domingo, 16 de julio de 2017

Jane Austen no es (sólo) para mujeres


(The Pink Bonnet. Edmund Blair Leighton)

El 18 de julio de 1817 Jane Austen murió, al parecer del mal de Addison, en su última casa, en Chawton, que ni siquiera era suya sino de uno de sus hermanos. Nunca poseyó nada, salvo su escritura. Salvo sus conocimientos obtenidos por los libros que leía en la biblioteca de su padre (un permiso excepcional teniendo en cuenta que era una chica) y por la observación atinada y perspicaz que llevaba a cabo acerca de lo que ocurría a su alrededor. Era una mujer inteligente, muy inteligente y, además de eso, tenía conciencia clara de que era una escritora, aunque no firmara con su nombre, aunque pagara las ediciones de sus libros. Esto puede leerse con claridad en el primer capítulo (descacharrante en su referencia a lo que debía ser una heroína) de La abadía de Northanger especie de sátira de las novelas góticas que hacían perder la cabeza a las chicas, igual que las de caballería estropeó a nuestro Don Quijote. 

La lectura de Orgullo y Prejuicio me deslumbró. Tenía apenas veinte años cuando ella la escribió, veinte años como Elizabeth Bennet, veinte años como los que yo tenía al leerla por primera vez. Nada de arrumacos molestos, nada de ingenuidades ridículas, nada de claro que sí, sino todo lo contrario. Una espectacular demostración de buen tino, de originalidad, de visión adelantada a su tiempo. No escribía para mujeres las cosas que las mujeres solían leer, sino que sus novelas son, a la vez, acerada crítica tapizada de ternura, aguda muestra de caracteres humanos y reflejo de los sentimientos universales que, antes que ella, Shakespeare había desarrollado. 

No veo exageración alguna en afirmar que, como el genio de Stratford, Jane Austen trazó el retrato fiel y, a la vez, personal, de personas, usos y comportamientos que reflejan todo el itinerario de la naturaleza humana. Todos los sentimientos y emociones están en ella. Por eso es un clásico y no una moda. Por eso no es antigua y se actualiza sola cada vez. Hombres ridículos y prepotentes. Mujeres avaras y faltas de empatía. Señores sin fortuna que viven del disimulo. Esposas por obligación y sin pasión. Chicas casaderas faltas de seso. Clérigos absurdos. Institutrices perfectas. Ladys malvadas.

En su universo, sin embargo, destacan algunos personajes que han opacado a los demás, que han ocultado el brillo de su arsenal psicológico. Ahí está la mentada Elizabeth Bennet, poderosa sonrisa, ingenio claro, ojos brillantes....y amante del ejercicio físico. En su osadía es capaz de rechazar al mejor partido y lo hace sin contemplaciones como haría hoy cualquier mujer. Emma, la mujer rica que no quiere casarse, representa esa clase de mujer que no teme a las críticas ajenas, que no piensa en el qué dirán. Emma, el libro, es su obra maestra, por mucho que Orgullo y prejuicio nos acerque tanto a su mundo y se adentre en el nuestro conquistándonos. Emma es una obra mayor en la que despliega todos los escenarios emocionales posibles que antes ha ido mostrando por separado y en la que los personajes se salen del libro, se ofrecen a nosotros directamente, enteramente.

Los hombres deberían leer a Jane Austen. Seamos sinceros. La educación sentimental masculina es deficitaria a estas alturas. Y ella, que era la sexta de siete hermanos, los cinco mayores todos hombres, tenía conocimientos para describir cierta propensión masculina a guardarse para sí los sentimientos como si fueran algo que debía permanecer oculto. Los hombres lo tienen mal en la sociedad de la emoción y por eso las mujeres se desesperan intentando llamar a puertas que nunca se abren. Puestos a reconocer la valía literaria de Austen, digan lo que digan sus detractores, no estaría de más que se incorporara de pleno derecho a la mesita de noche de los señores, junto a los ensayos de economía, las novelas negras y el transistor.

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