lunes, 23 de julio de 2018

Antonio Luis Baena y El último navío

Conocí a Antonio Luis Baena (Arcos de la Frontera, 1932-Sevilla, 2011) en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. Coincidimos en tercero de carrera cuando él ya venía de vuelta de la vida, se había jubilado como director escolar, sus hijos eran mayores y estaba dispuesto a empezar una segunda vida, o una tercera si hacía falta. Algunos de mis compañeros de aquellos años lo recordarán cuando compartía con nosotros la cerveza y la tapa en la calle Betis o en la zona de la Moneda. Era tan joven como nosotros, aunque arrastraba el peso de una pena. Ninguno sabíamos de penas entonces y solo él fue el precursor de las tristezas que el mundo te pone por delante inevitablemente. 

Cada uno siguió su camino, el mío trabajar como profesora de Historia y el suyo hacer un ingente trabajo con la Genealogía y la Heráldica, a base de dedicarle horas al estudio de los apellidos. Terminó su diplomatura y siempre lo recuerdo con un libro en la mano o un cuaderno de notas. 

Pero, en el fondo de su actividad, solapado en cada hora del día, estaba su gusto por la escritura, su vocación de poeta y su necesidad de escribir versos. En 1949 había fundado en Arcos el grupo poético "Alcaraván" y luego ya en Sevilla fue cofundador de otros, como "Ángaro" y "Cal". Empezó a publicar poesía en 1961y así completó diez libros, diez publicaciones, desde el fundacional "Historia de una ausencia" hasta el último, este póstumo "El último navío". Especialmente emotivo es "La muerte va lamiendo mis cimientos", de 1985, en el que utiliza la literatura como exorcismo ante el dolor que la muerte de un hijo pequeño le produjo. Esa muerte siempre la llevó en el alma. 

"El último navío" me llegó de la mano de Violeta Gallé, su viuda, una mujer perfecta para un hombre especial. Violeta sabía de nuestra amistad, tan desigual en edad y en sabiduría, pero con la misma generosidad que Antonio Luis investigó hasta que dio con mi centro de trabajo para hacerme llegar el volumen, acompañado de una preciosa carta, escrita por ella a mano, con su elegante letra de mediados de siglo. Cada paseo mío por Triana me hace encontrarme, sin pretenderlo, con la imagen evocada de Antonio Luis, a quien sus problemas coronarios le habían recetado paseos y más paseos. Daba largas zancadas recorriendo el barrio, era ya parte de su paisaje y siento, cuando escribo esto, la misma sensación embriagadora de felicidad como cuando lo encontraba a él, yendo yo sola, acompañada con mi hijo o con mi marido. 

Todos los que me conocen sabían y saben de mi devoción personal por Antonio Luis Baena, al que tengo como parte de ese grupo de amigos que son más padres que otra cosa, familiares cosidos en el alma, gente que no se marcha, aunque se marche. Luis Caballero está también en ese lugar en el que, sentados alrededor de una mesa, se escriben las mejores historias de lealtad y de abrazos. 

"El último navío" lleva un exquisito prólogo de Pedro Sevilla, que, sin hacer daño en la herida, evoca lo que fue y lo que significó Antonio Luis Baena para tanta gente que descubrió su poesía al tiempo que su persona. Esa sonrisa y ese abrazo sin trabas. 

"Me apuñaló el eclipse/ con su maldición de siglos" comienza diciendo. "Me han apagado tantas luces/ que la sombra es mi luz; /inútilmente recorro los senderos que hace tiempo/deslumbraban de gozo, deslumbraban/ tan sólo por el gozo que guardaron" Recuerdos prendidos en las palabras, evocación de un tiempo que fue plenitud, identificación de la sombra y el dolor, son estos otros versos del segundo poema. 

El poema seis es una despedida: "Un largo adiós se quedará/colgando de mis labios/de las aristas de mis dedos" El poeta se despide de la vida, y se pregunta si alguien notará ese adiós, si su voz será recordada de alguna manera, si encontrará una forma de despedida que no lo aleje demasiado de lo que tuvo cerca. 

El ocho es una oda a la desesperanza: "Y rara vez llega/ ese prodigio extraño de alegría". La huida de todo llega en el poema quince: "Lenta, pero inexorablemente/ me voy desmoronando/ como una ciudad/ construida en la laguna"

La búsqueda de la felicidad perdida, mejor dicho, de la alegría, es la búsqueda de un pasado que no puede cambiarse aunque él quisiera. Se siente derrotado, siente que los mejores años han pasado y que en ellos vivió el mayor dolor. La vejez no palia ese dolor, nos dice, sino que está a punto de sepultarlo, de destruirlo, de llevarlo al olvido. 

Una página manuscrita cierra la obra. Conozco bien esa letra, la tengo reproducida en cartas y en tarjetas postales que cada navidad llegaba sin falta hasta mí de su parte. Así adiviné el final y así investigué qué había ocurrido. La navidad que esa tarjeta no llegó presentí su muerte y la zozobra me hizo recordar, palmo a palmo, las calles y las plazas que habíamos visto juntos, las horas de universidad, de charla en los mostradores de los bares antiguos y de recordar, en la luz de sus ojos, a quien se fue y no volvió nada más que en sus versos. Tanto privilegio me parecía su amistad que nunca creí merecerla del todo. Y nunca se lo dije. 

El último navío. Antonio Luis Baena. Ediciones Canto y Cuento. Jerez de la Frontera, 2012

(Nota a editores: La obra de Antonio Luis Baena siempre se publicó por pequeñas y voluntariosas editoriales que dieron a la luz sus versos de forma humilde. Él siempre fue consciente de esa humildad y no pedía nada, no era un negociador, era un poeta. Quizá fuera el momento de ir pensando en una cosa que a él le llenaría de vergüenza y de emoción. Unos versos completos que trajeran a este tiempo de ahora los poemas de alguien que quiso resistir al tiempo con desigual fortuna)

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