jueves, 31 de mayo de 2018

"Hace cuarenta años" de María Van Rysselberghe

"Saberse esperada; ! qué auténtico deleite! Resulta deslumbrante avanzar de ese modo hacia la felicidad, verla crecer, tomar forma, recobrar la propia conciencia con un entusiasmo que adivinas similar al suyo. La urgencia me dolía..."

No es cierto que elijas los libros que lees. No es cierto que repases con cuidado los fondos editoriales, las novedades, los estantes de las librerías, las páginas webs de los sitios lectores. No. Los libros te buscan y, si se empeñan, consiguen encontrarte. De una y mil formas se las arreglan para dejarte sin respuestas, acorralada y a su merced. Eso ocurre con los libros desde siempre y así los libros no son solo palabras, sino también insinuaciones, gestos, fortalezas.

"Eres la gran turbación que merezco. No hay espacio en mí para el remordimiento. Pensar que todo esto podría no haber ocurrido me estrangula la conciencia"

Ochenta y pocas páginas han bastado a Maria Van Rysselberghe (Bruselas, 1866-Cabris, Alpes marítimos, 1959) para contar su historia, un hecho real a todas luces, que, más que hecho es sentimiento, emoción y palpable evidencia de una relación imposible e inevitable. Dos personas casadas que comparten un mes en una casa en las dunas. La casa los alberga y expande al exterior lo que son y lo que sienten. No se esconden, más bien, no pueden esconderse. Pero ahí está la tozuda realidad del marido de ella, un amigo tan bueno, tan joven, tan lleno de alegría. De la mujer de él, tan enigmática, tan desconfiada, y, a su manera, también tan luminosa. 

"Sé que no puedes soportar este peso sin flaquear. No dejemos que nada se pierda, ni de nosotros ni de la vida; aceptémosla tal y como viene; todo puede ser muy hermoso, hasta las lágrimas que nos guardamos de derramar..."

Hay infidelidades que cuesta contar porque son sórdidas, difíciles, ajenas, escalofriantes y duras. Hay relaciones que están llenas de flecos que no se comprenden, de egoísmos y de fiereza. Hay amores que se revisten de pasión y quedan flotando en el agua y se disuelven. Y luego está lo que cuenta Maria. Me parece vivirlo. Creo que lo he vivido. Creo que, como dice Natalia Zarco en el epílogo, yo también he sido alguna vez Maria. Quizá aún sigo siéndolo. Este no es un libro de argumentos y no caben spoilers. Si te cuentan de qué trata dirías ¿y eso? Pero si lo lees entonces, a la par que preguntas, hallarás respuestas. Solo en una obra pequeña, de autoficción, de verdades que traspasan las palabras, puedes hallar respuestas. Aquí están.

"Necesitamos tu desnuda inmensidad para que nuestra alegría respire libre. Me ofrece su brazo, y me estrecha con tal fuerza contra él que nuestros pies chocan al caminar"

La playa, los paisajes, el bullicio de la gente en una procesión, la frialdad de una habitación de hotel donde no ocurre nada, o casi todo, todo eso es el atrezzo. Lo más relevante no está en lo que pasa, sino en lo que no pasa y debería ocurrir, o no debería. Lo más relevante está en lo que se siente, en lo que se comparte, en lo que se vislumbra. No todo el mundo encontró alguna vez a un Hubert, en la vida real el poeta modernista Émile Verhaeren (1855-1916). No todo el mundo se sintió Maria. Los personajes del libro son reales, como nos advierten los editores, pero la naturaleza de la historia es tan sutil y, por eso mismo, podía hacer tanto daño, que se resguardó su contenido hasta que ya no era fácil que este daño surtiera efecto. Hasta ese extremo se contienen las pasiones, las nostalgias y los deseos. No hay nada fraudulento ni sucio, es simple vida tal y como la conocemos. 

"Su ágil fuerza, su espléndida armonía y su joven exuberancia nunca antes me habían parecido tan seductoras. Poseía la elegancia del agrado, y el presente lo estimulaba por completo"

La contraportada del libro define a la autora como una "de las más fascinantes escritoras secretas" y atina. Una delicadeza propia y original emana de su forma de escribir. Es una esplendorosa disección del alma, de la huella que dejan los sentimientos en el corazón, en la forma de andar y de observar, en la existencia. Sin romanticismo vacuo, sin tonterías. Abiertamente expresado, con toda la sinceridad de quien se confiesa al fin, de quien desea liberarse de ese peso en el momento justo, no antes, nunca antes. El personaje de Hubert aparece reflejado en los ojos de ella. Es la mujer la que nos descubre cómo es y cómo se muestra. Nunca entramos en la cabeza del hombre salvo porque ella lo ha hecho antes y tiene la gentileza de ofrecernos un poco de ese pensamiento. Y no es una pasión sin más. Es, más que nada, un entendimiento, una cualidad del ser que los afirma en su unión, una unión más allá de la carnal y de la evidente. Un milagro. 

"Ya no podemos seguir viviendo como lo hacemos; el sigilo, la clandestinidad me aterrorizan, me degradan; es indigno de nosotros y de ellos. No nos queda alternativa; debemos volver a ser lo que éramos antes el uno para el otro..."

Lo curioso del libro es que hay cuatro personajes principales y solo dos de ellos aparecen definidos, solo dos de ellos tienen voz. Maria, de una forma directa, como narradora, como la mirada que cuenta. Hubert, como el otro lado de esa contienda, de ese pacto de mutua agresión de abrazos y complicidades. Agnès, sin embargo, es una mujer muda, que solo sobrevive en el libro a base de una pequeña aparición y unas miradas sombrías y desconfiadas. Es la mujer de Hubert. Y luego está Antoine, el marido de Maria, trasunto del pintor Theo Van Rysselberghe. Ambos, el marido y el amante, son amigos y es esta traición la que más duele a Hubert.


(Retrato de Maria realizado por su marido)

Entre poetas y pintores anda el juego. Puede parecer que estas vidas especiales, estos ambientes delicados, estos diletantes que gastan el tiempo en conversar e inspirarse, son los únicos poseedores del secreto de la emoción oculta, de la pasión que no se palpa, de los amores inconclusos pero inmortales. Y en cierto sentido es así. Aquí no sabríamos el entresijo de estas sensaciones si Maria, andando el tiempo, no hubiera rendido homenaje a una pulsión tan diferente a todas y no lo hubiera dejado por escrito.

Hace cuarenta años. Maria Van Rysselberghe. Editorial errata naturae. El pasaje de los panoramas. Traducción de Regina López Muñoz. Epílogo de Natalia Zarco. Cuarta edición mayo de 2017. 

Reseña de la autora (editorial errata naturae):

Maria Van Rysselberghe fue la amiga más cercana de André Gide (con quien su propia hija Elizabeth tuvo un romance del que nació una hija) y es la responsable de habernos dejado el texto "Notas para la historia auténtica de André Gide", crónica que hoy en día se conoce como Los cuadernos de la Petite Dame y que fue publicada por la editorial Gallimard. Además, escribió tres textos fundamentales: Strophes pour un rossignol, Galerie privée y este Hace cuarenta años.


Pontigny 1923, alrededor de Gide, de izquierda a derecha :
Jean Schlumberger, Lytton Strachey, Maria van Rysselberghe,
Aline Mayrisch, Boris de Schloezer, André Maurois, Johan Tielrooy,
Roger Martin du Gard, Jacques Heurgon, Funck-Brentano, Albert-Marie Schmidt.
Sentados : Pierre Viénot, Marc Schlumberger, Jacques de Lacretelle et Pierre Lancel

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