miércoles, 16 de enero de 2019

Heroínas con sentido del humor


Resulta muy interesante constatar que “Emma” la novela más perfecta de las austenianas, es también la que tiene como protagonista a la heroína menos intachable. La maestría de la obra reside en su perfecto acabado, sin fallos de argumento, con una línea de evolución clara y coherente, así como en el ambiente que describe cuidadosa y satisfactoriamente. Puede compararse a un drama de Racine, como han observado algunos críticos. Es verdad que no es obra de una sola lectura, como puede serlo “Orgullo y Prejuicio” que nos produce una instantánea felicidad, un placer inmediato. No. “Emma” necesita una lenta degustación porque, en realidad, lo que presenta, es una historia detectivesca con misterios sin resolver y personajes que simulan sentir lo que no sienten. Toda la obra expresa el arte de la simulación de una manera perfecta.

La seguridad en sí misma de Emma, la protagonista, no le viene de sus aciertos, que son pocos como se sabe, sino de su origen, de su cuna y de la cariñosa crianza que ha recibido tanto por parte de su padre, entregado a la causa de sus hijas y a evitar las corrientes de aire, como de su institutriz, la valerosa y eficaz señorita Taylor, luego señora Weston. En lo que respecta a su visión casamentera, Emma comete errores de bulto. No es capaz de darse cuenta de la inanidad del carácter de Harriet Smith, a la que ha tomado bajo su protección simplemente por distraerse. Le va asignando pretendientes uno tras otro, sin considerar que es una chica tan poco despierta que ningún hombre con sentido podría fijarse en ella, salvo si tuviera una renta de cinco mil al año, en cuyo caso, no hay mujeres tontas.


Por otro lado, tampoco advierte el carácter taimado y poco honrado de Frank Churchill, que intenta jugar con ella y casi lo consigue, ocultando así el verdadero objeto de su amor, que no es otra que Jane Fairfax, la auténtica antagonista de Emma y el único caso de toda la novelística Austen en el que la protagonista y la antagonista están a la altura una de la otra. Es verdad que Emma parte con ventaja, porque su posición social no tiene parangón con la de Jane. Pero ésta tiene virtudes sobradas como para predisponer a su favor a cualquier lector y, desde luego, a los propios habitantes del micromundo en el que ambas se encuentran. Y así ocurre, en realidad, puesto que incluso el señor Knigthley es receptivo a los encantos físicos e intelectuales de Jane. Una única objeción le pone, que no deberíamos pasar por alto, su carácter escasamente alegre, tendente a la melancolía. Todo lo contrario que Emma, como queda claro en el transcurso de la obra.

Seguramente es el sentido del humor el que más y mejor consigue Austen plasmar en algunas de sus mujeres. Desde luego, en Elizabeth Bennet, la más pizpireta, ingeniosa y divertida, de ellas. Pero también en Emma. No obstante, hay una pequeña o, si se quiere, grande, diferencia entre ambas. Elizabeth se ríe de todos, empezando por ella misma y nuestra Emma todavía no ha recorrido ese camino triunfal del carácter por el cual uno debe, en primer lugar, ponerse delante un espejo y contemplar cuán ridículos resultamos a veces con nuestra grandilocuente pretensión de llevar la razón en la vida cotidiana.

El sentido del humor de Emma tiene también sus lagunas cuando se ríe de personas con menor estatus social que ella, algo que a su amigo y pigmalion, el señor Knigtlhey, no le gusta absolutamente nada. Elizabeth Bennet nunca haría esto. Incluso sus risas moderadas a cuenta del exceso de pretensiones de los Lucas tienen un fondo más humano y compasivo que esos comentarios hirientes que Emma deja caer en el paseo a Box Hill sobre la señorita Bates, cuando están jugando, a instancias del insolente de Churchill, a encontrar, al menos, una frase ingeniosa que haga reír a Emma. Esta escena genera un desencadenante amoroso que merece mayor atención.

Hay quien piensa que el personaje de Emma asomó en la cabeza de la autora cuando escribió la respuesta que da Fanny Price a Henry Crawford en “Mansfield Park”: “Todos tenemos en nuestro interior una voz que, si la escuchamos, nos guiará mejor que cualquier persona”. Es decir, se trata de la individualidad, del no dejarse llevar por los estímulos exteriores para actuar, de tener conciencia de lo que uno hace y por qué lo hace. En este sentido, los libros de Austen son una verdadera educación sentimental, sobre todo en lo que se refiere a las jóvenes mujeres, que se ven expuestas constantemente a sentimientos que no saben o no quieren controlar y que necesitan ser encauzados en una sociedad en la que el ser y el parecer eran cosas bien distintas. Quizá sea el sentido del humor la aportación más relevante de Austen a este estado de cosas.

(Pinturas de Lilla Cabot Perry, 1848-1933)

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