lunes, 17 de diciembre de 2018

Aute, siempre de paso

Yo era una de esas estudiantes primerizas que no había logrado superar el asombro ante la gran ciudad. La recorría palmo a palmo. La calle era mi casa. En aquel tiempo tuve un novio cabrón, de esos que te abandonan todos los fines de semana contándote una milonga;  y una amiga acogedora que se hacía cargo de mí en los naufragios. Los dos han desaparecido de mi vida porque yo soy de esas que no conserva nada salvo la memoria y la palabra. Una de las noches de mágica primavera en que dejaba en un rincón los libros y me lanzaba al mundo buscando no sé qué (seguramente a ti aunque no lo sabía) topé con un concierto de Aute en la plaza de San Francisco. Yo iba sola, como me gustaba hacer en mis merodeos urbanos. Sola, pero tan viva, sola pero con tanta luz que no necesitaba sino el andar de mis zapatos tímidos sobre ese feroz asfalto que no dejaba de ofrecer cosas nuevas. La plaza de San Francisco estaba llena como en un mitin de Felipe en sus mejores tiempos o como si fuera a pasar la procesión del Corpus. Pero sin sillas. Delante del ayuntamiento estaba el escenario y todo era un gentío en el que no pude reconocer a nadie. Tampoco lo quería. Había ido a verle a él, a Aute, porque estaba enamorada de su música y de él mismo, de su desaliño y de sus letras. Cada una de esas canciones eran mías. Las escribía para mí y las cantaba para mí. Yo lo sabía y guardaba el secreto en lo más hondo. No recuerdo siquiera cómo iba vestido, ni qué color ni qué perfume usaba yo. Recuerdo, sí, que cayó la noche sobre la plaza mientras la música sonaba y su voz iba y venía y yo entonces pensé en marcharme de allí, de esa ciudad, y buscar el lugar en el que pudiera verlo cerca a cada paso y dejar los estudios y los libros y el porvenir y no ser seria, ni responsable, ni dispuesta, sino aventurera, lanzada, convencida de que en el vagabundeo estaba el secreto de una felicidad futura que nada más iba a garantizarme. Quise ser una grouppie de esas que siguen a los cantantes y van con ellos a los camerinos y lo saben todo de su vida e imaginé, como la mayor de las dichas, que Aute escribía una canción con mi nombre, y mi nombre iba de boca en boca, porque la canción era tan hermosa que todos la cantaban y se hacía tan famosa que todos la conocían. Eso pensé esa noche, eso mientras sonaba su voz y luego, al final de todo, hice cola entre un montón de muchachas como yo, con libros en la mano como yo, con melena larga como yo, con ojos soñadores como yo, con sonrisa abierta como yo y como yo deseosas de ser la musa de aquel hombre que nos miraba a todas y se paraba un instante a firmar un autógrafo. El mío lo conservo. El papelito tiene una frase que no voy a contaros. Es una frase mía y la conservo porque no solo tiene la letra de Aute sino el secreto de lo que yo entonces era y he dejado de ser. Tampoco me marché, aquí sigo. Me he equivocado en todo. 

(Fotografía: Cecilio Lobato) 

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