domingo, 17 de febrero de 2019

Invierno en Nueva York



Si no has pasado un invierno en Nueva York hay un invierno que no conoces. Nueva York es una ciudad especial, en realidad, un mundo en sí misma. Un lugar en el que las cosas encajan de forma milagrosa. En el que es posible que ocurran cosas inimaginables. Puede pasar de todo y encontrar gente de todo tipo. Gente que, en otros lugares, quizá no existieran o no tendrías ocasión de conocer. Por eso surgen historias distintas, cuentos de hadas, relatos que solo se explican en ese contexto de nieve y extremos. Esas botas son para caminar. 

El calor de los restaurantes, de las cafeterías, de los bares, es la mejor forma de pulsar la vida de la ciudad. Allí estaba él, Edward, con un jersey de cuello cisne, una cazadora amplia y forrada de lana y unas enormes botas. Era muy guapo. Tenía los ojos verdosos que parecían azules con el reflejo de la nieve y miel en el interior. Unos ojos cambiantes, pero no extraños, sino certeros y confiados. Daba la impresión de que no podían engañar y eso es mucho decir para unos ojos. Ella lo conocía en el tercer día de su estancia en el ciudad y eso cambio el signo de las horas. Edward trabajaba en una editorial y siempre llegaba al café cargado de papeles. Así lo vio ella al tercer día de llegar a Nueva York y así se le quedó mirándole porque le gustó. Esa insistente mirada lo puso en alerta pero, cuando la vio, comenzó a sonreír de inmediato y le devolvió la suya, limpia y verdosa. No tardaron mucho en compartir un café muy fuerte y unos donuts recién hechos. Ella le contó que iba a estar allí unos seis meses, que eran los que duraría un trabajo que le habían encargado en su universidad. Él pensó que seis meses podían ser mucho tiempo o muy poco. 


Madison Square se convirtió en lugar de sus encuentros. En el sitio levítico en el que era posible una confianza mutua que fue surgiendo como un cohete espacial. No hizo falta demasiado tiempo. La intuición no les falló. Eran dos seres destinados a entenderse. Y ambos se aplicaron a la tarea sabiendo que quedaba poco tiempo, que las horas serían escasas, que el reloj avanzaría imparable. En los libros que ambos habían leído existían historias parecidas, cuentos cortos, relatos, imaginaciones anteriores, encuentros que podían compararse con el suyo. Pero aquello era la vida y la vida siempre te asalta por sorpresa y las cosas que pensaste no hacer o no decir de pronto se convierten en verdad y así todo es hallarse a uno mismo y al otro. Un invierno con luces que nunca imaginaste.

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