sábado, 1 de diciembre de 2018

Las odiadas

Hay un montón de mujeres a las que odio sin conocerlas. Ese odio viene de ti, procede de ti y me lo has inoculado. No tengo ninguna razón objetiva para odiarlas, es más, ni siquiera las conozco. No las he visto nunca, no sé cómo respiran, cómo hablan, qué sienten. No he contemplado nunca sus rostros de cerca, ni sé cómo huelen, qué perfumes usan, cuál es su número de pie. No he compartido con ellas tertulia, charla, encuentro, copas. No sé nada de ellas salvo lo que tú mismo me has contado. Esas confidencias que parecen surgir a regañadientes, que no tienen forma directa, sino que son un subterfugio. Una manera estudiada de dejar caer datos, de convertirte en la víctima de las situaciones, de hacer que yo me sienta perdida, arrollada por unas circunstancias que no puedo controlar. Hablas de ellas y yo intento averiguar en mi interior si te han dejado huella, si sientes algo, si ese algo es bueno o es dañino. Intento averiguar sin hacer preguntas porque las preguntas están prohibidas entre nosotros. De ese modo soy lo que no quiero ser, alguien que escudriña, que investiga, que busca. Una persona que no se corresponde conmigo, que no tiene nada que ver con lo que soy. 


Odio a esas mujeres. Las hay hermosas y feas, llamativas y tristes, aseadas y sucias, circunstanciales y duraderas. A todas las odio por igual, porque tienen nombre y apellidos (a veces desconocidos), porque existieron, porque existen, porque tienen un sitio en tu vida. Porque las miras. Porque las deseas. Porque las buscas. Porque les mientes. Porque las hundes. Todas esas mujeres son la prueba exacta de lo que eres y el testigo innombrable de todas las cosas que haces cada día, que has hecho a lo largo de los años, con esa sutileza que, al final, he descubierto. Habrás engañado a algunas de ellas, habrás amado a algunas y perseguido a otras. A todas las odio y a ti mucho más que a todas ellas.


Por eso, cuando desapareces y te quedas en silencio, cuando las señales se apagan, pienso en cómo se llamará ella, quién será, qué palabras usará para dirigirse a ti, cómo la mirarás. Pienso en todo esto y entonces te borro de mi mente, te entierro en un lugar al que no vuelvo la vista en mucho tiempo. Cuando este pasa, cuando utilizas alguna de tus redes para convertirme en un pez fuera del agua, entonces esas mujeres caen en el olvido, se difuminan, se pierden. Pero las odio de igual modo. 

(Fotografías de Alfred Stieglitz. 1864-1946. Su principal modelo fue su esposa Georgia O´Keeffe. Las fotos de Stieglitz tienen el propósito de convertir este arte en una forma de expresión tan valorada como la escultura o la pintura) 

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