domingo, 3 de marzo de 2019

La corbata de David Lean



Sevilla 1961. Luis Caballero Polo (1919-2010) trabajaba en el Hotel Alfonso XIII. Su elegante figura, su señorío natural, su cultura autodidacta, eran el complemento adecuado a su talento, el que le había servido en los tiempos de la prisión y los trabajos forzados: cantar flamenco. En ese año de 1961 Sevilla recibió, con la algarabía y generosidad que suele, a la enorme troupe que formaba el equipo de rodaje de “Lawrence de Arabia” (1962).  A la cabeza, David Lean (1908-1991), su director. El Hotel Alfonso XIII, de estilo neomudéjar, situado en el centro de la ciudad, en el cruce de la calle San Fernando y la puerta de Jerez, se estableció como sede y también como lugar de rodaje para algunas escenas de interior. Por eso, en este contexto de vida diaria de unas personas que están fuera de su entorno natural, Luis Caballero conoció a David Lean. Luis tenía una gran afición al cine (recordaba en nuestras charlas la película que ponían en el cine de verano de su pueblo cuando estalló el golpe de estado del 36: Paprika) y su encuentro con Lean terminó con el regalo de una corbata por parte del cineasta. Así lo contaba y, por eso mismo, “Lawrence de Arabia” se convirtió para nosotros, sus amigos, en una película cercana, íntima, de andar por casa, a pesar de ser una gran superproducción considerada por muchos críticos como la gran película del desierto en la historia del cine. Para mí era, más que nada, la causa por la que Luis Caballero era poseedor de un fetiche muy valioso: la corbata de David Lean. 

Mi escepticismo hacia las películas “grandes”, los best-sellers del cine, se tropieza aquí con una paradoja: es tanto una película apoteósica, una epopeya, un espectáculo épico, como una película intimista, psicológica, donde los personajes, todos, incluido los secundarios, se muestran ante el espectador desde dentro, con sus contradicciones y sus verdades. Es verdad que su duración excede de cualquier medida y que hoy estaríamos hablando de una saga y no de un único largometraje. Pero, aparte de esto, la gran virtud está en escoger al personaje protagonista, el centro de la trama, esto es,  Thomas Edward Lawrence (1888-1935), el coronel inglés, arqueólogo de profesión, escritor brillante y carismático negociador. La oscuridad y la sombra, a partes iguales, se dan en él y por eso es capaz de generar una atracción tan poderosa. 

Lawrence de Arabia es El Cid de este contexto. El hombre que tenía buenas relaciones con los árabes, a los que inspiraba más confianza que a sus propios colegas del ejército inglés. Aventurero, extravagante, misterioso, solitario y culto, hombre de armas y de letras, el ideal renacentista se cumple al pie de la letra en Lawrence y por eso sus memorias (The Seven Pillars of Wisdom) fueron tomadas como base del guión que escribieron Robert Bolt y Michael Wilson y que sirvió como esqueleto de un rodaje de dos años por escenarios de Marruecos, California, Gales, Inglaterra y España, en concreto, Almería y Sevilla. 

Se trata de una película de acción, pero no solamente. Es un lirismo aventurero que simula desarrollarse en Egipto, Jordania, Siria, Arabia y sus ciudades más emblemáticas, además de, sobre todo, en el desierto. El desierto es el trasfondo espiritual de la película, su motivo principal y por eso la música de Maurice Jarre, añade elementos orientales, instrumentos exóticos, electrónicos y acompaña la película de una forma magistral. Y entre unos y otros, occidentales y orientales, se reparten los buenos y los malos sin que sea posible trazar una raya vertical, sino una división en zig-zag, de forma que en todos los bandos hay de todo. Admirable ecumenismo, postura ecléctica, que solo el cine es capaz de recoger con solvencia.


Mención aparte merecen los actores. Nadie podía haber encarnado mejor al extraño T. E. Lawrence que Peter O´Toole (el papel fue ofrecido a Brando, pero este lo rechazó).  La mirada de O´Toole, ese universo azul, transparente y lleno de tintes nostálgicos, atraviesa la pantalla y es uno de sus atributos, como demostró también en La noche de los generales. Sir Alec Guinnes es el príncipe Feisal, futuro rey de Irak. Expresión contenida, dominio del gesto, capacidad de expresar acentos muy variados (como hace ahora la prolífica Meryl Streep), este actor forma parte del cuarteto mágico junto con Anthony Quinn, que encarna a Auda Abu Tayi y Omar Sharif en el papel de Sherif Ali, entrañable amigo de Lawrence. 

Un larguísimo flashback desde el momento en que se produce la muerte del coronel hasta estos años de la guerra, es el elemento estructural básico de la película. A partir de ahí, la gloria. 

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