martes, 24 de abril de 2018

La cuadrícula


(Fotografía de Nina Leen. 1949)


Cada uno de los rincones de su vida estaba blindado. La había dividido en parcelas y, en una de esas parcelas, estaba yo. Era una parcela pequeñita, virtual y sonora. En ella cabía el agua de lluvia, aunque solo una vez. También las nubes, los puentes y el vacío. En la parcela que me correspondía rara vez amanecía, solo en una ocasión pude ver cómo el café se enfriaba. Tampoco había madrugadas, las madrugadas estaban reservadas a plantas más esplendorosas. En realidad, ni yo misma sabía qué papel jugaba en todo eso, ni siquiera si jugaba a algo o si existía. Solamente de vez en cuando las gotas de agua cálida o el frío hielo, eran el indicio de que algo pasaba. Sin embargo, yo no podía controlar lo que era. No lo sabía. Ni tenía ninguna posibilidad de adivinarlo. Solo un terreno baldío, una parcela sin recalificar, sin uso, ni conciencia, ni apenas vida. 

Era un hombre de éxito pero asustado. El miedo se traslucía en sus ojos. Tenía las manos muy suaves, blandas, inertes, como las de un adolescente. Un hombre con manos de adolescente es un hombre ansioso, cansado y apenas por vivir. La vida se le resistía con creces y él, víctima y verdugo a la vez, no encontraba la manera de tomarle la medida. No sabía qué quería ni qué buscaba. La soledad era, por eso, una salvaguarda, el paraguas que protegía sus emociones. Y un seguro contra el fracaso. Pero todo él, todo en él, era fracaso. Cuando le conocí ya estaba agotado. Ya venía cansado de largos viajes sin descripciones. Ya no existía esperanza. Todo ardía, pero era un incendio imperceptible. Seguramente por eso lo quise más aún, porque era un perdedor y él no se daba cuenta.

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