miércoles, 1 de agosto de 2018

Cuando Austen dijo "no"

Corría el año 1802. Jane Austen tenía 27 años aún no cumplidos. Ella y su hermana Cassandra hicieron una visita a sus amigas Catherine y Alethea Bigg, que vivían en Manydown Park, a unos siete kilómetros de Steventon, la rectoría en la que Austen había nacido y que, a la sazón, era ahora la casa de su hermano James y su esposa Mary. 

En ese periplo que solían hacer, de casa en casa, incluso pasando algunos períodos frente al mar, ese espacio de agua que había sido descubierto como placer precisamente en la época georgiana, llegaron a la casa de las Bigg. El padre de la familia era un terrateniente, magistrado y benefactor de pobres. Además de esas dos chicas tenía también un hijo, Harris Bigg-Wither. Este era un hombre altísimo y eso era lo más que podía decirse de él, porque, a lo que parece, también era bastante soso y aburrido, poco talentoso, poco lleno de ingenio. 

La tarde del 2 de diciembre, catorce días antes del cumpleaños de Jane, esta tuvo la sorpresa de recibir una proposición de matrimonio de parte del joven Harris. No conocemos con detalle los pormenores del caso porque la familia de Jane Austen se ocupó mucho de ocultarlo y se conjuraron para ello. Pero lo que sí está claro es que ella aceptó. La propuesta le convenía a todas luces, al menos desde el punto de vista mercantilista que era el que primaba en muchos aspectos. No sería ya una soltera pobre, podría ayudar a su hermana y a su madre, que estaban también indefensas en el aspecto económico; sus futuras cuñadas eran grandes amigas y el pretendiente, aunque poco dotado intelectualmente, era un buen hombre y sabría ser un buen caballero rural llegado el momento. Todo parecía estar a la altura de las pretensiones de las dos familias. 

No era nada baladí eso de estar soltera y sin medios económicos. Las privaciones a las que vivían sometidas las mujeres que no lograban casarse y no eran ricas (y ricas las había contadas con los dedos) eran terribles. También lo era el peso que suponían para sus hermanos varones o para sus hermanas casadas, que tenían que cargar con ellas toda la vida. Una situación nada agradable y contra la que se rebela en muchas ocasiones Jane Austen de la mejor forma en que sabía hacerlo, por medio de sus novelas. Además, la escasez de hombres era alarmante. Las guerras contra Napoleón habían esquilmado el país de jóvenes en buena edad y la cosa no parecía tener fin. La mayor parte de la existencia de Jane Austen transcurrió en guerra contra los franceses así que la influencia en la demografía era aplastante. 

La última circunstancia a favor de este matrimonio era la casa, poseer un hogar que podía llamar suyo, ser señora en su casa. Eso tenía un enorme peso en cualquier decisión porque no era agradable andar de un lado para otro visitando a los parientes más afortunados. Además de la rectoría en la que nació, Steventon, Jane Austen tuvo luego un número importante de domicilios provisionales, los dos internados, las casas alquiladas en Bath, que fueron varias, las casas de sus hermanos y amigos, incluida la de Londres de su hermano Henry, así como las estancias en Lyme Regis o en Southampton, por ejemplo. De manera que tener una casa tan agradable como esa era un punto fundamental a tener en cuenta. 

Supongamos que Jane no quería a Harris Bigg. Si era una persona sensata, y sabemos que lo era, el amor podría llegar con el tiempo y, si no era así, al menos el respeto, la comprensión y la ayuda mutua. Casarse implicaba también tener hijos y aunque estos daban quebraderos de cabeza y producían un descalabro en la salud de las madres a tener en cuenta (muchas morían en los partos), no se consideraba que una mujer estaba completa sin una larga descendencia. 


A la mañana siguiente, muy temprano, al alba, Jane se levantó y se apresuró a hablar con Harris Bigg rompiendo el compromiso. ¿Por qué lo hizo? Este es uno de tantos enigmas de los que rodean su figura. Al menos cinco hombres aparecen en su vida en diferentes momentos y con diferentes roles pero, que sepamos, esta es la única propuesta de matrimonio que rechaza. Y, después de darle vueltas a las circunstancias en que se produce esa vuelta atrás quizá la única respuesta es que ella consideró que jamás podría amar, siquiera mínimamente, a Harris. Su torpeza, su debilidad física, su tartamudeo, su escaso intelecto, todo eso tuvo que suponer un enorme peso en la decisión, que opaca todo lo demás. Las ventajas eran muchas pero los inconvenientes eran definitivos. 

Como todas sus protagonistas, Jane Austen estaba decidida a casarse por amor. Y eso, lejos de ser muestra de un temperamento romántico al uso, como se le achaca (cosa absurda puesto que aún el romanticismo no estaba ni siquiera esbozado como tal) lo que indica es una modernidad absoluta. Nadie en nuestro tiempo pensaría en casarse por el interés o, al menos, no se vería obligada a hacerlo. Pues eso es lo que hace Jane Austen. Utilizar su libre albedrío, su libertad, sus deseos, por encima de las conveniencias. Por eso es la escritora que rompe con las novelerías góticas y la que prepara el camino de la novela moderna. Ella, en sí misma, es tan moderna como tú y como yo. 


(Pinturas de la época georgiana)

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