domingo, 21 de mayo de 2017

Los celos son cosa de mala educación


En 1923 el pintor William Henry Margetson creó esta pintura (Lady arranging flowers, 1923)  y retrató a una mujer en el acto de colocar las flores en un jarrón. Los anglosajones son muy aficionados a la jardinería. Cuidan sus jardines y les gusta llenar sus casas de flores frescas. Lo cuenta siempre en sus novelas Agatha Christie y algunos asesinatos transcurren de forma muy escueta en los exteriores. En cambio, en los libros de Jane Austen los jardines solo son el escenario de las conversaciones, el telón de fondo, el lugar en el que las personas hablan y desvelan sus intenciones. En esto de gozar del aire libre y de la belleza de las flores los habitantes de la Europa del Sur somos menos exquisitos: basta con flores de papel, de tela y, qué horror, también de plástico. Antonio Gala dejó a una novia porque encontró flores de plástico en el adorno de su casa. Intransigencia que no puede extrañarnos si uno es un personaje extremado y quiere seguir siéndolo. Sabemos, en estas tierras, muy poco de jardines, menos de arreglos florales, apenas del nombre de las flores y nada de esa actitud diletante, suave y displicente que ofrecen mujeres como esta del retrato. Ninguna de nosotras pasea por sus jardines concentrada en sus cosas, dorando su mirada a pleno sol, guardando sus ojos bajo el ala del sombrero. En sitios así es más llevadero sufrir por amor, aunque quede antiguo, trasnochado y esté fuera del alcance de la gente común. Sufrir es un lujo. 

Una mujer así como la del retrato, tan dulcemente ataviada, con este vestido de gasa transparente, debajo del cual se intuye una combinación de seda; con la rodilla apenas apoyada en el cojín de tornasol; con una mano graciosa en la cadera y la otra apenas detenida entre las flores, una mujer así nunca estaría celosa, nunca sentiría un nudo en el estómago ni la sensación desesperante de que está haciendo el más absoluto ridículo. Esta mujer, una mujer así, tendría presentes las enseñanzas de su madre cuando le decía, con ojos entornados y una copa de vino entre las manos, que del amor al ridículo hay un solo paso que no debe recorrerse nunca. 

No. Esta mujer nunca tendría celos. Dominaría su corazón y lo convertiría en su esclavo. Esto has de sentir y esto has de vibrar, no te escapes. No cedería a la tentación de maldecir una elección fallida y no tendría temor de sí misma. Las cosas fluirían con el encanto permanente de su propia actitud. Ella no se engañaría. No se traicionaría. No sería nunca una mujer equivocada. O, si lo fuera, esa equivocación quedaría siempre de puertas para dentro, nadie tendría que observarla, nadie la oiría lamentarse, nadie le diría que es una pobre mujer desengañada. 

Los ingleses para esto son muy suyos. En años de literatura han conseguido forjar un arquetipo que permanece y que lo llevan casi en el ADN. La firmeza, la guarda de sus sentimientos, el amparo a sus propias dudas y quejas. Todos los trapos sucios se lavan dentro y no hacen suya ninguna de esas latinas fantasías de desgarradoras quejas intempestivas que tanto molestan a los espíritus sensibles. Aquí no tiene nada que hacer Anna Magnani, ni Sophia Loren, ni hay fuentes que traspasar, ni Marcellos que esperar. Más bien estos ingleses, de espíritu tan práctico que inventaron la máquina de vapor, toman al pie de la letra los versos de Hernández, el nuestro: "Arrancarme de cuajo el corazón y ponerlo debajo de un zapato". 

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