martes, 22 de agosto de 2017

Spoiler


Grace Kelly lee el Harper´s Bazaar y engaña así a James Stewart, porque la moda es para él algo ajeno y prefiere la aventura. Ella está enamorada pero no puede evitar dejar a un lado una revista sobre el Himalaya y volver al paraíso del lujo y del glamour. Esa es la mirada que identifica el placer de contemplar cosas bonitas. En La ventana indiscreta, la película estadounidense de 1954 dirigida por Alfred Hitchcock, basada en el cuento de 1942 It Had to Be Murder, de Cornell Woolrich, que ambos protagonizaron, no hay lugar para el spoiler, más bien todo lo contrario. Desde el principio sabemos que hay un crimen y un asesino. La única duda es cuánto tiempo tardarán en convencerse los demás. Y hay otra duda, no menor, que reside en descubrir por qué James Stewart no se da cuenta de que está enamorado de la chica y de que no necesita que ella gane un premio de alpinismo para poder ser felices. Un hombre empeñado en no ser feliz es un hombre peligroso que va a terminar solo o a manos de cualquier depredadora dispuesta a hacerse pasar por tonta, incluso a serlo. 

Pero, en la vida real, el spoiler es un lugar común, un hecho que se sucede a menudo, una situación conocida. Incluso una evidencia, una necesidad. Tus amigas te hacen spoiler. Cuando ven que tu historia se va despeñando por el precipicio del desasosiego ellas adivinan el final mucho antes de que ocurra, te advierten concienzudamente, te avisan con vehemencia, se enfadan contigo si no lo ves tú misma y, al final, recogen tus pedazos, los reconstruyen con abrazos y no te dicen "ya te lo advertí" (aunque lo harían con ganas) sino "paciencia" y "te quiero". Antes de eso quizá usen repetidas veces los socorridos (y por desgracia, ciertos) apelativos de canalla, manipulador, egoísta y falso. Pero luego, cuando el barco, que eres tú, se hunde del todo, ninguna de ellas te recordará la fealdad sino que intentará que suene una música Hechizo de Luna y que haya un vestido fastuoso para recorrer la ciudad sobrevolando el terreno pantanoso.

Todo sería mucho más fácil si, como hace el prologuista del libro de Elizabeth Gaskell Los amores de Silvia (en la edición de Mondadori, lujosa y cara), te suelta el desenlace, te cuenta con detalle el final y te deja con la boca abierta. No tengo a mano su nombre y tendría que subir la escalera para escribirlo, así que no merece la pena, salvo para dejar claro que me ha fastidiado mucho que se cargue mi interés por Philip y su peripecia. En la vida real, no la virtual, ni la de las ondas, ni la del móvil, sino la otra, la de cada día, la cotidiana, la de "me duele aquí" o "dónde estás", en esa vida el spoiler te libraría de la opresión y de los sueños mal construidos. Pero aquí, estimado prologuista, sobraba del todo. 

Dice Gaskell en Hijas y esposas (su obra maestra) que el sentido común, la inteligencia, el razonamiento, han de primar por encima de los sentimientos y las emociones. De esa forma, afirma, la vida no se convierte en un naufragio porque puedes tener la suerte de que encuentres a gente que escriba con renglones derechos y con letra clara, pero también puedes tener la mala suerte de que esa gente que encuentras trace las palabras con tinta simpática, invisible, china o de mala calidad. El spoiler es la única solución para evitar tropezones, dolores de estómago, enfermedades del desánimo y sueños abocados al cubo de la basura, sea este de plástico, de hormigón o de metacrilato. 

Hay un modo de spoiler de último recurso: las habladurías, los chismes, los cotilleos, los voy-y-traigo de la gente que está decidida a informarte de todo lo peor. Nunca lo hacen por tu bien y te convierten, sin tú quererlo, en daños colaterales que nadie compadece. Pero para hacerles caso tienes que tener el corazón de piedra pómez y, si eso ocurre, ya no necesitas spoiler. Sencillamente, nunca caerás en la trampa de pensar bien de los demás. 

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