jueves, 3 de enero de 2019

Una mujer sola


Comenzó un nuevo año y se preguntó qué cambiaría para ella. Si seguirían existiendo esas lagunas de silencio por las tardes. Si al levantarse por la mañana se preguntaría por qué. Si el sonido del teléfono sería una excepción a la regla. Si cada hora, cada segundo, constituirían una continuación irrazonable del paso del tiempo. Tembló de pensar que todo se escribiría de la misma forma, las mismas soledades, el mismo lento transcurrir de los sueños, la desaparición de la esperanza. Y se miró en el espejo para tratar de dilucidar algún secreto, alguna oculta pregunta. Nada de eso le devolvió su imagen. Fueron otras mujeres, en un suave murmullo de opiniones, las que, desde los libros o desde el ordenador, desde las redes o desde la vida, le abrieron una ventana que explicaba algunas cosas.


Era una mujer sola. Lo que se entiende en esta sociedad por sola. Una mujer que no tenía pareja. Peor, que la había perdido después de que sus días fueran compartidos. Que conocía gente pero que a pocos podía llamar amigos. Que poseía algunos afectos, muy ocupados en vivir su propia vida. A todos ellos los había culpado en el pasado de su dolor. A la vida entera la había señalado como responsable. Ella era la espectadora de la felicidad de otros. La que contemplaba las fotos de viajes, mientras permanecía en su ventana, mirando pasar las horas sin interrupción ni secretos. Escuchando una música que era ajena, letras que no comprendía, abrazos que escaseaban cada vez más. Era una mujer sola. Partamos de esa base.

Por eso habían desaparecido de su vida las presentaciones de libros, el cine, las luces de la navidad en las calles, las compras, los museos, las ferias del libro, los encuentros culturales. Había desaparecido el paseo, la oportuna parada en una cafetería. Habían desaparecido los trenes y aviones. Había desaparecido todo excepto la casa, el sol que se colaba por los balcones, el ordenador, la música, el silencio. Era una mujer sola. Y no lo había sabido hasta entonces. Quería disimular su soledad sin aceptarla. Quería sufrir por algo que no fuera estar sola. Pero esa era la cuestión: estaba sola. Como las mujeres que aparecían en las fotografías en blanco y negro que ilustraban sus post en un blog que rellena casi cada día porque así conjura el paso del tiempo y quizás la pena.


Comenzó el nuevo año y algunas cosas surgieron para intentar que despertara. Volvió la música a resonar con fuerza. Oyó la voz de su hijo al otro lado del teléfono, diciendo una evidencia: Qué pena lo de papá, verdad??? Leyó los mensajes de algunas amigas que la esperaban cerca del mar y del océano. Vio fotos de aquellas que viajaban a pesar de todo. Leyó los tuits de quienes habían decidido que la soledad no iba a ser un inconveniente para seguir siendo personas felices. Y pensó que había llegado un momento decisivo. El de elegir desde qué baluarte, muralla, foso, castillo, inaccesible almena, iba a conjugar su presente desde ahora.

(Fotografías de Ellen Von Unwert, Vivian Maier, Nina Leen y Diane Arbus, en este orden)

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