martes, 8 de mayo de 2018

Lo maravilloso




(Pintura: Mary Jane Ansell)

Hay gente que trae consigo la palabra. Y otra gente que trae el vacío. Pero, en realidad, soy yo la que adjudico letras, frases y vocablos a todos vosotros, el mundo. No existe lo que veo salvo en mí, soy mi propio juez, la persona que etiqueta, que aplaude o silba esta representación, a ratos improvisada y otras veces con un guion escrito de antemano, que es la vida.

En ese concierto, cuyo director se ausenta cada vez que otro asunto le concierne, le asigné a él (siempre hay un ÉL, aunque no lo expresemos) un papel cenital. Le di el don de regalarme alegrías y de levantar mi espíritu. Le otorgué la capacidad de la tristeza y la huida. Le dibujé con los trazos más exactos, ajustados, livianos y tiernos, que mi propia imaginación oculta.

A ese ÉL (como ocurre tantas veces) le concedí demasiada importancia, demasiado poder, demasiada partitura en el conjunto de mi música de fondo. Y a esa extravagante ocurrencia, dictada por no se sabe qué espejismo del pasado, le ha ocurrido como a todas las demás aventuras en las que se embarca una sin pasaporte. Que ha fracasado.

Así, Él no me mira con los ojos tiernos que yo deseo para las miradas que me atraviesan. No me observa como a la diosa gentil que acelera su pulso. No me siente como un pasaje luminoso entre los días de lluvia y de cero grados al sol. No me besa con una boca tibia y esperanzada. No me busca entre las brazadas de libros que me adornan. Así, Él no es ese Él que inventé sin razones. No se parece en nada. 

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