domingo, 27 de mayo de 2018

"La señora Dalloway" de Virginia Woolf


Clarissa Dalloway ofrece esta noche del mes de junio una fiesta. Por eso, su primera decisión, tiene que ver con el exorno del salón. "La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores". "Era mediados de junio...la guerra había acabado". Se refiere a la primera guerra mundial. 

Desde que comienza el día hasta la noche, Clarissa Dalloway, hará algunas cosas que le permitirán, mientras tanto, pensar y utilizar lo que ella posee en mayor medida, la intuición. Desengañada de Richard, su marido, con el que se unió precisamente porque no lo quería demasiado. Decepcionada de Peter Walsh, su gran amor, que se está con otra mujer, mucho más fría, indiferente y extraña que ella. Cansada de ser "invisible". Así camina por el parque de St. James.

"Porque aunque ella y Peter pudieran pasar separados cientos de años y ella nunca le hubiera escrito una carta  las suyas fueran tan secas, de pronto, en cualquier momento, se le ocurría pensar: si estuviera ahora conmigo ¿qué diría?. En ocasiones, algo que veía la llevaba a recordarle con toda calma, sin la antigua amargura, lo que quizá era una recompensa por haber querido, que esas personas queridas volvían a tu memoria en pleno parque de St. James en medio de una mañana magnífica, porque así era" 

La percepción de la naturaleza, sus detalles, olores, sabores y colores, su existencia misma, aparecen de una manera definitiva en los propios movimientos de Clarissa. No es una naturaleza evocada sino vista, directamente asumida, integrada en el devenir de la existencia de ella misma y de las otras personas con las que su mundo se completa. Y, junto a la naturaleza, quizá trasunto de una vida más feliz, menos llena de circunstancias difíciles, está la mente, la evidencia de que hay espíritus llamados al sufrimiento, alejados de la realidad y que necesitan el reposo y el descanso. La enfermedad mental como telón de fondo en algunos de sus amigos, como Evelyn, la esposa de Hugh Whitbread. Quizá también en Septimus Warren Smith, el veterano de guerra que se suicida en las mismas horas de la fiesta.

A veces, ambos elementos, la naturaleza y la personalidad, se entrecruzan y la una determina a la otra y al revés. Como en el caso de Sally Seton: "El atractivo de Sally era increíble, su talento, su personalidad. Tenía una gracia especial para las flores, por ejemplo...Sally salía, cogía malvarrosas, dalias, todo tipo de flores que nunca había mezclado nadie..."

La historia transcurre en un solo día de junio pero el flashback es constante. No solamente de parte de Clarissa, sino de los otros personajes, sobre todo de Peter Walsh. Los pensamientos se intercalan con la acción. La relación entre Peter y Clarissa aparece como uno de los ejes de la narración. Ella no quiso casarse con él pero el paso del tiempo no ha limado un lazo especial entre ellos. "Y qué extraño también que la hiciera sentirse frívola, tonta, una parlanchina estúpida, igual que entonces" piensa Clarissa, en su salón, mientras atiende a Peter, que se ha presentado de improviso la mañana del día de la fiesta, cosiendo un vestido verde que va a ponerse de noche y tiene un desgarrón. Algunos hombres siempre te hacen sentir como una estúpida.

El padre de Clarissa, Justin Parry, aparece evocado en la distancia, allá, en la casa de su adolescencia en Bourton. Su hija, Elizabeth, "mi Elizabeth" es una muchacha brillante y distinta a su madre. Ante su tocador, Clarissa conjuga la evocación del pasado, con la anticipación del futuro a partir de esa fiesta y, sobre todo, la reflexión sobre sí misma. Recuerda a Sally Seton, a quien quiso con un amor especial: "Entonces, al pasar junto a una urna de piedra, llena de flores, tuvo lugar el momento más exquisito de su vida. Sally se detuvo y cogió una flor; luego la besó en los labios...". Clarissa, que tiene en ese momento 52 años, trae a sus emociones lo que sentía por ella, "era la pureza, la integridad, no era lo que siente por un hombre".

La señora Dalloway se publicó en mayo de 1925. Fue su primera obra importante. Después le siguieron Al faro, de 1927; Orlando: una biografía, de 1928; Las olas, de 1931. En medio de las dos últimas está su ensayo Una habitación propia, de 1929, la obra que reivindicó la figura de Woolf en los años setenta después de que tras su muerte en 1941 (había nacido en 1882) fuera silenciada y poco reconocida en los ámbitos literarios que tanto había frecuentado en su época.

En La señora Dalloway da la impresión de que habla de sí misma, al menos en cuanto a los sentimientos se refiere, a la forma de ver y observar las cosas. Su detallismo no es nunca vacuo sino lleno de emoción. Así se ve, por ejemplo, en la descripción que hace de un acto trivial, coser: "...se sintió tranquila, satisfecha, mientras la aguja tiraba suavemente del hilo de seda uniendo los verdes pliegues, muy ligeramente, al cinturón. Así se forman las olas en un día de verano..." 

Esa vida en la alta sociedad culta y de buen gusto que ella retrata tiene mucho que ver con la suya propia, pues su padre Leslie Stephen, era un hombre de letras y su madre, Julia, una belleza que fue modelo de los artistas prerrafaelitas y la dejó huérfana a los trece años. Su matrimonio con Leonard Woolf duró casi treinta años y sobre esta unión hay opiniones diversas. La nota que ella dejó antes de adentrarse en el río Ouse, con los bolsillos cargados de piedras, está llena de reconocimiento hacia él y de la evidencia de que ella ya no podía vivir más con el peso de la enfermedad mental (quizá trastorno bipolar, depresión o ambas cosas) que la había rondado siempre.

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