domingo, 25 de noviembre de 2018

Suelos de barro, perdón sin lágrimas


Las niñas soñadoras, que viven con los libros y bosquejan en su cabeza aventuras en las que hay siempre un tanto por ciento de alegría y otro de nostalgia, siempre terminan siendo mujeres equivocadas, mujeres que miran hacia donde no deben, que son presa fácil para cualquiera que sepa decir dos palabras seguidas con suave acento. No deberías olvidarlo. Quizá a ti te ha ocurrido algunas veces y puede que esta sea la primera. Pero el corazón se gasta de esperar la nada y las manos se curvan y entonces llega el último tramo de la vida y abres el grifo de la desilusión, que nadie puede cerrar. No importa la música que suene, ni siquiera que a través de la ventana una lluvia fina te traiga el hueco de un paraíso perdido. Lo que vale es sentir. Sientes que te han engañado una vez más, que cada una de las veces el engaño es mayor y que nadie, nadie, puede entenderlo sino tú misma, porque te ha ocurrido algunas veces o puede que esta sea la primera. 

Tampoco entiendes, lo sé, qué ganan con eso los que nunca se entregan. Qué placer oculto y desconocido e incomprensible se encuentra en atar con lazos de seda a quienes nunca terminaremos por abrazar si la noche es oscura. No lo entiendes, tampoco yo, porque ninguna de nosotros haría eso por mucho que la vanidad nos empujara. Cerramos las puertas cuando ya no hay calor. Abrimos las ventanas cuando tiene que amanecer. Pero no nos escondemos ni creamos falsas ilusiones en otros ojos que puedan, algún día, desfallecer de lágrimas. Eres como yo, tan firme en tus creencias, como dudosa en tus afectos. Sabes cosas pero aún no entendiste que existe fuera, ahí en la intemperie, quien juega con fuego con tal de convertirse en el rey de la creación. Lo has visto algunas veces y algunas veces te ha herido a ti misma con sable de cristal, una punta afilada en el centro del corazón, sin dudarlo, sin hacerse preguntas. Eres la víctima y ahora ya no puedes volver la vista atrás.


Creíste en su palabra. Sus ojos parecían sinceros, parecían tener un aire lejano a héroe del oeste. Parecía un hombre tranquilo, un hombre asequible, un hombre que guardaba ciertos secretos que te hacían feliz. Pero un día su voz se elevó demasiado alto. Y otro día su mirada se desvió hacia el suelo. Y otro, el suelo se llenó de barro. Y entonces lo viste desde esa perspectiva, abajo del todo, abajo en el suelo de barro tú, arriba no sabías dónde, él. Y tus lágrimas se mezclaron con el rímel, y luego llegaron las suyas, puro perdón sin lágrimas, pura oscuridad. Esa primera vez, esa única vez, esa vez, debió bastar para darte cuenta de que te equivocaste. De que tenías que tomar el primer camino a la derecha, bajar las escaleras, cerrar la puerta con un sonido seco, llevarte contigo solo a ti misma, desandar la felicidad que creíste tener y entenderlo todo por fin. No buscarle explicaciones. Eras tú y no había nadie más que mereciera salvarse. No puedes salvarlo. ¿Lo comprendes? 

(Fotografías de Uta Barth, Música de fondo de Katie Melua) 

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