viernes, 8 de marzo de 2019

Cena en claroscuro


Se puede ser muy liberal, se puede votar demócrata, se pueden usar pantalones, se puede vivir en pecado pero, ay, los hijos son los hijos y una boda es una boda. Este puede ser un resumen capcioso del argumento de la película de Stanley Kramer de 1967 “Adivina quien viene esta noche”. A cenar, añado, en una cena que se convierte en pesadilla y que pone sobre la mesa las contradicciones de la vida moderna en ese enorme país, casi un continente, en el que se dan mezcladas todas las tensiones, las posibilidades, las certezas y las dudas. Norteamérica, por extensión. EEUU, en realidad. 

La cuestión racial no ha sido todavía, aunque nos parezca raro y cavernícola, superada en ese país. Puede incluso resultar lógico porque la evidencia de ese cisma previsible entre los Estados del norte y del sur es, para ellos, como nuestra guerra civil. Una brecha que no termina de cerrarse. Samuel L. Jackson, en el rol de un escritor negro que va a pasar unas vacaciones a una isla bastante elitista, se las tiene que ver con un grupo social que aún considera que ser negro es sinónimo de delincuente. Que ser negro es ser marginal y no haber ido a las mejores universidades o no tener un Pulitzer. 

Aquí, en esta cinta, Sidney Poitier, a veces tan desgarrado y marginal en sus interpretaciones, se ofrece como el yerno perfecto. Guapo, alto (casi 1.90), graduado universitario, con clase, elegante, educado y muy enamorado de la chica. Por su parte, ella es una hija de familia, cuyos padres necesitan algo más que un vodka para recomponerse al observar el pequeño detalle, que, por supuesto, su hija no les había comentado, de que el prometido es “negro”. En un curioso y divertido remake a la inversa, Ashton Kuchner tuvo que vérselas con una familia de color, impermeable a los encantos de un blanquito blandengue. En esta ocasión, es el atractivo Sidney, en uno de sus papeles reivindicativos más amables, el que irrumpe, para trastornarla, en la vida de unos padres ya maduros. 

Katharine Hepburn, la madre, tiene en el film el mismo aire inteligente, la misa distinción, el estilo independiente y lleno de personalidad que ofrece en el resto de sus películas y en la vida real. S familia, de profesionales liberales, adobó esta forma de entender el mundo que la convirtió en una adelantada a la moda de los pantalones o a la de las parejas de hecho. Precisamente esa pareja, Spencer Tracy, es su marido, el padre de la novia, en la película. Representan, pues, algo que nunca fueron, matrimonio, porque, al contrario que ella, Tracy era un católico acérrimo, además de acérrimo bebedor y bastante irrespetuoso con la diabetes que parecía. Resulta curioso constatar que solamente se llevaban siete años, porque la esplendorosa presencia de la Hepburn contrastaba ampliamente con ese aire abuelil de Spencer. Pero entre ellos hubo pasión y de la buena, fuera del matrimonio y fuera del tanatorio, al que Katherine no acudió por respeto tras la muerte de su compañero, en un ejercicio de prudencia por su parte y de hipocresía por parte del resto. 


La película es un alegato antirracista hecho en clave de comedia. De deliciosa comedia de colores pastel, con vestidos años sesenta, peinados sesenteros y movimientos gráciles de las manos al servir el vermut, con una aceituna, por favor. La espectacular sonrisa de Poitier es una pregunta que siempre queda en el aire. ¿Cómo vamos a estar en contra de un chico como este? ¿Quién sería capaz de darle calabazas? Otras preguntas se dibujan en las conversaciones entre el padre y la madre, la chica y la madre, la chica y el padre, todos entre sí. ¿Somos tan permisivos y modernos como nos creemos que somos? ¿La lucha de razas es agua pasada? ¿Si me toca a mí, la cosa cambia? 

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