domingo, 17 de diciembre de 2017

Cuento de navidad: Recuerda por qué brilla ese árbol


La casa estaba encendida. Como otros años, como todos los años anteriores, como muchos años de otros tiempos, la casa estaba cubierta de la pátina del dorado y el rojo. El muérdago aparecía sobre la puerta, como si esta fuera una casa inglesa. Las ventanas tenían figuras imaginadas de renos y viejos con barba blanca. En las esquinas de la entrada, dos maceteros con flores blancas y plateadas saludaban con cierta desgana a los visitantes. 

Al fondo del salón, en el sitio de honor que se había logrado despejando hacia un lado la enorme pantalla de la televisión, allí estaba el árbol, un pino natural, porque aquí en estos sures los abetos son solamente de plástico, recogido de un vivero un día antes, plagado de bolitas de colores, cintas de espumillón, casitas de madera, muñecos, todos ellos vestigios de los niños de la casa cuando eran niños. No se trataba de una de esas decoraciones simétricas tomadas de una revista. No, era algo más natural, más íntimo, más cercano. 

La caja de los adornos de navidad reposaba todo el año en el trastero y, cuando se abría, todos eran capaces de reconocer en su contenido una pieza que les traía recuerdos. Eran recuerdos felices, porque el árbol significaba que la familia se reunía y cantaba. El cante era un santo y seña que no se podía dejar atrás. Se cantaba después del desayuno, a la hora de la merienda y, sobre todo, por la noche, cuando el árbol se encendía y su luz traspasaba el enorme salón, del que desaparecía el frío y se convertía en un espacio cálido y sin esquinas. 


Todos arremolinados allí reconocían el milagro de la Virgen que lavaba y saludaban con poca ceremonia a la borriquita y a los animales del belén. Eran de la familia. Este se situaba justo al otro extremo, en una mesa grande que se liberaba de marcos de fotos y de jarrones para asentar allí un poblado judío que estaba dispuesto a recibir al Mesías. El milagro era que un Niño naciera y allí, en esa casa donde había habido siempre tantos niños, no dejaba de resultar conmovedor este interés, este deseo compartido. 

Ninguno de ellos lo sabe pero este será el último año en que la Navidad rodee la casa con su manto protector. Será el último año que estén todos. Ninguno de ellos lo sabe porque la vida no avisa ni anuncia. No hay ningún boletín familiar que diga: alguien va a morir antes de la siguiente Navidad. Alguien a quien la Navidad le gustaba tanto que se convertía en un niño sin remedio. Ese alguien va a morir el mes anterior a que el mundo entero vibre con los colores del ensueño. Ninguno de ellos lo sabe y por eso ríen confiados y esperan que esta vida se prolongue mucho tiempo. 


Tampoco conocen que la Navidad será un recuerdo imposible para otro de ellos. Que no recordará qué significan esos adornos, ni esas luces, que perderá el eco de los villancicos y la facilidad para mover las manos y amasar las tortas. Esas manos que movieron el guiso, que aderezaron el pavo, que compraron los regalos para todos, esas manos apenas podrán tener movimiento porque olvidarán el sencillo mecanismo por el que el cerebro te dice que puedes moverlas. 

Y un poco más tarde, otro de los presentes se marchará sin que tenga tiempo suficiente para convertirse él mismo en anfitrión de las navidades. Demasiado joven, demasiado fresco, demasiado libre, demasiado limpio, demasiado hermoso. Se marchará y dejará un reguero de lágrimas que sustituirán a las bolas de los árboles, que convertirá el árbol en un campo nevado, con gruesas gotas blancas, duraderas y perennes, que helarán el corazón de todos y les impedirán reír como antes, vivir como antes. 


Después de todo esto, la casa se quedó vacía. Ahí la tenéis, sin nadie, oscura, con las puertas cerradas. No busquéis la navidad en ella, no existe, no la hay. Tiene las aldabillas cruzadas sobre las entradas y los postigos. Nadie se acerca a ver si huele a humedad o a tristeza. Todos se marcharon y ninguno de ellos volvió a encontrar el secreto que les hacía reír a compás, vivir al mismo tiempo, al unísono. Un solo corazón, una misma forma de batir las alas. 

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