miércoles, 20 de marzo de 2019

¿Por qué escribo reseñas de libros?


(Fotografía para Life de Nina Leen)

La pregunta no es ¿por qué leo libros? sino ¿por qué, después de leer un libro, escribo sobre él? Me guardo mucho de llamarlo "crítica". Más que nada porque si un libro no me gusta lo olvido de inmediato, incluso dejo de leerlo en cuanto percibo que aquello no marcha. No soy una lectora sacrificada de esas que empiezan un libro y se imponen la penitencia de leerlo. Si en las primeras páginas, mejor aún, en las primeras líneas, no detecto esa conexión, ese algo que me atrapa, suelto el libro y me olvido de él. 

Hay, sin embargo, algunas "segundas oportunidades". Me ocurrió con "La librería" de Penelope Fitzgerald. En un primer momento lo leí casi arrastrándome y ni siquiera le presté atención porque me olvidé del argumento enseguida y no era capaz de encontrar los cabos sueltos. Cuando pasó algún tiempo y se rodó la película sobre el libro, que dirigió Isabel Coixet, me sentí imbuida en su espíritu y, después de verla, volví al libro y entonces sí, entonces hallé su significado y me encontré con que el libro ya era otro o quizás yo era otra y había cambiado de mirada. Y es la mirada del lector la que distingue un libro de otro. El libro se construye dos veces: por el que lo escribe y por el que lo lee. 

También me ha ocurrido el que un libro me haya gustado para luego, al paso del tiempo, preguntarme a mí misma por qué. En este caso el ejemplo más claro que puedo poner es "La espuma de los días" de Boris Vian, esa extraña historia en la que a Chloe le crece un nenúfar. Llegué a recordar algunas de sus frases pero creo que lo leí contagiada por el chico que entonces compartía mi vida (al menos la parte de mi vida que él dejara que compartiera) y no era una lectura verdaderamente mía. Ahora repito a veces su título, que es lo mejor del libro y que se puede aplicar a cualquier cosa efímera, incluso a la portada de la feria. Como en todo, no es fácil encontrar tu verdadero camino, aquello que te gusta realmente. Creemos que sabemos lo que queremos pero no siempre es así, cuesta mucho, es importante y difícil. 

Los libros que no me gustan o que no consigo terminar o que me dejan mal sabor de boca nunca los reseño. Hay un libro por ahí que no nombraré, con un argumento tan amargo y desagradable que, aunque me atrapó por lo bien escrito y lo extraño, nunca reseñaré, es más, lo tengo escondido porque no quiero que vuelva a mí de ningún modo. También hay casos en los que leo un libro en circunstancias terribles y luego no puedo pensar en él porque me remite a esa circunstancia y me causa tristeza. Estos son los libros que leí durante la enfermedad de mi marido, una droga que consumía pero que no llegaba hasta el fondo y que luego he odiado. Están ahí pero no quiero saber nada de ellos ni siquiera de los autores, desgraciados, que los escribieron. 

Durante mi infancia y mi adolescencia leí muchos libros que me hicieron feliz. Son esos libros de los que podría escribir una y otra vez porque, en realidad, escribo de mí. Si pienso en ellos me imagino con trenzas, con larga melena ondulada y rubia, en la azotea de mi casa familiar, en el patio, en una esquina de la escalera, en la casapuerta, en el escalón de la entrada, en la cocina, en cualquier sitio escondida, leyendo y haciendo como que estaba atenta a lo que me hubieran encargado sin estarlo. Esos libros son mi bagaje sentimental mucho más que cualquier otra cosa, quizá junto a las películas, el otro gran refugio, el otro gran hallazgo. Mi memoria se construye, en gran parte, por esas lecturas, esos hitos literarios, esos personajes, esos diálogos, esos versos. 

Los libros que elegí yo misma en mi juventud, que busqué o que encontré en merodeos ocasionales, forman la biblioteca más personal y más libre de todas. Son los libros que tú lees porque te gusta el título, te atrae el autor, te recomienda alguien o, simplemente, porque la intuición te dicen que te va a gustar. Y a través de esos libros llegan los grandes amores literarios. Una vez estaba delante de un quiosco y encontré una colección de libros entre los que estaba "Orgullo y prejuicio". Fui mi primer encuentro con Jane Austen, la escritora que más me ha influido, no solo en mis lecturas, sino en mi forma de pensar, en mi manera de ver la vida. Jane Austen es mi fe, la gran desconocida que se fue revelando a base de leerla, releerla y reflexionar sobre ella. 

Escribo de los libros que me gustan porque no he podido escribir esos libros yo misma, porque es una forma de hacerlos míos y porque la escritura cierra un círculo: escribe el autor, leo yo y escribo yo. Faltaría que el autor leyera mi reseña pero esto es casi imposible. No solo por la humildad de este blog, sino porque la mayoría de los autores que leo están muertos. Los vivos me interesan menos. 

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