lunes, 31 de diciembre de 2018

La frágil realidad de sus mentiras


(Fotografía: Nina Leen, 1955)

Suena la música y se apaga el teléfono. No hay nada que pueda traerte ese sonido, ninguna ilusión, ninguna buena noticia, ningún estremecimiento. La canción se eleva por encima del aire y cubre la habitación como si fuera una cúpula, un lugar extraño, nacido para eso, para entenderse en los peores momentos y en los buenos instantes. Suena la música y no queda otra cosa que esperar, entender y sentir los latidos de las voces, inflamadas del misterio que atrae, desde siempre, a la gente que se ama. Falta el amor y el amor se aloja en cualquier sitio, fuera de tu alcance, fuera de ti misma, fuera de todo, tan lejos. No en un país exótico, no a miles de kilómetros, a solo diez minutos la inmensa realidad de sus mentiras. Así que deja ahora la música sonar, que la música guarda un secreto que nadie más conoce y no olvides que, ante todo, si te has vuelto a engañar no ha sido cosa tuya. Es que, seguramente, hay cosas imposibles que te nublan la vista y logran que te envuelvas en la tela de araña, la que nunca se desata aunque quisieras hacerlo por ti y por tus abrazos. Escucha la música y aléjate de todo lo que sea húmedo, sangriento, cansado y lloroso. Oye solo la música y alivia tu tibio corazón con esas notas. No creas nada de lo que dicen por ahí. No creas a nadie, salvo a ti misma. Ahora. En esta noche. La frágil realidad de sus mentiras acecha cada hora. No dejas que te llenen de dolor disfrazadas de una falsa ternura que tendría que abolirse cuanto antes.

(Título: un verso de Ángel González)

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