miércoles, 10 de enero de 2018

La esperanza es un dinosaurio azul



(Foto: Damián escribe sueños con sus animales)

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, extiende por el suelo sus pequeños tesoros. Estampas de seres extraños, de la legión oscura, de batallas inconfesables; animales mitológicos, inocentes, antiguos, reales; trocitos de papel de colores que semejan montañas, ríos, valles y salvajes desembocaduras; tribus domésticas y otras más estrafalarias. Y dinosaurios. Los dinosaurios tienen nombres que el niño aprenderá a pronunciar como si fuera en otro idioma y que nunca se irán de su memoria y que lo mantendrán embelesado, dueño de una visión que nadie más conoce, que nadie entiende. 

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, ha escrito en su cabeza una tremenda historia. Un relato en el que aparecen los buenos y los malos, en el que brilla alguna incertidumbre, en el que las palabras se conjugan para formar un tapiz de emociones inabarcables. Es el autor de algo que lo conducirá, desde el suelo de la habitación de juegos, a una galaxia con nombre de reyes del pasado, que llegan desde un nórdico paisaje a la calidez de la tierra del sur, al aire del mar atlántico o al mediterráneo, subido sin bridas en un caballito que dibujaba un hombre y que lo conduce al sueño posible de una infancia mágica. 

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, crecerá soñando con que es posible una batalla campal en la que florezcan animales bellísimos, cursos de agua vencidos por cataratas de sueños, naciones enteras sumergidas en la corriente tibia de los besos, hallazgos únicos de esperanzas que nadie podrá convertir en arena o en cal oscura. Así, en este vaivén de los años y de la vida, el niño, este niño, otro niño, todos los niños, hará de sí mismo un argumento; de su imaginación, la fuente fresca de las ilusiones y de sus dinosaurios el puente por el que cruzar al otro lado del espejo, como una Alicia divertida y tierna, como una Katiuska con botas de piel y sonrisa imperecedera. 

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