viernes, 18 de mayo de 2018

Paralelismos: De Edna a Jane


(Jane Austen nació en la rectoría de Steventon, Hampshire, en 1775. No se conserva la casa en la que nació. Esta es una vista actual del pueblo)

La señorita Marple, con permiso de Agatha Christie, investigadora aficionada, mujer perspicaz y muy práctica, tenía su fuerte en buscar (y encontrar) paralelismos con ocasión de cualquier asesinato  (así, como quien no quiere la cosa, siempre andaba mezclada en el sórdido mundo del crimen) entre los implicados en el asunto y los habitantes de su pueblo, el pequeñísimo y rural Saint Mary Mead. Un sitio inventado pero no imposible, más bien un reflejo de las poblaciones rurales de la campiña inglesa, esa en la que se come pudín, se luce el arte del visiteo y suceden cosas inverosímiles. 

Si se trataba del desfalco de un gran funcionario, que se quedaba con parte de la herencia de un pariente de forma indebida, ella recordaba ipso facto y con toda coherencia al carnicero del pueblo que siempre servía un poquito menos en el kilo de carne de buey que le encargaba. La vida doméstica es el elemento preferido de esta Dama (con mayúsculas) del crimen. Porque bastan, como sabemos, unas cuántas familias en un territorio reducido para crear una novela. 


(Una vista actual de las afueras de Tuamgraney, el pueblo del condado de Clare, en la zona occidental de Irlanda, en el que nació, en 1930, Edna O´Brien)

Establecer paralelismos requiere observación y paciencia. La paciencia es una virtud que está subestimada. Si fuéramos pacientes no entraríamos en barrena con tanta frecuencia y la vida moderna estaría más libre de estrés y de yoga. Claro que entonces algunos negocios quebrarían, entre ellos el de los libros de autoayuda y los gurús de la filosofía de la meditación. Por su parte, la observación es una forma de estar en el mundo que, contra lo que parezca, no tiene nada de pasiva. 

No basta con relacionarte con las personas, sino que hay que cuidar la escucha, el feedback, el quid pro quo. Hay gente que apenas oye y que no escucha nada. Tienen su discurso preparado, lo sueltan y esperan a que los demás se callen para seguir sin resuello con su propia parafernalia verbal. Los políticos son un claro ejemplo de esto

También los hay que, aunque estén en silencio, andan por los cerros de Úbeda en plan “no pienso, aunque existo”, como si fueran lamas tibetanos, y les importa muy poco lo que los demás anden tramando. Bastante tienen con regodearse en su propia importancia, aunque no se atreven a ponerla de manifiesto por si las moscas producen el curioso efecto de que alguien te contradiga. 

En verdad me parece que estos dos tipos de personas  tienen poco apego a una parte de la vida que es sustancial y de la que nacen la literatura y la creación artística en general. Los hechos, pensamientos, ideas, opiniones, son un vivero de sabiduría, incertidumbre, asombro y felicidad. Porque si dependemos solo de nosotros mismos, de lo que nuestra propia cabeza provoque o muestre, entonces entraríamos en un solaz de aburrimiento difícil de emular. Un coñazo. 


(En este barrio residencial al oeste del centro de Londres, Knightsbridge, vive, en una casa alquilada, Edna O´Brien)

Viene a cuento toda esta digresión al caso literario de dos mujeres. Edna O´Brien, irlandesa, y Jane Austen, inglesa. Las dos comparten el mismo idioma pero con matices. Cuando le preguntaron recientemente a la primera qué piensa de esto, contesta que vale, que el inglés es un idioma común en todas las islas británicas, pero que se usa de forma diferente según el lugar exacto y que ellos, los isleños de la isla de Irlanda, le ponen a todo más emoción, son más radicales, más libres a la hora de usar el lenguaje. Más fantasiosos, imaginativos, proclives a la exageración, a la mayúscula, a la hipérbole e, incluso, al exabrupto verbal. 

Nadie hizo esa pregunta a Jane Austen por la sencilla razón de que no existían entonces los aguerridos periodistas culturales de ahora, ni los bloggers, ni los suplementos de libros, pero quizá su respuesta nos resultaría sorprendente. Porque Austen, como Edna O`Brien, no era una mujer previsible ni canónica. Más bien, una metepatas en muchísimos aspectos. Una mujer original. 

¿Tienen algún paralelismo estas escritoras? ¿Las une algo que pueda servir para trazar un puente? ¿Son tan distintas que ni siquiera la señorita Marple, con sus paralelismos, hallaría una banda sonora, una canción, siquiera un estribillo, común?

Apenas sin pensar surge la primera gran coincidencia. Las dos nacieron y se criaron en ambientes rurales. Oh, esto es muy interesante. El sitio donde uno nace y donde vive la primera infancia y la adolescencia, es determinante en la conformación del carácter. Nacer en un paraíso rural, en el que la naturaleza tiene un peso específico, no es lo mismo que hacerlo en una ciudad, en una plaza recoleta y bulliciosa o en un lugar residencial lleno de casas en hilera. Da igual la época y el siglo. La vida rural tiene enseñanzas que la ciudad no ofrece, y al revés. El contacto con el medio natural te revela una medida distinta del tiempo, te da a conocer el paso de las estaciones, la mudanza de las horas del día, los tonos del crepúsculo, los nombres de las flores. De manera que esto no es una circunstancia baladí, sino, al contrario, muy, muy interesante.
Aunque pueda parecernos paradójico, ambas, Edna y Jane, tienen el mismo apego a la tierra que les vio nacer. Este apego se representa fielmente en las casas. Para ambas la casa es el hogar y ese hogar es el de la infancia, el de toda la vida, el del sitio en el que sintieron despertar las primeras sensaciones. Jane Austen deambula de una casa a otra, siempre recordando que su Steventon, la rectoría en la que vivía con sus padres y sus hermanos, era el alma mater, el lugar reverenciado, el que aparecía en sus sueños y en sus descripciones. Dejarlo fue un corte tajante incluso en su proceso de escritura. Recordemos que no logró escribir en Bath, ese moderno balneario lleno de vida social, ni una sola línea. Por cierto, un Bath que también aparece en alguno de los cuentos de Edna.

Edna O´Brien siempre tuvo en su memoria la casa en la que vivió con sus padres y hermanos, esa casa rural, sin comodidades, en medio de una naturaleza rústica y casi sórdida, con el agua de los lagos cerca, con las montañas a un lado, con animales que correteaban de un sitio a otro como si fueran parte de la familia. Este sentimiento del hogar perdido es tan fuerte que no llegó a considerar como su hogar ninguna de sus posteriores casas y aún hoy vive en una alquilada, sin ningún signo de propiedad. La casa era aquella casa y punto. Todas las casas que aparecen en sus historias son su casa, su propia casa, destartalada, sin lujos, con extrañas habitaciones y espacios perdidos. No es únicamente la búsqueda de esa “habitación propia” que Virginia Woolf tan bien describió, sino su identidad, su pertenencia, su raíz última. 


(Desde 1809 vivió Jane Austen en esta casita, Chawton Cottage, que hoy alberga la Sociedad Jane Austen del Reino Unido. Era una casita que les prestó a ella, su hermana, su madre y una amiga, uno de sus hermanos)

   Y luego está la Iglesia, o mejor dicho, la religión. El padre de Jane era un pastor  anglicano y, por lo tanto, un hombre de espíritu. Y su madre, por las descripciones someras que aparecen, una mujer estricta, bastante fría, que no llegó a conectar con ella en una relación cómplice, como tuvo la escritora con su hermana Cassandra. En cuanto a Edna, vivir en Irlanda en aquellos años debía suponer que el peso del pecado, de las prohibiciones, de la moral, caía sobre todos de modo inexorable. Su madre, observante rigurosa de la religión católica, dormía con ella en una cama y con un crucifijo al que ambas se agarraban como fuente de salvación. Era una religión vivenciada, menos letrada que en el caso anterior pero más omnipresente. 

  Ambas, además, reaccionan contra esta exagerada pátina religiosa y lo hacen atendiendo a sus caracteres. Los clérigos de las novelas de Austen son ridículos, cursis, extremadamente pánfilos y ninguno sale bien parado. El ejemplo del señor Collins de "Orgullo y prejuicio" debería bastarnos. Pero también está el señor Elton, en "Emma". Ambos son fatuos, engreídos, absurdos y su predicación no puede tener ningún fondo de sensatez. La respuesta de O´Brien ante la hiperpresencia de la iglesia en Irlanda, quizá porque esa religiosidad era más opresiva, es también revolucionaria y aún más decidida. Adiós a las buenas costumbres, vamos a contarlo todo, se dijo a si misma. Y lo hizo. Sus libros constituyeron un escándalo público y lo asumió con la naturalidad de quien no puede evitar ser como es. El humor es el arma de Jane Austen, la provocación en el de Edna. 


(De Jane Austen solo existe este dibujo que le hizo, supuestamente, su hermana Cassandra)

 Ninguna parecía tener mucho apego al matrimonio. El de Edna con Ernest Gabler fracasó estrepitosamente y estuvo navegando en el contencioso incluso para la custodia de los hijos. Resulta patética la reacción de él, que ella cuenta con detalle en "Chica de campo", sus memorias, cuando ve que su mujer va a dedicarse en serio a la literatura y , sobre todo, que escribe mejor que él. La mediocridad nunca da tregua. No da la impresión de que en su vida, sin embargo, los hombres hayan supuesto mucho más que un divertido entretenimiento o una interesante sensación. Supeditarse a una pareja, incluso cuando hay amor o deseo por medio, no está en su itinerario vital y así lo dice en sus propias memorias. 

La señorita Austen nunca se casó pero, que quede claro, porque no quiso. Sus pretendientes la dejaron bastante fría, tuvo la osadía de rechazar a más de uno y no la distrajeron de su apacible vitalidad, los resquemores y casuísticas sentimentales. En sus libros las mujeres presentan una asombrosa rebeldía ante determinada idea social acerca de la supeditación del hombre a la mujer para casarse y por eso deja de manifiesto que la dependencia económica era una lacra que impedía la libre expresión de los sentimientos. Pero incluso estos se controlan. Salvo el caso de Marianne Dashwood, en Sentido y sensibilidad, que pierde la cabeza literalmente y tiene un temperamento extremadamente intenso, el resto tiene la cabeza sobre los hombros. El paradigma de ello es Emma Woodhouse, que afirma no tener interés en casarse y razona sobre ello de una forma estimable y lúcida en una de sus conversaciones con Harriet Smith. 


(Greenway House era la casa de verano de Agatha Christie, a la que tenía mucho apego y en la que pasaba largas temporadas con su segundo marido, el arqueólogo Max Mallowan y su hija Rosemary)

El gran paralelismo entre las dos, el que haría enorgullecerse a la querida Miss Marple, aparte de su origen rural, de la influencia de la religión en sus vidas, de su poca necesidad de ser guiadas por un hombre, está en su arte. 

Ambas tuvieron la conciencia de que escribir era, a más de una profesión por la que había que luchar, una forma de vida. Esa conciencia de autoría, esa defensa de su talento, esa dedicación por encima de todo, es una seña de identidad que no era fácil para las mujeres. Por supuesto, mucho más difícil para Austen, que, encima, no logró nunca publicar con su nombre. Pero también para Edna O´Brien, cuya vida no la conducía, precisamente a la literatura, y que tuvo problemas, ya lo hemos dicho, con su marido cuando empezó a escribir y a publicar. Él consideraba que no era para tanto y le sentó fatal su éxito y, sobre todo, su determinación. Quizá otra mujer hubiera sucumbido al runrun de tu pareja diciéndote cada día déjalo, total, para qué. Es tan fácil dejarse llevar por la inercia de no hacer nada, tan fácil dejar de creer en una misma...Y es tan difícil perseverar...Pero nuestra Edna vislumbró en la escritura su forma de relacionarse con el mundo, su manera de vivir, de estar, de existir. 

(Edna O´Brien, afortunadamente entre nosotros, es una mujer bellísima, de lo que queda constancia en multitud de fotos) 

Exactamente igual hizo Jane Austen, un siglo y medio antes, pero con una determinación tan firme como ella. No era capaz de encontrar editor, le rechazaban los manuscritos, le pagaban muy poco cuando conseguía publicar y las ediciones no eran de su gusto. Aún así perseveró, creyó en sí misma, se aferró a lo que su intuición le decía y construyó un mundo ficticio en el que estaban su esencia y su talento. 

Y ambas, y esto es muy importante, pusieron en la primera línea de su escritura el sentimiento femenino ante la sociedad en la que vivían, ante las relaciones familiares y sociales, ante el amor, el matrimonio y la vida en general. Ese punto de vista interior, no tiene nada que ver con las visiones exteriores sobre la mujer que ofrecen otros escritores. Desde dentro, desde lo más hondo e íntimo, revalorizando la emoción como tema literario, revitalizando las contradicciones, las luchas, los defectos incluso, de las mujeres en el conjunto de una obra literaria. Las mujeres son las protagonistas en los libros de ambas. 

Nadie podría decir que estas dos mujeres son el agua y el aceite. Tampoco que no hay entre ellas importantes diferencias aunque de eso hablaremos otro día. 

Ahora baste pensar que ambas constituyen la prueba fehaciente de que a veces las mujeres escriben contra el mundo y que, precisamente ese acto de escribir, lleno de rebeldía, de autoafirmación y de compromiso, es el que las sitúa en un lugar exacto del universo que ellas mismas han elegido. 

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