoción la que distingue al artista y también la que traspasa al espectador, al lector o al oyente. La cultura no es, por ello, efímera, sino que se asienta en el legado más íntimo y a la vez más público de todos. 

Si alguien te cuenta que Fra Angelico es el centro de una exposición en El Prado entiendes, sin que nadie te lo explique, que una parte de ti está impregnada de la mirada del Renacimiento y que Fra Angelico, con su ingenuidad, su visión gloriosa de la divinidad y su juego de colores inmensamente firmes, tiene la capacidad de hacerte volver los ojos a lo que fuiste, al patio de Arte, a las clases en aulas oscurecidas por el tiempo, a exámenes que repetías cruzando el puente y a gente que, por esos vaivenes de la vida, están ahora en un lugar que desconoces. 

Entre las sensaciones que guardas en tu maleta de vivencias está la primera vez que visitaste el Museo del Prado, cuando lograste apreciar vívidamente que aquellos cuadros, aquellas imágenes que contenían los libros, existían en realidad y estaban allí, colgadas, a un paso, a la distancia más corta posible. Ese esplendor de la línea y el color, ese atrevimiento de las perspectivas, ese ensueño de la imaginación que son las invenciones pictóricas, esas pastas espesas o esas pastas ligeras, esos retratos adustos o serenos, los Cristos, las Vírgenes, las escenas mitológicas, las fuentes del saber, la geografía del arte convertida en un gozoso itinerario de contemplación infinita. 

Celebras los doscientos años del Prado como una efemérides que te toca directamente y sueñas con volver a reconocer, en los limpios azules de Fra Angelico, la gracia espiritual que los poseyó en su día. Recuerdas esas horas de catálogos, de libros y apuntes siempre abiertos a las dudas, de recorridos sin cansancio, de visiones sin límite...Recuerdas cómo elegiste entre todas las cosas de un muestrario tan amplio como engañoso, el camino más cierto, el que atraviesa sin herir y sin separaciones, ese angosto lugar en el que prenderías los momentos mas tibios y más llenos de vida. 


Hoy es el llamado por su religiosidad dorada Fra Angelico (Fray Giovanni en el mundo), pero con él están Giacometti y Modigliani; Velázquez y Rubens; el Murillo de su aniversario; escuelas, colores, formas y técnicas. Sueños, descubrimientos, esperanzas, momentos de contemplación y de hallazgos. La cultura es la patria y no tiene fronteras. 

miércoles, 29 de mayo de 2019

Requisitos para el amor


Si yo fuera actriz querría ser Diane Lane. También querría ser como Diane Lane en la vida real. Esa indecisión acerca de las cosas, ese sentido del humor tan difícil de calibrar y su ignorancia sobre ella misma. No sabe que es hermosa, dice alguien en esta película en algún momento. Tampoco en “Bajo el sol de la Toscana” sabía que era hermosa y simplemente salir corriendo y refugiarse en un paraíso pequeño, de pueblo y casa de piedra, ya merece la pena. Claro que, aunque parece fácil, no todos podemos escapar. La escapada es un patrimonio de los protagonistas de películas, gente mucho más valiente que nosotros y que no deja atrás casi nada, si acaso, el set de rodaje. 

Cuando su exmarido Kevin, la deja plantada por una chica quince años más joven, ella tiene dos opciones: ponerse en circulación o quedarse en casa leyendo a Jane Austen. Ponerse en circulación significa entrar en los chats de citas de internet. No sabía que existían hasta hace poco, pero hay gente que cree a pies juntillas que ahí está el futuro de los ligues con futuro. Creo que Diane /Sarah hubiera preferido la segunda opción pero está rodeada de un número considerable de amigos gays, hermanas entrometidas y padre que no tira la toalla. Así es imposible cerrar la puerta al mundo. De modo que conoce a un padre de un alumno que parece representar al hombre ideal (no lo es, sino que resulta un sinvergüenza de tomo y lomo) y a un idealista constructor de canoas, que nunca vende nada y a quien han dejado plantado sin mayores explicaciones. El primero es Dermot Mulroney, el segundo John Cusack. Nada que ver uno con el otro. Mulroney es el chico que a todas nos gustaría que nos acompañara en las bodas cuando vamos de invitadas. Y Cusak, según le dé la luz, parece guapo, lo es o tiene una terrible cara de aburrimiento. 

Durante toda la película tienes la sensación de que hay un enorme malentendido que nunca acaba de desatarse. Los protagonistas andan en dirección contraria y Cusack, que es un tipo genial para lo romántico, tanto como para ser agente del Tesoro en “Con Air”, se escapa y se sale del filme, seguro que para continuar viendo una y otra vez “Doctor Zhivago” con un amigo del alma que cualquiera de nosotros envidiaría. Esto es lo mejor de la película, la cantidad de amigos y hermanas del alma que aparecen al rescate. A Mulroney hay que desenmascararlo, no queda otra, porque es de esos hombres que nunca dicen la verdad y que repiten un guión que aprendieron de pequeños: la caza mayor. 


Quizá la explicación más convincente de todo esto la hace el padre de la película, Christopher Plummer, setentón de muy buen ver que acumula amiguitas a las que atiende como un caballero e incluso lleva a su casa para que participen en las fiestas familiares o en la de Acción de Gracias. Se trata de bailar y bailar, dice, de una forma tan rápida que te haga olvidar que has perdido a la mujer que amaste profundamente. Ese vértigo sin sentido es un sucedáneo de caviar que no sabe a nada pero que logra que las horas pasen sin que tengas que estar, necesariamente, compadeciéndote a ti mismo. 

Diane Lane, vuelvo a ella, siente el desconcierto de todas las mujeres abandonadas. Siempre hay alguien más joven, más guapa, más dispuesta. Es una razón de peso y casi una ley de vida. Si en el exterior, en ese mundo que la rodea, no aparece un tipo verdaderamente listo como darse cuenta de lo que ella encierra, entonces es que el universo gira al revés. Pero la película acierta al no plantear la cuestión como algo exclusivo del mundo femenino. También el padre de la chica necesita cubrir el hueco de su mujer fallecida. También ellos quieren encontrar a alguien que les merezca la pena. Hombres y mujeres se igualan en esa búsqueda que la mayoría de las veces encierra trampas que no somos capaces de ver hasta que el agua nos llega al cuello. 

Sinopsis: 

Sara, divorciada desde hace ocho meses, está inmersa en un aburrimiento sentimental absoluto hasta que sus hermanas deciden inscribirla en un chat de contactos. Lo mismo le pasa a Jake. Cuando se encuentran lo único que tienen en común es que, a ambos, les gustan los perros. Aunque no poseen perros ninguno de los dos. 

Algunos detalles de interés: 

Aunque comenzó en el teatro con seis años, Diane Lane, en 1979, con trece años, hizo su debut en el cine junto a Laurence Olivier en la película A Little Romance protagonizada por el propio Olivier, Arthur Hill y Thelonious Bernard y dirigida por George Roy Hill.

Toda la familia de Cusack, de origen irlandés, se dedica a la interpretación. Tanto su padre Dick Cusack, como sus hermanos Ann, Bill, Joan y Susie han sido o son actores de profesión. Como Diane Lane, él también fue un niño precoz que hacía teatro y anuncios desde los doce años. 

La trayectoria de John Cusack abarca tanto el cine, como la televisión y el teatro, siendo, además de actor, guionista y productor. Es un actor versátil aunque está especialmente dotado para la comedia. Su  hermana Joan Cusack es la secretaria de Antonio Banderas en “Two Much” de Fernando Trueba y la compañera de trabajo de Melanie Griffith en “Armas de mujer”. 

Así como Diane Lane ha tenido numerosas parejas y dos maridos (la primera pareja fue el cantante Jon Bon Jovi), Cusack no se ha casado nunca. 

Christopher Plummer, bisnieto del Primer ministro de Canadá John Abbot, nació el 13 de diciembre de 1929 en Toronto. Durante su infancia estudió para ser pianista, pero le pudo su vocación de actor. Su dilatada carrera le ha llevado a interpretar papeles de todo tipo. Entre estos destaca el capitán Von Trapp de The Sound of Music (Sonrisas y lágrimas), un viudo con siete hijos a cuya casa llega María (Julie Andrews), la institutriz con la que llega a casarse y huir de Austria tras despedirse de sus amigos en un festival de música donde entona la canción Edelweiss. Este papel disparó su popularidad. 

Dermot Mulroney debe su lanzamiento mundial a su papel de novio de Cameron Díaz en la exitosa “La boda de mi mejor amigo”, de 1997, con Julia Roberts y Rupert Everett



martes, 28 de mayo de 2019

La arquitectura de la emoción


Descubrimos juntas la arquitectura. La belleza de las formas. La armonía de la piedra en el paisaje. La frescura del acero mezclado con vidrio. La fortaleza del hormigón. La calidez del nogal, del pino o la caoba. Descubrimos juntas las texturas. Esa unión armoniosa y sustancial del diseño y la ingeniería. Esa búsqueda del espacio interior. El reconocimiento de lo útil. La vida nos ha separado pero, en el fondo, cada una de nosotras sigue llevando dentro a la joven estudiante indecisa que encontró a Frank Lloyd Wrigth en la figura triste de Gary Cooper. 

El eterno dilema entre tradición y modernidad, la lucha del artista por defender su verdad, es el tema central de la novela “The Fountainhead“, escrita por Ayn Rand y publicada, con enorme éxito, en 1943. Eran tiempos de afirmación. Howard Roark, el arquitecto que la protagoniza, representa el ideal de integridad, independencia y talento, que tiene que abrirse paso a través de un stablishment que nunca entenderá su postura, que nunca abrirá ninguna puerta. La Historia del Arte está llena de estas luchas individuales que, al final, son las que hacen avanzar la creación artística. Puedes leer, si tienes dudas, la autobiografía que escribió el orfebre y escultor Benvenuto Cellini. En “Mi vida“ el artista italiano nos cuenta cómo tuvo que sufrir la tiranía de los mecenas que le obligaban a realizar obras en las que no tenía el mínimo interés. Hablando con Antonio Sosa, pintor y escultor de ahora mismo, esa sensación de falta de aire seguía estando palpable. 


Con un guión de la propia autora se filmó “El manantial“. La novelista quiso controlar el proceso de llevar al cine su libro. Sin embargo ese control no fue absoluto y hubo, como suele ocurrir, sus más y sus menos. En la pantalla, Gary Cooper estuvo de nuevo solo ante el peligro y se convirtió en un arquitecto vanguardista cuya única esclavitud es el amor que siente por Patricia Neal, Dominique Francon en la película, un amor que traspasó las fronteras del celuloide, tal y como se puede apreciar con claridad en las imágenes. Un amor imposible dentro y fuera de la pantalla. La fervorosa dedicación a su trabajo y un matrimonio previo, respectivamente, fueron los diques de contención de ese romance en sus dos vertientes. 

Convencionalismo contra innovación, ruptura de los legados que constriñen al mundo artístico en tantas ocasiones, pero también lectura social, también grupos de poder que presionan sobre la individualidad desde todos los frentes. El debate sobre la oportunidad de la arquitectura en determinados contextos urbanos, sobre su sentido de trasgresión, sobre su autenticidad, no es patrimonio de un tiempo sino que permanece anclado en la dialéctica intelectual de una forma decisiva. Aquí, junto a mí, al otro lado de donde escribo, la imponente Torre Pelli, una suerte de torre de Pisa erguida y prepotente, junto al Guadalquivir y desafiando la figura antigua de La Giralda, es una muestra más de que la lucha entre conservacionismo y ruptura es una constante. 

Quizá, como se ha dicho en algún apunte crítico, Gary Cooper era algo mayor cuando abordó este papel, pero su elegancia interpretativa y el movimiento de sus manos diseñando en el aire los elementos de una estructura tan libre de ataduras jugaron a su favor en la composición del personaje. Además de que Cooper es el signo de la madurez masculina, tenga la edad que tenga. La película ofrece al espectador el potentísimo pulso narrativo que caracteriza a su director, King Vidor, y una impresionante banda sonora a cargo de Max Steiner. En pocas ocasiones el mundo de la arquitectura aparece tan soberbiamente retratado y tal vez ese trasfondo filosófico que envuelve toda la película, lejos de lastrarla, actúa a modo de hilo conductor, de explicación de las actitudes personales, incluso cuando están llenas de intereses espúreos. 

Mucho se ha hablado de los paralelismos que se sugieren entre Howard Roark, el protagonista, y Frank Lloyd Wrigth, el arquitecto rompedor, casi revolucionario, que escribió con su visión una nueva página de la historia de la arquitectura. Seguramente muchos se acercaron a la “Casa de las Cascadas“ tras ver la película. Y hay que reconocer que, a pesar de esa vitola de intelectualismo que la recorre, es posible otra lectura, una lectura más asequible, más sencilla, la que llegó al corazón de mi madre y sus amigas, la que confirma la necesidad de creer en los sueños, aun en los irrealizables, como lo son casi todos. 

Sinopsis

Howard Roark es un arquitecto que pretende romper con lo anterior y plasmar en sus edificios un nuevo concepto de arquitectura. En su lucha contra aquellos que quieren mediatizar su trabajo se encuentra con Dominique Francon, periodista, con la que mantiene una relación ambivalente pero llena de pasión. 

Algunos detalles de interés

Frank Lloyd Wrigth mantuvo posturas contrapuestas acerca de su identificación con el personaje de la película. El objetivismo filosófico es una corriente que defendía la autora del libro y que está basada en el egoísmo personal como forma de defender a ultranza las ideas personales. Los estudios ofrecieron al arquitecto el encargo de hacer las maquetas de los proyectos, pero no llegaron a un acuerdo, supuestamente por el elevado precio que pedía para ello. Patricia Neal y Gary Cooper vivieron un tórrido romance dentro y fuera de la pantalla, aunque nunca pudieron formalizar su relación porque él estaba casado y no quería divorciarse. En la película, Roark tiene dos antagonistas. Uno, que es también arquitecto y que representa la adaptación a las circunstancias, Keating. Otro, crítico de arte, Toohey, es el paradigma del uso de artimañas para destruir a quiénes no se avienen a su criterio. 

sábado, 25 de mayo de 2019

"Kathleen" de Christopher Morley

Conocía a Christopher Morley por la lectura de dos de sus libros, que andan reseñados en este blog: La librería ambulante, de 1917 y La librería encantada, de 1919. Libros encantadores, tiernos y que giran en torno a la literatura desde dentro, como si fuera un libro dentro de otro.

Roger Mifflin, el librero, y la señorita Helen McGill, son los protagonistas de esta historia, un clásico de la literatura norteamericana que vio la luz por vez primera en 1917. Personajes tiernos, entrañables, dotados de ingenio y de una ligereza que no es simpleza sino aguda observación y un sentido práctico de la vida que los lleva a encontrar en los libros todo aquello que la cotidianeidad a veces oculta. Hondas reflexiones, ironía, gracia muy especial, movimientos pendulares de razonamientos que te hacen reír sin más, espectaculares diálogos y el poso hondo de la literatura en su relación con lo mejor de los hombres. Todo esto aparece en "La librería ambulante" y en la obra de su autor. 

Eso mismo ocurre con Kathleen, indudablemente inspirado en su propia experiencia como estudiante en la universidad de Oxford, donde cursó Historia Moderna antes de volver a los Estados Unidos para convertirse en un prestigioso columnista de prensa. 

Morley había nacido en Haverford (Pensilvania). Era un americano refinado y educado en Europa. Sus obras son, en realidad, alta comedia, de igual modo que lo son las de Noel Coward con el que tiene muchos paralelismos.  Fue durante años un prestigioso periodista, columnista y reportero, un todoterreno de la información en unos tiempos en los que la prensa estaba adquiriendo un prestigio inusual hasta entonces, al hilo de la labor desempeñada durante la primera guerra mundial. Forma parte de ese grupo de escritores-periodistas que dominaban tanto el oficio de informar como el arte de crear.

De su formación inglesa le quedó un amor evidente por la obra de Shakespeare y, como él mismo afirmaba, una admiración clara por A. Conan Doyle, combinando sin problemas ambos afectos. No obstante, su fuente más directa de inspiración estuvo, a la par que en su propia vida y experiencias, en las lecturas de Walt Whitman y de Mark Twain, el gran pícaro americano. Si no has leído a Twain te resultará complicado entender algunos registros de escritores norteamericanos. Por su parte, Morley se considera como un maestro de escritores tan diversos como Kinsley Amis o Tom Wolfe. De este último os diré que, después de un tiempo en el que empeñaba en escaparse de mi alcance, mientras yo perseguía afanosamente meterme dentro de su "Hoguera", a día de hoy se ha producido el milagro de que mi voluntarioso afán se vea compensado con la alegría de leerla y de disfrutarla. Oh, Dios, no os lo podéis imaginar...o quizá sí....

Además de las obras citadas también publicó en 1939 Kitty Foyle, que fue llevada al cine protagonizada por la gran Ginger Rogers, lo que da muestras de la popularidad que alcanzó el libro. 

Las historias de Morley tienen un punto de ironía, de acidez, que se contrarresta con una buena dosis de ternura y una mirada comprensiva y, sobre todo, llena de risas y divertimento. En Kathleen, el propio argumento da pie a situaciones cómicas que se generan en torno al grupo de Los Escorpiones, estudiantes de Oxford, todos británicos y un americano (¿quién sería?) que forman un club literario y deciden escribir una novela. Para ello toman como protagonistas a dos personajes reales, Kahtleen y Joe. Tras ese primer paso el segundo era pan comido y consistía en buscar a la verdadera Kathleen, momento en el que la historia se enreda en equívocos y situaciones de vodevil que arrancan la sonrisa y genera en los lectores las endorfinas literarias propias de las novelas más felices. 

Morley murió en Nueva York en 1957. La editorial Periférica ha rescatado del olvido su nombre, como sucede con otros muchos escritores que no han sido traducidos o divulgados con anterioridad, a partir de La librería ambulante. La traducción de Kathleen, publicada en español en 2019, ha corrido a cargo de Ángeles de los Santos. 


viernes, 24 de mayo de 2019

Alejandra Pizarnik: Hace tanta soledad


Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.

Flora Alejandra Pizarnik, argentina de origen ruso, nacida en abril de 1936 y muerta a los 36 años en Buenos Aires. Poeta. Desclasada. Outsider. Fuera de la realidad. Distinta. Niña rebelde. Niña sin autoestima. Niña problemática. La niña que los padres no quieren tener como hija. 

Al fondo del paisaje de su vida, el nazismo, miedo en la familia, azote de Europa, amenaza. La guerra y la muerte en su identidad. Diferencias en la vida y diferencias en el origen. Y una búsqueda. Qué quiero hacer conmigo misma. La meta: llegar a la literatura. Primero, la lectura y luego, la escritura. O las dos a la vez. 

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana.

El descubrimiento de los poetas malditos, del surrealismo, del existencialismo, del psicoanálisis. El deseo de hallar una paz interior que solo era un presentimiento, nunca una verdad. La escritura a modo de relato de vida. Los versos, como manantiales incandescentes, fuego. Los nombres: Rilke, Artaud, Rimbaud, Gide, Claudel, Baudelaire, Joyce, Michaux...


He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.

El deseo de ser reconocida, la lucha por una identidad que le diera seguridad en sí misma, las preguntas constantes sobre qué es, por qué, por qué a mí, la inestabilidad de no saber conducirse en los tiempos difíciles y aún en la vida cotidiana, la irascible tendencia a la indagación, la interrogación perenne, el miedo. 

Como tantos poetas quería ser amada y entendida. Como tantos poetas, hay en sus versos una mezcla explosiva de vida y de misterio, de ser y querer ser, de expandida canción inacabada, de biografía y de invento. Como tantos poetas, lo cotidiano era un martirio y la experiencia una sensación que no tenía razones para nada a veces. 

...ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.

Cambiar de ciudad, cambiar de ambiente, encontrar gente afín, sentirse entre amigos, buscar consuelo en fármacos, buscar razones en otros, escribir como medio de expresión, de relación e incluso de explicación de lo que eres y no quieres seguir siendo...Todos esos motivos cincelan el cuadro de su imagen como si no fuera posible hallar otros. 


Tantas veces el verso es un mensaje en una botella, una cinta atada a las rodillas, un lazo que se anuda en la cabeza, un sueño que no acaba y que trae al despertar la sensación incómoda de verse repetido...Tantas veces el verso...Las imágenes veladas de Uta Barth, con su color impreciso, sus siluetas apocadas, ese aire de desánimo que destilan, parecen el complemento perfecto a los versos de Pizarnik, unas palabras que más que escribir, gimen. 

(Fotografías de Uta Barth) 

jueves, 23 de mayo de 2019

Dejar atrás un sótano más negro


Las penas de los hombres son eternas. Se mueven en un círculo que avanza pero que no termina. Y se contagian los dolores de los unos a los otros y toda la historia está llena de ellos y de ellas. No importa la época, la clase social, la vestimenta. Tampoco importa la edad, el aspecto físico, el trabajo que ejerzas o la vida que lleves. Lo que suele ser definitivo es la emoción, la forma en que contemplas lo que eres y ese río que te arrastra algunas veces. 

Hay quien solo reduce el sufrimiento a la pérdida, la enfermedad o la falta de recursos, pero los hombres modernos sabemos que la existencia tiene, cuando la vida cotidiana no se ha visto alterada por problema mayor, un vaivén que la convierte en fuego, que la convierte en luna, que la convierte en llama. Es el amor que pasa, nos diríamos. El amor, esa sensación inexplicable que todos hemos intentado vivir cuando ha llegado y que en tantas ocasiones ha sembrado de dolor las horas y las ha convertido en un desastre. También existen quienes distinguen amores de obsesiones, amores de deseos, amor de dependencia, y hablan de amores tóxicos, amores innombrables, platónicos, perdidos, obsoletos, descuidados, capaces, inútiles, absurdos, toda clase de gestos en nombre del amor, en torno del amor, alrededor de una palabra que, de no pronunciarse, nos haría más tranquilos pero no más felices. 

No hablo del amor a los hijos, del amor a los padres, del amor familiar, del amor a las cosas, del amor a la vida, del amor a los sueños, del amor al paisaje...Hablo del otro, amor-amor, amor de los poetas, amor de sinsabores, amor de noches plenas, amor de los amores. Es este otro, esa clase de amor, que decía Doris Lessing, el que a veces te clava, sin quererlo o queriendo, una daga en el hueco en el que estaba antes la sonrisa, o la risa, o la fuente. Este amor puede elevarte y hundirte. Puede convertirte en más persona, en un ser descarriado. Puede abrazarte en su seno o despedirte sin reservas. Puede hacerte feliz o desgraciado. 

Desde que Marianne Dashwood leyera su librito de sonetos de Shakespeare, recostada en un pequeño e incómodo sofá georgiano, mientras su mirada volaba hacía Willoughby, sollozando por dentro ante la expectativa y, mientras a lo lejos la tristeza cansada del coronel Brandon ansiaba lo que sabía que era imposible...Mientras Elinor Dashwood renunciaba internamente a Edward, siempre dispuesto a cumplir su palabra sacrificando todo, hasta la dicha...Mientras tanto, cualquiera de nosotros, podía verse envuelto sin pensarlo, en un entretenido affaire de poca monta, que santificamos porque la vida engaña, que hacemos centro de nuestra vida inmerecidamente y que nos sepulta en la almohada a base de lágrimas saladas y constantes. 

Así, los días, las horas, los tiempos y los cantos, tienen color oscuro. Se marchan los azules clamorosos, se alejan los verdes esperanzados, se agotan los rojos inconscientes, se ocultan los amarillos dulces, se terminan los violetas de fuego...todo se vuelve oscuro, y es esa oscuridad la que en ti se aposenta y te convierte en un muñeco de feria sin rostro y sin mañana. En una voz sin futuro. En un eco sin días. En un juguete en manos de un destino que no elegiste, que no buscaste pero que has permitido, así, seguramente, porque el amor engaña y obnubila y tergiversa y hace vibrar con el sonido falso de las voces equívocas. 

Solo el poeta, solo el verso, solo el eco sentido del poeta, solo su palabra, solo el verbo, los adjetivos claros, solo una frase, un verso, solo un verso tan solo, solo el poeta te dirá qué hacer en medio de las dudas. Lo dice Gil de Biedma: Dejar atrás un sótano más negro. 


(Fotografía de Saul Leiter) 

Besukis, cari (o Así se hace una comedia)


Las deliciosas mujercitas de los años sesenta del siglo pasado bien podrían ser hoy chicas pijippies, mitad pijas, mitad hippies. Aficionadas a la moda, sin ser esclavas. Sonrientes, sin ser insulsas. Cariñosas, sin ser pesadas. Modernas, sin ser espaciales. Chicas perfectas. Uñas pulidas, pantalón pitillo, top volátil, sandalia de cuña de ocho centímetros, brillante melena planchada, ojos con rabillos azules, labios rojos. 

En Kiss me, stupid (Bésame, tonto), un Billy Wilder de 1964, las chicas son Felicia Farr, a la sazón esposa en la vida real de Jack Lemmon y la gélida pero insinuante rubia Kim Novak, que ya había logrado éxitos relevantes en el Picnic de Joshua Logan, de 1955, con un irresistible William Holden y en el Vértigo de Alfred Hitchcock de 1958, con el suavemente atractivo James Stewart

Felicia es aquí la esposa discreta, bonita y enamorada de un profesor de piano bastante frustrado porque pasa sus días intentando meter en la cabeza de sus ignorantes alumnos alguna nota musical. En Clímax, el pueblo del desierto en el que vive, su única distracción es soñar al alimón con el encargado de la gasolinera. Ambos, Ray Walston y Cliff Osmond, verán su oportunidad dorada cuando recale allí, por esas cosas del destino, un crooner, conquistador, talentoso y canalla, Dino, interpretado, cómo no, por Dean Martin. Dino viaja desde Las Vegas a Hollywood y no imaginará cómo un leve problema con el coche se convertirá en una especie de comedia de enredo, sí pero no, insinuaciones, erotismo y saltos de cama. 


La estratagema precisa de un alma cándida, de alguien inocente y, a la vez, voluptuoso, alguien que suplante a la esposa y la preserve de las garras del eterno conquistador. Y allí estaba, en su roulotte, dejando caer la margarita de los días, nada menos que Kim Novak, con pantaloncito corto y camisa anudada a la cintura. 

El sueño americano del triunfo anida en los corazones de esos dos músicos de pueblo, condenados a ser siempre nadie. Por eso la oportunidad se convierte en deseo ferviente y el talismán tiene nombre de mujer. Una chica de la calle puede hacer posible que ambos lleguen a figurar en los letreros de neón de un teatro de Broadway. Soñar es el patrimonio de todos los que, teniendo algún talento, no han dispuesto de suerte o de padrinos. Incluso en Estados Unidos, el país de las carreras fulgurantes, del ascensor social, ocurre esto.  Los encuentros providenciales lo son por eso mismo. Así fue el que puso a Dean Martin en el camino del triunfo: tropezó con Jerry Lewis y formaron una atípica pareja cómica: el seductor y el gracioso. 

La musiquilla de la canción se aposenta en nuestras cabezas y la comedia se desliza con ese tono suavemente erótico que Wilder usa con maestría. La prostituta tiene un corazón de oro y la esposa quizá no tenga tan claro que la fidelidad es un valor del matrimonio. El caradura no se conmueve, ya lo sabemos, solamente intenta conseguir otro trofeo para su estantería. Y los músicos frustrados danzan al compás de los acontecimientos en una lucha cierta por conseguir su meta: que esa musiquilla se cante más allá de las fronteras de Clímax. 

Sinopsis:

Dino, un cantante de fama, conquistador y mujeriego, llega por casualidad a un pequeño pueblo del desierto de Nevada, de nombre Clímax. Allí vive un profesor de piano, casado, con ansias de ser compositor de fama, y su amigo, el encargado de la gasolinera, asimismo músico aficionado. La llegada de Dino reaviva sus ansias de triunfo y para ello no dudan en poner en marcha una estratagema  en la que tendrá relevante papel una prostituta del lugar. 

Algunos detalles de interés:

Kiss me, stupid fue rodada en 1964 y dirigida por Billy Wilder, también autor del guión junto con A. L. Diamond. Ambos firmarían también el guión de otras dos grandes películas Con faldas y a lo loco y El apartamento. 

La música, de André Previn, es uno de los grandes logros de la película y tiene un papel central en la trama. La película tiene una clara intención de ruptura de los estereotipos, algo que Wilder hace en toda su filmografía. En este caso, los relacionados con la vida marital. Muchas de las críticas negativas que recibió se debieron a esta circunstancia. 

Dean Martin, Kim Novak, Ray Walston, Felicia Farr y Cliff Osmond, forman el quinteto protagonista. Ajustados, acertados y divertidos, cada uno de ellos da el punto exacto al papel que el director les encomienda. En el caso de Dean Martin todo resulta mucho más sorprendente, porque, en realidad, lo que hace es una autoparodia de su propio personaje real. 

Dean Martin (1917-1995) era de origen italiano y había nacido en Ohio. Tras formar pareja con Jerry Lewis durante muchos años en películas de gran éxito popular, se dedicó a trabajar en solitario en el cine y a cantar. De esa forma, llegó a pertenecer al llamado “Clan Sinatra”, junto con el propio Frank y Samy Davis Jr. entre otros artistas. 

miércoles, 22 de mayo de 2019

"Los lobos de Praga" de Benjamin Black


Este es un Black que parece Banville. Pero no el Banville de "Antigua luz", de "El mar"o de "La guitarra azul", sino más bien el de "La señora Osmond", lo que quiere decir que es un Banville más estilizado y menos oscuro. Que John Banville-Benjamin Black es un excelente narrador, un frasista de primera, un autor fundamental de nuestra literatura actual, resulta evidente. Pero eso no quiere decir que todos sus libros estén a su altura. Como ocurre con "La señora Osmond", un ejercicio de estilo que intenta reproducir y continuar los aires de Henry James pero que no deja de parecer una especie de intento. No hay necesidad, pienso, de saltarse lo que uno es para navegar en los mares de otros. Y por eso hay que saludar con satisfacción este libro, "Los lobos de Praga", que tienes que leer en el momento adecuado porque, si no es así, puede darte la impresión equivocada de que es un lento río sin meandros. 

El libro, que se acoge a la tradición del noir literario, tiene como protagonista a Christian Stern, un alquimista, que quiere medrar en el ambiente cortesano de Praga allá por el año de 1599. Una joven muerta inicia la acción. Y el encargo del emperador Rodolfo da lugar a la intervención investigadora de Stern. Hasta ahí todo bien. Podía haberse ambientado en cualquier tiempo y lugar porque es un esquema clásico. Joven muerta, misterio sin resolver, detective que intenta descubrir el secreto que se oculta detrás de ese posible asesinato y fuerzas extrañas que lo cercan. Pero a los secretos detectivescos y a los misterios por resolver y a los asesinatos y a los crímenes se une un complejo telón de fondo que distrae más que ayuda a comprender la acción.

El detallismo resulta algo empachoso. Describir con todo cuidado un coche de caballos, una vestimenta, una habitación, un itinerario, puede resultar convincente para una novela histórica pero en un thriller llega a entretenerte demasiado y este merodeo termina siendo excesivo. Como ocurre con muchos libros, lo mejor se condensa en los primeros renglones:

"Hoy pocos recuerdan que fui yo quien encontró el cadáver de la desdichada hija del doctor Kroll tendido en la nieve aquella noche en el Callejón del Oro. La voluble musa de la historia casi ha borrado el nombre de Christian Stern de sus páginas eternas, aunque a menudo he tenido razones para pensar que habría sido mucho mejor para mí no haber aparecido nunca en ellas. Mi destino era elevarme muy alto, con un magnífico plumaje, pero al final volví a caer al suelo con las alas en llamas"

El fragmento nos descubre algunas cosas: el tema principal, esto es, el posible asesinato de una joven, de padre conocido, pero cuya muerte arroja incógnitas. La personalidad del narrador (el libro está escrito en primera persona), su nombre y sus aspiraciones que, como él mismo afirma de entrada, no se han visto cumplidas. Y el anuncio agorero de que su intervención en la historia fue negativa para él a la postre, aunque alguna fama debió darle dado ya que si su nombre se ha borrado es porque antes estuvo escrito.

Muy pronto nos añadirá información sobre sí mismo, lo que hace en los párrafos iniciales:

"Yo era todavía un hombre joven, con veinticinco años recién cumplidos, despierto, sagaz y ambicioso, y tenía todo el mundo por delante, a la espera de que alguien lo conquistara, o eso me parecía. Mi padre era nada menos que el príncipe-obispo de Ratisbona; mi madre, una sirvienta en el palacio del obispo: un bastardo, por tanto, pero decidido a no ser el criado de nadie." 

El carácter decidido, seguro de sí mismo, ambicioso, del protagonista, aparece reflejado sin duda alguna. Además de eso tenía "una gran sed de conocimiento", y ello hizo que se convirtiera en un "precoz adepto a la filosofía natural y en un curioso aunque más bien escéptico estudioso de las ciencias ocultas". Sus padres adoptivos le daban palizas de pequeño, pero su padre biológico, el obispo, le proporcionó una buena educación. Su oportunidad estaba en Praga, a la sazón bajo el reinado de Rodolfo II, de la casa de Habsburgo, rey de Hungría y Bohemia, archiduque de Austria y gobernante del Sacro Imperio Romano. Por eso llega a la ciudad en diciembre de 1599. En realidad, Christian Stern es una especie de emprendedor, de buscador de fortuna, que tiene claras las oportunidades cuando se presentan. Un retrato que no es ajeno al mundo de hoy pero que en esos años finales del siglo XVI representaban casi a una clase social.

La historia es un continuo flashback porque se escribe cuando Stern es un anciano y por eso él mismo añade juicios de valor sobre acontecimientos que aún no han sucedido. Esto da lugar a que junto a los personajes de ficción aparezcan otros que son reales, tanto gobernantes, como sabios, alquimistas, científicos, astrónomos, matemáticos. Reales o ficticios todos ellos se mueven en torno a la corte de Rodolfo, un rey de carácter extraño, con mala prensa, pero de quien Stern llegó a formarse un buen concepto a pesar de que estaba "un poco loco". Como podemos suponer, ser hijo bastardo de un hombre influyente tuvo mucho que ver con su suerte en Praga, de manera que logró el favor del rey y esto le abrió puertas insospechadas. 

La manera de relatar de Banville-Black es adictiva. Incluso cuando trata temas que, de entrada, no nos interesan. Porque se trata de la virtud de la literatura, esa capacidad de que las palabras te conduzcan al camino deseado. Las novelas históricas no me gustan, ni me interesan y la mayoría de ellas son pesadas y huecas. Los escenarios resultan de cartón-piedra, los personajes suenan a estereotipo y los argumentos forzados. Pero, en este caso, desde las primeras páginas,  olvidas que estás en el siglo XVI y te trasladas a lo hondo de la naturaleza humana. Su capacidad para describir lo que ve, acompañada de esas reflexiones profundas en forma de frases cortas que van atravesando transversalmente el libro como si fueran heridas, es notoria. Aquí resulta fundamental porque la ciudad y sus calles, posadas, castillos, son otros protagonistas inanimados de la historia.

Las grandes palabras son aquí trasunto de inteligencia práctica, adaptación al medio, superación de las dificultades, traiciones y engaños, lucha entre advenedizos, mentiras consistentes, toda la parafernalia de situaciones que eran propias de las convulsas cortes de la época, en las que la magia y la religión pugnaban por convertirse en guía de los monarcas y en las que los validos, cortesanos, consejeros, obispos, tenían un papel fundamental que terminaba influyendo, no siempre para bien, en la vida de la gente. Dado que el encargo que el rey le hace de descubrir quién asesinó a la joven bañada en sangre que encuentra la primera noche es lo que puede convertirle en su favorito, no deja de llamarnos la atención la descarnada y escéptica frase que él mismo asume:

"Había ido a Praga decidido a ganarme el favor de Rodolfo, y lo había logrado superando con creces mis esperanzas más fantasiosas, pero si alguna vez hizo falta una prueba de la vieja advertencia de que conviene guardarse de conseguir lo que se desea, yo lo era".

Es decir, mira tu espalda cuando triunfes, no dejes de lado a tus enemigos y tampoco a tus amigos porque no sabes desde donde surgirá la daga.


Los lobos de Praga. Benjamin Black. Editorial Alfaguara. Serie Negra. Narrativa Internacional. Traducción de Miguel Temprano García. Título original: Prague Nights. Editada originalmente en 2017. 

martes, 21 de mayo de 2019

Tres maneras de ser un héroe


Exley, White y Vincennes. Tres hombres. Tres carreras. Tres modos de portar un arma. Tres ideas sobre la vida. Tres obsesiones. Tres compromisos. Tres actitudes. Tres volcanes a punto de ebullición. 

Cualquier excusa es buena para situar en la dorada ciudad de Los Ángeles, años cincuenta, una película de la serie negra. En este caso, bien valen los asesinatos de los clientes del Café Nite Owl, víctimas circunstanciales, sin ninguna importancia. Hay muertos de primera y muertos de segunda. 

Exley lleva gafas (ningún hombre las lleva en la sección de detectives del departamento de policía de L. A. ), tiene un sentido del honor y el deber pasados de moda y es hijo de un preclaro antiguo miembro de la profesión. Así que sabe cómo llegar arriba, incluyendo contar (el verbo delatar estaría fuera de lugar en su vocabulario) quiénes han sido los responsables de dar una paliza a los acusados de las muertes del Nite. Así se las gasta este hombre de sonrisa distante y gesto tímido. 

White es un caballero medieval que salva damas en apuros. Su historia personal lo ha convertido en lo que es. Un puro policía que mira para otro lado en todos los casos, corporativista y lleno de prevenciones, salvo cuando hay mujeres maltratadas por medio. Entonces, empuña su espada justiciera y se transforma en Robin Hood (lo que no es demasiado arriesgado, habida cuenta del actor que lo interpreta). 

Vincennes podía trabajar de cualquier cosa. Es policía pero podría ser constructor de obras situadas en zonas protegidas, banquero corrupto o testaferro de un millonario blanqueador de dinero. Sabe cuál es su dios, el dinero. Y cuál es el medio de conseguirlo, todo lo que pille a mano. Es un hombre sin principios y, me temo, sin finales. Sin épica. Sin retórica. Bang, bang. Simplemente. 


He aquí que los tres, por esas carambolas del destino, convergen en la historia y sortean las tramas y las subtramas que los hábiles guionistas han enhebrado a partir del genial Ellroy y terminan desbrozando el camino de la perdición, que no es otro que el de la corrupción policial a gran escala y todo lo que ello lleva consigo. Prostitución de lujo. Dinero negro. Millonarios metidos en mierda hasta las cejas. Matones que llevan placas. Chicas con la nariz destrozada. 

¿Dónde está? ¿Quién es ella? ¿Qué falta? En el caleidoscopio terrible de la vida al borde del abismo falta el amor. Oh, ¿cómo es posible que nazca aquí, entre tanta basura, una mirada limpia como esa que dirige White desde su coche a la doble de Verónica Lake? Es una mirada que lo condensa todo, que todo lo explica, que todo lo conduce y lo expresa. Es la misma mirada que Darcy le dirige a Elizabeth cuando juguetea con el perro en la serena soledad del campo inglés. Es la mirada que Knigthley tiene en sus ojos cuando observa a Emma tocando el piano en casa de los Weston. Es la mirada del amor, de la entrega. La flor de la pasión, el arrebato, el ardor de la sangre en Némirovsky escrita. 

Las palabras clave son el sendero por el que transita la vida de cierta clase de gente en L. A. Ahí están el sexo, el alcohol, las drogas y el dinero. Para que fluyan, otras palabras tienen que adquirir su significado exacto. Corrupción, mentira, engaño, crimen, asesinato, venganza, ambición. Algunos ambicionan vivir bien, otros vivir mejor y otros sobrevivir simplemente. La estructura se resquebraja solo si alguien se va de la lengua. Pero irse de la lengua tiene un precio demasiado alto. La muerte tiene un precio en todas las películas y no hay perdón en ninguna de ellas. 


Así, ágilmente, deslizándose con presteza sobre el soporte firme de un guión consistente, los personajes describen sus pasiones y sus dudas, sus certezas y sus debilidades, construyendo a la vez una historia y un descubrimiento:el de que, aunque todos tenemos un precio, ese precio en algunos es calderilla y en otros, oro de las minas del rey Salomón. 

Es lo que tienen las obras maestras. Que te revuelven el estómago al tiempo que te llegan al corazón. 

Sinopsis: 

En Los Ángeles, años cincuenta, la policía investiga el asesinato de los clientes del Café Nite Owl. La investigación traerá novedades impensables y abrirá un círculo de desconfianza en el que aflorarán las prácticas mafiosas, la perversión de las costumbres y las conductas más deleznables. 

Algunos detalles de interés:

“L. A. Confidential” se estrenó en 1997. De nacionalidad estadounidense, su director es Curtis Hanson, que escribió a la vez el guión junto con Brian Helgeland. 

El guión, magistral, se basa en la novela de James Ellroy. La música, construida en torno al swing, es de Jerry Goldsmith y la fotografía, acertadísima, de Dante Spinotti. 

Una constelación de actores de primera categoría forman el reparto en los papeles estelares: Russell Crowe (Oficial Wendell “Bud” White), Guy Pearce (Detective Teniente Edmund Jennings “Ed” Exley), Kevin Spacey (Detective Sargento Jack Vincennes), Kim Basinger (Lynn Bracken), James Cromwell (Capitán Dudley Liam Smith) y Danny DeVito (Sid Hudgens, periodista de la prensa amarilla). 

La película fue nominada a 94 premios en diversos certámenes de varios continentes, obteniendo 61 de ellos. Entre los más destacados citamos dos Oscars, al mejor guión adaptado y a la mejor actriz de reparto. Además, el BAFTA al mejor sonido y al mejor montaje. Asimismo, el Fotogramas de Plata a la mejor película extranjera de 1998. Kim Basinger obtuvo el Globo de Oro a la mejor actriz de reparto y la London Critics Circule Films, la premió como película del año. 

La coincidencia en los Oscars con “Titanic” de James Cameron, redujo considerablemente la cosecha, a pesar de sus nueve nominaciones. La historia tantas veces repetida de que una película menor consigue arrollar a otra infinitamente superior en calidad, tiene aquí un ejemplo claro. 

En la relación de premios aparecen prácticamente todos los elementos de la película, tanto técnicos, como artísticos, lo que demuestra que se trata de una obra completa, mucho más que un neo-noir, una película extraordinaria en sí misma, sin mirarse en espejos ajenos y con una construcción literaria y fílmica llena de valores. 

Las interpretaciones son de altísima calidad, incluyendo a los secundarios. Los gustos personales de cada espectador puede ahí establecer su propio ranking. El mío comienza por Guy Pearce, que borda un papel difícil, pleno de matices, sin que resulte estereotipado, sino todo lo contrario. Continúa con Russell Crowe, actor al que admiro más allá de los papeles que haga, no siempre tan relevantes como su talento merece. Su ternura interpretativa me emociona siempre, haga de negociador en “Prueba de vida”, de gladiador romano en “Gladiator” o de “Robin Hood” (el mejor Robin desde ese Errol Flynn de pantalones verdes de estilo peterpanesco). Por último, citar la magia, la belleza y el estilo de una de mis actrices favoritas, Kim Basinger. Si tuviera que ser alguien que no soy, sería como ella. 

sábado, 18 de mayo de 2019

Pétalos de rosas sobre el asfalto mojado


El amor se condensa en una carta. Las palabras cuentan lo que los labios callan. Los ojos en los ojos desnudos se han quedado. Nada hay que no sea sufrimiento después de tantos años. El tiempo que ha pasado no ha convertido en agua clara el sueño que viviste después de conocerlo tan de cerca. Él no ha entendido y tú no has sido capaz de olvidar. 

Que una adolescente soñadora se enamore de un joven músico, bello como un dios griego, no es raro. Más raro me parece que se pasen los años, se convierta en mujer y siga amándolo. Más raro es aún que él viva entre amores que no le satisfacen y olvide el único que, en verdad, podía haberlo salvado de tener el corazón desierto en vida. Morir antes de que llegue la muerte es algo parecido a esto. Ella, porque lo ama y no lo tiene. Él, porque no sabe que el amor existe. 

En 1948 Max Ophüls firmó la adaptación cinematográfica de una inquietante novela de Stefan Zweig. La obra de Zweig te produce una herida que difícilmente restañas con sencillez. Es una literatura compleja, llena de sentimientos y de pasiones ocultas, la vida misma, pero con una densidad narrativa que abruma. Hay algunas personas que sienten amenazada su plácida existencia con lecturas como esta. Hay gente para todo. 

Para protagonizar esta historia de amor inmenso, de desamor anunciado, eligió a dos intérpretes que, vistos por separado, ofrecían una química difícil. Por un lado, la muchacha sin nombre de “Rebecca”, Joan Fontaine, esa chica dulce y tímida que se paseaba por la Costa Azul con su prenda de punto y que enamoraba a un hombre desengañado de la vida, un viudo lleno de miedos y de odios. Por otro, Louis Jourdan, alguien que fue capaz de encender pasiones en el corazón de bellas mujeres del celuloide; alguien tan hermoso como un cisne, blanco, por supuesto. 

Estamos en Viena, año de 1900. La ciudad se aparece a través de decorados que la simulan. Un blanco y negro esplendoroso, que, en ocasiones, se enturbia. La música es el verdadero telón de fondo, un espacio airoso y lleno de vivacidad que se trasmuta en oda sentimental cuando llega el caso. Stefan Brand es un pianista al que una carta pondrá en la encrucijada de entenderse. Tantos años, tantos viajes, éxitos, aplausos, solo son un largo camino que lo ha conducido aquí, al momento en que abre, dudoso, una carta que revela un secreto. 

La carta la ha escrito alguien que emerge de muchos años atrás. Una niña, primero. Una mujer, después. Siempre, una voz enamorada. Las palabras saltan del papel y dibujan la historia. Una historia olvidada, una historia antigua que no había conmovido siquiera el corazón del músico. Agua pasada no debería mover molino. Pero la historia sigue narrándose y, a su conjuro, el músico recuerda. Sí, es verdad, ahora la veo. Lisa Berndle, una chica tan bonita, una mujer tan especial. Sus vestidos blancos relucen sobre el tono oscuro de Viena, sobre el fondo acharolado de los carruajes, sobre el suelo cubierto por la pátina de la lluvia recién caída. Lisa es una flor y Stefan un hombre que no sabe querer, que desconoce el sentido de la entrega, que deshoja una flor tras otra, dejándolas caer luego sobre el asfalto. 

La película es “Carta de una desconocida” y el veredicto de la situación puede variar. Habrá quien piense que la chica estaba mal de la cabeza y que debería haber acudido a un psicólogo. En Viena los había muy buenos. También se podrá opinar que el tipo es un sinvergüenza sin escrúpulos que no merecía ser amado. O que tanto amor cansa. O que el amor es una rueda vertiginosa de la que hay que zafarse lo antes posible. O que el desamor es más intenso que el amor y dura más tiempo. 

Cada uno de nosotros hará una lectura de la película. Eso es una de las cosas que me atraen de ella. Que puede leerse como una gavilla de hojas en blanco. Y que puede olerse, como esos pétalos de rosas deshojadas que caen al aire húmedo de la lluvia de otoño. 

Sinopsis: 

En la ciudad de Viena, en el año de 1900, el famoso pianista Stefan Brand, triunfador, guapo y mujeriego sin remedio, recibe la carta de una mujer, Lisa Berndle, desde un hospital. Esa mujer formó parte de su vida hace años pero no significó nada para él, ni siquiera la recuerda. En cambio, él fue para ella, y aún lo es, el amor de su vida. 

Algunos detalles de interés:

Con el título original de “Letter from an Unknown Woman”, en español "Carta de una desconocida", el director Max Ophüls, rodó esta bellísima película, en blanco y negro, en el año de 1948. Fue producida por Rampart Productions y la Universal Pictures. 

El guión es de Howard Koch, a partir de la novela homónima de Stefan Zweig. La mùsica, extraordinariamente adecuada, creando una atmósfera a veces asfixiante, barroca, extrema, es de Daniele Amfitheatrof y la fotografía, contrastada y poética, de Franz Planer. Pocas veces el blanco y negro sirve tan bien al desarrollo de una historia, creando un contrapunto eficaz y sobrio al dramatismo del relato. 

En el reparto encontramos a Joan Fontaine, Louis Jourdan, Mady Christians, Marcel Journet, Art Smith y Carol York. Fontaine hace un trabajo limpio, delicado, con el acento justo, al borde del melodrama pero sin caer en él. Su contenciónn y su fotogenia logran la emoción precisa, el sentido exacto del sentimiento que quiere transmitir. Por su parte, Louis Jourdan, un actor extraordinariamente guapo, con un aire trágico que los papeles que hacía en el cine acentuaban más, es el vividor que no es consciente, siquiera, de las heridas que va dejando a su paso, hasta que las palabras de una sencilla carta le ponen por delante el espejo de su vida. 

Max Ophüls es el nombre artístico que tomó Max Oppenheimer, alemán, que nació en 1902 y murió en 1957). Trabajó como director en Alemania, en Francia y en Estados Unidos. Fue primero un destacado director de teatro. El avance del nazismo lo llevó primero a Francia, luego a Suiza y luego a Italia, para terminar en Estados Unidos. El cine lo reclamó para realizar obras de imborrable recuerdo, como esta “Carta de una desconocida”, “Almas desnudas” y “Atrapados”. Los personajes que dibuja en sus películas son seres atormentados, captados en el momento final, ante una decisión importante o en medio de una vorágine de sentimientos. 

viernes, 17 de mayo de 2019

Una historia de poetas


Cuando era muy niña, estando en el instituto, fui testigo de una cosa que hoy llamaríamos "acoso". Recuerdo que me rebelé, hablé, elevé la voz, dije lo que tenía que decir y me castigaron por ello. El castigo fue importante pero tuve la suerte de que, al llegar a mi casa y contarlo, mi madre me dijo que había hecho muy bien, que nunca había que volver la cara a la injusticia y que somos más humanos cuando estamos al lado de la gente que sufre de algún modo. 

Pasaron los años y viví una situación parecida en la persona de un eminente anciano a quien algunos jerifaltes sin corazón pretendieron ningunear y tratar sin respeto alguno. Como en los tiempos de instituto volví a elevar la voz, volvía a denunciarlo públicamente y volví, claro que sí, a ganarme mi castigo. Un castigo disimulado, en forma de ostracismo que, realmente, no me hizo dudar de la bondad de lo que había hecho. 

En ese mismo tiempo me entrevistaron en la radio y el "periodista" se refirió a una cuestión en la que yo tenía opiniones muy contrarias. Defendí a una persona que estaba siendo atacada en su profesionalidad y me gané la enemistad de aquel señor y la represalia en cuanto pudo. Otras dos veces más he vivido esas represalias cuyos responsables, si los nombrara, caerían en la ignominia más baja, porque concitan miedo y tienen poder. 

Nunca me ha importado el castigo si este venía por una causa justa. El sentido de la justicia se adquiere desde pequeña. En mi casa existía y se defendía como un legado insustituible. La decisión de hablar cuando una injusticia se comete, cuando se ofende a alguien sin motivo o para defender al débil, también está en nuestro ADN familiar y no se puede evitar ni soslayar. Quisiéramos ser seres silenciosos pero no podemos. Estamos hechos así y así nos han educado. Las charlas de sobremesa desmenuzando los acontecimientos, con las opiniones de todos, las acaloradas discusiones ideológicas, las maravillosas risas ancladas en el cine o los libros, son un legado que todos nosotros llevamos tan dentro que es imposible dejar de sentirlo. No tenemos miedo a hablar y, aunque lo tuviéramos, el deseo de expresar nuestra opinión cuando el caso lo requiere es aún más fuerte. 

Tan intenso como esto es el convencimiento de que solo el mérito personal, la lucha, el esfuerzo, el interés, el talento, han de ser los salvoconductos del reconocimiento y el logro. No soportamos los enchufes, nos molestan los amiguismos y las tribus cerradas que se sienten a salvo solo porque no dejan transitar a los extraños. En realidad, soy, somos, extraños en un mundo que agrede la verdad constantemente. 


Mis actuales batallas tienen que ver con la literatura, ese territorio fértil y hermoso en el que me muevo por convicción y por necesidad. La lectura y la escritura, unidas y mezcladas entre sí, son el oasis y, a la vez, el motivo de perdición. La contemplación de publicaciones absurdas, mal escritas, sin valor alguno, apoyadas desde las editoriales, apoyadas desde las librerías, desde las instituciones; la endogamia de los círculos literarios que tienen bien soldadas las puertas para que nadie acceda a ellas; la ceguera de los editores, empeñados en un única dirección la mayoría de las veces; el compadreo de los escritores, que se sostienen los unos en los otros; los mamarrachos flagrantes que tergiversan la historia, que inventan historias sin sentido, que no tienen la menor calidad y aún así están en montones delante de las puertas de las librerías o los centros comerciales, todo eso me parece terrible. 

Enfrente, aquellos que escriben de verdad, que tienen verdad en sus versos, en sus cuentos, en sus novelas. Aquellos que no disponen, por las razones que sean, de una ventana abierta por la que asomarse. Aquellos que no están en los circuitos oficiales. Que no firman en las ferias del libro. Que no publican o que publican solo cuando ganan un premio. Todo eso es una injusticia flagrante que dejamos pasar los lectores sin rebelarnos. 

Ahora, en este post de un blog que solo leen algunas personas muy contadas, quiero dejar constancia de que los versos de María Sanz, poeta de Sevilla, son vibrantes, hermosos, delicados, llenos de vida, llenos de imágenes, llenos de verdad, llenos de alma y sosiego, llenos de pasión y entusiasmo, llenos de la fuente de la vida. 

María Sanz, poeta, representa la otra orilla de quienes siendo, no están ni se les espera. Puedo decirlo sin temor alguno porque ya no hay castigo, salvo que el silencio sea eso. Un rumor de versos de María Sanz es más poderoso que el montón de libros publicados prestos para digerir en un segundo y lanzarlos luego a la papelera de la mediocridad. 

Qué será, será...



En 1956 Alfred Hitchcock decide hacer un remake de una película suya de 1934. Ambas llevan el mismo título original “The Man Who Knew Too Much”. En el argumento hay algunos pequeños cambios: una niña se convierte en un niño; Suiza en Marrakech; los Lawrence en los MacKenna. La diferencia sustancial estaba en que la Gaumont British, una productora de segunda para películas de bajo presupuesto, no era la todopoderosa Paramount Pictures.

Doris Day abandona momentáneamente su cocina de diseño color vainilla y su papel de mujer independiente reacia al amor. Atrás quedan los tailleurs, los conjuntos de vestido y abrigo, los coquetos sombreritos de piel, las capas…Se aleja de Rock Hudson y sus hipocondrías, sus celos o sus devaneos sentimentales. Salta sin red del plató de “Pijama para dos” y se aparece en “El hombre que sabía demasiado”, transmutada en esposa de médico y en mamá de Hank, un niño avispado y algo entrometido. Este es, por lo tanto, un Hitchcock con una rubia inusual. No una rubia gélida ni asustadiza, ni una rubia con vértigo, ni una rubia insinuante, ni una rubia rodeada de pajarracos, sino una rubia de armas tomar, que, además, canta. A pesar de ello, no es Julie Andrews ni aquí pinta nada Dick Van Dyke, ni hay paragüas, ni huérfanos. Por cierto ¿no es Julie la novia del maravilloso Newman (Paul para los íntimos) en ese otro Hitch, “Cortina rasgada"? Está visto que no hay rubia que este director no haya pasado por la cámara. 

Por su parte, James Stewart, uno de los tres caballeros del cine clásico por antonomasia (los otros dos son Henry Fonda y Gary Cooper) después de competir por la bella Katherine en “Historias de Filadelfia”, surge en una película de espías sin dejar de lado su aspecto de ciudadano sin tacha. Alguien en quien se puede confiar, a quien se puede transmitir un secreto que te cuesta la vida. Un hombre para todo. Un humanista. Arquitectura, música, arte, literatura, todos los palos que tocarse puedan estuvieron en sus manos, incluidas las Fuerzas Armadas, piedra de toque para quien siempre fue considerado un buen americano. 


La película tiene los márgenes muy marcados. Es una cuadrícula. Todo funciona al compás de una batuta firme que no deja nada a la improvisación. Como una orquesta bien afinada. Los solos están justificados, igual que la luz para Néstor Almendros, igual que los desnudos para el cine español de los sesenta. Todo lo que exige el guión está allí. Una fotografía intensa, una dirección artística memorable, un casting ajustadísimo, una historia que contar, todos los ingredientes para hacer una película que exprese la estructura fílmica que su director amaba: cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Como dice el señor Knightley las sorpresas no añaden nada a la pasión y generan muchos inconvenientes. 

Ese arranque exótico, estilo “Casablanca” pero en vivo color y sin amistades ambiguas, tiene su sentido si queremos explicar qué sabe este hombre y por qué. Es una mera introducción que conducirá, como en las buenas novelas de la señora Christie, al paisaje inglés. Al ineludible e impermeable paisaje inglés. Las claves, al final, no están trazadas en letras árabes, por mucho que haya quien se haga pasar por nativo a base de betún, cual Cabalgata de Reyes en barrio de pocos recursos. Las claves son puramente inglesas, como corresponde a una película milimétricamente trazada. Y en el juego final hay dos conceptos que constituyen, en suma, la flor de su secreto: Una palabra y una melodía. El error en un nombre levemente pronunciado. La canción que conduce, como si se tratara del flautista de Hamelin, a Hank junto a su madre. Qué recordará mejor un niño que esas canciones que su madre le ha cantado en la cuna…

Hay un tipo de suspense que tiene forma radial, que parte de un punto central y se esparce como los rayos del sol, conectando a las personas y los hechos, ofreciendo al espectador una serie casi interminable de caminos para llegar a la resolución del misterio. Pero no es este el formato Hitchcock. Más bien, Don Alfred, ofrece una retícula, a veces laberíntica, pero siempre romana, siempre hecha con escuadra y cartabón, al modo en que los ingenieros del Imperio planteaban las ciudades y definían sus calles principales, todas en la doble línea, paralela y perpendicular. 


El Cardo y el Decumano. Mayor clasicismo no cabe. Así se plantea una intriga que solamente nos conduce en una dirección. Bien es verdad que algunas distracciones pueden llamarse a engaño. Pero eso es lo de menos. En las películas de Hitchcock lo más importante es la arquitectura. Lo demás es secundario. 

De cómo una familia normal se convierte en una familia inmersa en una conspiración al estilo James Bond es otra de las lecturas del film. De cómo en todos los escenarios es preciso que exista algún Jack Bauer que saque las castañas del fuego, es una conclusión inevitable. De cómo la trama no nos aporta miedo, ni terror, ni angustia, sino zozobra e inquietud, es la respuesta a la manera de concebir el cine de Hitch. Un secuestro de un niño es, en todo el cine, uno de los actos que más pueden hacer sufrir al espectador. Salvo si el que dirige la película es Alfred Hitchcock. Porque entonces sabemos y sentimos que a ese niño no va a pasarle nada. Y que el niño aparecerá milagrosamente. 

Las películas de suspense mezcladas con argumentos de espías siempre tienen una parte oscura, que no es posible descifrar. Como decía una amiga, en las horas tibias de los cursos de verano de Baeza, al final del todo uno desconoce “quién robó el microfilm”. Pero tampoco importa. Es otra cuestión secundaria entre tantas. Lo sustantivo no es siquiera qué ocurre y por qué. No es el secuestro. No es la relación (absolutamente comercial, sin pasión ni enamoramiento aparente) entre la pareja protagonista (menos química, imposible) sino el propio dibujo, el trazo fino a veces y otras veces más grueso de todo el edificio. Es un edificio finamente construido, sin goteras, sin huecos, sin escapatorias. Es un edificio sólidamente anclado en un espacio que posee características propias. Es el cine de Hitchcock. Puede gustarte o no. Pero no me negarás que es únicamente suyo. 


Sinopsis:

Ben MacKenna, su mujer y su hijo Hank, estadounidenses, están de vacaciones en Marruecos. Allí tienen ocasión de contemplar en directo la muerte de un hombre que, antes de morir, deposita en los oídos de MacKenna un comprometido secreto que cambiará el curso de sus vidas. 

Algunos detalles de interés:

Merece la pena hacer alguna mención a la primera versión, la de 1934, rodada en el Reino Unido, sobre el guión de Charles Bennett, D.B. Wyndham-Lewis, A.R. Rawlinson y Edwin Greenwood. La música es de Arthur Benjamin y la fotografía de Curt Courant. Sus principales intérpretes fueron Leslie Banks y Edna Best. En el remake de 1956, rodado para la Paramount Pictures, la base del guión corre a cargo de John Michael Hayes, uno de los guionistas más prolíficos y eficaces del cine clásico, con el auxilio, en esta ocasión de Angus MacPhair. La música es de Bernard Herrmann y el fotografía de Robert Burks. 

En el reparto, encabezado por James Stewart y Doris Day, figuran también con papeles principales Brenda de Benzie y Bernard Miles. El actor principal James Stewart (1908-1997) fue toda su larga carrera un referente de la cinematografía mundial. Hijo de ferreteros, decidió convertirse en actor ya en la universidad, con la carrera de Arquitectura brillantemente acabada. En su currículum hay numerosas incursiones en actividades creativas y también un paso ejemplar por las Fuerzas Aéreas. 

Frank Capra confió en él para el espléndido Señor Smith de “Caballero sin espada” y desde entonces una serie de grandes películas afianzaron su trayectoria, que se inició al mismo tiempo que la de su gran amigo y colega de fatigas Henry Fonda. Una amistad que pervivió al paso del tiempo y a sus irreconciliables diferencias políticas. “Qué bello es vivir”, “La ventana indiscreta”, “Historias de Filadelfia”, “Vértigo”, “El hombre que mató a Liberty Valance”, “Anatomía de un asesinato” o “El club social de Cheyenne”, son una muestra de esa trayectoria por la que obtuvo un Oscar al mejor actor, un Oscar honorífico, el premio Cecil B. de Mille a su carrera, así como otros premios en festivales de cine europeos. 

James Stewart fue tan excéntrico que estuvo casado toda su vida, desde 1949 a 1994, con la misma mujer Gloria Hatrick, con la que tuvo cuatro hijos. ¿Quién puede negarle que era el hombre perfecto, incluso en esto?

Es interesante destacar la dirección artística en este caso a cargo de Henry Bumstead y Hal Pereira. 

“Qué será, será”, es la canción que funciona como elemento vital de la trama. Doris Day era, a más de actriz, una estimable cantante y aquí esa doble vertiente aparece justificada al presentar al personaje como una artista retirada.