martes, 28 de marzo de 2017

Miguel (Hernández)


Siéntate frente a mí y dime un verso, un verso cualquiera del poeta. Verás como lo sigo, como lo continuó, como termino declamándolo entero. Da igual donde rebusques. Da igual a qué libro pertenezca. Todo Miguel Hernández lo tengo en mi cabeza. 

Uno es del poeta que camina contigo. El que aparece en la infancia, flotando en las palabras de tu padre, el que sigue allí mismo en la adolescencia, el que se escribe en la juventud y el que se recuerda en la madurez. Ese es el poeta y ahí está junto a ti, pase el tiempo que pase, impermeable al olvido. 


Cuando eso ocurre, cuando un poeta entra en ti y se te mete en los ojos, en las manos, el corazón y la cabeza, entonces esos versos son un itinerario, un mapa en el que escribes tus mejores momentos y también un sitio en el que posas las horas de los llantos. Cuántas veces, Miguel, escribí tus palabras por ver si desde allí atisbaba sonrisas...Cuántas veces llamé a la libertad desde tus voces y cuántas veces me comprendí a mí misma a través de esos versos. 


El palomar de las cartas abre su invisible vuelo. Hoy estoy sin saber, yo no sé cómo. El mundo es como aparece ante mis cinco sentidos. Nadie me salvará de este naufragio. Tu risa me hace libre, me pone alas. Versos, versos, recitados, leídos, cantados y escritos. Tardes de versos y de espera y penumbras. Biografías, comentarios, historias todas, fotos en blanco y negro, inocencias perdidas. 


Me llamo barro, aunque Miguel me llame. Tristes guerras, si no es amor la empresa. Para la libertad, sangro, lucho, pervivo. Boca que desenterraste el amanecer más claro. Que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero. 

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