martes, 25 de abril de 2017

La librería de Penelope

A ti, en ese último día 

La última librería que visitamos juntos tenía los anaqueles atestados de libros. Se aproximaba el verano y todo el mundo sabe que es un tiempo de lectura. Los libros de verano, dicen, han de ser ligeros y contrarrestar con fuerza el calor y la tarde. Deben convertirse en refrescantes motivos para soñar o para ser felices, sumidos en esa otra dimensión de las páginas que acarician la cara al susurrar. 

Fue la última vez que salimos a la calle y yo miré al cielo y lo vi azul y supe que así era y que tendría que comprar algunos libros para hacer más liviana la espera. No sabía qué esperaba exactamente pero no era nada bueno. Al contrario. Una nube negra se cernía sobre nosotros, un viento negro, como decía Juan Ramón. Los libros que me llevé a casa deben estar escondidos en cualquier estantería, guardados y sin terminar de leerse. No hubo tiempo porque las horas pasaron demasiado deprisa. 

Esta librería de ahora ya la había yo visto con antelación. Es la de Penelope Fitzgerald y en ella está Florence Green y es el año 1959. Cuando Florence llega a un pequeño pueblo de Suffolk para hacerse cargo de una librería con fantasmas, todos se levantan para evitar que allí pueda sucederse un sacrilegio. El sacrilegio tiene nombre de mujer. Qué subversivo puede ser vender libros. Escribir libros. En estos días mi máxima rebeldía consiste en escribir las páginas de un libro que anda por ahí en mi cabeza y que se resiste a aparecer con palabras concretas. Es un acto de rebeldía y no consigo realizarlo. Cuando todo se cumplió las palabras volaron. Durante mucho tiempo estuvieron ausentes, igual que tú. Pero la ausencia de ellas ha sido provisional y la tuya es definitiva. Una ausencia sin matices. Por eso debería escribir ese libro y escribir en él todas las cosas que olvidarse pueden si el tiempo no lo remedia y la vida continúa su transcurso sin detenerse casi. 

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