viernes, 6 de abril de 2018

La Paqui


(Foto de Nina Leen: At the beach)

Todas las niñas de la calle admiraban a la Paqui. Era la hija de una mujer fuerte y de un hombre anodino pero se quedó con lo mejor de la genética de ambos: la fiereza y la bondad. A pesar de que su vida estaba salpicada de problemas ella no parecía notarlo. Tenía una dentadura perfecta y una piel inmaculada. Sonreía siempre. 

La sabiduría de la Paqui estaba basada en el relato que, antes que ella, conoció de labios de su abuela y de su madre, ambas mujeres hechas a sufrir sin que se notara. Cuando se levantaba por las mañanas debía dedicar un tiempo a estirarse con cuidado. Los huesos siempre le dolían, las manos le hormigueaban con frecuencia y no disponía de muchos minutos para ella misma. Pero bastaba un café y, a veces, una aspirina, para tomar el rumbo de las cosas, de su casa y de las casas de otros, porque ella funcionaba como un timón, como una brújula que estuviera siempre alerta. 

En cosas de amores no era afortunada. Ninguna de las chicas que le pedían consejo adivinó si alguna vez, en su alocada juventud llena de responsabilidades, tuvo amores de esos que apasionan. Pero su marido, con el que se casó casi en una suerte de matrimonio de conveniencia, le salió bueno. Un hombre afable, cariñoso, trabajador y bastante feo. Ella no parecía darse cuenta de lo poco agraciado que era y de lo mal que vestía. Más bien hacía oídos sordos a esas circunstancias y se fijaba en que le regalaba pequeños detalles, rústicos y construidos por él mismo, para contentarla. A él le tocó la lotería y ella se casó, que es lo que su madre quería, porque la soltería no era para nada un objetivo. 

Lo más curioso de todo es que fueron pasando los años y la Paqui seguía siendo ella misma. Participaba de la vida no como una espectadora, sino como la protagonista indiscutible. No tenía muchos recursos económicos, apenas había estudiado pero la traspasaba la alegría y esto es más de lo que puede decirse de cualquiera. Los disgustos la hacían llorar y, a la vez, levantarse con un objetivo cada vez más cierto: ser feliz a toda costa. La música, las películas, las historias susurradas a media voz, las conmemoraciones, las verbenas, un cafelito a buenas horas, todo parecía ser para ella la vitamina precisa para elevar la cabeza y reír, con una risa propia que nadie ha podido imitar todavía. 

Cuando los hijos fueron mayores decidió que, además, quería aprender cosas. Los cursos para adultos fueron su máximo interés desde entonces. Cursos de lo que fuera. Costura, escritura, libros, nutrición, el tema era lo de menos. Lo de más es la Paqui con su nuevo bagaje de saber, con su nueva sabiduría académica que se suma a la vieja sabiduría de la vida. Es un cóctel que puede explotar en cualquier momento y todos lo saben. Pero a ella le hace estar presente en la realidad. No mirarla desde lejos, sino sentirla y comprenderla. Todas las niñas de la calle le hacen ahora preguntas más complicadas y la Paqui, que ha heredado el trono de su madre, como una reina sin corona, contesta con frases sencillas y estudiadas. Sabe que su auditorio no le perdonaría una mentira. 

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