domingo, 18 de noviembre de 2018

Me despido de ti y no lo sabes


(Fotografía: Manuel Amaya)

Me despido de ti y no lo sabes. Toda la vida es una despedida. Dejé mi casa una y mil veces. Dejé el patio y las flores, los arriates, el sabor fuerte del agua de pozo, la humedad, dejé el levante, el poniente y el sur. Toda la vida es un continuo adiós de objetos, de personas, de sentimientos, de lunas, de horizontes y de puntos geográficos. Te despides de alguien cada día. Y esa despedida se renueva al pie del ascensor: Hasta mañana. Buenas noches. Que descanses. Adiós. 

Hay despedidas que son definitivas. Se muere alguien y ya nunca más su olor inundará tu cama, o tu casa, o tus sueños. Se marcha y se convierte en una foto, en un texto que escribí a su lado, en la esfera con los mapas de todos los continentes, en un viaje, una diapositiva. Hay otras despedidas que son tercas, que parecen querer rebasar nuestra paciencia y ser imposibles, ser inauditas, ser cobardes. Las despedidas cobardes cansan el cuerpo tanto como el espíritu. Adiós y no te enteras. Adiós y no te marchas. Adiós y no respeta tu silencio. Adiós y se repite tu zozobra. Adiós sin verdad, adiós sin nada, no adiós. 

Esta de ahora es una despedida esperanzada. También desconcertante, como lo son aquellas en que se despide el que sufre y se queda el que golpea una y otra vez el objeto sin sentir ni la mínima compasión, sin hacer el mínimo gesto. Esta de ahora es una despedida esperanzada pero tú no lo sabes. Me despido de ti y no lo sabes. No conoces quién soy, no entiendes nada y por eso es una despedida sin adioses ni símbolos ni horóscopos. No eres tú, sino un heterónimo que no inventó Pessoa. No eres el hombre sabio, el hombre alegre, el hombre bueno, el hombre amigo. No eres tú sino alguien oculto tras la máscara de un carnaval fallido, por eso no sabes despedirte. Por eso cargas el peso de la despedida en los otros. Tú estás en un castillo rodeado de almenas incendiarias y tu voz no sobrepasa la frontera del limes. La tierra de los bárbaros te es ajena. El alma de los demás no existe. 

Me despido de ti y no lo sabes. Como todas las despedidas tiene lágrimas, esas de las que te ríes con una evidencia tan cierta como que nunca lloras. Tiene recuerdos, enturbiados quizá por estos últimos, por la realidad de una mentira sobre otra, de una argamasa de falsedades huecas. Tiene remordimientos, porque hay quien se pregunta cómo hacer para que tú me quieras y hay quien se sonríe ante los esfuerzos del payaso triste que nada acompaña para que surja el deseo. Tiene miedo a la soledad aunque es más soledad la soledad del hombre equivocado. Tiene nostalgias de lo que no existió. Tiene culpabilidad y rencor por no haber entendido mucho antes que hay pasiones que más vale no deslizarse en ellas. 

Me despido de ti y no lo sabes. No hay adioses, ni sílabas, ni regalos, ni besos. No hay nada más que un perdón imposible. Porque amar no es obligatorio, pero abolir la ternura no puede hacerse sin una clase magistral de maldad añadida. 


(Fotografía: Cecilio Lobato) 

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