martes, 8 de mayo de 2018

"El ausente" de Antonio Rivero Taravillo

A mí se me antoja que escribir una novela con la figura central de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, es un atrevimiento, un acto de valentía, un gesto kamikaze. Eso fue lo primero que pensé al conocer la existencia de este libro. Demasiadas filias y fobias nos adornan, demasiadas diferencias irreconciliables, demasiadas divisiones, demasiado difícil es acercar posturas. Por eso, la primera cuestión que quiero comentaros es esa: me parece que Antonio Rivero Taravillo se arriesga. No sé si tiene que ver con su faceta de "vividor" que la propia editorial La Esfera de los Libros, recoge en su nota biográfica en la solapa anterior del libro. 
No es el primer acercamiento biográfico que realiza, ni mucho menos. Antes fue Luis Cernuda, maravillosa historia en dos volúmenes; después Juan Eduardo Cirlot, Octavio Paz y hasta Yeats, en otra realidad novelada a partir de la visita del irlandés a España en 1927. Escarbar en el pasado, documentarse, mostrar el telón de fondo, entrecruzar ficción con realidad, es algo, pues, que Rivero Taravillo ha demostrado dominar. 
La forma en la que esta obra se aborda viene resumida en la cita que la antecede: "No concibo modo más perfecto de escribir la biografía de alguien que el de relatar todo lo importante en su vida, pero entretejiéndolo con lo que en privado escribió, dijo y pensó, de modo que se pueda imaginar a la persona, verla viva y revivir con ella cada escena" La cita es de James Boswell en su "Vida de Samuel Johnson" y expresa la intención del autor de "El ausente" en cuanto a utilizar la fuente de los hechos y también la de los pensamientos, los propios escritos de Primo de Rivera, a la hora de componer el personaje y su trayectoria. 
Cuando lees una novela histórica no puedes evitar cierta inquietud interior. Has estudiado los acontecimientos en los libros especializados, conoces a los personajes por sus sucintas biografías y los encuentras situados en un devenir que bien podría ser el de cualquier persona anónima. La historia no transcurre en un laboratorio, sino en la vida, en la calle, o en un mitin político como el que inicia la narración, allá por el mes de octubre de 1933, a las once de la mañana de un día que "despertó neblinoso y en el que llovió más tarde". En ese acto aparece la primera descripción del protagonista: "...con traje azul oscuro y corbata de listas, alto y peinado para atrás su impecable cabello negro engominado, blanco en ese instante el aceitunado rostro..." Durante su intervención en el mitin, al que asisten sus hermanos (Carmen, Pilar, Miguel, Fernando) "ladeaba la frente al hablar, como enfatizando las sílabas que cabeceaba, balones rápidos, hacia el pintado techo del teatro, desde el que rebotaban sin perder fuerza hacia el público, en el que impactaban los goles de su oratoria". Era, pues, un buen orador. 
Con dos voces que se alternan, algunos capítulos se relatan por un narrador omnisciente; otros están a cargo del propio José Antonio, la narración presenta a todos las personas que formaron parte activa de unos años convulsos de nuestra historia reciente, profundamente olvidados en algunos aspectos, desvirtuados en otros y malversados en muchos de ellos. La niebla que el franquismo lanzó sobre todo lo anterior ha impedido un relato objetivo de posturas políticas, ideas y acciones que se conjuraron en un corto espacio temporal para tensionar la vida en un país que no levantaba la cabeza desde que se perdió Cuba. A ese retrato se añade lo íntimo, ese "Elizabeth, cuánto la echo de menos", que detalla el perfil de José Antonio con nuevas aristas más desconocidas y exigentes.  
Hay una reproducción hecha con mucha exactitud del juicio a José Antonio, en el que se defendió él mismo en su condición de abogado y que ha incluido aporte documental procedente del propio juez, algo que dota a la novela de una excepcional verosimilitud. El postfacio del autor, breve pero muy interesante, remite a otras fuentes documentales y aclara en gran medida algunas licencias que él mismo se toma en su facultad creativa de disponer algunos hechos según su imaginación le ha dictado. Pero, en conjunto, lo fundamental está bien armado y lo accesorio tiene un toque casi poético y, desde luego, de una tierna cotidianidad, que ampara la novela y la realza.

Hay dos capítulos que me han estremecido, que me han parecido fascinantes. El capítulo 32 y el 33. El 32, contado en primera persona, se refiere a lo acontecido tras la sentencia de muerte y comienza justo donde acaba el capítulo anterior, cuando José Antonio sube al estrado, abraza al presidente del tribunal y le dice que sentía el mal rato que había debido de pasar. Luego habla de su testamento, explica sus razones y lanza una serie de frases que impactan enormemente: "Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles" Por desgracia, no fue así, más bien resultó una de las primeras. Cuenta algo que, si no fuera por la gravedad del caso, podía parecer una anécdota. Cómo para saber si el sacerdote con el que se confiesa es de verdad un cura se dirige a él en latín. El sacerdote es de Orihuela, también está preso allí, en Alicante. El recuerdo de Miguel Hernández me sobrevuela entonces. Y una referencia personal, emotiva: "Solo ahora me alegro, y se lo agradezco también a Dios, de no haber llegado más lejos con Isabel. Me conforma pensar en ella...Pero es mejor, para ella, que así quede la cosa; que quede a salvo del dudoso honor de ser mi viuda..."

El capítulo 33 relata con una frialdad y una acumulación de datos que lo hace más terrible, los intentos por conseguir la conmutación de la pena o el indulto. Cinco ministros del Gobierno votaron en contra de la ejecución: Just, Prieto, Esplá, Giral y Negrín. El resto, con Largo Caballero, indica el autor, votaron por que se cumpliera la sentencia: Álvarez del Vayo, Galarza, García Oliver, Peiró, Uribe, López Sánchez, Anastasio de Gracia, Federica Montseny, Bernardo Giner de los Ríos, Jesús Hernández Tomás, Manuel de Irujo y Jaume Aiguarder.

La entrega de cartas de despedida, una docena, entre otras personas a Isabel, de la que ya he hablado o a Elizabeth Bibesco, "la antigua amante y permanente amiga", es otra de las acciones que realiza el reo antes de ser fusilado. Y luego, los detalles finales. Poco que decir ante ellos. 
Probablemente, la detención, el juicio y el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera sean el punto de partida más notable, el pistoletazo de salida, para una época de destrucción fratricida que todavía conmociona la vida de España. Las heridas no se han cerrado y, a lo que parece, tardarán muchas décadas más en cerrarse, si alguna vez se logra. La sensación de que andas sobre campo minado, la premonición del final, circula por las páginas. Y no deja de sorprender cierta inocencia residual en aquellos que deberían haber estado avisados del alcance de los hechos. Esa actitud, que fue común a una gran mayoría de españoles, incrédulos ante la deriva que parecía insalvable, dota a la novela de una intensa fragilidad, la misma que atenazó al país. 

El ausente. La novela de José Antonio Primo de Rivera. Antonio Rivero Taravillo. Novela histórica. La Esfera de los Libros, 2018. 

Antonio Rivero Taravillo es poeta, novelista, traductor, ensayista y gestor cultural. Dirige en la actualidad la Revista Estación Poesía y participa en numerosos proyectos relacionados con la literatura. Ha ganado el Premio Comillas de Biografías y el Antonio Domínguez Ortiz. Ha publicado antes que esta otras dos novelas: Los huesos olvidados, sobre un episodio de la vida de Octavio Paz durante la Guerra Civil (2014) y Los fantasmas de Yeats (2017). Como traductor ha realizado una labor intensa destacando sus traducciones de Shakespeare. 


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