domingo, 28 de enero de 2018

Maltratadores y víctimas: La inquilina de Wildfeld Hall de Anne Brontë

El universo cerrado en el que vivían los Brontë, las tres hermanas y el hermano, produjo unos frutos literarios diversos. Esta novela de Anne Brontë (1820-1849), podría resumirse diciendo que trata de un tipo maltratador psicológico, débil, pervertido y egoísta, así como de su víctima, una mujer que se enamora para su desgracia. 

Helen Graham cree sinceramente que ella hará posible el milagro de que su marido se convierta en un hombre cabal y deje de ser un libertino, borracho y manipulador. Así lo creen también las miles de mujeres que se enamoran del hombre equivocado. Ellas luchan contra sí mismas y contra ellos para lograr su objetivo pero terminan destrozadas, hundidas, perdidas, cansadas y, a veces, con la esperanza muerta. 

Lo peor de Arthur, el marido de Helen, es que no reconoce abiertamente su juego y eso origina que ella se sienta hasta culpable por las culpas de él. Es verdad que hay un sentido religioso en esa culpabilidad, pero también lo es que Arthur es un perfecto manipulador, esa clase de hombre que dice a cada cual lo que desea oír, que se arriesga al máximo cuando quiere conseguir algo y que persiste hasta la extenuación para que sus deseos se cumplan, caiga quien caiga y sea como sea. Un ser débil que odia, en realidad, la fortaleza de la gente honesta. Todo lo contrario a un hombre de bien. Esa es la conclusión a la que todos llegan en cuanto lo conocen un poco y, sin embargo, la duda, la enorme duda, de Helen, que lo considera una persona extraviada pero en el fondo buena. Pues la verdad les que ese fondo no existía y demasiado tarde ella lo entenderá. Pero antes han de llegar muchas lágrimas. 

Este tema tan moderno, tan actual, tan intemporal, tan vigente, se envuelve en una factura literaria victoriana que le quita parte de su potencial expresivo. Y en una estructura narrativa que favorece la expresión ciertamente alambicada del texto. Las cartas que escribe Gilbert, el joven impetuoso que se enamorará de la mujer, y los textos privados de esta, que le son dados a leer a Gilbert para que pueda comprenderla. Sorprende que la mujer sea capaz de escribir con enorme sutileza y de dibujar con talento. Ella es, en realidad, una artista, una mujer que ha desperdiciado su ingenio con un hombre despreciable. Un canalla encantador que se convierte en un decrépito truhán. 

El prefacio a la segunda edición, escrito por la propia autora, que inicia el libro no tiene desperdicio y es un testimonio muy interesante de su pensamiento, bastante más adelantado que la forma expresiva que utiliza. Insiste en que el libro lo ha escrito Acton Bell y no Currer ni Ellis (los nombres que sus hermanas y ella usaban para firmar sus libros) y hace frente a las críticas de que la novela es demasiado, fuerte y morbosa. En realidad, lo es. No solamente para esa época sino para cualquiera, porque pone de manifiesto el proceso psicológico que sigue una mujer normal cuando se encuentra con un manipulador emocional, rayano en el narcisismo perverso, que hace que ella actúe como no quiere actuar y que sienta como no debe sentir. Pero el lenguaje, la forma, es plenamente acorde con su tiempo y mucho más en este caso, porque todo responde a la narración de los hechos que hacen dos de los personajes. 

La inquilina de Wildfeld Hall. Anne Brontë. Editorial Alba, colección Minus. Traducción de Waldo Leirós. 604 páginas. Apareció publicada en 1848 y fue la segunda y última novela de esta autora. 

sábado, 27 de enero de 2018

Leer y existir. "Un debut en la vida" de Anita Brookner

A Start in Life, publicado en 1981, es la primera novela de Anita Brookner que, sin embargo, tenía ya amplia trayectoria académica y había publicado libros de Arte. Esta hija única de padres polaco-estadounidenses, que nunca se casó ni tuvo descendencia, aparece en la vida literaria española con esta traducción de su primera novela a cargo de Libros del Asteroide

La edición tiene un prólogo de Julian Barnes, impagable, que corresponde a un texto publicado originariamente en The Guardian el 18 de marzo de 2016, ocho días después del fallecimiento de la escritora. El prólogo termina así: "No creía que Anita temiese la cercanía de la muerte, porque su profunda comprensión del mundo incluía una profunda comprensión de la muerte, y me imaginé que no le inquietaba llegar al final del recorrido. No sé si efectivamente fue así, pero estoy casi convencido". 

Anita Brookner había nacido en Londres en 1926 y obtuvo reconocimientos académicos a su intuición, trabajo, inteligencia y talento. Después de su doctorado en Arte, en 1967 consiguió la cátedra Slade en la Universidad de Cambridge, la primera mujer en lograrlo. Publicó diversos estudios sobre temas artísticos y  hasta los cincuenta y tres años no publicó su primera novela, precisamente esta. Le siguieron otras veintitrés. Con la titulada Hôtel du Lac, de 1984, fue ganadora del Booker Price. 

Un debut en la vida es la historia de una mujer que ha convertido la lectura, los personajes y temas de los libros, la literatura en suma, en el referente máximo de su vida. Es el libro que todos los lectores deberían leer. Los motivos de esa mujer son sencillos: lo hace porque no tiene otro remedio, a modo de refugio, de protección. Sus padres no le ofrecen la más mínima ayuda en ese proceso vital de crecer así que el relato nos adentra en la contradicción que la vida ofrece con respecto a la imaginación, a la fantasía de la palabra escrita. Ruth Weiss, la protagonista, analiza los acontecimientos que le ocurren con cierta distancia, escepticismo, sentido del humor, pero también amargura y desolación. 

La espera ante la primera cita: "En general, el acontecimiento imaginado resulta al final bastante anodino comparado con el estado de ánimo previo". 

La ocupación laboral de cada día: "El trabajo es la vocación elegida de quienes no sienten otra llamada a su debido tiempo". 

El sentimiento amoroso: "Sin amor no había ninguna razón para la esperanza". 

La dificultad de aceptarse a sí misma. La forma en la que los otros la ven. Los amigos verdaderos y falsos. Los hombres astutos. Los hombres débiles. La vida académica. La vida real. Las pequeñas cosas. Las casas, sus objetos, sus paisajes, sus decorados. 

La madre de Ruth, Helen, es esa clase de madre que no sabe serlo porque todo su espacio lo ocupa ella misma. Histriónica, despreocupada, excesiva, con afán de protagonismo. Su padre, George, es el típico padre evasivo, con afectos discontinuos, con una gran tendencia a la comodidad y específicamente infiel. En la novela aparecen otros personajes, como su amiga Anthea, triunfadora y superficial, con la que Ruth tiene una relación de compromiso. También está la señora Cutler, oportunista ama de llaves, que se adueña del sitio de su madre hasta que se cansa del juego de las vajillas sucias y las habitaciones sin barrer. La señorita Parker, la profesora que conoce el talento de la chica y que la incita a ir a la universidad, en esa línea que tantos profesores siguen y que tantos alumnos agradecen porque, de lo contrario, se perderían muchas inteligencias. 

Richard es el hombre con el que Ruth tiene su primera cita. Una primera cita desastrosa en el apartamento mínimo y sin lujos que ha alquilado en la primera parte de la novela para no tener que soportar el estilo de vida de sus padres. Como suele suceder con muchos encuentros destinados al fracaso, Ruth lo prepara todo con esmero, se prepara ella misma para la espera, pero la contrapartida es un Richard que llega una hora y media tarde (la comida fría, el maquillaje deshecho, el corazón partido) y se pasa todo el tiempo hablándole de una de esas protegidas. Richard es uno de esos tipos que prefieren tener gente a su cargo que sentir de igual a igual.

Dejar atrás la vida de familia es un requisito del crecimiento personal. Así que ahí está París, aunque sea en una minúscula y molesta habitación, aunque eso te obligue a bañarte antes de las seis y a no tardar más de un cuarto de hora en el baño. En ese entorno de libertad, donde los paseos al aire libre, la biblioteca nacional y Balzac tendrán tanto que decir, es posible que encuentres alguna joven pareja de la que se haga amiga, algún profesor de quien se crea enamorada y algunas explicaciones para sí misma: qué desea, qué necesita, qué quiere hacer con su vida.

Como ocurre en la vida real, la familia es un peso que no puede obviarse aunque se quisiera, aunque sea tan poco cariñosa como la que forman, extrañamente, George, Helen y Maggie, la señora para todo. Y la existencia de la voluntariosa Ruth, ese sueño de experimentos propios, de flequillos a la francesa, de gabardinas y zapatos de colores claros, quizá quede truncado o, al menos, disminuido, por la obligación, esa odiosa palabra que a todos nos ata y que cercena las oportunidades y acota los deseos. Incluso cuando tus padres no son un ejemplo de perfección hay algo en ti que te advierte de que cuidar de ellos no es algo en lo que puedas opinar sino una especie de destino fijado, una marca que va de padres a hijos y viceversa.

De esta forma el libro se desliza sobre rieles firmes, sobre los pormenores de una biografía presidida por la lectura y el trabajo intelectual. La autora, cuya sólida formación se observa con toda claridad en lo culto de su lenguaje, desliza aseveraciones que merece la pena anotar y repensar. Desliza ideas, emociones, sentimientos y frases que no se pueden dejar caer en saco roto, son parte del encanto del libro, parte de su esencia, esa sensación vivísima de que asistimos a una verdad en la que nosotros también tenemos algo que decir.

Como suele pasar con los lectores, los libros, este libro, te llega en el momento adecuado. En el sitio y el lugar exactos de tu vida que te proporcionan el total entendimiento de lo que pretende decir y de lo que dice. De lo que te dice a ti directamente. No todo es agradable. La enseñanza final te crea desasosiego, precisamente por su anuncio de veracidad, por su juego de espejos, porque observas más allá de lo que se cuenta. Y Ruth va y viene de su casa a la vida de forma intermitente.

La infelicidad: "Observó atentamente a la pareja, como si fueran ejemplares de una especie desconocida. De hecho, eran una especie desconocida. Eran felices"

El enamoramiento: "Entonces ¿es todo un juego?- preguntó. Anthea también la miró con tristeza. Solo si ganas- fue su respuesta- Si pierdes es mucho más grave"

La evidencia: "El amor impone ciertas obligaciones que son constantes. Un amante intermitente no sirve de nada para una persona de valentía y dignidad"

Y, como decía Balzac: "Mejor un mal ganador que un buen perdedor".

Un debut en la vida. Anita Brookner. Editorial Libros del Asteroide. Primera edición 2018. Prólogo de Julian Barnes. Traducción del inglés de Catalina Martínez Muñoz.

miércoles, 24 de enero de 2018

De azules



(Pintura de Dorothy Johnston)

Amanece azul-prusia y las horas prosiguen azul-verde, color de mar y de brisa que vuela el río, canal arriba, esclusa, azul-cobalto, en tránsito de puentes en que es posible verte a cada instante.

Los azules pasaron tan deprisa que no fueron minutos sino estrellas. Azul-noche, brillante terciopelo. Se abrió un paisaje nunca antes conocido, escrito en un cuaderno agotado, sin rayas ni cuadros ni dibujos, un cuaderno vacío, escasamente lleno de ocultas iniciales. Azul-cielo.

Brillas con el azul, pensé cuando llegabas, con ese paso rápido, nervioso y sin respuestas. Brillas con el azul y me asusta mirarte, perdido en una llama que apagarse no puede. Brillas con el azul y mi corazón tiembla, y con tu cercanía se derrotan mis pulsos, me vence para siempre tu feroz resistencia. 

Eres azul, pensé y te miré en silencio, blindado en un espacio sideral y distante. Una estrella fugaz que surca el mediodía, incomprensible estatua de sal reconvertida, así, en lo azul, todo el momento exacto.

No quiero que estés cerca, tan azul y tan tierno, sin poder evitarlo, sin tiempo, sin excusa. Yo, a lo lejos, sin sonrisas ni palabras buscadas, sola con mi certeza inevitable y blanca. Tú, azul, todo completo, viviendo en otros mundos más allá de esa hora, sobrevolando mares que nunca tan  azules en ti se perecieron.

martes, 23 de enero de 2018

Atrapadas


(Spring. Frances MacDonald. 1873-1921)

Las ves y han olvidado sonreír. Tienen un aire cansado, como si todo el mundo cayera sobre ellas de vez en cuando. Como si ellas soportaran todo el mundo. Han perdido eso que se llama dignidad y han escalado las cimas del ridículo. Son más de lo que parecen. Tienen cargos públicos, trabajos importantes, inteligencias limpias, miradas puras. Pero cayeron en una red de la que es difícil escapar. Es una red que comienza siendo una gasa suave y delicada que te cubre, adobada con palabras amables, con canciones italianas y películas tristes. Continúa con un péndulo que se mueve, de un lado, los susurros; de otro, los gritos. Como si tuviera un aire bergmaniano inconfundible. Primero, notarás que el lazo te rodea. Después, el lazo será una mano fría. Por último, alguien se reirá de ti y te preguntará por qué no te mueves si en torno a ti no hay nada. Ese es el secreto: no hay nada donde creías que había una huella de calor. Eso que notas no existe, ni fue nunca, es una ensoñación, un juego, una trampa, todo menos lo que has pensado que era. Es un peligro. Y tú una víctima. Vosotras, las dos, las que no tenéis sonrisa porque la habéis perdido al olor del narciso. 

Una distancia cierta


(Pintura de Dorothy Johnstone. 1892/1980)

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Ella era una ola y se transformó en mesa. En una mesa estática, dura y esquinada de aristas. Nada de la dulzura, nada del tiempo presentido, nada del deseo satisfecho. Entendió, como tantas otras veces, que perseguía un imposible. Un sueño sin respuestas. Ese hombre nunca sería el portador del abrazo que su cuerpo necesitaba con urgencia. Nunca sería el dueño de la sonrisa que le devolvería la confianza en sí misma. Nunca sería nada más que una sombra al otro lado del hilo telefónico.

Sintió frío. Le ocurría algunas veces. Cuando, después de un breve momento de euforia, lograba aterrizar y entender en todo su sentido que estaba persiguiendo una inútil empresa. No habría nada en él que a ella le supusiera algarabía, ni esa sensación única del tiempo que pasa muy deprisa porque alguien al otro lado nos espera. Odiaba esa palabra. Esperar es para ella un pecado, algo que nunca se convierte en vida, una entelequia, un absurdo, una equivocación reiterada.

Tuvo miedo. El miedo se aposenta y no se marcha por mucho que ella quiera conjurarlo con risas. La risa es un disfraz. Una manera de no morir, de no sentir que la vida se lanza por un burdo agujero inevitable sin forma ni motivos. La risa es una excusa. El final de una frase para intentar que todo se convierta en esa confesión que ha de callar si quiere seguir siendo lo que es. La risa es un disfraz.


Se ha quedado prendida, perdida en un hilo de pensamiento que va rondando su cabeza cada vez que descubre la evidencia. Que no existe nada más que el silencio, que esta soledad no es momentánea, que no es sino humo lo que vive, que no hay nada más que distancia, una distancia cierta y la callada respuesta de unos ojos llorosos. 

lunes, 22 de enero de 2018

Cosas inútiles


(Pintura de Dorothy Johnstone. 1892/1980)

Realmente, dice ella, esta es una despedida inútil. Sé que no leerá estas palabras. Está demasiado ocupado, su cabeza anda enfrascada en temas importantes. El amor es un sucedáneo del aburrimiento, así que no le prestará atención. Me despido, entonces, no de él, sino del amor que le tuve. Lo dice mientras agacha la cabeza, abate los ojos y sonríe tristemente. Esa es una tristeza sobrevenida, pienso. Ella ha perdido la alegría. Se ha quedado secuestrada en cualquier encuentro baldío. En una conversación venida a más por la rabia y la indiferencia.

Realmente, dice ella, no debería decir nada, puesto que el silencio ha sido mi santo y seña todo el tiempo. Cómo terminar lo que no ha empezado, continúa. Si entonces, cuando mi corazón saltaba al presentirlo, mis palabras nunca confirmaron su latido, qué sentido tendría ahora, cuando ya sé que la inutilidad golpea mis pasos y al final de ellos no hay ningún atisbo de su presencia. Ella mira a lo lejos, entreabre los ojos y guarda en ellos sus miles de secretos. Nada ha sido dicho tampoco ahora, pienso. Ella permanece callada.

Realmente, dice ella, no entiendo cómo he llegado hasta aquí. De qué manera la emoción me contagió al mirarlo. Cómo guardé dentro de mí lo que era, sin que me perteneciera nunca. A lo lejos, en cualquier parte, un hilo de su vida parecía revolotear en torno mío. Y por eso creí que las cosas eran posibles y los deseos podrían cumplirse. Pero me equivoqué. Esa certeza la ha asustado, corroboro. Por eso no quiere confrontar lo que piensa, lo que sabe o vive. Y prefiere cerrar los ojos y las manos, manos cerradas que no esperan nada, ni ternura, ni vida. Nada ardiente, clamoroso vacío. 

domingo, 21 de enero de 2018

Rosa de sal


(Willa Cather, escritora, 1873-1947)

Vivía el desprecio como una afrenta diaria y se convertía por eso en una mujer dura, plena de aristas, convencida de que nada merecía ya la pena. Todo se volvía sal dura, suelo plagado de piedras, bosque sin sol, camino sin horizonte. Así sentía que la vida se iba y que ella marchaba sin control, como si condujera un bólido en medio de un desierto de arena. Eso era el desprecio y eso era el juego peligroso que surgía sin que pudiera evitarlo. Cada vez que se reblandecía su corazón, saltaba la chispa y todo se iba en fuego, en pavesas que quemaban la piel tanto como el espíritu. Así, como quien salta obstáculos, como quien teje desdichas, como quien rebasa el límite, así sabía de cierto que su única esperanza era correr, correr, correr sin mirar atrás, sin volver la cabeza, correr hasta que el aire dejara de traer su perfume, hasta que el cielo dejara de reflejar el lazo firme con el que parecía atarla cada día. 

sábado, 20 de enero de 2018

Dulce y amargo. "La Oficina de Estanques y Jardines" de Didier Decoin

Miyuki tiene veintisiete años y acaba de enviudar. Su marido, el pescador Katsuro, se ha ahogado en el río Kusagawa. Ese río era el sustento de ambos y también de la aldea en la que viven, Shimae, porque el pescador tiene una importantísima misión: Llevar cada año las mejores veinte carpas de los estanques cercanos al río a la ciudad imperial donde reina un joven emperador de quince años. 

A pesar de ello y de que la aldea recibe privilegios imperiales por esto, Katsuro y Miyuki  son gente muy pobre, tanto que apenas poseen objetos. La posesión de cosas es un signo de opulencia que ellos no conocen y por eso tienen un pequeño truco, o grande, según se mire, esto es cambiar de sitio los botes, los cuencos, los objetos de su casa. De esa forma, se sorprenden de hallarlos y así pueden pensar que son nuevos. 

Katsuro es un hombre de pocas palabras, que apenas se expresa y menos con extraños. Ella cree en los poderes sobrenaturales de su única posesión terrenal, un tarro para guardar la sal que ha heredado de su madre y esta de su abuela y así sucesivamente. 

Es una copia de una cerámica china de la dinastía Tang y a ella confía Miyuki el poder de que su vida continúe y no termine al tiempo que la de Katsuro aunque a nadie extrañaría que ella se suicidara para reunirse con su pobre marido. Al fin y al cabo, una viuda vale menos que nada. 

Pero las cosas transcurren de otro modo. La partida de carpas de ese año ha de ser llevada al emperador y se designa para ello a la viuda que deberá recorrer kilómetros y conocer lugares, cargada con una pértiga de la que cuelgan dos enormes cestos, llenos de carpas. Ese será un duro camino que hará que la joven vislumbre aspectos de la vida que no hubiera querido conocer. Pero son las últimas carpas que su marido pescó. Y ella es, sobre todo, una mujer enamorada. Amor más allá de la muerte, podíamos decir. El triste destino de las viudas en aquellos tiempos, añadimos. Se trata de una mujer marcada, una mujer de la que todo el mundo sabe que está sola y que no tiene ninguna protección ante todo aquello que le salga al paso. Y en el viaje habrá ocasión de poner a prueba su resistencia y esa fortaleza única que le otorga haber conocido el amor intensamente, haber amado y haber sido amada. 

Así, con todos estos detalles tan pequeños y a la vez tan potentes, se desenvuelve la historia que Didier Decoin ha titulado La Oficina de Estanques y Jardines. Decoin ha estudiado detalladamente la cultura japonesa, su modo de vida, sus costumbres y todo aquello que atañe a la vida cotidiana, en verdad lo más cercano a la realidad que uno puede estudiar acerca de una civilización cualquiera. 

El amor como motor de la vida, la sensualidad, la violencia, la ignominia, todas las emociones buenas y malas que suelen envolver a los hombres, aparecen reflejadas en las 352 páginas del libro. El telón de fondo es el Japón del 1100, lleno de ocultamientos, ritos, costumbres ancestrales y también de peligros y sinsabores, diferencias sociales y personajes siniestros. Sobre todos ellos triunfará  (o no), la capacidad del ser humano para retener en su memoria los sentimientos profundos, aquellos que dan vida y que refuerzan el espíritu. 

La Oficina de Estanques y Jardines, de Didier Decoin. Editorial Alfaguara. Enero, 2018. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. Colección Narrativa Internacional. 352 páginas. En e-book y en papel. 

Reseña del autor (editorial Alfaguara): 

Didier Decoin (Boulogne-Billancourt, 1945) es guionista, escritor y periodista. Publicó su primera novela con veinte años, Le Procès à l'amour, a la que han seguido una veintena de títulos, entre los que destacan Abraham de Brooklyn (Premio de los libreros 1972), John L'Enfer, con la que ganó el Premio Goncourt en 1977, La camarera del Titanic (1991) o Es así como mueren las mujeres (2009). Como periodista ha colaborado con medios como Le Figaro o France Soir, y en su carrera como guionista ha trabajado al lado de grandes nombres del cine como Marcel Carné, Robert Enrico o Maroun Bagdadi. Desde 1995 forma parte de la Academia Goncourt, de la que es actualmente el secretario general. Tras doce años investigando la cultura nipona, La Oficina de Estanques y Jardines es su última y aclamada novela, que ha ganado el Premio de los Lectores L'Express-BFM TV y está siendo traducida en catorce países.

domingo, 14 de enero de 2018

La música de las despedidas


Si te amanece una mañana fría, con densa niebla a tu alrededor, con la humedad prendida hasta los huesos, con un palpitante deseo de que aparezca el sol y este no llega, si te amanece así tendrás que echar mano de los cuentos de hadas para saber que, antes de su final, hay siempre un tiempo de desolación, de búsqueda, de camino sin vuelta, de colores baldíos. 

Aprende a despedirte de los sueños que no tienen retorno, que no se comunican con tus sueños, que no tienen la vida incrustada en las manos. Aprende a despedirte de aquello que no escribiste tú, de las letras de otros, de las viejas mentiras que escuchaste porque estabas cansada y no había tiempo de cambiar la canción. Aprende que las despedidas no siempre significan adiós, y que algunos adioses te traen hasta ti misma la esperanza. 

miércoles, 10 de enero de 2018

La esperanza es un dinosaurio azul



(Foto: Damián escribe sueños con sus animales)

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, extiende por el suelo sus pequeños tesoros. Estampas de seres extraños, de la legión oscura, de batallas inconfesables; animales mitológicos, inocentes, antiguos, reales; trocitos de papel de colores que semejan montañas, ríos, valles y salvajes desembocaduras; tribus domésticas y otras más estrafalarias. Y dinosaurios. Los dinosaurios tienen nombres que el niño aprenderá a pronunciar como si fuera en otro idioma y que nunca se irán de su memoria y que lo mantendrán embelesado, dueño de una visión que nadie más conoce, que nadie entiende. 

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, ha escrito en su cabeza una tremenda historia. Un relato en el que aparecen los buenos y los malos, en el que brilla alguna incertidumbre, en el que las palabras se conjugan para formar un tapiz de emociones inabarcables. Es el autor de algo que lo conducirá, desde el suelo de la habitación de juegos, a una galaxia con nombre de reyes del pasado, que llegan desde un nórdico paisaje a la calidez de la tierra del sur, al aire del mar atlántico o al mediterráneo, subido sin bridas en un caballito que dibujaba un hombre y que lo conduce al sueño posible de una infancia mágica. 

El niño, este niño, otro niño, todos los niños, crecerá soñando con que es posible una batalla campal en la que florezcan animales bellísimos, cursos de agua vencidos por cataratas de sueños, naciones enteras sumergidas en la corriente tibia de los besos, hallazgos únicos de esperanzas que nadie podrá convertir en arena o en cal oscura. Así, en este vaivén de los años y de la vida, el niño, este niño, otro niño, todos los niños, hará de sí mismo un argumento; de su imaginación, la fuente fresca de las ilusiones y de sus dinosaurios el puente por el que cruzar al otro lado del espejo, como una Alicia divertida y tierna, como una Katiuska con botas de piel y sonrisa imperecedera. 

martes, 9 de enero de 2018

Penelope Fitzgerald: una outsider de la literatura


Lo cuenta Hermione Lee, su biógrafa: "Cuando en 1979, a los sesenta y tres años de edad, Penelope Fitzgerald recibió inesperadamente el Premio Booker por Offshore (que en castellano se tradujo como A la deriva), les dijo a sus amigos: Ya sabía que era una outsider"

Si has leído algún libro de esta escritora sabrás que estaba en lo cierto. El más famoso de todos ellos, La librería, tiene como protagonista a una viuda pobre, Florence Green, que pone todo su empeño en sacar adelante su librería en un pueblo de la costa inglesa y termina por desistir ante la presión de las fuerzas vivas del pueblo, ancladas en lo políticamente correcto. Florence Green es, en este sentido, una perdedora. Viuda (lo que significa que estaba sola, sin ningún hombre que la defendiera, según los cánones de la época, mediados del siglo XX), pobre (sin recursos, teniendo que pedir préstamos a los bancos para poder subsistir), sola (únicamente un anciano y una niña creerán en ella), mujer (con lo que esto significa de añadido de las dificultades, de vulnerabilidad) y utópica (pensar que una librería que pusiera a la venta Lolita, el escandaloso libro de Nabokov que puso en circulación la editorial Olimpia,  iba a seguir existiendo en un pueblo conservador era una verdadera utopía). 

Los personajes de la orilla de la vida, los que son más desfavorecidos, los fracasados, esos son los que llaman la atención de Fitzgerald y a ellos los convierte en parte de sus obras. También los que van contracorriente, los que tienen y defienden otras ideas, los difíciles, raros y confusos. Tenía un gran sentido del humor pero, al tiempo, un aire melancólico e irónico propio de quien posee una inteligencia especial y una empatía muy superior a lo normal. Además, poseía sus propios gustos literarios, leía a gente casi desconocida y buscó durante los veinticinco años en que se dedicó a escribir y publicar aquella editorial que estuviera más acorde con sus gustos, la Collins. 

Empezó a escribir a los cincuenta y ocho años, publicó su primera novela a los sesenta, pero en los años siguientes, hasta su muerte en el año 2000 fue capaz de escribir una enjundiosa obra, nada menos que nueve novelas, tres biografías y numerosos ensayos y reseñas. Era una escritora que leía mucho. Sus seguidores eran y son casi una secta, gente muy convencida del estilo y del valor de la escritora. En sus obras hay elementos sacados de su propia vida, experiencias vividas, frutos de su imaginación y obras con trasfondo histórico que se debían a su talento casi mágico. 

Puedes leer La librería, La flor azul, La puerta de los ángeles, El inicio de la primavera, Inocencia, todo ello en la editorial Impedimenta, que ha puesto la obra de Penelope Fitzgerald a disposición de los lectores españoles, en una labor encomiable y muy necesaria. En fechas próximas de este año 2017, la misma editorial publicará A la deriva. 


jueves, 4 de enero de 2018

"Todo es posible" de Elizabeth Strout

Que Elizabeth Strout es una narradora extraordinaria ya lo había comprobado con Me llamo Lucy Barton. Y, después, con Amy e Isabelle, ambos reseñados en este blog.

Ahora, esa condición de observadora privilegiada y de escritora dotada de recursos, escudriñadora del alma humana y dueña de una mirada compasiva y empática, vuelve a ponerse de manifiesto con este libro de relatos Todo es posible. Relatos que no aparecen desconectados unos de otros sino que se van moviendo en círculos en torno a las mismas personas, a las que se añaden otras circunstanciales. Lucy Barton, la muchacha pobre que vivía en un entorno familiar desfavorecido y que logra salir adelante y convertirse en escritora, ilumina esos relatos a su manera.

Son nueve los relatos que aparecen en el libro: La señal, Molinos de viento, Rota, La teoría del pulgar magullado, Misisipi Mary, Hermana, El hostal de Dotti, Cegados por la nieve y El regalo. 

De ellos, mi apreciación personal elige Molinos de viento como el más intenso, el más lleno del perfume Strout, el que enternece más, el que más llega. Supongo que estas elecciones son profundamente íntimas, cada uno de los lectores tenemos la capacidad de decidir cómo leemos y cómo sentimos cada una de las cosas que lee. Y con Elizabeth Strout hay mucho donde escoger.

En Molinos de viento la protagonista es Patty, una orientadora de secundaria, en la cincuentena, con una madre a punto de caer en la demencia y que ha tenido una vida, digamos, voluptuosa; una hermana que no quiere divorciarse y que ansía vivir con el mayor lujo (sabremos de ella en el cuento siguiente, Rota), un trabajo duro, en el que tiene que lidiar con alumnos problemáticos; un marido que muere al principio de la historia y con el que nunca ha podido tener relaciones sexuales y un amor platónico, Charlie, el hombre tranquilo.

"Hacía unos años, una mañana en la que el sol inundaba su dormitorio, Patty Cicely tenía el televisor encendido y el sol impedía que lo que aparecía en pantalla se viera desde determinados ángulos". Este es el comienzo de Molinos de viento y lo que aparece en pantalla es una entrevista con Lucy Barton (una niña de la infancia de Patty, con una familia basura), que va a publicar otro libro y que vive ahora en Nueva York. Barton es la celebridad del pueblo pero, lejos de admirarla, la gente se pregunta cómo ha podido sobrevivir a la miseria y cómo ha llegado a ser lo que es. Esa superación de las dificultades es lo que Patty ve en ella y lo que, tras leer su autobiografía, le sirve para dar pequeños pasos en su propia vida. Pequeños pasos con su madre, a la que debe perdonar y decir que la quiere; con su hermana; con sus alumnos y con Charlie, ese hombre que nunca compartirá con ella nada más que un rato sentados en los escalones al sol.

Lila Lane, la alumna, que es sobrina de Lucy Barton (y que, por lo tanto, comparte la misma sordidez familiar); Angelina, la amiga; Charlie, el amor imaginado; todos, la misma Patty, son reos de desesperanza. La ilusión no existe para ellos, tampoco el futuro. Dejan que los días pasen en absoluta indiferencia, sin planes y sin deseos. El deseo es una palabra cuyo significado no entienden. Por eso resulta tan doloroso y estimulante ver cómo Lucy Barton, que ha partido de mucho más abajo que ellos, se pasea por las televisiones con sus libros y es capaz de escribir cosas que a ellos les resultan tan necesarias, tan llenas de música para adornar sus propias vidas.

"Lucy Barton había sufrido sus propias ignominias; vaya que si las había sufrido. Y se había levantado y había seguido adelante"

El papel salvador de la palabra. El hueco que el talento bien llevado proporciona a las personas sin hogar y sin referentes sólidos. La valentía de reconocer lo que uno es y de saber qué es lo que quiere conseguir. Todo eso es lo que Strout plasma en estos relatos. Lo ha hecho ya en otros libros, pero ese camino trazado continúa aquí. De ahí que leerla sea un ejercicio de comprensión de nosotras mismas. Y de esperanza, quizás. No demasiado, pero casi.

ELIZABETH STROUT nació en Maine, pero desde hace años reside en Nueva York. Es la autora de Olive Kitteridge, novela por la que obtuvo el Premio Pulitzer y el Premi Llibreter, Los hermanos Burgess, Abide with Me y de Amy e Isabelle, que fue galardonada con el Art Seidenbaum Award de Los Angeles Times a la primera obra de ficción y el Heartland Prize del Chicago Tribune. También ha sido finalista del Premio PEN/Faulkner y el Premio Orange de Inglaterra. Sus relatos se han publicado en varias revistas, como The New Yorker y O, The Oprah Magazine (reseña biográfica de la editorial Duomo) 

"Al caer la luz" de Jay McInerney

Al caer la luz no es un libro fácil. Su aparente tono de alta comedia esconde algunas claves que son propias de la clase social a la que se refiere. Y esa apariencia confunde. La pareja protagonista podría ser un ejemplo de "gente guapa", gente que lo tiene todo y que, por tanto, debería ser feliz de oficio. Russell Calloway es un hombre brillante y su oficio, editor, le depara conocimientos y contactos que cualquiera envidiaría. Por su parte, Corrine, su esposa, es una agente de Bolsa que trabaja en Wall Street. Todos sus amigos consideran que son la pareja perfecta, el perfecto matrimonio, esos que pueden soportar el escrutinio más avezado, la luz más potente.

El telón de fondo, el espacio en el que desarrolla la vida, es la ciudad de Nueva York. No hay otra más fotografiada, glosada, referida en libros y en ensayos, filmada en películas de distinto sello. Pero Nueva York no es una urbe monolítica, sino que esconde secretos, formas de vida, muy diferentes. Y, por otro lado, los cambios sociales y económicos han tenido en su sociedad más aparente su primera presa, su primer ejemplo. Los Calloway y Nueva York son un trasunto de la sociedad moderna, la que está a punto de caerse y se sostiene sobre un pie. Como si dijéramos, el libro es, por lo tanto, la historia de una enorme contradicción, reflejada en una aparente tranquilidad. El humor que destila, la ironía, el cinismo también, es solo uno de los modos en que la novela se presenta al lector. Luego hay otras lecturas menos aparentes (de nuevo la apariencia) pero, quizá, más certeras. O no.

Esa inestable firmeza se halla también en el matrimonio de los Calloway. "Ella había llorado a la mañana siguiente de su boda, sin saber realmente por qué, y el pobre Russell se sintió desconcertado y culpable, preguntándose qué pasaba". En torno a ellos dos se mueve un grupo de personas que representan existencias distintas y que, por lo tanto, van a tener diferente final, algunos un final muy cercano. Las intrigas editoriales, los avatares de quienes tienen que encontrar su hueco al sol, se mezclan con la propia cotidianeidad de la pareja, que tiene que subsistir en medio de ese todo variable y huidizo.

Ellos ni siquiera están de acuerdo en la urgencia de tener un hijo. Pero, cuando lo pierden, una especie de hilo va a amarrarlos de nuevo. La pérdida del hijo antes de nacer significa un punto y aparte en la vida de Corrine, como suele ocurrir con cualquier mujer. "Al principio estaba enfadada con él y le recordaba las muchísimas veces que había dicho que o estaban preparados para tener un hijo, pero finalmente se dio cuenta de cuánto sentía él también la pérdida. Y cuando Russell le dijo que se sentía culpable porque durante unos instantes se había preguntado si podrían permitirse tener un hijo y había considerado una alternativa, Corrine fue capaz de tranquilizarlo y ver en perspectiva su propio sentimiento de culpa" 

La duda, el miedo, el fracaso, el desamor, la enfermedad y la muerte, se introducen en la narración de una manera natural, cómo no podía ser de otra forma. El libro así se va deslizando, desde la apariencia frívola de la primera escena, cuando un grupo de amigos está cenando en casa del matrimonio en el momento en que ella cumple treinta y un años, hasta un horizonte más oscuro, pesimista y lleno de las contradicciones de lo que llamamos vida moderna. O posmoderna, quién sabe.

Al caer la luz. Jay Mclnerney. Libros del Asteroide, 2017. Traducción Mariano Antolín Rato. 

miércoles, 3 de enero de 2018

"Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York" de Gail Parent


Yo de vosotras, chicas, leía este libro. Porque es la nota de suicidio más divertida que os podáis imaginar. Y os hablo de tú, permitidme. Una nota de suicidio puede ser un rollazo sin más o puede ser algo que te haga desear que nunca termine, esto es, que la chica que la escribe no se suicide y que te siga contando muchas cosas. 

Sheila Levine tiene treinta años y le va fatal en la vida. Necesita que le ocurra lo mismo que a sus amigas: tener novio. Tiene que ser judío, ella lo es y su madre se empeña en ello. Pero Sheila no es muy agraciada fisicamente, tiene cierto sobrepeso y tampoco es una lumbrera. Una chica normal tirando a regular, tirando a tienes que mejorar en casi todo, tirando a propósitos de año nuevo muchos y diferentes. 

Dadas las circunstancias Sheila opta por el suicidio. Sí, al fin y al cabo no tiene nada interesante que hacer en la vida, sus perspectivas son escasas y se ha hartado de esperar que todo cambie. Pero suicidarse no es tan fácil, al menos, suicidarse bien. Porque, ya que la vida de una ha sido una auténtica mierda, al menos que en el suicidio todo quede atado y bien atado. Vaya a ser que, encima, hagas el ridículo. Y el ridículo nos acecha en cualquier momento, sobre todo cuando no tenemos la suerte de cara casi nunca. 

Si te fijas, Sheila, cuya historia se publicó en 1972, puede muy bien ser el antecedente de Bridget Jones, la treintañera acomplejada, con exceso de verborrea y de afición al vodka que contó en su Diario cómo todos los intentos de que su vida sentimental y laboral la condujeran al éxito eran inútiles. Basta recordar su problema endémico con las citas: si usaba braguitas súper sexys estilo pantera sin domesticar, no podría ocultar esos cinco o seis kilos de más que le molestaban para lucir un petit robe noir. Pero, si se ponía las braga-fajas que lo lograban, entonces no habría forma de que la cita saliera bien. Un problema, sin duda. 

Quizá Sheila prepare el terreno para esa Carrie Bradshaw de "Sexo en Nueva York" o, todavía más, para la Hanna de "Girls" por Lena Dunham. En todo caso, comedia, comedia, comedia, basada en que una mujer se lía la manta a la cabeza y decide afrontar con humor sus kilos, sus fracasos, sus inutilidades y la completa fragilidad que amenaza sus sueños de futuro. 

Puestos a comparar ha habido quien ha tenido la ocurrencia de semejar a Sheila con las chicas Austen, al menos con alguna de ellas. Bien. Esto tendría mucho que decir y que discutir. Se da el caso de que las chicas Austen, proclives al humor, nunca se intentarían suicidar. Y las que podrían tener tendencias suicidas, no tienen sentido del humor para una preparación tan minuciosa y desternillante. Así que no. No convenimos en que es una austeniana de pro salvo en pequeños detalles transversales que, quizá, sean los menos aparentes aquí. Y salvo las ganas de casarse, claro. 

Gail Parent (1940) es la autora de esta novela que fue, en su tiempo, un auténtico best-seller y que merece la pena leer y recordar. Surgió en la década en la que tanto Philip Roth, en la literatura, como Woody Allen, en el cine, estaban escribiendo una nueva etapa en la que los personajes se cuestionaban a sí mismos tanto como a la sociedad en la que vivían. La herencia del sesenta y ocho produjo tipos extraños, mujeres altamente obsesivas, traumas de todo tipo y frecuentes visitas al psicoanalista. En este tiempo, las consultas a los psicólogos o los psiquiatras en los Estados Unidos se convirtieron en lugar de peregrinación y ellos en tipos inmensamente ricos. 

En medio de tanta trascendencia la historia de Sheila Levine es un vaso de agua fresca para tomarlo en el descanso del aeróbic o de la sesión de pilates. Una forma sencilla de sonreírnos a nosotras mismas. Y de traspasar cualquiera de sus aventuras a nuestro propio horizonte vital. 

¿Por qué no reírnos de esos momentos en los que andamos por la casa vestidas con una vieja camiseta rosa, harta de usar, y suena el teléfono para invitarnos a salir y entonces saltamos como ardillas, lanzamos la camiseta a sabe Dios qué distancia, nos duchamos, maquillamos y corremos salvajemente en post de unos momentos que nos harán disfrutar tanto como sufrir?  Pues la cosa, al fin y al cabo, es de risa. Hay que leer a Gail Parent y conocer a Sheila Levine para corroborar ese incipiente pensamiento que nos afirma en la idiotez que supone darle importancia a los tipos pagados de sí mismos. Para reiterarnos que vivir es bastante más que tener la talla cuarenta. Para recuperar esa sana joie de vivre que se nos escapa sin darnos cuenta al tropezar con piedras rocosas que deberíamos despejar elegantemente de nuestro camino. Así sí. 

Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York. Gail Parent. Traducción de Rodrigo Fresán. Editorial Libros del Asteroide.


"La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey" de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows


Desconocía hasta ahora que las islas del Canal, que forman los archipiélagos de Guernsey y Jersey, habían sido los únicos territorios británicos ocupados por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Esta es una de las cosas que se escapan en los libros de historia. Tampoco sabía que en Guernsey escribió Victor Hugo "Los miserables". Y, por supuesto, no sabía nada de Mary Ann Shaffer. Es lo que ocurre con los libros. Abres uno y no te imaginas cuántas cosas se van a remover. Ahora mismo no logro recordar cómo he llegado hasta el libro. Creo que sería en una de esas incursiones que hago por las editoriales, mejor dicho, por sus páginas webs. Me decía mi hijo hace un rato que antes se hablaba de "ratón de biblioteca" para designar a alguien que anda perdido en la lectura y encontrando los libros más curiosos en los estantes, pero que ahora habría que usar el título, más actual, de "ratón de internet". Mouse de Internet, para ser más exactos. Él y yo somos mouses de Internet. 

La forma epistolar del libro sirve para conocer a muchos personajes. Podría parecer confuso ese ir y venir de cartas y postdatas, pero, en realidad, la historia se abre paso de manera diáfana, con un inteligente marco narrativo y una encantadora disposición a hacernos partícipe de los hechos. Tenemos la sensación al leer el libro de que nos asomamos a una ventana entreabierta. No a una puerta que dé paso a los paisajes y a los actos sin más, sino a una ventana que el viento hace oscilar y a través de la cual queremos mirar tanto el interior como el exterior. Lo que se cuenta es un caleidoscopio, un puzzle que termina completando una imagen única y especial de unos acontecimientos y unos personajes imbricados tanto en la historia como en la vida.

Lo esencial, sin embargo, son los libros. Los libros que se leen, la gente que los escribe, la gente que los lee. La sociedad literaria es el salvavidas de una noche peligrosa y del resto del tiempo. Personas condenadas a sufrir necesidades, angustias y ansiedades sin límite, incluso a perder la vida, se encuentran con las barcazas que flotan en la mente sin que puedan detenerse, los libros, la palabra impresa, la imaginación, el pensamiento, las historias de otros, que dejaron escritas para ser leídas por ellos.

Por eso, aunque ocurren cosas terribles, es un libro esperanzador. Por eso, aunque hay muchos personajes, la mayoría episódicos, da la sensación de que nos conocemos todos. Por eso sobrevive la bondad.

Juliet, una escritora de treinta y dos años, que ha publicado una biografía de Anne Brontë, recibe la carta de un hombre llamado Dawsey Adams, que escribe desde Guernsey, una de las islas del Canal. Estamos en 1946 y Londres se intenta recuperar de los bombardeos. En esa devastación la propia Juliet tiene que encontrar un tema para su próximo libro, pero no es capaz de hallar la inspiración. A partir de la carta de Dawsey se pondrá en marcha un mecanismo de relojería que acercará, de forma milagrosa, a Juliet a la comunidad de las islas del Canal que se reúne en torno a los libros. En un momento dado, de la correspondencia se pasará al encuentro y de ahí, quién sabe. El resto es spoiler.

La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey. Mary Ann Shaffer y Annie Barrows. Editorial Salamandra, sección narrativa. Traducción del inglés de Cristina Martín Sanz. Primera edición mayo de 2018. Cubierta: Ilustración de Mary Wethey. 

Un té fuerte sin limón. "El caso de Betty Kane" de Josephine Tey


(Portada de El caso de Betty Kane, publicado en castellano por Hoja de Lata)

Estoy entusiasmada con este libro. Me ha cogido por sorpresa. Es una de esas compras que haces sin saber muy bien por qué. O sí, el diseño de la portada, el título, el hecho de que sea de una editorial desconocida hasta ahora para mí. El caso es que he acertado y mi olfato lector no se ha equivocado tampoco esta vez. Estoy entusiasmada. 

Podríamos resumir la cosa diciendo: he aquí una educada excentricidad convertida en argumento y plasmada en personajes tan improbables como auténticos. 

El protagonista es Robert Blair, un abogado formal, ceremonioso, cuarentón, buena persona, anclado en una vida rutinaria, tanto a nivel profesional, en una firma "de toda la vida", como en su vida personal. Vive con su tía Lin y todo está perfectamente organizado, tanto las compras domésticas, como la tarta de manzana, como las cenas y la vida social. Juega al golf, charla con sus amigos, atiende a sus clientes, nada del otro mundo. A un hombre así hay que complicarle la vida con un caso legal enrevesado y pintoresco al mismo tiempo. Y eso hace Josephine Tey porque le pone por delante a las dos mujeres más exóticas y particulares que pueden hallarse en esas campiñas inglesas. Una madre y una hija, las Sharpe. La señora Sharpe es una anciana inteligente y tenaz. Marion Sharpe, la hija, es especialmente luminosa y tiene unos bonitos ojos grises. Parece una gitana con sus pañuelos de colores al cuello y su tez morena, recalca la autora. Ay, qué difícil debe ser resistirse a esta escéptica espontaneidad si uno es un tipo inglés convencional y falto de emociones. 


(Ilustración de una de las novelas protagonizadas por el inspector Alan Grant) 

Ambas mujeres son acusadas por una jovencita de secuestro y palizas. La jovencita es Betty Kane, omnipresente todo el relato y, al tiempo, en una zona oscura que no nos permite conocerla bien. Parece que su declaración es convincente pero pronto comienzan las dudas y, sobre todo, nadie que trate a las Sharpe podría creer algo así. La sociedad malpensante de Milford hará todo lo posible por incordiar a las supuestas secuestradoras pero no todo es tan sencillo. A pesar de la inestimable colaboración de la prensa amarilla (eso que es tan inglés) hay una contumacia en la lucha por descubrir la verdad que va a generar contradicciones, encontronazos, cristales rotos y muchos datos en danza hasta que sepamos qué ocurrió y por qué.


(Escena de la película de 1951 sobre el libro)

Los personajes protagonistas del libro son enternecedores pero no se quedan atrás los secundarios: ese primo Nevil, que es poeta y va a casarse con Rosemary, capaz de dar pábulo a las habladurías más tontas, según su prometido. Esa Cristina, la empleada de hogar de la casa de Blair, que se dedica a cambiar de fe y de iglesia cada cierto tiempo. La propia tía Lin. Los empleados del garaje. Los empleados de los cafés y de los hoteles. Los miembros del bufete. Kevin Mcdermott es un prestigioso abogado londinense que estudió con Robert y que le dará su sagaz opinión del asunto. En Milford hay otro abogado, Ben Carley, muy distinto al estilo del bufete Blair, que también tendrá algo que decir. La autoridad policial, es decir, el inspector Grant de Scotland Yard y el inspector de la policía local Hallam. Todos aparecen retratados con fiabilidad, con una visión a la vez objetiva y llena de pequeñas trampas sentimentales. Un retrato excepcional. 


(Josephine Tey en 1914, con sus hermanas Jean y Etta. Ella es la del centro)

El libro transcurre sin sobresaltos artificiales pero con la tensión debida a una historia policíaca. Estas escritoras inglesas que son capaces de convertir la vida cotidiana en un misterio palpable son extraordinarias. Detenerse en detalles sutiles o sencillos no quiere decir que se abandone el gran asunto, no quiere decir que se desvaríe o se merodee, al contrario, es contribuir al gran retablo de personajes y hechos que, al final, encajará de forma única y te dará el relato completo, absoluto, esclarecedor. Genial Josephine Tey, de quien antes no había leído nada pero de la que me confieso desde ahora una lectora total. 

Este es el segundo libro que la editorial Hoja de Lata publica de ella. El primero fue La señorita Pym dispone, que se publicó en 2015 y que tuvo, según la propia editorial, una "excelente acogida". Lo creo a pies juntillas. 

Josephine Tey era escocesa. Nació en la localidad de Inverness en 1896 y fue profesora de Educación Física hasta que se decidió a dedicarse a la escritura, en 1926. Su verdadero nombre era Elizabeth McKintosh. Creó el personaje de Allan Grant, inspector de Scotland Yard y protagonista de varias de sus novelas. También escribió teatro y biografías. The Franchise Affaire es el título original de El caso de Betty Kane y se publicó en 1948, siendo llevada al cine en 1951 en la película del mismo título con guión y dirección de Lawrence Huntintong y con las interpretaciones de Michael Denison y Dulcie Gray. 


(Imagen de la película de 1951)

En 1988 se realizó una serie de TV de seis capítulos, con igual título que el libro original y con Patrick Malahide en el papel de Robert Blair y Joanna McCallum en el de Marion Sharpe. 

El caso de Betty Kane de Josephine Tey. Editorial Hoja de Lata. Colección Sensibles a las Letras. Primera edición junio del 2017. Segunda edición septiembre del 2017. Traducción de Pablo González-Nuevo. 
Título original: The Franchise Affaire

martes, 2 de enero de 2018

"Stoner" de John Williams



Pongamos que hay que decidir qué libros son imprescindibles. Pongamos que nombro este libro de John Williams (1922-1994) que se publicó en 1965 y que fue la tercera novela de este escritor. Novelista, también poeta, periodista, editor, doctor en Literatura Inglesa por la Universidad de Missouri. Un hombre de letras, yo diría, un humanista, en el sentido más cercano de esta palabra, el que aprendimos al describir aquellas personas que tienen un hondo sentido de la humanidad como centro del universo. 

Un amigo me descubrió Stoner. Llego a los libros de formas muy diferentes, pero algunos han surgido de la mano de alguien. En este caso, en el verano de 2014, todos los libros eran para mí bienvenidos, puesto que solo era yo y los libros, solo era yo y la soledad, solo yo y la desesperanza. Así que Stoner arribó en el momento oportuno a mi casa del Aljarafe, grande, soleada y solitaria. 

Resulta raro pero es así: el primer párrafo del libro describe toda la obra. No hay misterio ni ocultación. Es lo que cuenta y resume sin darle apenas importancia:

William Stoner entró como estudiante en la Universidad de Misuri en el año 1910, a la edad de diecinueve años. Ocho años más tarde, en pleno auge de la Primera Guerra Mundial, recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñó hasta su muerte en 1956. Nunca ascendió más allá del grado de profesor asistente y unos pocos estudiantes le recordaban vagamente después de haber ido a sus clases. Cuando murió, sus colegas donaron en su memoria un manuscrito medieval a la biblioteca de la Universidad. 

Quizá nos llame la atención que la historia de un hombre corriente, que pasa de estudiante a profesor y que se casa y que tiene una amante y una hija, pueda convertirse para nosotros en una lectura interesante, o animada, o ilustrativa. Pero es así. Esa misma linealidad, esa misma sencillez es lo que nos perturba. Es como si se escribiera la vida de cada uno de nosotros. Nacemos, tenemos una familia, estudiamos, trabajamos, formamos nuestra propia familia, enfermamos y morimos. Eso era todo, podría decirse en cualquier drama de Shakespeare. Eso era todo, pero ese todo es nuestro, no es un agente extraño, es lo que somos y lo que dejamos de ser, sin mayores explicaciones ni motivos. No hay razones para entenderlo y por eso Williams lo muestra con la enorme naturalidad de quien sabe que no hay otra forma de asumirlo. 

Luego está la ternura. La vida personal y la vida académica de Stoner tiene sus mediocridades, sus envidias, sus zancadillas, todo lo feo que sabemos que existe. Eso lo redime ante nosotros, lo convierte, de nuevo, en alguien que conocemos bien. Y, como en todas las vidas, hay un resplandor, una relación que a veces lo convierte en alguien conmovedor, más pleno, más lleno, más luminoso. Katherine es esa luz. 

Conocer sus sentimientos hacia Katherine Driscoll fue algo que le llevó tiempo. Se descubrió inventando pretextos para acudir a su apartamento por las tardes...

En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra. 

Antes de eso existió el matrimonio. Ella es Edith. 

Ambos llegaron al matrimonio inocentes, pero inocentes de manera radicalmente distinta. Los dos eran vírgenes y conscientes de su inexperiencia pero mientras William, criado en una granja, aceptaba con naturalidad los procesos instintivos de la vida, estos eran profundamente misteriosos e inexplicables para Edith. 

En un momento dado, llegó a su vida la hija, Grace. 

Como había sido costumbre en la primera larga ausencia de su madre, la niña pasaba mucho tiempo en el estudio de su padre. 

Lo que hace al libro especial es la delicadeza del relato. La forma en la que el autor describe lo sucedido, con el mismo aire sereno con que hablaría de cualquier otra vida, pero individualizando al máximo ese acercamiento privilegiado al protagonista y a los personajes de su entorno. Es como si nuestra propia vida fuera factible de ser contada y glosada sin juzgar nuestras miserias, sin criticar nuestros errores, sin considerar si somos buenos o malos. Porque eso da lo mismo. Una existencia es tan valiosa en sí misma que no admite sino una honesta mirada de frente. 

Emocionante el final, las últimas frases, la conclusión. No puede ser otro que la muerte, pero, si hay muchas formas de morirse, esta es una de las más bellas y reconfortantes. Todo había sido hecho y, lo que faltaba por hacer, ya nunca tendría motivo ni sería posible. Como un río que se desliza hacia su desembocadura, así el profesor Stoner había llegado desde su granja al final. Y su compañía final no era otra que un libro. Eso dice mucho de él. Dice mucho de todos nosotros. 

John Williams (1922-1994)
Nació y se crió en el noreste de Texas. Después de desempeñar varios empleos en periódicos y estaciones de radio, Williams se enroló en el ejército de 1942. Varios años después de la Segunda Guerra Mundial fue a la Universidad de Denver, donde obtuvo su licenciatura de 1949, y su maestría en 1950. Sus novelas: Nothing But the Night (1948), Butcher´s Crossing (1960), Stoner (1965), Augustus (1973), The Sleep of Reason (inacabada). Sus poemas: The Broken Lanscape (1949), The Necessary Lie (1965). Profesor de la Universidad de Misuri y de la de Denver. Editor de la revista literaria University of Denver Quarterly. 

Stoner de John Williams. Editorial Baile del Sol, colección Narrativa. Traducción de Antonio Díez Fernández.