domingo, 17 de junio de 2018

Heterónimos


Durante muchos años solo escribía poesía. Está por ahí, oculta. Ni siquiera sé si es algo o es nada. El año en que conocí a Pessoa, era verano y fue en Baeza. Un curso de poesía mística en el que estaban también San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Ya no recuerdo si alguno más. Los santos eran conocidos, el portugués no, o apenas. Entraron en bandada todos los heterónimos y la clase se llenó de gente. Los profesores de la Universidad de Granada y de la de Lisboa se empeñaron en hacernos ver que no era un solo poeta ni un solo escritor, sino esa masa definida, esa maravillosa multitud que lo acompañaba. 

Eran días intensos de trabajo y de sol. El calor oscuro de Baeza, ese espacio misterioso rodeado de un mar de olivos, se deja sentir desde por la mañana. Las piedras resuenan al toque de las sandalias y caminar por allí, al mediodía, es cruzar el fuego. Las mañanas se ocupaban en escuchar lecciones magistrales de gente convencida, que afirmaba con rotundidad opiniones certeras y documentadas sobre libros que yo no había leído y que, quizá, al menos algunos de ellos, nunca leería. Me quedé con la imagen y el caleidoscopio y cuando el curso concluyó entendí que eran los heterónimos lo que más me había cautivado. 

Yo paraba en el Hostal Comercio, un sitio pequeño del centro, cuajado de recuerdos de Machado, y alternaba la relectura de esos versos tan conocidos desde niña con las novedades de Pessoa que el curso iba trayendo. En una ocasión uní dos de esos poemas, una frase de uno, otra frase de otro, e intenté mezclar a los apócrifos con los heterónimos saliendo una curiosa letanía que estallaba al pensarla. Ninguna cabeza joven está para tantos subterfugios. 

La mística vivía en el paisaje. Uno de los días subimos en autobús hasta Beas de Segura para oír de viva voz, en directo y en el sitio exacto, el canto de las monjas de clausura con las letrillas que San Juan había escrito. La subida en autobús fue una aventura porque un incendio asolaba Cazorla y lo íbamos dejando a un lado de la carretera. Éramos tan jóvenes que no tuvimos miedo, simplemente veíamos el humo y el eco de las llamas y seguíamos riendo en cascada mientras el autobús ascendía y dejaba atrás la llanura para adentrarse en el confín de árboles del parque natural. 

En el convento hacía frío. El pueblo era tan pequeño y en cuesta que nuestras sandalias se encajaban en las oquedades del suelo y estuvimos a punto de tropezar más de una vez. Llevábamos vestidos ligeros, con los brazos al aire, colas de caballo y algunos adornos en el pelo, al modo en que las veinteañeras salen a la vida, con poca ropa y muchos deseos. Las monjas nos escudriñaban desde el fondo de las celosías pero no pudimos ver a ninguna. Nos sentamos en ese ambiente fantasmal, sin rastro de figura humana, solo las imágenes de las hornacinas y, cuando el revuelo íntimo cesó, se elevó el canto, sonaron las voces y todos nos trasladamos, interiormente, a un lugar inaccesible, antesala del cielo debió ser. 

La noche antes de finalizar el curso la plaza cuadrada se llenó de  estudiantes. Estábamos todos allí pero no solos, también estaban ellos. Los heterónimos de Pessoa y los apócrifos de Machado. Sonaba sin oírse el ruido de fondo de las letrillas de San Juan y el calor seguía floreciendo como una obligación para impedir que durmiéramos. Un muchacho de tez oscura que venía del Levante me escribió una poesía y decía que yo tenía los ojos de luna. Guardé el poema en un libro de Pessoa que entonces no entendí y un día reaparecieron el libro y el poema. Cuando esto ocurrió había transcurrido el tiempo, los heterónimos no eran ya una sorpresa y yo empezaba a ser como Machado, solitaria y silenciosa, más cálida aún que las calles de Baeza. 


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