martes, 26 de febrero de 2019

Una historia real



Esta película bien podría catalogarse de cine histórico. Aunque los personajes sean inventados.  Aunque los escenarios sean inexistentes. Porque uno de esos personajes guarda un sospechoso parecido con alguien que incendió un continente. Y el otro es la viva imagen de las miles de personas que sufrieron cárcel, tortura o muerte. No es una película histórica al uso, pero habla de una historia que no deberíamos olvidar. 

El discurso final de “El gran dictador” puede ser el alegato más vibrante contra el totalitarismo que hayamos oído nunca. Solo por ese discurso valdría la pena la película. Algunas de sus frases asaltan nuestro pensamiento una y otra vez: Los seres humanos queremos vivir para la felicidad del otro, no para su desgracia. Pero hemos perdido el rumbo, la codicia ha envenenado el alma del hombre. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. No desesperen. El odio del hombre pasará y los dictadores morirán. Soldados, no sois máquinas, no sois ganado. Hombres sois. Los dictadores se hacen libres a ellos mismos pero esclavizan al pueblo. Y en tanto los hombres den la vida por ella, la libertad no ha de perecer.

El dictador de Tomania y el amnésico barbero judío son los instrumentos de los que se sirve Charles Chaplin para presentarnos, no solamente una denuncia, sino una forma de esperanza. La fuerza de la palabra y de las imágenes abruma mucho más que cualquier consigna. La situación dramática de millones de personas a causa de la sinrazón del nazismo se pone de manifiesto en su narración de la vida del ghetto judío. Chaplin ridiculiza al dictador, porque, pensándolo bien, nada hay más ridículo que esa peligrosa megalomanía.


En un ejercicio de genialidad, Chaplin construye la película: escribe el guión, dirige, interpreta y compone la música junto con Meredith Willson. Un artista total, en la línea gloriosa de aquellos que dominan todas las disciplinas. El personaje de “Charlot” que había creado de la mano de la productora Keystone, primero, y de la Essanay, después, y que se llamó así desde 1915, había permanecido mudo hasta esta película que significa, en realidad, que Chaplin no necesitaba ya a Charlot y que Charlot no precisaba del valor de la palabra. 

Los acontecimientos históricos que vivía la atribulada Europa y que se contemplaban a distancia, pero con pavor, en los Estados Unidos de América, son el telón de fondo del rodaje, que se inicia justamente en 1939, cuando Hitler lleva a cabo la invasión de Polonia. Pero la idea había germinado en la mente de Chaplin al menos un año antes, porque el olor de la guerra y, sobre todo, la evidencia de que el nazismo tenía la clarísima intención de destruir todo aquello que considerara diferente (y quién no es diferente al fin y al cabo) lo habían llevado a crear una eficaz arma de destrucción que ha sobrevivido al paso del tiempo. Las imágenes oscuras de Hitler en sus arengas a los soldados del nacionalsocialismo convertidos en soldaditos de plomo, quedan apagadas por la brillante ternura de los personajes de Chaplin. Sabía y no se equivocó, que solamente la ironía, solamente la sátira, la critica salpicada de humor, pueden hacer digerible la atrocidad de la tragedia. 

El recurso narrativo que utiliza es la suplantación. En el cine se trata de una argucia que suele dar buenos resultados. En “Tú a Boston y yo a California” las chicas se intercambian para poder conocer a sus respectivos padre y madre. Pero en “El gran dictador” el descubrimiento del ardid puede acarrear la muerte. Esto incorpora un elemento de tensión a la historia. 

Sin embargo, a pesar de la dureza del tema, el estilo ligero, sutil, lleno de gracia, de Chaplin, asoma como nunca en sus escenas. La del globo terráqueo, por ejemplo. Una coreografía que se inicia con unas frases casi premonitorias, César o nada, Emperador del mundo, Mi mundo… y sigue con una risotada macabra antes de que el globo suba y suba,  se eleve hasta convertirse en un globo de gas, en una pelota transparente que el dictador golpea con su cabeza, con sus pies, con su trasero alegremente colocado en la mesa, con su dedo, sobre el que gira sin cesar. Música suave para acompañar este suave balanceo, estas piruetas, estos saltos en el aire, estos giros, estas vueltas….El globo acaba desinflado, como sabemos. 

O la escena de la barbería, el barbero olvidadizo, y ese atónito cliente que observa y no logra entender qué está pasando. Con esos gestos livianos al compás de la música, zapatillas de baile, gesto ingenuo, afeitar es un arte, ser barbero una genialidad, yo soy un artista. Te peino a dos manos y con dos peines…y me deslizo sobre el pavimento con el paso de baile más adecuado al momento.

Y luego está la chica. La chica es, aquí, Paulette Godard, a la sazón esposa de Chaplin. Deliciosa, grácil, menuda, ojos verdes sorprendidos, nariz respingona, boca sonriente. Bella pero sin abrumar, en el tipo físico que, toda su vida, amó el cineasta aunque pasara de una chica a otra. Sus Lolitas eran todas así y, en esto, Charles Chaplin se nos presenta muy nabokoviano. La imagen de la novia del barbero judío llorando en el suelo mientras suena atronador el discurso del falso dictador es, sin duda, un prodigio de belleza que nuestra retina guarda como un tesoro. He ahí la esperanza. 

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