domingo, 24 de marzo de 2019

Rosalía


Otra vez. De nuevo. ¿Qué es esto? ¿Flamenco? 

La historia del flamenco está llena de estas preguntas, de estos momentos que tambalean, aunque sea en apariencia, sus cimientos. El flamenco es una música (por encima de todo, una música) que lleva más de doscientos años curada de espantos. Los flamencos llevan el mismo tiempo haciendo “cositas” que espantan a unos y enardecen a otros. De modo que estamos otra vez ante el rito del desconcierto, de la división de opiniones y de las cátedras que se tambalean. 

Primera conclusión: lo de Rosalía no es nada nuevo. Es otra vez algo nuevo, cosa muy distinta. ¿Qué significa nuevo? ¿Hay algo nuevo en el arte a estas alturas? ¿Van de nuevas los arquitectos que hacen gigantescas torres circulares u ovaladas queriendo tocar el cielo, cubiertas de ventanas, forradas de aluminio? Lo nuevo y lo viejo. Lo bello y lo feo. Lo sublime y lo falso. Y para más inri: el flamenco y lo aflamencado. O, aún peor, el flamenquito. Pamplinas de la Plaza Mina. 

Con Rosalía han surgido (otra vez) las dos preguntas más antiguas que el flamenco lleva contestando siglos: ¿Es esto flamenco? y ¿Por qué le gusta tanto a la gente lo que hace? Y, aunque parezcan dos preguntas, son una sola pregunta en dos partes. Es más, hay quien confiesa que no le gusta el flamenco y le gusta Rosalía. ¿Es esto posible? ¿No es una contradicción en sus propios términos? 

Otra cosa: la juventud se abraza a la música de Rosalía como si estuvieran huérfanos de un estandarte que les permitiera tener alguna razón para seguir imbricados en estos sones que en ella suenan tan nuevos. ¿Lo son? ¿Por qué los jóvenes escuchan con devoción a Rosalía y la siguen a muerte?

Muchas más preguntas que respuestas, lo sé. Pero para tener respuestas hay que empezar haciéndose preguntas y las preguntas son el sendero cierto por el que circular cuando hay ¿contradicciones? ¿mixtificación? ¿engaño? ¿superchería?

Rosalía se ha levantado de la silla, ha dejado en un rincón la falda larga, se ha puesto un chandal de purpurina, o un tutú con medias blancas, se ha pintado las uñas de un color imposible y se ha colocado encima setecientos anillos comprados en una tienda de chinos. El caso es que todo esto no va de celebrar un cumpleaños en casa de una amiga sino de subirse a un escenario. Sara Baras dejó de lado la tiesura de las telas de popelín y se cargó de sedas y antes María Pagés usó túnicas y faldas tableadas sin volantes y hasta Canales se quitó el pantalón y su puso un vestido. Mucho antes todavía, Camarón se soltó el pelo y las barbas y Tomatito hizo lo mismo. Hasta Lola Flores lanzó el escote ajustado por las galaxias y dejó los lunares guardados un ratito. 

Rosalía sale al escenario y con ella una troupe de bailarinas/bailaoras que parecen animadoras de un equipo de beisbol americano. Antes de ella Caracol montó una Zambra con argumento y llenó el escenario de mujeres llorosas, de mujeres rientes. Y antes de ella el “atrás” dejó de ser un cuadro de palmeros y dos vocalistas para convertirse en un mar de voces con Miguel Poveda, en una orquesta sinfónica con Carmen Linares. 


Rosalía mete por bulerías algunas cositas y otras las mete por Cádiz y entremete estribillos y lanza un vocabulario que solo conocemos en el sur, anda quillo, estás mu malamente, y tó por un queré…y se salta el diccionario para entrar en el universo de la copla. Antes de eso Mara Barros y Joaquín Sabina mezclan “Y sin embargo te quiero” con el “Y sin embargo” y se montan un dúo coplero/cupletista. Antes de eso, Marchena coge sones americanos y les engancha rápido una guitarra y eso ya se convierte en otra cosa y la gente lo entiende. Menos ayyyyyyy y más mensaje. Malamente. 

Y las Niñas de Utrera, la Fernanda y la Bernarda, cantan por bulerías la guía de los teléfonos. Y Rosalía, pone a Dani a tocar el Aleluya, dicho por Leonard Cohen, que también tenía su alma mater en un guitarrista particular que andaba por esos mundos de Dios a ver si alguien quería comprender lo que tocaba. Y Paco de Lucía se inventa el remonte de la mano y vuelve loco a cualquiera, después de que las críticas chorreen y lo acusen de todo y luego resulta que todos los de ahora, sin excepción, se estudian a Paco antes de ir a la escuela infantil a leer “Pinocho”. 

Y Pastora…Mejor que lo explique Kiko Veneno, que de esto sabe un rato “La Niña de los Peines era como Rosalía cuando empezó. Estableció unos cánones y unos clichés que ahora se asumen como sagrados pero que en aquel tiempo fueron algo nuevo” Malamente. Lo sabe Niña Pastori (otra camaronera) mientras canta con ella “Cuando te beso”. La niña de Pastora lo sabe desde siempre. 

Imposible sería hacer la lista de los cambios, de lo viejo, lo nuevo, lo de ahora y lo de antes. Si el flamenco se hubiera quedado en sus orígenes, en los instrumentos musicales que acompañaban a los verdiales o en el cante sin guitarra, por poner dos extremos, entonces sería como la jota (con permiso) y lo cantarían y bailarían en las bodas muy tradicionales a modo de Coros y Danzas de la música patria. 

Pero resulta, y aquí viene lo bueno, que el flamenco siempre se ha puesto el mundo por montera, la música por montera y se ha hecho a base de “cositas”, algunas más buenas que otras, pero todas mezcladas en el guiso. Y esto era así y no llamaba nada la atención hasta que unos señores dirigidos por un artista con nombramiento universitario, llamado Don Antonio y de apellido Mairena, se empeñó en decir que esto era así y que lo otro era mentira. Y le siguieron algunos con pluma en plaza. Y todos sentados muy serios y a cantar “por derecho”. Que está muy bien, pero no solo.  Y ahí se montó la bulla y la traca y se lió todo. Porque antes de eso nadie hablaba de puros y de impuros, de mestizos o de limpieza de sangre. Que la limpieza de sangre no tiene nada que ver con el flamenco, aunque somos muy limpios. Que de esto ya se dieron cuenta en el 22, allá en Granada, cuando quisieron buscar la fuente de lo jondo y la fuente tenía menos agua que la Laguna Seca en el estío. 


¿Qué hace Rosalía que no haya hecho ya otro artista de ruptura? Solo adaptarse a los tiempos, como es su obligación. Usar las redes, grabar vídeos, llevar una coreografía que haga saltar de la silla, conectar con los más jóvenes, interpelar al público (Plaza Mayor, Madrid, 31 de octubre de 2018: Así si, Así si), dominar el escenario porque tiene talento, atreverse, lanzarse, poco más. 

La música flamenca (el flamenco es música ante todo) es mestiza, ecléctica y abierta. Recibe lo que le llega de mil amores y lo devuelve al mundo remozado, limpio y perfumado. Por eso cantan así Alborán, Pablo López, Alejandro Sanz o Manuel Carrasco. Porque lo saben y beben de ahí con ansia. Solo el mairenismo quiso encerrarla en una cápsula, con un prurito de secta que nunca había existido antes y que, afortunadamente, el genio de Camarón (gloria al de La Isla por haber entendido que no se pueden poner puertas al arte) y el talento de Paco, sacaron del corsé y lo regalaron sin medida. Y desde entonces, todos libres de nuevo. 

El flamenco necesita voces de refresco. Lo fue Poveda y su cante y su copla, por poner un ejemplo que está en absoluta vigencia. Por eso este arte permanece como la música más influyente de todas desde hace más de dos siglos, la más permeable, la que más lluvia fina causa sobre las otras. La tendencia, el hilo, la huella. Nada de lo antiguo se pierde, todo se cuaja, se transforma, se mantiene, se mima y se actualiza. Por eso perdura. 

La música flamenca, que es más que el flamenco a secas, necesita a gente como Rosalía. Qué más da que nos hagamos preguntas…Después de ella vendrán más y más y por eso, te pongas como te pongas, el flamenco vive. 


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