lunes, 23 de julio de 2018

"Querida Jane, querida Charlotte" de Espido Freire



La introducción de este libro es mágica. La leí en su día, 2004, cuando compré el libro, y la releo ahora, catorce años después, conociendo mucho más a Jane Austen y bastante más a las Brontë. De resultas de ese conocimiento soy muy austeniana y me alejo discretamente del sufrimiento de los páramos. Qué se le va a hacer. Se habla y se escribe de todas ellas pero en ocasiones no se atina en señalar sus diferencias y, sobre todo, las distintas pulsiones de las épocas en que vivieron, cercanas y tan alejadas una de la otra. Por eso me gusta este libro, porque capta perfectamente el paso de lo luminoso a lo oscuro; del aire libre al interior; de la ironía inteligente al sufrimiento oculto. De Austen a las Brontë. 

Y eso no es fácil. La mezcla de una y de otras trae confusiones. Y eso no favorece la lectura ni la comprensión de sus libros. Por otro lado, el amor por todas ellas no puede nublarnos la razón sino al contrario, hacernos distinguir entre obras literarias que es lo que son, con vidas de telón de fondo que puede o no ser definitivos. Este viaje de Espido Freire es una muestra clara de que se puede admirar a un autor y tener la cabeza tan fría como para poder razonar con la cabeza. Sentido y sensibilidad.


(Southampton. El mar, el puerto, los barcos)

El libro tiene dos partes diferenciadas. Las primeras cien páginas, casi la mitad del texto, se dedica a Jane Austen. El resto, a las Brontë. Por razones obvias que deben conocer aquellos lectoras que me sigan de alguna forma, me dedicaré a glosar lo referente a Austen. Las Brontë no son un territorio en el que yo pueda moverme a gusto. Y lo mismo puedo decir de las épocas. Qué bien hace Espido Freire en destacar las enormes diferencias que existen entre la era georgiana, en la que vivió Austen y lo que vendría después, la reina Victoria con sus restricciones, sus normas rígidas, su moral omnipresente. La ligereza campestre de las heroínas Austen se transmutan en un sufrimiento constante en las que siguen, porque la vida escribe la literatura y al revés. El contraste entre la muselina, transparente, suave, vívida, lisa, limpia, con la pesada seda oscura, el encaje recargado y los corsés, sobre todo los corsés. Ninguna mujer Austen lleva corsé. 


(Condado de Kent. Tierra de color)

De una forma muy inteligente, Espido Freire relaciona los libros con los lugares, aunque no exactamente donde se escribieron. Esto también resulta problemático porque Austen repasó sus libros una y otra vez, dado su carácter cuidadoso pero sobre todo a que no fue capaz de publicarlos hasta pasados muchos años. Esto se deja un poco de lado cuando hablamos de ella, nos parece que todo fue miel sobre hojuelas pero habría que tener en cuenta tres circunstancias: Una, lo que hemos dicho, la tardanza en publicar, lo difícil que le resultó. Dos, que nunca publicó son su nombre. Tres, que obtuvo pérdidas en esas publicaciones y ganancias exiguas en pocos casos. Hay una cuarta cuestión espinosa: nunca tuvo una casa que pudo llamar suya. Nunca tuvo una habitación propia. Nunca fue independiente económicamente salvo el leve destello de esas pocas ganancias. Y lo sabía. Jane Austen era consciente de todo esto. Por eso quizá crea a Emma. Lo contrario de ella, pero la chica que hubiera querido ser. 


(Catedral de Winchester. El final)

Hay otro elemento que aparece en el libro de Freire y que yo también he detectado en mis lecturas. La familia, ese gran paraguas que en aquella época era fundamental, sobreprotegió su legado. La destrucción de la mayoría de sus cartas por su hermana Cassandra es una prueba de ello. Pero, además, en las memorias de su sobrino, escritas bastantes años después de su muerte, se trasluce una cierta conmiseración, una necesidad de que no se considere a su tía una mujer excéntrica, sino alguien normal que, mire usted qué casualidad, escribía. Me parece imposible que una mujer normal, en el sentido georgiano del término, haya creado esta obra. El hecho de que en su lápida de la catedral de Winchester no conste que era escritora, salvo en un añadido muy posterior, es una prueba de que la tía Jane era para ellos una mujercita talentosa y buena. Poco más. 


(El Royal Crescent de Bath. Tiempo de silencio)

Los editores deberían ser gente avispada que fuera capaz de detectar el talento. Los de Jane Austen no se distinguen por ello. No son capaces de darse cuenta del cambio que produce su literatura en los cánones de la época, en toda la novela. Y está claro que sus preferencias iban por otro lado, porque no fueron capaces de sustraerse al influjo tardío de la novela gótica y abrazan luego con soberana entrega la victoriana, ese romanticismo oscuro de cementerio que son las Brontë. Por mi parte, Jane Austen, esa isla de realidad y de inteligencia, se queda en medio, como tierra de nadie, presta a que la descubra la posteridad, cuando ya las mentalidades han ido cambiando. Ella, como la época en que vivió, es un personaje de tránsito. 


(Steventon. El principio) 

Además de referirse a los lugares que están relacionados con Jane Austen, Espido Freire cuenta su propio viaje por estas tierras y lo hace de un modo tan agradable, con tanta gracia, sin pretender sino ofrecer una imagen cercana y natural de aquellos días. Sus anécdotas de viajes en tren, de pérdidas de taxi, de lugares inmundos para dormir, de gente rara, son interesantes y entretenidas. Aportan al libro una especie de descanso, un oasis para pararse a pensar en aquello que nos va relatando. Tiene una visión muy aguda de lo que observa y esas observaciones nos pone en la balanza el mundo de Austen y el mundo de una joven escritora de ahora, que es lo que Espido representa mientras viaja. 


(A la izquierda: Chawton Cottage. Recobrar la palabra)

 Los personajes de los libros se mezclan con los de su vida real. Los acontecimientos se solapan. A un hecho cotidiano se le asigna un hecho literario. Bien engarzado, como si no fuera posible entenderlos de otra forma. Ahí están ellas, las mujeres Austen, las chicas Austen por un lado y esas otras madres, institutrices, damas, secundarias de lujo. Entre todas ellas, vemos a las sufridoras e indecisas, también a las lanzadas e hiperbólicas. A las inteligentes y las necias. A las bellezas de expositor y a las atractivas de mirada inolvidable. Los nombres son los de la vida cotidiana, porque Jane Austen se negó a usar los Celinda, Miranda, Pamela, de sus antecesores. Solo Isabella o quizá Elinor son un tributo al ayer normando. Pero aparecen Elizabeth, Jane, Anne, Lydia, Kitty, Emma, Fanny, Catherine, nombres de mujeres normales, ninguna de las cuales es un fantasma ni aspira a serlo.


(Londres. Esquina de Cranburne Street. La diversión)

En ese estudio de caracteres también están, cómo no los hombres, aquellos que hacen sufrir y aquellos que sufren. Los hermosos y los inconstantes, los voluntariosos, los caballeros, los excéntricos, los valerosos. Todos los revisores de tren eran para Espido un trasunto de Peter O´Toole, y nos avisa con cierta sorna de que no existen los Darcy, salvo en el libro y en el cine; de que conformarse con un coronel Brandon no es poca cosa; de que los Willoughby pueden romperte el corazón; que los Wickham nunca se enamoran de verdad; de que, si ansias un amor para toda la vida, hecho a la vez de pasión y certeza, ese es el del señor Knightley. 


Querida Jane, querida Charlotte. Por la ruta de Jane Austen y las hermanas Brontë. Espido Freire. Aguilar, 2004. 

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