jueves, 28 de junio de 2018

Pasiones inteligentes


(Serena Reading by George Romney, 1780-85. Harris Museum & Art)

Tengo para mí que "Emma", de Jane Austen, es una novela que tiene en la inteligencia su principal adorno. No en la belleza, efímera. No en la riqueza, injusta. No en la suerte, arbitraria. Es la inteligencia el don que aquí aparece tan magníficamente retratado, con pinceladas suaves a veces como una foto en blanco y negro o con la espesa pasta pictórica de los impresionistas. O como ese cuadro de George Romney, contemporáneo de Austen, que revela la sencilla inclinación de una mujer leyendo. 

En todo caso, la inteligencia fluye en los diálogos, en las descripciones y en las cabezas de aquellos personajes que disfrutan de ese regalo de la naturaleza que esta reparte con la displicencia de lo que es únicamente suyo. Ocurre en "Emma" de una forma extraordinaria pero también en el resto de sus libros, en los que se distingue de inmediato al necio del sabio, al prepotente del humilde, al que intenta aparentar lo que no es y al que no necesita aplauso. Lecciones de vida entremezcladas en las páginas de libros que te hacen disfrutar de la lectura. 

El capítulo XVIII de "Emma" es una muestra suprema de esto que digo. Porque en él se libra un combate singular entre dos mentes llamadas a entenderse, precisamente por mor de unas cabezas privilegiadas. Howard Gardner hablaría en este punto de la teoría de las inteligencias múltiples, así que nos dejaría a todos con dos palmos de narices. Pero, querido Howard, no desesperes ni juzgues tan de prisa porque, aunque ellos, los actores del drama, no lo saben, está claro que tienen, aparte del dominio del lenguaje y el razonamiento diáfano de quien sabe pensar con precisión, esa gota de humor, de habilidad para entender al otro, de pericia mental, de sabiduría social, que ahora mismo llamamos inteligencia no académica. Saber vivir, diríamos en forma de slogan. 

Os cuento: el joven Frank Churchill, apuesto joven y caprichoso hijo del señor Weston, que vive prohijado con sus tíos desde la muerte, siendo un niño, de su madre, anuncia su visita a su padre para conocer a la dama con quien este ha desposado, que es, ni más ni menos, que la señorita Taylor, la antigua institutriz de Emma. Las institutrices de entonces eran personas refinadas, llenas de conocimientos y responsables de la instrucción de las muchachas. Algunas de las protagonistas de Jane Austen no tienen institutriz. El caso más llamativo es el de las chicas Bennet, que se han criado solas, como bien explica Elizabeth a la estirada Lady Catherine de Bourgh. Pero, aclara, todas ellas han podido aprender directamente de los libros de la biblioteca de su padre. 

El alborozo, el disfrute de pensar en que llega el hijo pródigo les lleva a todos a conjeturas felices que hay que aparcar sin remedio, oh, Dios mío, cuando otro anuncio inmediato les comunica que deberán verse privados de su encantadora presencia por un motivo cualquiera, que no viene al caso. Una excusa más, podría pensarse, porque no es la primera vez que se produce esta molesta dilación. 

He aquí el dilema: ¿No realiza la visita el joven Churchill por falta de ganas o por imposibilidad real de hacerla? Emma, habitualmente mal pensada, no lo es en este caso, quizá porque disculpa al joven sin conocerlo, porque tiene esperanzas de que, en efecto, un día llegue y… quién sabe.

Por su parte, el señor Knightley, que es dieciséis años mayor y, por tanto, mejor conocedor de la naturaleza humana, sostiene que, de querer venir, no habría fuerza que lo impidiera. Ah. ¿Conque esas tenemos? Da la impresión… solo la impresión, de que a nuestro querido señor Knightley no le gusta mucho Churchill. ¿Y eso? No lo conoce, desde luego, lo que tiene de él son referencias.

¿Tendrá algo que ver en esa antipatía recién nacida la amable disposición que Emma muestra hacia el joven? Podemos pensar que los pareceres de ambos contendientes son distintos, casi irreconciliables, pero, y ahora viene lo divertido, en realidad Emma razona así porque le gusta enormemente hacer rabiar al señor Knightley. La esgrima dialéctica entre ambos es de alta intensidad. 

Es más, ella está de acuerdo con sus opiniones en este caso, pero no piensa hacérselo ver. Lo dice con claridad el texto “… se encontró de lleno metida en una disputa… y para mayor regocijo se percató de que estaba razonando desde la que no era su verdadera opinión….”

Lo que Emma no comprende y no lo hará hasta el final del libro, que ese “querer hacer rabiar” a un hombre inteligente como Knightley, esconde, cómo no, lo que llamaría Corín Tellado “el fuego de la pasión”. Lo que llamaría Irène Némirovsky “el ardor de la sangre”. Lo que llamaría Edith Wharton “una tendencia inusitada hacia el otro”. Lo que llamaría William Shakespeare “un impulso sin tiempo ni medida”. Lo que yo llamaría “es el amor, que vibra cuando pasa”…

El amor se manifiesta de muchas maneras. El amor entre personas que gustan de los entresijos del diálogo, de la palabra y del pensamiento, tiene mucho de rima, de prosa, de poesía y de adivinanza por hallar. Es un artesonado de ideas que se cruzan de uno a otro. Un juego galante, pero lleno de fuegos de artificio. Un artificio cierto, sin disimulo a modo.

Las palabras de él son taxativas: “Si descubro que tiene conversación, me alegraré de conocerlo; pero si descubro que no es más que un charlatán no perderé el tiempo ni las palabras con él”. ¡Qué hermosura de frase! No perder el tiempo, tan valioso, ni las palabras, tan necesarias. No perder, en realidad, nada de lo que verdaderamente importa. Pero Emma no está para florituras y lo que empieza a ser una discusión medio en broma, termina seriamente, porque jugar con fuego produce esas esquirlas.

La opinión del señor Knigthley sobre Frank Churchill, expresada al fin sin ambages, es un prodigio de sensatez y de expresividad: “Si resulta verdad eso que dices, será el tipo más intragable del mundo... Ser el rey de la fiesta a los veintitrés años, el superhombre, el político experimentado que puede leer en la mente de todos y canalizar los talentos de todos los demás hacia el despliegue de su propia superioridad, ir repartiendo por ahí halagos ¡como si quisiera que todos pareciesen idiotas comparados con él! Mi querida Emma, tu propio sentido común no te dejaría soportar por mucho tiempo a un cachorro así cuando llegase el momento”

La reacción del hombre a quien Emma tiene por un dechado de virtudes en lo tocante a los aspectos fundamentales de la vida la deja sumida en la extrañeza. Ni ella se da cuenta de que nunca Frank Churchill podrá merecer los elogios del señor Knightley, ni este entenderá el motivo verdadero de su antipatía. Porque, ni en las cabezas más privilegiadas están escritas todas las razones del amor.

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