lunes, 28 de enero de 2019

Sedas e intrigas


Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937), reaparece cada vez que vuelvo a buscar en la estantería de los libros amados. Allí está La edad de la inocencia. Están La solterona, Santuario, La renuncia, Estío, Las hermanas Bunner y algunos más, incluidas sus memorias. Está también una rareza, La soñada aventura, en una publicación de la editorial Juventud de 1925, aunque el ejemplar que manejo, de la Colección Universal, es de 1994.

Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería conservar su esplendor por un lado y su exclusividad por otro.

Tenía una inteligencia superior que se vio favorecida, no solo por la esmerada educación de sus preceptores a domicilio (nada de escuelas), sino por la frecuencia de sus viajes por Europa con sus padres. Viajar por Europa era el mejor aprendizaje de la alta sociedad neoyorkina. Pasaban meses recorriendo Italia, Francia, Inglaterra y absorbiendo el color local, el arte y las costumbres refinadas que luego trasladaban a sus mesas de comedor y a sus recepciones. De no ser por su dedicación, extravagante, a la escritura, Edith hubiera sido una mujer más en el conjunto de mujeres que dominaban, con mano izquierda y sin que se notara demasiado, ese mundo de sedas e intrigas, donde el dinero era un pasaporte pero donde hacía falta algo más, el pedigrí de las primeras familias o el seguro de un buen matrimonio.

En las ediciones que hace la editorial Impedimenta de dos de sus libros Santuario y La solterona tenemos la suerte de contar con una introducción y un post-facio verdaderamente útiles a la hora de entender a Edith, su mundo y su literatura. La primera es obra de Marta Sanz y el segundo (así como la traducción) de Lale González-Cotta. Es hora de reconocer cuánto bien hacen estos estudios breves pero bien hilvanados a la comprensión de los libros y a ampliar nuestros horizontes lectores. Un buen prólogo es capaz de ponerte en situación y de hacerte navegar con brújula segura por el mar del escritor, aunque este acostumbre a utilizar arenas movedizas.

Las convenciones sociales, las mujeres y su papel en la sociedad, la maternidad, las relaciones amorosas y la búsqueda de la felicidad, son los temas que nos interesan en Edith Wharton. Y son los ejes centrales en los libros que hemos citado. Constituyen la forma en la que ella contribuye a un movimiento soterrado que tiene en la literatura algunas representantes notables y que pretendía dar a conocer, con cierta crítica y mucha rebeldía, el agotamiento femenino ante roles que no le proporcionaban ni una pizca de felicidad. Y, por otro lado, también denunciar que no eran únicamente los hombres, ni todos los hombres desde luego, los responsables de esa estabulación de las mujeres, de ese dirigirlas hacia un camino estrecho y sin vericuetos, sino también las propias mujeres, lo que Lale González-Cotta llama “sanedrines femeninos atávicamente educados para ejercer de madres, complacientes esposas y exuberantes floreros”.

Los enemigos de la mujer libre, viene a decirnos Wharton, no son solamente los hombres, ni siquiera son siempre los hombres, sino también las mujeres, las otras y ellas mismas. Quizá solo alguien como ella podía aclararnos esto. Porque era sofisticada, culta, elegante, inteligente y talentosa. En ese talento cabía el don de observar, ese privilegio que, aunque parece común, solo lo poseen unos pocos. De la verdadera observación se deduce el conocimiento y una selección exquisita de qué es lo que se puede contar, qué hay que ocultar y qué hay que dejar entrever. De ahí sus maravillosas elipsis narrativas, esos hechos que no están, pero han sucedido ya o suceden entre bastidores.

Algunos mitos caen por medio de la actitud de sus heroínas. En La edad de la inocencia no es solo Ellen Olenska la que transgrede las normas, sino también la inocente May Welland, cuando se deja ver con ella o la anciana señora Mingott. En Santuario es Kate Orme, luego Kate Peyton, la que tiene que actuar ante hombres pusilánimes y mujeres que se mueven sin que nadie lo note. De Kate “una mujer profundamente empática y, que, en consecuencia, sufre” parte la reflexión crítica sobre lo que significa la maternidad. Quizá en esto Wharton tuvo la influencia de una madre poco afectuosa y del hecho de no haber tenido hijos. Esa figura de la madre inexistente, extrañamente lejana, sobreprotectora pero sin empatía o centrada en un mundo en el que los hijos apenas son un número más, la vemos en otras escritoras: Jane Austen, las Brontë, Edna O ́Brien, por ejemplo. En La solterona las primas Delia Lovell Ralston y Charlotte Lovell han de enfrentarse a un dilema moral para el cual no hay una solución satisfactoria. Y precisamente el formar parte esas opulentas familias neoyorkinas es una absoluta desventaja: nada debe parecer inadecuado, todo lo oscuro ha de ocultarse, la familia está para solucionar esos problemas que son propios de otras clases sociales.

Lo que nos cuenta Wharton, esa lucha soterrada y a veces abierta, de muchas mujeres, contra otras mujeres y contra algunos hombres, para mostrar su inteligencia sin cortapisas, para elegir casarse por amor o por conveniencia y para ser madres o no serlo, todo eso lo conocemos desde dentro y no hubiéramos podido acceder a ese interior si ella no fuera de la clase. Escribir es la negación de usar la inteligencia a escondidas. Es lo contrario del arma de la manipulación que usan hombres y mujeres para dominarse sin perder la compostura. Escribir es mostrarse al exterior y sacar fuera lo que en el espíritu es una certeza o una duda imposible de resolver si no se abre a la luz. 

Los circunloquios que tanto se achacan a su forma de narrar tienen mucho que ver con la forma cuidadosa y entre cursivas que caracterizaba las conversaciones de su sociedad. Todo había de ser tratado con pinzas y con guantes para que nada manchara la blancura de las rosas de otoño. Sin embargo, ella, en su vida personal, dejó varias manchas en el mantel de la familia. Se divorció, para empezar, en 1913, de su marido, doce años mayor que ella Teddy Robbins Wharton, que la había cansado con continuas infidelidades públicas, algo que era casi una obligación de los hombres de las clases altas, tener amantes y exhibirlas. En segundo lugar, se asentó en París y allí alternó con un número importante de artistas y escritores, manteniendo unas relaciones especiales tanto con el periodista americano William Morton Fullerton (deliciosa la correspondencia entre ambos) y un par de mujeres, Mercedes de Acosta y Camilla Chabbert. No sabemos si ella lo reconoció abiertamente, pero era, ya lo vemos, bisexual.

Su gran amigo y del que se consideró siempre discípula, fue Henry James, que a cualquier otra con menos talento la hubiera oscurecido. Sin embargo, Edith Wharton, que, como afirma con acierto Marta Sanz se dirigía a “un lector inteligente al que se trata con respeto” siempre tuvo claro que “el pensamiento y la escritura son formas de acción”. Por muy privilegiada que fuera su existencia, su cuna y su crianza, ella no iba a dejar pasar la oportunidad de convertirse en una mujer dueña de su destino, libre, por mucho que los modos imperantes pudieran llegar a considerarla una mujer “horrible”, en contraposición con las mujeres “perfectas”. Seguramente, como Kate, la protagonista de Santuario, Edith era una mujer más inteligente que los hombres que la rodeaban. Por eso y otros méritos fue la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa en 1921, por la Universidad de Yale. Ella se negó, claramente, a guardarse para sí su inteligencia y decidió que escribir era la mejor forma de salir de su cárcel dorada, aunque eso sí, con elegancia, buenas maneras y sin pisar ningún charco al descender del landó para ir a la ópera.

(Las ilustraciones de esta entrada corresponden a la película que Martin Scorsese dirigió, en 1994, con el mismo título del libro "La edad de la inocencia". Interpretan los principales papeles Michelle Pfeiffer como la condesa Ellen Olenska, Daniel Day-Lewis, como Newland Archer y Winona Ryder como May Welland. El juego de colores del vestuario (la condesa de rojo intenso y May de blanco virginal, no es un recurso del director sino que aparece expresamente reflejado en el libro, queriendo dar a entender lo diferentes que eran ambas) 

Mi tía, Jane Austen



James Edward Austen-Leigh (1798-1874) era hijo de James Austen, el hermano mayor de Jane, ambos pastores de la iglesia anglicana como lo fue George Austen, el padre de James y Jane. George se había quedado huérfano a los nueve años y procedía de una familia de Kent relacionada con los textiles. Lo acogió su tío, el abogado Francis Austen, de Tunbridge. Llegó a ser rector de dos parroquias colindantes, las de Deane y Steventon, distantes entre sí 2 kms y situadas en Hampshire. George Austen se casó con Cassandra Leigh, hija menor del reverendo Thomas Leigh, de los Leigh de Warwickshire. Una característica familiar de los Leigh era el sentido del humor, algo que heredó Jane Austen

El matrimonio Austen vivió cerca de treinta años en Steventon, adonde se desplazaron después de una corta estancia en Deane. La rectoría de Steventon es la casa familiar de Jane, el lugar de sus recuerdos. Veinticinco años de su vida los pasó allí. La zona estaba llena de pequeños terratenientes y propietarios rurales. Era una sociedad en la que un clérigo rural con buena formación tenía un papel importante. El señor Austen, a juicio de su sobrino “era extraordinariamente guapo, tanto de joven como a una edad avanzada”. Era, también, muy erudito y poseía una buena biblioteca que ponía a disposición de sus hijos e hijas. La señora Austen tenía “gran sentido común con una imaginación muy viva”. Se expresaba muy bien, tanto por escrito como oralmente y esto parece ser una característica común a la familia, algunos de cuyos miembros escribían y usaban la correspondencia epistolar como un medio importante de comunicación entre ellos. 


(Recreación de la rectoría de Steventon)

La casa de Steventon ya no existe. Estaba situada “al final de un pequeño pueblo de casas ajardinadas”. “Steventon es un pequeño pueblo rural sobre las calizas del norte de Hampshire situado en un valle ondulante a unos once kms de Basingstoke” La casa estaba rodeada de setos, que delimitaban cada uno de ellos un camino, el camino del bosque y el camino de la iglesia. Los Austen pertenecían a la pseudo-gentry, clase media rural y tenían un carruaje y dos caballos. 

La afición principal de la Jane jovencita era el baile. También lo es de sus heroínas. Un baile era un acontecimiento social de primer orden, ya fuera en un lugar público (una posada) o privado (el salón de una casa). Era una buena bailarina que ejecutaba con gracia el minué, las danzas escocesas o la popular contradanza. Jane Austen tuvo que dominar tanto la motricidad gruesa como la fina, pues era hábil con la aguja y con los juegos que requerían pericia de manos. Tenía, además y por ello, una preciosa letra, que era algo muy ensalzado en ese tiempo. 

Pero su más importante ocupación, la que más satisfacciones le proporcionaba desde siempre, era inventar historias y escribirlas. Escribía desde siempre, eso es seguro, y se han conservado muchas pruebas de ellos. Asombra leer sus textos a los catorce o quince años. El dominio del lenguaje no es su principal cualidad, también su ironía finísima, su inteligente observación, todo ello sinónimo de ingenuo y de una capacidad intelectual por encima de la media. Además era muy precoz. Por mucho que el rango de edades tuviera entonces un significado distinto al actual, no es usual que se complete una novela de tanta categoría como “Orgullo y prejuicio” con solo veintidós años. 


(Jennifer Ehle fue Elizabeth Bennet en la serie de la BBC "Orgullo y prejuicio")

Reunía dos cualidades que son esenciales para la escritura. Primero, la capacidad para volcar en historias lo que su propia imaginación le iba sugiriendo. Segundo, la revisión constante de sus escritos, con la conciencia exacta de que debía perfeccionarlos. Eso es respetarse a sí mismo y tener adquirido un sentido de la responsabilidad en cuanto a aquello que otros iban a leer. Además de lo anterior, queda claro que disfrutaba del acto de escribir, incluso cuando lo hacía a hurtadillas, en pequeñas hojas de papel y robando tiempo a los quehaceres normales de una chica de su clase. 

La referencia más antigua sobre ella procede de Sir Egerton Brydges, que, en su autobiografía, dice que era “atractiva, delgada y elegante”. Esto mismo debían pensar de ella los jóvenes con los que trataba. Aunque James Edward no relata todos los incidentes “amorosos” que vivió Jane y solo se refiere a dos de ellos, está claro que su presencia era muy agradable y su encanto sobrepasaba al de la mayoría. Ese encanto lo recordaba cuando ya era muy anciano uno de los jóvenes que se relacionaron con ella, Thomas Lefroy, que llegó a ser Presidente del Tribunal Supremo de Irlanda. Como ocurre con sus heroínas, también a Jane le pasó factura el no tener fortuna propia y depender de hacer un buen matrimonio. Las descripciones de su sobrino la califican, además, como de apariencia saludable, muy animada, morena de tez blanca y sonrosada, con mejillas redondas, nariz y boca pequeñas y ojos expresivos de color avellana. Tenía el pelo oscuro y caía formando rizos naturales alrededor de su cara. Vestía sencillamente y, en sus últimos años, siempre llevaba cofia. Además de la escritura practicaba otros dones, como la música, pues tocaba el pianoforte y cantaba; leía francés con facilidad y sabía algo de italiano. Leía libros de Historia y era una ardiente defensora de Carlos I y de María Estuardo. 

En 1801 la familia se trasladó a vivir a Bath, a instancias del padre, que tuvo esta idea de pronto y que no la consultó con nadie. A Jane no le gustó en absoluto el traslado. No solo porque se despidió para siempre de su casa de toda la vida sino porque Bath no le gustaba. Ya entonces era un centro turístico, de vida frívola y relacionas sociales superficiales. La vida rural era su medio y la ciudad no la convencía. “La novela inacabada, publicada con el título de “Los Watson” debió ser escrita mientras la autora residía en Bath”. Aunque esto fuera así está claro la poca fecundidad literaria que tuvieron esos cinco años y medio que vivió en Bath, antes de trasladarse a Southampton tras la muerte de su padre. Aquí estuvo dos años y medio y entonces sucedió una de esas circunstancias excepcionales que influyen poderosamente en la vida: su hermano Edward, que tomaría en 1812 el apellido Knigth al convertirse en heredero de una fortuna importante, les ofreció cederles una casita. Podían quedarse junto a su residencia habitual en Godmersham Park en Kent o en Chawton Cottage, en Hampshire. 


(Dibujo que representa Chawton Cottage, la última casa de Jane Austen)

De este modo, en la primavera de 1809, su madre, su hermana Cassandra y su amiga Martha Lloyd se unieron a Jane para vivir en esa casita de Chawton, que se convertiría en su último hogar y en el sitio que hoy representa mejor que ningún otro su memoria. El pueblo de Chawton está a un kilómetro y medio de Alton, y la casita se encontraba en un cruce de carreteras, las que conducían a Winchester y a a Gosport. La casa pervivió en el estado de entonces hasta que murió Cassandra Austen en 1945. 

Aquí revisó sus novelas, las reescribió definitivamente y creó otras nuevas. Chawton fue el lugar en el que las palabras volvieron a ella y su actividad literaria fue mucho más intensa. Por desgracia, la enfermedad la cercó siendo todavía joven e impidió mayores frutos que hoy podríamos disfrutar. 


Recuerdos de Jane Austen
Autor: James Edward Austen-Leigh

Editorial: Alba Clásica 

Fecha de publicación: febrero de 2012

viernes, 25 de enero de 2019

Una casa en Hampshire


(Fotograma de la película "La joven Jane Austen", con Anne Hathaway)

Es una casa de ladrillo visto, de planta rectangular, con dos alturas y buhardilla, tejado a dos aguas, ventanas blancas y una puerta de acceso de tamaño mediano, sin escalones. Toda la casa está al pie de la carretera, lo que aseguraba la distracción de sus moradoras. Cuatro mujeres solas. ¿Diríamos cuatro hombres solos?

Por dentro tiene habitaciones pequeñas, poco acogedoras. El jardín que la rodea, escaso, está muy cuidado y la yedra escala los muros del acceso principal, formando un agradable arco de medio punto. Para los ojos extranjeros es la morada típica de una familia de la gentry, la clase media rural inglesa. Para los iniciados, para los miles de seguidores de su obra, es la casa en la que Jane Austen vivió sus últimos ocho años, los transcurridos entre 1809 y 1817. La casa en la que logró reencontrarse con la escritura, después de los años de sequía creativa de Bath, y en la que escribió sus últimas novelas. Fue uno de esos raros períodos de tranquilidad de su corta vida, que no duró mucho porque la enfermedad y luego la muerte, aparecieron demasiado pronto. En esta casa se escribió “Emma”, la más optimista de sus obras, la más divertida y llena de personajes positivos, empezando por su protagonista. 

Steventon, en cuya rectoría nació; Bath, donde estuvo seis años y Chawton, son los espacios vitales de la vida de Jane Austen. En el caso de la ciudad de los balnearios, el efecto sobre su obra fue demoledor. Incapaz de escribir una sola palabra, suponemos que sus ideas y sus pensamientos se fueron acomodando en algún rincón de su cabeza a la espera de tiempos mejores. Es un silencio aparente. Un recogimiento en sí misma. Aunque la imaginación no puede detenerse. 

Al ocupar la casa de Chawton, un cottage anexo a la mansión, por cortesía de uno de sus hermanos, su madre, su hermana Cassandra, su amiga Martha y ella misma, todas consideraron que ya era hora de que dispusiera de un espacio específicamente dedicado a la tarea de escribir. Antes de eso, Jane Austen había sido una escritora sin “habitación propia”. No es este tema una cosa baladí. Lo dijo Virginia Wolff, que quiso significar así la necesidad de reconocer la tarea de escritora que las mujeres mantenían en la clandestinidad y en condiciones precarias. Tener un lugar propio era una forma de afirmación. 


(Emma interpretada por Gwyneth Paltrow con Jeremy Northam como el señor Knightley)

Se reservó el comedor de la casa, que era una estancia luminosa y de mayor tamaño, para que ella pudiera escribir en un lugar cómodo y tranquilo. Esto significó que la zona de estar se relegó a un pequeño cuarto que daba a la parte de atrás. Los ingleses son muy aficionados a la contemplación de la naturaleza y a la vida social, por lo que esa renuncia tenía gran importancia. El comedor daba al camino y a los jardines de acceso. Esta decisión supone una clara aceptación de su trabajo, la evidencia palpable de que eran todos conscientes de la trascendencia de aquello que hacía. 

“Emma” se escribió en esta casa. Cassandra Austen, hermana y albacea de su hermana Jane, anotó exactamente el período de tiempo que duró esa escritura: del 21 de enero de 1814 al 29 de marzo de 1815. La novela fue editada por John Murray, fundador de Quarterly Review y editor, a su vez, de Lord Byron. Murray dio a leer el manuscrito al crítico William Gifford, que hizo una alabanza de la obra tras su lectura. En torno a la novela está, además, la polémica de su dedicatoria. Efectivamente, es la única obra de Austen que aparece dedicada. Sabemos que durante unos meses Henry Austen, hermano de Jane, estuvo gravemente enfermo y que uno de los médicos que lo atendieron también prestaba sus servicios en la Corte. Su intervención en el asunto concluyó con una recomendación del bibliotecario real, James Stanier Clarke, para que ella dedicara su novela al Regente. Así se hizo: A su Alteza Real El Príncipe Regente, esta obra está, por permiso de su Alteza Real, respetuosamente dedicada, por la sumisa, obediente y humilde servidora de su Alteza Real, la autora. 

Mucha “Su Alteza Real” me parece. ¿Qué pensó Jane Austen de esos calificativos que tuvo que usar o que alguien incorporó a la dedicatoria, refiriéndose a ella como sumisa, obediente y humilde? Lo que sabemos es que la escritora no estaba de acuerdo con esta dedicatoria, ni siquiera con dedicársela a ningún miembro de la familia real, pero le explicaron con claridad que una sugerencia era, en realidad y en este caso, una orden. Del libro se imprimieron dos mil ejemplares que era un número considerable para la época. Los tres volúmenes en los que se presentó, a razón de diecisiete o dieciocho capítulos cada uno, se vendieron a 21 peniques. El Príncipe Regente no agradeció el envío ni comunicó nunca si había leído la novela. 


(Romola Garai en el papel de Emma, junto a Frank Churchill, versión de la BBC)

Jane Austen era una mujer inteligente. Sus comentarios eran muy agudos y tenía una gran capacidad de observación. No podía ser de otro modo la persona que escribe novelas como las suyas. Pero, además, tenía sus propios mecanismos de defensa para sobrevivir en el medio en el que desarrolló su vida. Uno de esos mecanismos fue el silencio. Sus muchos silencios se vieron aumentados por la poda que, a su muerte, realizó Cassandra de sus cartas y documentos personales. Pero, a pesar de ello, tenemos claro que la casa de Chawton ejerció una influencia benéfica en su disposición natural a la escritura y permitió que inventara y diera a la luz una novela como “Emma”, tan llena de talento, encanto y belleza. Tan luminosa, tan esperanzada. 


Chawton Cottage es la última casa de Jane Austen. No murió en ella porque tuvo que pasar sus últimos días en Winchester buscando remedio para su enfermedad. Pero fue la casa que la acogió en los años finales, la casa que logró que recuperara el pulso por la escritura que había perdido en Bath, la casa que la puso en contacto con el talento adormecido. 

jueves, 24 de enero de 2019

Vida en familia



(Retrato de Theresa Parker)

Unas pocas familias y un entorno rural es lo que se necesita para una novela. Esta máxima la aplicó fielmente Jane Austen en sus libros y luego, también, salvo excepciones exóticas, Agatha Christie, que convirtió el crimen doméstico en un hallazgo literario, quitándole el morbo y la sangre y haciendo del asesinato un arte detallista y finísimo. Los mejores libros de Christie se desarrollan en una mansión campestre, en un pequeño pueblo o en una habitación, incluso. 

Jane Austen tenía un alto sentido de la familia y de su importancia. Fue la séptima de ocho hijos, de los cuales solamente dos eran chicas, ella y su hermana Cassandra, con la que formaría un tándem que sólo se disolvió con su temprana muerte, a los cuarenta y un años, cuando estaba en plena madurez creativa. En su biografía pueden apreciarse su preocupación y su dedicación al bienestar de su familia. Seguir las apetencias de sus padres le costó diez años de silencio literario, todos los que van entre los veinticinco y los treinta y cinco, después de que el cabeza de familia decidiera dejar el tranquilo verdor de Steventon y marchar a Bath, con su vida alocada en torno al balneario de aguas termales. Pero esto también indica que las mujeres no tomaban decisiones y menos las solteras. 

Las familias de las novelas de Austen son muy variadas en tono y en estilo. Casi todas pertenecen a la pequeña nobleza rural, la “gentry”, de la que formaba parte la propia familia Austen. Abundan los clérigos, los militares y los pequeños hacendados. Caballeros que viven sin trabajar. De las rentas, pocas o muchas. Hay alguna de un nivel más alto pero es la excepción que pone de manifiesto, precisamente, las diferencias de clase. Quizá la más conocida de todas esas familias de ficción sean los Bennet, de “Orgullo y Prejuicio”, con nada menos que cinco hijas casaderas, una madre con la cabeza a pájaros y un padre sin interés ni temperamento para reconducir a su prole. En “Emma” los lazos familiares tienen un sitio muy importante. Podíamos decir que es un libro lleno de ellos. Dado que la acción no sale del pequeño núcleo de la casa y el pueblo, es la novela austeniana en la que mejor se aprecian las relaciones familiares. 


(Retrato de Caroline Cox)

Están los hermanos Knightley, uno de los cuales, John, está casado con Isabella, que es hermana de Emma. Por otro lado, hay, en las biografías de los jóvenes, nada menos que cuatro que han vivido en su niñez la orfandad y el abandono. Frank Churchill pierde a su madre muy pequeño y su padre lo entrega a unos parientes ricos y sin hijos. Jane Fairfax se queda sin padres y la prohija un amigo de la familia con buena posición económica. Harriet Smith es abandonada desde que nació y vive en un pensionado pagado por no se sabe quién. Emma, la más afortunada de todos, a pesar de que pierde a su madre con tres años, sigue viviendo en su casa, con su padre y su hermana y a cargo de su institutriz, la excelente señorita Taylor.

El apego familiar está presente en la relación de la señora y la señorita Bates, entre ellas y en relación con Jane Fairfax, su sobrina. Asimismo, a pesar del abandono, el padre de Frank Churchill, el señor Weston, mantiene la esperanza de que su hijo lo comprenda algún día en su decisión dejarlo en manos de sus tíos. Éstos, por su parte, presionan al joven para que no se aleje de ellos. Los intereses familiares se entrecruzan, por tanto, en esta novela y forman un telón de fondo inseparable de los acontecimientos. Aunque con menor relevancia, los Martin forman una familia feliz y la esperanza de estabilidad para Harriet.

La relación entre las hermanas, Emma e Isabella, está escasamente desarrollada en el argumento. Pero la que Emma mantiene con su padre, el señor Woodhouse, es uno de los elementos más destacados y que presentan mayores posibilidades de interpretación. El padre de Emma es un hipocondríaco, que teme a las comidas copiosas, a las corrientes de aire y a los lugares masificados, por considerar que son peligros ciertos para la salud. Sólo se fía de su médico, el doctor Perry y lleva una vida disciplinada, sin salirse para nada de las reglas que él mismo se ha dictado. Como el señor Perry no aparece en ningún momento dando su propia versión de las mismas, no tenemos ninguna seguridad de que procedan del galeno y no del propio señor Woodhouse.

 La pobre Anne Elliot en “Persuasión” tiene mala suerte con la familia. Un padre indolente y nada cariñoso; unas hermanas envidiosas y torpes; una madre fallecida (algo que sucede en muchos casos dentro de los libros de Austen, quizá porque era frecuente la muerte por parto en las mujeres). En “Sentido y sensibilidad” es el padre el que falta y hay que decir que la madre tiene el suficiente criterio como para acomodarse a una vida de sencillez, casi de pobreza, después de que el hijo del primer matrimonio se quede con la hacienda y la herencia. Es un ejemplo de madre sufrida. Por su parte, Catherine Morland, de "La abadía de Northanger" pertenece a una familia corriente por más que ella quiera ser una heroína de novela. Sin muchas posibilidades económicas y poco afecto que repartir, eso sí. La desgraciada Fanny Price, de “Mansfield Park” es, posiblemente, la que presenta una situación familiar más desfavorecida, pues nada peor que separarte de tus padres para ir con extraños. Eso se llama vivir de prestado. 

(Joshua Reynolds, autor de las pinturas que ilustran esta entrada, vivió en el Reino Unido entre 1923 y 1792. En el Museo del Prado se encuentran dos de sus cuadros. Fue uno de los artífices del Neoclasicismo, desde el punto de vista práctico y también teórico, pues escribió sus "Discursos sobre el arte" y fue el primer presidente de la Royal Academy) 

miércoles, 23 de enero de 2019

Mujeres modernas


Si hay una heroína llena de dificultades, de problemas, de desamor y de desapego, esta es Anne Elliot, la protagonista de “Persuasión”, la novela póstuma de Jane Austen. Es la novela de las segundas oportunidades, el libro cuya trama incide en la lucha por ser feliz. Si hay, por el contrario, una heroína colmada de dones, ventura y suerte esa es Emma Woodhouse, de "Emma". La propia Jane Austen afirmó que Emma era  una chica que solo a ella iba a gustarle. En eso se equivocó porque, a poco que se bucee en el libro y en el personaje, terminas atrapada por los matices de su personalidad, esa variabilidad, esa sabiduría que, en realidad, esconde la necesidad que tenemos todos de ser queridos, aceptados, admirados. Emma Woodhouse es bella, tiene una posición económica floreciente, un padre amoroso y una institutriz, la maravillosa señorita Taylor, que está pendiente de ella. Las primeras líneas del libro lo dejan claro. En cuanto a su amiga y compañera de juegos, seguramente la señorita Taylor es la institutriz más afortunada de la literatura y la que menos penalidades sufre y más alegrías experimenta. Además, a Emma el amor nunca le es esquivo, porque el señor Knightley está a su lado desde el principio, primero como amigo del alma y luego como enamorado rendido a sus pies.

Anne Elliot es todo lo contrario. Su padre es un déspota engreído que no hace caso a su hija. Sus hermanas la desprecian. Su madre desapareció cuando era niña. Lady Russell, que se ha encargado de su educación, no entendió en su momento que estaba enamorada de un hombre que, aunque en ese momento no tenía porvenir, estaba en trance de mejorar. Así, Anne Elliot renunció al amor a los diecinueve años, convirtiéndose en una aspirante a solterona. Un hilo de ternura te acerca a ella, una especie de solidaridad que no puedes evitar. 

Frederick Wentworth, el amor perdido, regresará a su vida en un momento dado, por circunstancias casuales relacionadas con las pérdidas económicas que el padre de Anne experimentará debido a un nivel de vida absolutamente en desacuerdo con sus ingresos. Eso de gastar más de lo que se tiene es algo que reaparece en las novelas Austen. Lo mismo hace el señor Bennet en "Orgullo y prejuicio", por ejemplo. El regreso del capitán Wentworth abrirá de nuevo las heridas y Anne deberá asumir esa situación de la mejor manera que sabe, con su propio entendimiento. “Persuasión” es una historia de madurez, en la que una mujer sensible, paciente y acostumbrada a sufrir, deberá luchar por tener una segunda oportunidad para ser feliz.

En este sentido es una novela muy moderna. Presenta a una mujer luchadora, cuyo carácter sencillo y humilde no nos debe confundir acerca de su determinación y su fortaleza interior. Es una novela en la que no hay personajes perfectos, algo que ya nos resulta común en todos los libros de Jane Austen, aunque aquí ni siquiera existen los Darcy o los Knightley, paradigmas de las virtudes masculinas. Tenemos que vernos las caras con gente de carne y hueso, gente como nosotros, gente corriente, con permiso de Robert Redford.


Hay una característica esencial que acerca, no obstante, a ambas novelas “Emma” y “Persuasión” las últimas que escribió la autora y, por tanto, las más elaboradas desde diferentes puntos de vista. Esta es la penetración psicológica que se hace de los personajes, no ya de los principales, sino del conjunto de los mismos. Siendo esta una manera de narrar propia de Austen, en estos casos hay que decir que esa observación de la naturaleza humana, que se traduce en desmenuzar el detalle de los pensamientos y las emociones, se agudiza, fruto, seguramente, de la madurez de la escritora, tanto personal como literaria. No hay palabra vana, ni distracción fatua en su lectura. Es verdad que en "Persuasión" han desaparecido los amables destellos de humor que se encuentran, sobre todo, en “Orgullo y Prejuicio” la novela más divertida de todas y también esos personajes excesivamente ridículos que recrea en “Emma”, como las Bates o los señores Elton, pero la fina interpretación de los sentimientos humanos, la determinación de ahondar en su interior, dejando de lado lo superfluo  es marca de la casa.

La peripecia de Anne Elliot es conmovedora. No sentirse querida por nadie, no estar ubicada en el mundo al que pertenece, no notar el apego, la comprensión, por parte de los tuyos, es una dura experiencia para cualquiera. A eso se une el estallido de unos sentimientos que la aprisionan y que la convierten en alguien a punto de saltar, en una personalidad llena de vida que tiene que reprimir, no tanto por las circunstancias, sino por su propia manera de ser. Es como si se tratara de una botella llena de gas, cuyo tapón impide que el gas salga al exterior.


La expresividad de la todopoderosa Emma Woodhouse, su gracia juvenil, sus maneras agradables, su encanto y el modo en que seduce a los que le rodean, se contraponen con la hondura, la profundidad, el desconsuelo que llenan el corazón y la conducta de Anne Elliot. Quizá no se trate tanto de dos caracteres diferentes como de dos maneras de ser mujer en una sociedad en la que las mujeres tenían que jugar un papel muy difícil. En algunos aspectos, ni más ni menos difícil que ahora. ¿Abrir tu corazón o guardarte lo que sientes? ¿Renunciar y olvidar o luchar por lo que ansías?

Lo dijo Shakespeare en uno de los sonetos, el 116, precisamente el que Marianne Dashwood leía con apasionamiento en “Sentido y Sensibilidad”:

“La unión de dos almas sinceras
no admite impedimentos.
No es amor el amor
que se transforma con el cambio,
o se aleja con la distancia.
¡Oh, no! Es un faro siempre firme,
que desafía a las tempestades sin estremecerse.
Es la estrella para el navío a la deriva,
de valor incalculable, aunque se mida su altura.
No es amor bufón del tiempo, aunque los rosados labios y mejillas caigan bajo el golpe de su guadaña.
El amor no se altera con sus breves horas y semanas, sino que se afianza incluso hasta en el borde del abismo. Si estoy equivocado y se demuestra,
yo nunca nada escribí, y nadie jamás amó.”


(Pinturas: Joaquín Sorolla y Bastida. Valencia, 1863- Cercedilla, 1923. La versatilidad de su obra se observa en estas muestras tan diferentes)

martes, 22 de enero de 2019

"La última noche" de James Salter


Salter escribe como si estuviera contándonos las historias sentado en un sofá, mientras nos servimos un café cargado y desplegamos un periódico en el que las noticias de sucesos hablan de bombardeos, de aviones que sobrevuelan países exóticos o de encuentros clandestinos en lugares inhabitables. Desenvuelve los diálogos de sus historias al tiempo que revela el argumento pero cuidando muy bien de que esté en su mano el último movimiento de ajedrez, la vuelta de tuerca que evitará el spoiler. Una trama misteriosa y, a la vez, evidente. ¿Cómo no sospechaste antes, al ver que era Susanna la elegida para compartir esa última noche con ellos, con Walter y Marit?

Walter Such es un traductor que escribe con una pluma verde y eso debería bastarnos para levantar nuestras sospechas acerca de él. Marit está enferma, muy enferma, mucho, enferma de esa forma tan nítida, con esos síntomas tan claros, con esa enfermedad que nadie nombra, aunque existe, prolifera, se lleva a los mejores y no tiene en cuenta edades, razas ni pensamientos. Marit es una carga para sí misma y quizá también para Walter aunque él nunca lo pensaría y tampoco lo diría en voz alta. Hay actos de amor que tienen una forma extraña de mostrarse. 


El cruce de palabras y frases entre Walter y Marit es inofensivo. Ambos están decididos y nadie presiona a nadie. Esa noche, la última, tienen dispuesta una cena por todo lo alto, con un vino muy caro, tinto, en un buen restaurante, un sitio al que suelen acudir porque a él le gusta comer, le gustan los placeres, eso se nota, casi todos los placeres y ella, Marit, no quiere entorpecer ese legítimo disfrute aunque solo quisiera sentarse en algún sitio y no pensar. O no sentir, tal vez, pero esto es demasiado complicado si uno tiene en la cabeza una idea fija, un plan que llevar a cabo, una intención, un método, un deseo, una necesidad, un algo que lo atrae y dirige sus pasos. 

Después de la cena sobrevendrá la culminante actuación de los actores en este drama que se desarrolla en unas pocas páginas. Un cuento corto, cortísimo, muy corto. Pero no siempre las cosas suceden como uno las prepara, como uno las desea, como uno las ejecuta. La vida, incluso cuando está pendiente de un hilo, parece disfrutar creando trampas, fomentando sinsabores, lanzando charcos de agua para que metamos los pies en ella y estropeemos nuestros preciosos zapatos, los zapatos dispuestos para el baile, el disfrute o el encuentro. 


Susanna, Marit y Walter no sospechan que la noche acabará en un nuevo día en el que las piezas del ajedrez van a convertirse en robots autónomos, a los que no puede moverse por mucho que se desee. Una auténtica rebeldía los empuja. Esto no es lo que esperaban. Ni es lo que parece. Es Salter. 

La última noche es un cuento perteneciente al volumen de cuentos "La última noche", escrito por James Salter y publicado por la editorial Salamandra. 

James Salter (1925-2015) fue primero piloto de las Fuerzas Aéreas de EEUU y posteriormente se dedicó a la escritura. Ha escrito tanto novelas, como cuentos y guiones para cine. De él merece la pena leer "Años luz", su libro de memorias "Quemar los días" y su última novela "Todo lo que hay", en la que desarrolla con maestría su estilo conciso, concreto, con diálogos que conducen el argumento como si se tratara de un coche de carreras. 

A pesar del escaso número de libros que escribió es ahora mismo un escritor de culto, reconocido por la crítica y que cuenta con un número de lectores cada vez mayor, debido al boca a boca que suscitan sus obras. Los salterianos reconocen en él un talento propio, original, escéptico y divertido, aunque con un fondo de amargura que recoge toda su experiencia de la vida. 

Las ilustraciones de esta entrada son fotografías de la gran Nina Leen, rusa emigrada a EEUU, que murió en 1995 dejando atrás una maravillosa colección de portadas de revistas, fotografías e imágenes, tanto a personajes famosos como anónimos, todo ello con exquisito gusto, mirada especial y calidad de ejecución. 

Anne Brontë: la hermana pequeña


(Retrato de Anne Brontë)

Anne Brontë no llegó a cumplir treinta años. Su corta vida, murió a los veintinueve, le dio para escribir dos grandes novelas, algunos poemas y para compartir vivencias en ese extraño grupo familiar que vemos como un todo, los Brontë, aunque tenían sus diferencias. Un grupo familiar que va desde la desgracia de la orfandad (la muerte de la madre), al ensimismamiento de algunos de sus miembros, a la soledad de otros, a la debilidad de carácter del hermano, a la prematura muerte de las hermanas mayores...

Ella no es solamente la pequeña, es también la menos conocida, casi oculta tras el brillo de "Cumbres Borrascosas", de Charlotte, o de "Jane Eyre" de Emily. Pero sus dos novelas tienen elementos que, por sí mismos, la hacen diferente, original y hasta pionera, una obra adelantada a su tiempo.

Anne había nacido el 17 de enero de 1820 en Thorton. Un año y medio después murió su madre a la que apenas conoció. Cuando ella tenía cinco años murieron dos de sus hermanas mayores, Elizabeth y María, a causa de las malas condiciones del internado en el que estaban, algo que era casi usual enela época. Quedó, pues, la pequeña Anne, al cuidado de sus otras dos hermanas, Charlotte y Emily, de su padre Patrick Brontë y de una de sus tías, una hermana de su madre bastante severa y poco dada a la afectividad. Puesto que no tenían medios de fortuna ni sabían hacer otra cosa, su destino era ser institutriz, un oficio difícil, complicado y que ocasionaba muchos sinsabores a las muchachas que lo desempeñaban. El oficio que realizaban las hijas de los clérigos sin fortuna y con una formación suficiente.



(Ilustración de portada de una de las ediciones de "La inquilina de Wildfell Hall")

La familia se había asentado en los páramos de Yorkshire, en la rectoría de Haworth, muy tempranamente. Ese paisaje condicionó su carácter, su obra e incluso su vida, aunque Anne prefería y adoraba el mar y Scarborough, con sus tranquilas playas, fue el lugar en el que sintió algo parecido a la felicidad y donde reposa, tras morir el 28 de mayo de 1849, con veintinueve años.  Antes de eso tuvo que vivir la desaparición de Branwell, el único hermano varón, al que todas amaban y protegían, que murió el 24 de septiembre de 1848 y en ese mismo año, el 19 de diciembre, la de Emily, la hermana más cercana a ella, con la que había construido, en cuadernos hoy desaparecidos, todo el universo del reino de Gondal, desarrollando su imaginación más allá del horizonte físico en el que vivían. 

Además de los poemas que escribió durante toda su vida y que publicó conjuntamente con sus hermanas utilizando los pseudónimos de Currer (Charlotte), Ellis (Emily) y Acton (Anne) Bell, ella escribió dos novelas que han pasado a la historia de la mejor literatura. Son "Agnes Grey" y "La  inquilina de Wildfell Hall". La primera de ellas tiene como protagonista a una institutriz, la misma situación que aparece en "Jane Eyre", escrita por Emily. Las malas experiencias de Anne en este trabajo le inspiraron el libro. Tratar con niños maleducados, consentidos y que no respetaban lo que ella intentaba inculcarles debió llenarla de frustración. La segunda de esas novelas tiene un argumento inusual para aquella época, lo que generó disgustos incluso entre su propia familia. La historia que cuenta tiene como elementos centrales el maltrato a que un marido somete a su esposa y el alcoholismo, una especie de telón de fondo de los conflictos y de la pérdida del control en la vida. Ambas temáticas son absolutamente nuevas y también lo es su tratamiento en la literatura. Los personajes masculinos que crea Charlotte, por ejemplo, están atormentados, pero en los libros de Anne hay hombres malvados y, como diríamos hoy, tóxicos. 

Ni siquiera Charlotte, que tuvo una vida más longeva que el resto de sus hermanos, pues murió a los 39 años, y también mejor conocimiento del mundo exterior, una vida más activa y acceso a relacionarse con otros escritores, entre ellos Elizabeth Gaskell, entendió el sentido de la obra de su hermana en "La inquilina..." y no estuvo de acuerdo con la misma, quizá porque ese alcoholismo era trasunto del que su hermano padecía y que le llevó a tantos problemas que afectaron a todos. Algunas conversaciones tuvieron que existir entre las hermanas al respecto, por algunos detalles que veremos después. 


(Portada original de "La inquilina de Wildfell Hall, con el pseudónimo de Acton Bell e indicando que se trata de una publicación en tres volúmenes, como era usual en la época)

No se conoce en Anne ningún episodio amoroso y en eso difiere también de sus hermanas, sobre todo de Charlotte, que no solamente se casó (después de otras infructuosas peticiones de mano de ayudantes de su padre) sino que tuvo un amor prohibido y secreto, el de Constantin Heger, profesor del colegio de Bélgica al que asistió y que le inspiró cartas que se han llegado a publicar y en las que expresa su afecto. 

La vida de Anne parece más blanca, más ligera, más limpia, que la del resto de los Brontë y, sin embargo, pese a ello, su novela "La inquilina de Wildfell Hall" es la más impactante, la más dura, la más compleja, de todas las que escribieron las hermanas, porque trató no solo de temas intensos, sino de temas prohibidos. 

El 22 de julio de 1848 Anne Brontë escribe el prefacio para la segunda edición de su novela. Sus palabras son clarificadoras:

"Si bien reconozco que el éxito de la presente obra ha sido mayor que el que yo esperaba y que las alabanzas que ha arrancado a unos pocos críticos benevolentes han sido superiores a sus méritos, también debo admitir que desde otros ámbitos ha sido criticada con una aspereza para el que tampoco estaba preparad y que tanto mi juicio como mis sentimientos me aseguran que es más amarga que justa"

A continuación ofrece explicaciones sobre las motivaciones que le llevaron a escribir el libro. Esta situación es inédita: un autor excusándose ante lectores y críticos acerca del contenido de su libro:

"Mi objetivo al escribir las páginas que siguen no fue simplemente entretener al Lector, ni tampoco proporcionarme un placer, y menos aún congraciarme con la Prensa y el Público. Deseaba decir la verdad, porque la verdad siempre comunica su propia moral a aquellos que son capaces de aceptarla"

No solo eso. Dado que ya habían aparecido libros firmados por Currer, Ellis y Acton Bell, ella quiere dejar claro que quien ha escrito el libro es Acton y no el colectivo Bell: "Me gustaría dejar meridianamente claro que Acton Bell no es Currer ni Ellis Bell y, por tanto, no deben atribuirse a ellos sus errores" 

Esto parece indicarnos que no quería que la mala opinión que el libro había causado en algunos críticos y lectores se hiciera extensiva a sus hermanas, aunque en ese momento nadie sabía quien se escondía detrás de esos pseudónimos, ni siquiera si eran hombres o mujeres. Esto es precisamente un asunto que también quiere abordar en ese prefacio: "Bien poco puede importar que semejante nombre esconda la personalidad de un hombre o una mujer" Y finaliza este curioso texto diciendo que "todas las novelas se escriben, o deben ser escritas, para que las lean hombres y mujeres"

¿Qué era lo que había alarmado de esta manera a la crítica de aquellos años o a los potenciales lectores? El argumento de la novela se centra en una mujer que llega sola con su hijo de corta edad a habitar en una mansión antes abandonada. Es una mujer con pasado. Ya sabemos lo que esto puede significar en un tiempo en el que tener pasado era sinónimo de una mancha que no se podía limpiar. Me recuerda a la condesa Ellen Olenska en "La edad de la inocencia" de Edith Wharton, a quien acompaña el baldón de haberse equivocado a la hora de escoger marido. Un mal matrimonio, con un hombre disoluto, alcohólico, capaz de tratar de forma degradante a una mujer, manchaba tanto al hombre como a la esposa si la noticia traspasaba las fronteras del hogar. La protagonista de "La inquilina..." comete un segundo pecado: el de enamorarse de un joven puro, de alguien a quien no estaba destinada. Así ocurre también en el libro de Wharton con el personaje de Newland Archer. Es un amor prohibido que se ensucia porque una de sus protagonistas es una mujer marcada por el horror del maltrato y del abuso.

Que Edith Wharton escribiera sobre ello en 1920 no debería sorprendernos, pues fue una mujer de mundo que se movía en una sociedad llena de entresijos, a pesar de su aparente oropel. Pero que lo haga Anne Brontë, confinada en los límites de la rectoría o de las casas en las que ejerció de institutriz va más allá de un esfuerzo de imaginación. Requiere un pensamiento capaz de captar lo que no era evidente y de aplicar a su escritura lo visto, lo vivido, lo imaginado, lo presentido y lo extraño. Su hermano Branwell bien pudo servirle de anónimo modelo en lo que se refiere a la conducta sin frenos de alguien que cae en los excesos del alcohol y que no respeta ni lo más sagrado, pero ella en su novela da un paso más configurando como antagonista un personaje femenino que busca su redención en la aceptación de su tragedia y en la asimilación de su papel en la vida.

He aquí la extraordinaria originalidad de Anne Brontë, su carácter de anticipo de una literatura posterior en la que las crisis matrimoniales, los conflictos ocultos de las relaciones entre hombre y mujer y sus consecuencias, así como el papel destructor de los malos hábitos, serán cosa común andando el tiempo. Pero ella lo escribió con absoluta sinceridad de escritora y lo hizo, como explica, en honor a la verdad.

lunes, 21 de enero de 2019

Austen y la vida en la campiña inglesa


(William Chadwick, impresionismo americano)

Aunque suele situársela como una de las ciudades austenianas es bien cierto que a Jane Austen no le gustaba Bath. Ella había nacido en Steventon, en el condado de Hamsphire, cerca de Basingstoke. Su padre fue un sacerdote anglicano y rigió la parroquia de Steventon por espacio de cuarenta años. Cuando cumplió los setenta se retiró y decidió irse a vivir a Bath. No es este el lugar adecuado para comentar los motivos de esa decisión pero sí la influencia que tuvo en el ánimo de Jane. Literalmente se desmayó al enterarse de la noticia. Su padre solamente logró vivir cuatro años más. Los años de Bath (1801-1806) trajeron consigo una cierta sequía literaria y, probablemente, más amargura que alegría. Como dice Juani Guerra en el estudio introductorio de la edición de Cátedra de su novela "Emma" “existen las fuentes suficientes hoy como para saber que en los años que pasó allí, algo importante se rompió dentro de ella”. Y, continúa, “en Emma, Bath aparece sutilmente despreciado con un gusto narrativo exquisito”.

Así es. En "Emma", Bath, la ciudad de los balnearios y de los veraneos, queda ligada a la frívola existencia de la señora Elton y de sus hermanas, siempre prestas a recibir las atenciones de cualquier pretendiente cuya fortuna y posición les resultara beneficiosa. No hay en la ciudad nada de la discreción y la tranquilidad de Highbury, el pequeño pueblo rural en el que se inserta la acción principal de la novela. Todas las otras localizaciones geográficas, incluida Londres, las alusiones a Irlanda o los pueblos relacionados con el ir y venir de la tía de Frank Churchill, aparecen en una nebulosa de desinterés sin que el foco se coloque nunca especialmente sobre ellas. Londres, por ejemplo, es el sitio en el que viven Isabella y su marido, un lugar que genera enfermedades por la contaminación y el excesivo número de gente y donde no hay buenos especialistas médicos como puedan existir en el pueblo, caso del doctor Perry, el galeno al que la familia de Hartfield fía su salud. Esta es la afirmación que el señor Woodhouse repite una y otra vez, ante la impaciencia molesta del señor John Knightley, a la sazón marido de Isabella.

Emma, la protagonista, no ha salido nunca de los límites de Highbury. Ella misma se lamenta en una ocasión a su amigo y confidente, el señor Knightley, de que no conoce ni siquiera el mar. Pero, a renglón seguido, y en muchas otras escenas, deja claro que no necesita más horizonte que ese para ser feliz y que la vida en Highbury tiene muchos alicientes, la mayoría de los cuales están basados, todo hay que decirlo, en la maravillosa contemplación de la especie humana. Igual que ocurre con las novelas de Ágatha Christie, un enclave rural y unas pocas familias de la gentry son capaces de generar todo un torrente literario.

Los habitantes de Londres llamaban a eso “vivir en el campo”. Así lo manifiestan las envidiosas y presumidas hermanas de Bingley en "Orgullo y Prejuicio" cuando, con ocasión de que Jane Bennet caiga enferma y tenga que pasar unos días en Netherfield, la madre de las chicas, con toda su verborrea, haga la engorrosa observación de que llevan una vida social muy activa porque conocen, al menos, a veintidós familias. En "Emma" la flamante señora Elton queda agradablemente sorprendida cuando descubre que, tras casarse con el vicario, su vida en “el campo” no va a ser aburrida ni mucho menos, ya que a sus obligaciones, digamos, eclesiásticas, tendrá que sumar las derivadas de su posición social, esto es, visitas, excursiones, cenas o bailes. De todo eso había en Highbury.

Aunque este pequeño pueblo y sus fincas adyacentes son el marco elegido por la autora para su novela, no puede decirse que nos haya suministrado más información al respecto que la escasa que se deriva de algunos pequeños comentarios hechos por los personajes de la novela. Como suele, Jane Austen no realiza ninguna descripción de los paisajes, de los colores, de los campos, de las flores, los pájaros, los ríos o las llanuras. Nada de eso tenía sentido a la luz de su forma de escribir. El único paisaje que le interesa es el humano porque, no en vano, ella abre la puerta a la novela psicológica.


(Theodore Robinson)

Hay un pasaje de "Emma" que me resulta extraordinariamente curioso. Es una de las pocas descripciones paisajísticas que realiza Jane Austen. La hace con ocasión de la visita de todo el grupo a la casa solariega del señor Knigthley, la más importante de la zona, pues es la persona de mayor categoría social y económica. La descripción ocupa diez o doce renglones y es encantadora. Pero, tras la misma, Austen escribe, con esa ironía que la caracteriza y la aguda observación que la convierte en una observadora privilegiada de la vida y el carácter inglés:

“Era una panorámica deliciosa- deliciosa para la vista y para la mente. Verdor inglés, cultura inglesa, confort inglés, visto bajo un sol brillante, sin ser opresivo”

Resulta extraordinario que una mujer que no se ha movido de un pequeño espacio territorial en toda su vida, tenga la capacidad de observar su propio mundo desde esta perspectiva. Una mirada que la convierte en la narradora excepcional de sentimientos y emociones que han perdurado a lo largo del tiempo. Por eso, en ese sentido, su obra es intemporal, como la de los clásicos. Es, ella misma, una obra clásica.

sábado, 19 de enero de 2019

Carson McCullers


De vez en cuando observo que se me ha escapado alguien o algo. Un escritor, una escritora, un libro, un artículo de prensa. En ocasiones esa sensación se incrementa porque es mucho lo que has dejado pasar o en lo que no has reparado lo suficiente. Como me ocurre con Carson McCullers a quien confieso no haber leído y de la que confieso no he tenido mayor preocupación hasta que la suma de noticias, el visionado de películas o el boca a boca me ha conducido directamente a ese proceso de indagación que empieza por ver de quién hablamos y después a leer. 

Ella está en la foto fumando un cigarrillo mientras bebe, supongo, un café o un té. A su lado hay un cenicero con varias colillas. Os invito a buscar imágenes suyas y a comprobar que el tabaco era su perpetua compañía. Mucha gente fuma, eso no debería constituir mayor cuestión, pero en el caso de ella sí me llama la atención porque estaba enferma de los pulmones desde muy joven, casi una niña. La enfermedad la acompañó toda su vida y era una enfermedad para la que el tabaco era el elemento más dañino. ¿Por qué, entonces, ella se empeña en fumar una y otra vez, uniendo un cigarrillo con el otro, como una especie de hilo que enlaza todas sus fotografías?

Aún no he leído ninguno de sus libros pero en los datos biográficos que he podido ver hay una especie de continua obstinación y una actitud rebelde ante lo que la vida le imponía. Cambia de lugar de residencia, cambia de ocupación y cambia de pareja. Cambia de ambiente, cambia de actividad y todo ello arrastrando a veces una muleta, una silla de ruedas y, siempre, un paquete de cigarrillos no sé de qué marca. Obstinación a la hora de llevar adelante su vida sin atender a las cortapisas que su situación anímica y física le imponían. En esas idas y venidas hay una doble boda con el mismo hombre, seguida del divorcio primero y del abandono después. Algo parecido a lo que hizo Elizabeth Taylor con Richard Burton. Ella es la protagonista de la versión cinematográfica de una novela corta de Carson que se adaptó al cine: Reflejos en un ojo dorado. Los ojos de la Taylor eran violetas. Los únicos ojos violeta del mundo, además de los de la princesa Margarita de Inglaterra. 


Reflejos en un ojo dorado se estrenó en 1967 y es considerada por muchos como la mejor película de John Huston. El protagonista, un militar como lo era el marido de Carson, Reeves McCullers, lo interpreta Marlon Brando y hay un tercero en discordia, Brian Keith, y hasta un cuarto, Robert Forster, formando un cuarteto seductor y complejo. Aquí, entre nosotros, me resulta harto incomprensible que haya nadie que prefiera a Brian Keith antes que a Brando, pero los caminos del corazón son inescrutables y las personalidades narcisistas terminan siendo tan cargantes que no viene mal un poco de normalidad mediocre. 

Las novelas cortas y los cuentos fueron el territorio en el que mejor se desenvolvió literariamente Carson McCullers. Curiosamente su primera novela, El corazón es un cazador solitario, es la más larga de todas y en ella recrea algunos personajes y argumentos de su propia vida. Además de su matrimonio con McCullers, que acabó suicidándose, hay otras parejas sentimentales que aparecen en su biografía, muy ligada al ambiente literario: Annemarie Schwarzenbach y Katherine Anne Porter. Otras obras suyas que son altamente consideradas por la crítica y los lectores son El jockey, La balada del café triste, Frankie y la boda y sus colecciones de cuentos. 


Carson McCullers, que había nacido en Georgia de familia confederada, en 1917, murió en ese mismo año de 1967, después de llevar una vida plagada de enfermedades que, en sus últimos años, apenas la dejaba moverse. Esa imagen suya escribiendo, rodeada de la taza de café y del cenicero con las colillas, además del paquete de tabaco; concentrada, absorta, íntimamente atada al cuaderno y al lápiz, inclinada sobre la historia o el argumento, es una prueba de que su dedicación literaria fue tan potente como para sobrellevar o, incluso, sobrevolar, toda una vida llena de complicaciones, de situaciones cambiantes y de problemas. ¿Qué pensaré de sus libros una vez me sumerja en ellos? Eso es algo que no puedo adelantar pero, de entrada, siento una especie de admiración innata hacia las personas que se sobreponen a la realidad más terrible y son capaces de crear una obra de arte. Pintura, fotografía, escultura, libros, da igual. El caso es comunicar, de la mejor forma posible, lo que guarda el interior de cada cual y transformarlo en puro talento. 

Doce hombres


(Lady Elizabeth Conyngham)

Se piensa con razón que los libros de Jane Austen son “femeninos”. Nunca he entendido muy bien qué significa esto. Es verdad que están escritos por una mujer, seguidos  y leídos por las mujeres y llenos de mujeres. Pero, si los hombres no los leen algo falla, y me temo que la educación sentimental de “ellos” tiene muchos huecos que rellenar si se apartan de su lectura. Quizá son los hombres los que más y mejor pueden aprovecharla. 

Aunque se pone el acento en los retratos femeninos que Austen traza, menos se suele reparar en el desfile de hombres que por ellos aparece, pero a poco que te fijes puedes apreciar una galería de tipos que merece la pena descifrar. Fijémonos en sus tres obras mayores, “Sense and Sensibility”, “Pride and Prejudice” y “Emma”. Hasta doce personajes masculinos he extraído de ellos para colocarlos en este punto de mira. Doce de tres libros no es poca cosa. No quiere decir que no existan más, desde luego, pero estos doce pueden servir como muestra de la forma en la que Austen veía a la naturaleza masculina. No en vano estaba rodeada de hombres en su familia. De los siete hijos de los señores Austen, solamente dos eran chicas, Cassandra y Jane. Así que podemos decir que conocía bien a los hombres y forjó unos personajes que no tienen nada de cartón piedra, más bien parecen estar extraídos directamente de un pueblo rural de Inglaterra a principios del siglo XIX. Aunque la naturaleza humana es la misma en todas partes y quizá nos puedan incluso servir para sacar algunas conclusiones, literarias y humanas, del Austen-Man, por qué no. 


(Miss Croker)

He aquí la lista seleccionada: Mr. Darcy, Mr. Bennet, Wickham, Mr. Collins, Mr. Bingley de “Pride and Prejudice”. El coronel Brandon, Edward Ferrars y Willoughby, de “Sense and Sensibility” y Mr. Knitghley, Mr. Woodhouse, Frank Churchill y Mr. Elton de “Emma”. 

Entre ellos hay dos clérigos, Collins y Elton (vamos a apear los tratamientos), dos padres de familia, el señor Bennet y el señor Woodhouse, además de los que podríamos denominar galanes, ocho, de los cuales dos son militares. Con diferente apostura, contexto, situación y personalidad, pero galanes al fin y al cabo, porque aspiran a las damas y con ellas se casan. Aunque, a fuer de exactos, también los clérigos son galanes. Jóvenes y con aspiraciones casaderas. Que logran, aunque no las que eligieron en primer lugar. Son de buen conformar ambos. Y se parecen: estirados, autosuficientes, cansinos, ampulosos, serviles e interesados. Collins tendrá más suerte con su esposa. Charlotte Lucas es una buena chica, con cierto grado de inteligencia práctica que le vendrá muy bien, aunque también con unas tragaderas increíbles. Por su parte, Elton encontrará en Bath la horma de su zapato: la insoportable mediocridad de Augusta, esa mujer que todo lo sabe y todo lo quiere controlar, incluso a su marido, por supuesto. 

El señor Woodhouse es el padre de Emma y el señor Bennet el de Elizabeth y sus hermanas. Mientras el primero es un anciano (aunque eso de las edades aquí es muy relativo) lleno de miedos a las corrientes de aire y a enfermedades de todo tipo que él cree que acosan por todas las esquinas, Bennet es un tipo socarrón, ingenioso, diletante y que ha tenido la mala fortuna de casarse con una chica guapa, pero falta de cerebro, casquivana y que no será capaz de enderezar a sus hijas. Él dilapida su fortuna y ella su juventud, para resumir la situación. El ejemplo de este matrimonio será de una terrible inutilidad para las muchachas Bennet. Y, desde luego, Emma demuestra un gran amor filial al decidirse a vivir con su padre hasta que este fallezca, con la aquiescencia complaciente del señor Knightley que es un héroe desde todos los puntos de vista. 


(John Moore)

Los galanes son muy interesantes. Como suele ocurrir, los hay positivos y negativos. Por empezar con lo más fácil, ahí anda el pretendiente de Jane Bennet, la hermana mayor y la más bella de la familia de “Pride and Prejudice”. Bingley es un tipo con posibles, buen carácter y apostura física agradable. También tiene dos hermanas bastante odiosas, pero da la impresión de que las torea con cierta resignación. Es un hombre tranquilo, que se deja llevar por los demás y que encuentra en Jane la horma de su zapato, la misma serenidad y bondad que él posee. Son dos almas gemelas. Las vicisitudes por las que pasan hasta lograr casarse no tienen que ver con sus caracteres sino con la gente que los rodea y sus manipulaciones. Porque esa es la gran carencia del carácter de Bingley, la facilidad con que los otros le imponen su criterio. 

Los chicos malos son aquí, en distinto grado desde luego, Frank Churchill, Willoughby y Wickham, quizá el peor de todos, el que comete la villanía mayor. Churchill es un niño mimado que no sabe defender su amor por Jane Fairfax. Si no llega a morirse su tía, de la que dependía económicamente desde siempre, todavía está la pobre Jane de institutriz en alguna casa de familia bien. Wickham es, directamente, un canalla. Un canalla agradable, como suelen serlo para que sus redes puedan tenderse en dirección a las chicas bobas, pero canalla al fin y al cabo. Escaparse con Lidia Bennet es el segundo acto de una acción reprobable, que también llevó a cabo con una Georgina Darcy de solo quince años. La apostura física no le redime de su carácter egoísta y falto de escrúpulos y el trato que el libro le da, sacando a la luz todos sus defectos (y sus deudas) así lo pone de manifiesto. Quizá Willoughby sea más digno de lástima que de otra cosa. La debilidad de su carácter no es reflejo de mala voluntad sino de una desdichada educación y, desde luego, de una falta de moralidad, en el sentido filosófico y no religioso de la palabra, que asusta, porque va haciendo daño por donde quiera que se mueve. El castigo que Austen le propina no es baladí: tendrá que vivir siempre sin la persona a la que, en realidad, ama, Marianne Dashwood, pero también la condena a ella a la misma situación y, además, a un sufrimiento inmerecido. 


(Sir Humphry Davy)

Nos quedan los cuatro hombres de verdad. El coronel Brandon, rendido al amor de Marianne Dashwood desde que la escucha tocar el pianoforte en los primeros compases de “Sense and Sensibility”, es un hombre de honor. Una persona curtida, madura y llena de buenos sentimientos. Capaz de amar de verdad y de renunciar al amor por amor. Su recompensa será el amor mismo. Por su parte, Edward Ferrars tiene mejor suerte de lo que su decisión merece. Porque es demasiado pacífico, demasiado absorto en sí mismo, tanto que titubea cuando advierte lo que siente por Elinor Dashwood y, en realidad, no lucha por ella, sino que sobrevive a una carambola del destino propiciada por alguien que, en realidad, es la rival de Elinor, la mosquita muerta Lucy Steel. Ojo con las mosquitas muertas, nos advierte Austen, que tuvo que conocer a algunas en su vida. Esas muchachas con mirada lánguida, lengua afilada y malas artes. 

Darcy y Knightley son la joya de la corona. Los más atractivos, sensatos, inteligentes y, por qué no decirlo, ricos, de entre todos los Austen-Man. Si bien Darcy suele considerarse el prototipo del hombre perfecto, no dudes que puede entablar una lucha muy igualada por este título con el señor Knightley. Es más, Darcy es más orgulloso y tiene un carácter menos templado. Sus argucias para separar a Bingley de Jane existieron y él mismo las reconoce. Tampoco con Elizabeth tiene una actitud deferente cuando la conoce y rechaza la posibilidad de bailar con ella porque no la considera suficientemente guapa. Además ¿cómo es posible que soporte con frialdad, e incluso a veces, con sonrisas, la estupidez parlante de las hermanas de Bingley? ¿y cómo sigue visitando tan asiduamente a Lady Catherine de Bourg que es tan, tan pesada y prepotente? No sé, Darcy quizá está sobrevalorado, o quizá está redimido por su cambio de actitud, por su reconocimiento de los errores cometidos. 

Knightley es el hombre sin tacha. El hombre que ama a Emma en silencio. Sin servilismos, sin sufrimientos innecesarios. El hombre inteligente, con sentido del humor; el hombre compasivo; el hombre justo. Seguramente, aunque no lo creáis, él es el verdadero héroe Austen. Y el único que podría, sin resquebrajar su autoestima, enamorar a alguien como Emma. Que esa es otra….


(Julia, Lady Peel)

(Todas las pinturas son de Thomas Lawrence, pintor contemporáneo de Jane Austen, pues nació en 1769 y murió en 1830. Por ello, el atuendo de los personajes representa el estilo de vestimenta de esa época de manera fiel)