miércoles, 28 de diciembre de 2016

Las mujeres Austen


(Persuasión. 1918. Sally Hawkins es Anne Elliot en la versión para TV de 2007)

Persuasión, la novela de Jane Austen publicada  a título póstumo en 1818 presenta un tipo de mujer fuerte, capaz, reflexivo, maduro, no exento de sentimientos, pero llena también de sentido común. Está enamorada pero no va a perder la cabeza con facilidad. Y mantiene su dignidad en todos aquellos momentos del libro en que sus amores pueden ser descubiertos y utilizados de mala manera. 
Pero no es Persuasión la única novela en la que esta escritora define personajes femeninos de auténtico fuste. Todo lo contrario. 

Una de las cosas más interesantes de la literatura escrita por Jane Austen es la variedad de personajes femeninos que crea. ¿De dónde los sacó? ¿Cómo una persona con tan escasa experiencia de la vida, que se movía en un círculo familiar y vecinal muy concreto, fue capaz de concebirlos? El talento es, sin duda, junto a las lecturas que frecuentaba desde pequeña, el secreto de esta explosión de caracteres, de este conocimiento sustancial de la naturaleza humana, así como de las costumbres, los usos sociales, la filosofía de vida de la gente de su época.

En cada una de sus seis novelas mayores la protagonista es una mujer y el antagonista, por supuesto, un hombre. Con la excepción de Sentido y Sensibilidad, novela en la que son dos las protagonistas y dos los antagonistas, o quizá tres. Estas siete mujeres son muy diferentes aunque hay algunos elementos comunes que merece la pena destacar. Por ejemplo, sobre casi todas ellas pesa la obligación de contraer un matrimonio ventajoso ya que dependen de sus parientes masculinos, al estar vinculada las propiedades de sus padres a ellos. Esta situación ponía especialmente nerviosa a Jane Austen, como puede observarse en la manera en que la describe. El caso de las hermanas Dashwood (Sentido y Sensibilidad) es sangrante. Deben abandonar su casa para marcharse a una casita de campo prestada por un pariente de la madre. 


(Romola Garai interpretó a Emma, en la serie de la BBC de 2009)

La excepción más clara a este estado de cosas es Emma Woodhouse, la protagonista de la última novela que Austen escribió, aunque no la última que se publicó. Emma es una mujer joven, bella, educada, inteligente y rica. Quiso que en este personaje confluyeran todos los dones y eso le hizo decir que quizá no siempre hiciera buen uso de ellos. Afirmaba que Emma no caía bien a los primeros lectores de su obra, todos del entorno familiar y vecinal. Todavía hay quien, siendo austeniana, no reconoce en Emma los valores necesarios como para ser una protagonista del libro. Sin embargo, yo considero que Emma es la mujer que no depende de ningún hombre para ser feliz, dueña y señora de su casa y hacienda, por lo que su elección amorosa solo estará relacionada con sus propios sentimientos. Es una gran suerte y una gran responsabilidad, porque un error sería menos perdonable. La misma Emma no tiene ninguna prisa ni intención de casarse salvo que se encuentro con un "hombre muy superior". Todos sabemos que lo tenía muy cerca. 


(Jennifer Ehle fue Elizabeth Bennet en la serie de la BBC "Orgullo y Prejuicio" de 1995)

Elizabeth Bennet es la heroína más querida de todas las que dibujó Austen. Cae bien por igual a hombres y a mujeres, quizá porque nos representa mejor que otras. No es excesiva. No tiene en grado sobresaliente las virtudes que se suponía debían adornar a las muchachas de la época, pero las posee casi todas. Es ingeniosa, lista, inteligente, observadora, risueña, alegre, discreta, pero todo ello sin exageración y sin ostentación. Es también pícara, atrevida, andarina y una gran amante de la naturaleza. Pasear es su mayor afición y su actitud ante el ejercicio físico anuncia lo que vendrá en siglos posteriores. Tiene una especial relación con dos de los miembros de su larga familia; con su padre, al que quiere a pesar de sus miles de defectos; con su hermana Jane, a la que admira por su bondad sin imposturas. 

En el amor, Elizabeth es, sobre todo, práctica. No está dispuesta a dejarse amilanar por un tipo como Darcy, orgulloso y de un carácter endiablado, que, primero, la rechaza en un baile, luego critica a su familia y, por último, tiene la osadía de pedir su mano con una torpeza imperdonable. Recrea todos los defectos que la adornan a ella y los suyos para acabar diciendo que, a pesar de todo, la admira muchísimo. La chica quedará atónita y solo podrá responderle como alguien así se merece: no es no. Ni aunque fuera el último hombre sobre la tierra. 

(Emma Thompson interpreta a Elinor Dashwood en Sentido y Sensibilidad, la película de Ang Lee)

Elinor Dashwood hace honor a la sensatez que pregona el título del libro, Sentido y Sensibilidad. Ella es la persona que mantiene la cabeza fría ante las adversidades, que está siempre en su sitio y que no pierde esta forma de actuar ni cuando ella misma cae presa del amor a causa de Edward Ferrars, un hombre bastante débil de carácter que no está en absoluto a la altura de los otros hombres Austen, sobre todo de Darcy y de Knightley. Sin embargo, su ternura y su sencillez la enamoran y tiene que ocultarlo porque esos sentimientos no siguen una línea recta en lo que se refiere a él, por lo que la chica no quiere que sean un estorbo en el desenvolvimiento de la familia. No quiere sufrir por amor, ya lo hace por ella su hermana Marianne, que, enamorada primero de Willoughby, alguien que también parece amarla, sufre horriblemente con su abandono y su engaño y tiene que conformarse, en un alarde de sensatez que no se corresponde con ella, con una boda ventajosa económicamente con el coronel Brandon, rendido a sus pies desde que la conoció. 


(El papel de Marianne Dashwood, soñadora y pertinaz recitadora de versos de Shakespeare, lo hace, en la película de Ang Lee Sentido y Sensibilidad, Kate Winslet)

En la novela Northanger Abbey, en la que Jane Austen hace una feroz sátira de las novelas góticas imperantes en su época y en la anterior, todas ellas pobladas de románticas enamoradas, de familias pobres y bastardas, derruidas por el abandono de un villano sin remedio, que arrastraba su pena por medio mundo, el personaje femenino es una deliciosa chica, de aspecto normal y llena de pájaros en la cabeza, que se llama Catherine Morland. Catherine tiene la desgracia, a decir de la autora, de pertenecer a una familia normal y, lo que es peor, de ser una chica sana, que no padece enfermedades, tiene buen color, le gusta asistir a bailes y es, por tanto, lo contrario a una de esas heroínas. El sentido del humor es aquí el arma que usa Austen para desarrollar su argumento. 


(Felicity Jones es la actriz que se pone en la piel de Catherine Morland en La abadía de Northanger de 2007)

La heroína menos agraciada físicamente y más seria de carácter es Fanny Price, de Mansfield Park. La historia es también la más truculenta, complicada y llena de vericuetos. Los personajes son muchos y llenos de matices. Cambian de manera de ser, de postura, a lo largo de la novela, por lo que resulta difícil clasificarlos. Fanny es pobre y vive con sus tíos porque sus padres no pueden mantenerla. En esa casa no pinta nada, es la mujer invisible. Tiene cuatro primeros, de los cuales solo Edmundo la respeta y aprecia. Dos personajes irrumpen en la vida de Mansfield cambiando las reglas del juego. Son Henry y su hermana Mary. Ambos pondrán a prueba los posibles sentimientos mutuos de Fanny y Edmundo. Sin embargo, la ligereza moral de ambos hermanos no hará posible que nada fructifique y serán los primos Fanny y Edmundo, los que al final se casen. Tiene mucho cuidado en esta novela la autora en dar pábulo y apoyo a una forma de vida basada en la deslealtad y el engaño. Eso sería demasiado para ella. 


(Frances O´Connor interpretó a Fanny Price en 1999, en la película Mansfield Park)

El regreso del capitán Wentworth


(Autorretrato de Constance Mayer, 1775-1821)

Anne Elliot, la protagonista de "Persuasión" está muy enamorada de Frederick Wentworth desde los diecinueve años y cuando él le ofrece matrimonio rechaza su proposición. Los diecinueve años de entonces, finales del siglo XVIII y principios del XIX, eran una buena edad para casarse. Incluso se registran matrimonios con menos edad. Sin embargo, Anne renuncia a su felicidad y hace infeliz también al hombre que la quiere. Los consejos de Lady Russell y la falta de aprobación por parte de su padre contribuyen a ello. Sin embargo, Anne tiene sentimientos profundos y ocho años después de aquello, cuando vuelve a encontrarse con Frederick, convertido en el capitán Wentworth, un hombre triunfador y de fortuna, las cosas son bien distintas. Una suerte de determinación la guía. Sabe lo que siente y sabe que ahora actuará de forma diferente si él la sigue amando. Pero es algo que está por ver, no hay ninguna certeza de que el afecto del capitán se haya mantenido en el tiempo. La principal razón de esta duda es que se trata de un hombre orgulloso, que se sintió no solo abandonado en sus sentimientos, sino lastimado, por la actitud de ella. Y Anne debe hallar el justo punto entre su propia dignidad de mujer, que no está en discusión, así como su amor intacto. 

Lo primero, piensa Anne, es entender sus propios sentimientos, descifrar qué siente su corazón cuando la vuelta del capitán se produce. Y por eso destina parte de su tiempo a reflexionar sobre ello.  Esa actitud filosófica de pararse a considerar lo que experimenta y lo que ve, es la guía que marca su actuación y es un aprendizaje que confiere al libro un carácter especial de educación sentimental. En su persona, en Anne Elliot, se da la unión madura de la emoción del amor con el razonamiento. No es un amor ciego. No quiere engañarse, no quiere perderse, no quiere dejar de ser como es y, al tiempo, su corazón y su persona entera tienden hacia el capitán Wentwork de esa forma inequívoca que aparece cuando nos enamoramos. Eso asegura que sea capaz de comportarse debidamente, no según las convenciones sociales, sino según ella misma. El respeto a las normas es algo que se refleja en su proceder, pero no a una norma establecida por el uso colectivo, sino como algo intrínseco a los seres humanos. No hacer daño, no hacérselo a uno mismo. Es una mujer de una pieza que, en análisis más ligeros, puede parecer algo victimista y sufridora. Nada más lejos. 


(Constance Marie Charpentier. Melancholy, 1810) 

La vida de Anne Elliot no está sobrada de afectos. Y la infancia determina el carácter como sabemos. El cariño que recibes, el apego que tienes a tu madre, la seguridad que tu padre te proporciona con su apoyo y protección son definitivos para dibujar una personalidad futura. Es huérfana de madre (como lo es Emma, por ejemplo) y su padre no la quiere. Es un hombre pagado de sí mismo que se contempla en un espejo todos los días. El espejo de la petulancia y la vanidad. Tampoco se siente (con razón) querida por su hermana mayor, Elizabeth, ni por la menor, Mary. Ni una ni otra pueden entender la manera de ser de Anne que es, curiosamente, otra vez "la segunda hija". Como Elizabeth Bennet en "Orgullo y Prejuicio". No la primogénita, como Elinor Dashwood, sino la segunda, la de en medio, alguien que aquí pasa completamente desapercibida y que si no se hubiera enamorado de Frederick Whentwork poco tendría que contar de su primera juventud.

Todas estas circunstancias familiares podrían haberla convertido en una mujer a la deriva, una mujer que se deja llevar por los otros, que busca su aprobación constante (evidencia de una baja autoestima) o que cambia de opinión por agradar. No es así. Anne Elliot se da cuenta perfectamente de cómo son las personas que la rodean y no se equivoca. Tiene un sexto sentido, una inteligencia clara que, unida a su capacidad de razonar, la convierten en una mujer preparada para entender el mundo y para conocer a sus semejantes. No espera ningún imposible y sabe distinguir lo bueno de lo innoble. 

El personaje de Lady Russell es ambivalente, no acaba de darnos la clave de su pensamiento y de sus acciones. Fue una de las artífices del mal consejo que obligó a Anne a separarse de su enamorado. Pero, por otro lado, parece que la quiere y, sobre todo, que Anne sigue confiando en ella aunque...¿no es verdad que sus pensamientos quedan a resguardo de todos, incluida de Lady Russell, en esta segunda aparición de Frederick en su vida? ¿no será que ha aprendido que, en cuestión de amores, es mucho mejor dejarse guiar de los propios instintos, intuiciones o razonamientos y, en todo caso, equivocarse sola? Así se desprende de su absoluta discreción ya que, en ningún momento, revela a nadie su desazón por el reencuentro ni los pensamientos que ello le suscita. ¿Solo timidez o también prudencia? 


(Marguerite Gérard. Preludie to a Concert. 1810)

En realidad Anne Elliot es la primera heroína de novela que ha de luchar por mantener su equilibrio personal al tiempo que intenta reconquistar al hombre que quiere y que perdió en su día. No se trata, además, de una jovencita de extremada belleza, como Emma, o de ingenio notable, como Elizabeth Bennet, sino de una mujer hecha y derecha cercana a la treintena, lo que, en años como aquellos, equivalía ya a la madurez. Es bella sin exagerar, tiene una pequeña dote y nada destaca en ella a primera vista. Esto hace mucho más interesante su peripecia. No es una top-model sino una persona normal. Cualquiera de nosotras podía ser Anne Elliot. Y no logra su objetivo, es decir, el amor de Wentworth con malas artes, con técnicas de simulación o de manipulación, que ofenderían su sensibilidad y la harían avergonzarse de sí misma. Ese todo lo contrario, es la limpieza de sus actuaciones, la claridad de sus sentimientos y su actitud de frente y sin impostura, lo que la hace aparecer ante los ojos del capitán, tanto antes como ahora, con un atractivo irresistible. 

Anne Elliot, siendo pasablemente guapa, tiene algo que es tan valioso como la hermosura y mucho más útil en estos casos. Una especial inteligencia emocional que hace que sus reflexiones sobre qué le ocurre y por qué le pasan las cosas sean acertadas y dignas de ser tenidas en cuenta. No se engaña a sí misma pero tampoco se deja llevar por lamentos inútiles. Ve la realidad, ni más ni menos. Por eso va observando la evolución que la conducta del capitán Wentwork va experimentando, desde su inicial desapego aparente hasta esas conversaciones casi robadas, esas miradas, que le dan a entender que el fuego existe, que no se ha apagado del todo. Y no se equivocó. Esa penetración psicológica que hace de su amado es cosa de mujeres modernas, de mujeres seguras de sí misma que no están dispuestas a vivir la vida de otros ni a renunciar a la suya propia. Y la descripción que hace la autora de los momentos de zozobra, que los hay, de tristeza, desconcierto o duda, es uno de los puntos fuerte de la narración.

En las novelas de Austen no pasa nada, salvo que las personas hablan entre sí, se visitan, se mueven de una casa a otra, acuden a reuniones, asisten a bailes o a conciertos, pasean por la calle, se encuentran y se relacionan. Este microcosmos humano es el que da lugar a todo tipo de emociones y sentimientos, desde los más elevados a los más abyectos. Es un muestrario de la naturaleza humana que todos reconocemos al leer sus libros. Y, junto a los sentimientos y las emociones, las conductas, los actos, los hechos que son incontestables y que no admiten sino la fidelidad de la prueba. Anne Elliot posee una penetrante capacidad de observación y necesita momentos de reflexión para encajar todo lo que ve y lo que siente. Nada hay de impulsividad, pues, en esa forma de actuar. Lo impulsivo surge, como es natural, en esos encuentros imprevistos en los que ella, cogida por sorpresa, debe sujetar su corazón, atarlo en corto, evitar que por los ojos y la boca salga todo el torrente de un sentimiento que, controlado o no, es verdadero y genera ríos de pasión.

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Las pinturas que aparecen en esta entrada formaron parte de una exposición que se organizó en el año 2012 en el Museo Nacional de Suecia. La muestra se llamó Stolhet och fördom (Orgullo y prejuicio) tomando así el nombre de la novela más famosa de Jane Austen. El período histórico que ocupaba (1775-1860)  incluía el tiempo en que vivió la escritora, que nació en 1775 y murió en 1817. 
Este período histórico contempla la tensión entre burguesía y nobleza, la Ilustración y la Revolución Francesa entre otros acontecimientos de gran repercusión en el occidente europeo y en América. 

El objetivo era dar visibilidad a pintoras que en su momento no habían podido ocupar los Salones como su talento merecía. Allí estaban, entre otras, además de las que aparecen en los pies de imágenes, Marie-Suzanne Giroust (1734-1772), Marie- Thérèse Roboul (1728-1805), Anna Wallayer-Coster  ( 1744- 1818), Ulrica Pasch (1735-1796), Amalia Lindegren, Hortense Haudebourt-Lescot...

La novela a la que se refiere esta entrada es "Persuasión" escrita por Jane Austen y que fue publicada póstumamente en 1818. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Hay que buscar razones


La muchacha de la farmacia ha sido muy elegante en su felicitación. No le ha preguntado cómo va a pasar la noche. Ella lo ha agradecido con el gesto cómplice de quien entiende el detalle. Luego, en la mercería, la dependienta-amiga, ha elucubrado sobre el posible frío al salir de la Misa del Gallo, pero no ha hecho alusiones personales lo que ha constituido una forma de entendimiento que tiene mucho valor en horas tan reiterativas y llenas de lugares comunes. En el supermercado, más impersonal, la compra ha sido rutinaria y sencilla, no hay apenas nada que celebrar. Y luego, en un paseo improvisado que no tenía previsto no ha podido evitar enamorarse de un mueblecito pequeño y adornado de rosas que, piensa, quedaría de perlas en una esquina del dormitorio. En ese cuarto sobra ahora mucho sitio. Cuando lo compra no se da cuenta de que ha de transportarlo a casa y que, aunque cerca, tiene que hacerlo sola. Es esa soledad de llevar consigo un pequeño mueble casi a rastras lo que ha hecho que sus ojos se conviertan en lagunas transparentes. Oh, sí, cómo evitarlo.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Ese compás ausente


(Nacimiento de Cristo. Catedral de Segovia)

Los niños vinieron del lugar más frío de la tierra. Su llegada fue, en cambio, un soplo de calor. La casa se llenó de una esperanza cierta que nunca antes la había alumbrado y el orden se trastocó en una nube de juguetes que te zarandeaban al entrar. Él, un tipo circunspecto y poco dado a la risa, se sorprendió llevando a aquellos niños a montar en un tiovivo que el ayuntamiento colocó en la plaza. También frecuentó una pista de hielo, un centro comercial plagado de sorpresas y la mesa incómoda y moderna de un McDonalds que antes no había pisado nunca. La madre dejó de notar una punzada de envidia cuando, por la calle, descubría el enjambre de mujeres que acababan de dejar a los hijos en la puerta del colegio y se unió a ellas con entrega, deseando formar parte del AMPA cuanto antes. Ya eran padres y esos niños su mayor alegría.

 La vida desde entonces adquirió otro compás. Cómo explicarlo sin nombrar las noches de insomnio, las reuniones con los tutores, las veces en que ambos cuchicheaban en voz baja para que no  les llegara a los niños, inmersos en las dudas que les ocasionaban dos preadolescentes casi conflictivos, con esa conflictividad que proporciona el haber llegado tarde de un lugar inhóspito en el que nunca había risas ni abrazos ni apenas comida. Los primeros años les pareció que su empeño iba a dar fruto, pero luego notaron cierto desánimo. No había manera de hallar el hilo que les uniera al cabo que anudara el ovillo.

Hace dos navidades que la cosa cambió. Un mal viento en forma de accidente se llevó a la mujer que, junto con el hombre, habían querido ser padres como una vocación que no podían rehusar. El hombre se encontró en medio de un desierto. No pudo siquiera pararse a llorar. Los llantos estorbaban si quería vigilar con los dos ojos a aquellos niños que todavía parecían no haberse adaptado a la vida que ellos querían ofrecerles. Así el hombre guardó su duelo para más adelante y solo, sin la mano cálida de su compañera, intentó trenzar la vida como buenamente podía. En eso anda, más por el desconsuelo que por la esperanza misma. Así lo ha sorprendido otra nueva navidad, una navidad en la que la música estorba si no se quiere recordar que los compases ausentes siguen doliendo tanto.

 

(Nacimiento. Murillo) 

domingo, 18 de diciembre de 2016

"Nunca me ha gustado cómo huelen los libros"


(Harriet Walker es Fanny Ferrars Dashwood en la película de Ang Lee)

Esta frase la pronuncia Fanny Ferrars Dashwood, la esposa del hermanastro de las hermanas Dashwood (Elinor, Marianne y Margaret) al enseñarle a su hermano Edward Ferrars la casa familiar que su marido ha heredado a la muerte de su padre. La desgracia femenina de perder todo derecho en la vía sucesoria de bienes e inmuebles para beneficiar a los varones, incluso con parentescos lejanos, está presente en toda la obra de Jane Austen y siempre con un punto de crítica. 

A la muerte del señor Dashwood, su segunda esposa y las tres hijas que ha tenido con ella, se quedan desamparadas, a merced únicamente de la bondad de su hijo mayor, a quien, en su lecho de muerte, el padre hace prometer que cuidará de ellas. Las promesas se diluyen y se interpretan como uno quiere. Y Fanny es una enorme manipuladora que conseguirá que su marido vea las cosas como ellas las ve: ni un duro para estas mujeres, que tendrán que aviarse con las 500 libras anuales que les ha dejado el padre y que, además, tendrán la suerte de tener poquísimos gastos: no tendrán caballos, ni carros, ni coches, ni casas, ni vida social....En un diálogo digno de un genio literario como era Austen, el hermano Dashwood pasa de querer regalarles 3000 libras a no darles nada. 


(En la versión de Ang Lee de "Sentido y sensibilidad" la madre y las tres hijas llegan a Barton Cottage a vivir humildemente gracias a un lejano pariente) 

Fanny es un mujer odiosa. Estirada y con ansias de grandeza, deseosa de encumbrarse a costa de los demás, demuestra malos sentimientos cuando llega a la casa tras la muerte de su suegro, de apodera de ella y no siente la mínima empatía por el sufrimiento de la señora Dashwodd y de sus hijas. Solo Edward, que llega de visita, es capaz de entender por lo que están pasando y esto será suficiente para hacer nacer en Elinor un sentimiento poderoso hacia él. 

El retrato de Fanny la presenta también como una mujer manipuladora. Lo hace con su marido, lo hace con su madre (aunque este es un personaje que solo aparece citado), con sus propios hermanos y con el mundo en general. La jugarreta que la vida le juega cuando descubre que su hermano mayor está atado por la promesa de un matrimonio inconveniente con una muchacha francamente trepa, la enfurece y logra cambiar todo el desenlace de la historia cuando la madre deshereda a ese hermano en beneficio del otro. Es así como un cambio de fortuna puede dar lugar a que se unan dos corazones que se han entendido desde el principio. A su modo y con la prudencia que a ambos les caracteriza, lo que sienten mutuamente Elinor y Edward es eso, amor a primera vista. Pero mucho más sólido de lo que parecer puede. 


(En la escena final del film de Ang Lee, la pareja formada por Elinor (Emma Thompson) y Edward (Hugh Grant) consigue unirse en matrimonio después de muchas vicisitudes)

Un personaje tan desagradable y malvado como Fanny Ferrars Dashwood tenía que tener su merecido y, aunque Jane Austen no es para nada una escritora moralista ni de moralejas, está claro que no pasó esto por alto. De esa manera, tiene que soportar que una advenediza sin fortuna se case con su hermano mayor, Robert, heredero, él sí, de la fortuna y que su segundo hermano, devenido en pastor gracias a la ayuda del magnánimo coronel Brandon (qué gran personaje este) se despose con su amada, que no es otra que Elinor Dashwodd. 

¿Quería decirnos algo más Jane Austen cuando casa a Elinor, el sentido, con el hombre al que ama y, en cambio, despoja a Marianne, la sensibilidad, del que ella desea para que termine sus ideas con un hombre bueno pero por el que no siente pasión? ¿O será que, en cierto modo, ambas hermanas terminan asimilándose la una a la otra y, al final, ni Elinor es tan sensata ni Marianne tan impulsiva? 
Este es uno más de los misterios de Austen, que aparecen cuando lees sus obras con la mirada atenta de quien sabe que entra en un paraíso indescifrable de emociones sin límite. 


viernes, 9 de diciembre de 2016

Siete libros que he disfrutado leyendo en 2016


Me llamo Lucy Barton de Elisabeth Strout (Duomo / 1984, 16,80 euros). Una escritora con un pasado lleno de penurias convalece en el hospital con su madre al lado, en una última oportunidad para su reconciliación. Cualquiera de nosotros se ha preguntado en alguna ocasión si hizo todo lo que estaba en su mano para que la relación con su madre haya sido positiva. Las respuestas son muchas y las tuyas, como las mías, quizá no coincidan con las de la autora. Pero estoy segura de que pensarás en ello desde otro punto de vista. Te perdonarás a ti misma. Te entenderás mejor. Y la entenderás a ella. 


Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff (Errata Naturae y Periférica / La Campana, 23,95 euros). La historia real de la madre de la autora, una judía de la burguesía berlinesa que vive una juventud liberada hasta que topa con el ascenso de los nazis. Este es uno de esos libros que lees y recomiendas. Y luego resulta que hay mucha otra gente que ha hecho lo mismo, leerlo y recomendarlo. La fuerza del boca a boca y la huracanada eficacia de los blogs de lectura (a los que los autores deberían agradecer su desinteresado esfuerzo) han hecho del libro un best-seller de los buenos, no de esos que nadie lee y que se colocan en la estantería sin deshojarlos. 


Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin (Alfaguara / 20,90 euros). Los cuentos de Lucia Berlin extraen su material, pasado por la ironía, de la dura vida de su autora: padre itinerante, madre fría, tres matrimonios fracasados, dependencia del alcohol, dolor y escaso reconocimiento en vida. En Lucia Berlin se halla una voz desposeída. Una persona aparentemente fracasada que se reconcilia con la vida a través de la memoria que dejan sus relatos. Todos los que escribimos sentimos que algo nuestro debería quedar, pero no todos tenemos el talento suficiente, esa varita mágica que nos distingue. En el caso de Berlin están esos personajes tratados con reverencia y con una mirada compasiva y brutal. 


Las dos señoras Grenville de Dominick Dunne (Libros del Asteroide) Nueva York, años cuarenta del siglo XX, una familia bien tiene que soportar que una corista se case con su hijo más querido. Como si fuera una crónica de sociedad bien hecha, un relato de esos que nos llaman la atención en las revistas de colores, aquí todo transcurre entre el lujo y la sordidez. Porque no es oro todo lo que reluce y porque el autor ha querido que las luces y las sombras tengan igual peso. El personaje de la segunda señora Grenville es brutal, una de esas mujeres inolvidables que bien podían protagonizar un foto-call o una soirée con ministros. 



En manos de las furias de Lauren Groff (Lumen) La historia de Lotto y Mathilde, dos jóvenes que viven una historia de amor y entrega durante más de veinte años. Pero el destino se impone y el matrimonio se tambalea. Las contradicciones surgen y también la tradición. Este es, de todos modos, un relato inquietante. La forma de narrar las relaciones entre los dos; la personalidad de cada uno de ellos; los entornos; las familias, todo tiene un aire de tremenda contrariedad, como si a cada paso estuviéramos esperando una llamarada, algo que eleve el tono de la narración y lo haga tan voluptuoso e incesante como una novela de misterio. 


A contraluz de Rachel Cusk (Libros del Asteroide). Una novela sobre cómo nos contamos historias y tejemos el relato de nuestras vidas. En sus páginas aparece una gran variedad de seres humanos a los que retrata con autenticidad y hondura. Hablar, hablar, hablar. Decir lo que somos, salir de nosotros mismos, comunicarnos, verbalizar. Dicen que las personas necesitan hablar y descubrirse. Que, cuando las palabras se guardan y se esconden, algo se pudre, se muere, se convierte en detritus. La capacidad de la protagonista para escuchar y aprovechar lo que escucha es un elemento que nos recuerda a las contadoras de cuentos clásicos de la historia. Pero los conflictos son actuales, terribles, llenos de verdad, de fuerza, de emoción. 


Una vista del puerto de Elizabeth Taylor (Gatopardo ediciones). Las relaciones afectivas y familiares en las clases medias y altas británicas, a partir de la vida en un pequeño pueblo de la costa inglesa, durante los años posteriores a la segunda guerra mundial. Tener un amante, ocultar el amor, fisgonear lo que pasa en la casa de al lado, contemplar la vida de los otros desde un burladero aparentemente apacible. Ser normal. Ser diferente. Estar a tono con lo que todos esperan de ti, convertirse en algo que nunca has querido ser. Sufrir y soñar, todo en uno. El arte y la vida, a la espera. Difícil decisión, difícil encuentro de expectativas. Este libro no es lo que parece, que no te engañe su apacible portada. 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Flaubert o Sand


(Stuart Davis)

Hubo una disputa entre Gustave Flaubert y George Sand en lo que respecta al sentido de las novelas. Flaubert es el padre de Emma Bovary y considera que escribir es un acto intelectual que no puede revestirse de la propia experiencia. Hay que guardar en un cajón los sentimientos para que las palabras fluyan. Así lo afirma sin que titubee. De esa forma, lo que el escritor cuenta es la vida de los otros. No hay ni un ápice de yoismo en esa interpretación de la novela y sus personajes muestran lo que son independientemente de la propia opinión del escritor. 


(Stuart Davis) 

Muy al contrario, para George Sand no es posible escribir sin que se trasluzca, más o menos, el sentimiento y las emociones del que escribe. Salen a la luz en forma de palabras, se cuelan en las rendijas del argumento, cubren de llanto o de verdad las expresiones de los personajes y, en fin, todas impregnan la vida narrada. No se contrata de contar la vida del que escribe, sino en escribir desde la vida. Escribir desde la vida es algo que no todos los escritores entienden, pero, sin duda, los que así lo hacen defienden su derecho a la permeabilidad de las palabras. Nada hay más dudoso de creer que unos sentimientos que se atribuyan a los demás sin que el que los narra reconozca haberlos sentido alguna vez. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Ahí empezó todo

En la calle, bulliciosa de por sí, se formó un jaleo de campeonato. La puerta del número 39 se había abierto estrepitosamente y dos de los hijos de la familia aparecieron en ella, con cara de pocos amigos, portando a rastras unas cajas de gastada madera que no tenían cubierta. 

Nadie podía ver lo que contenían, porque los espectadores espontáneos que llegaban atraídos por el ruido, no tenían suficiente ángulo de visión. Pero la niña de la casa de enfrente saltó por encima de los pies de los otros y se plantó delante y asomó la cabeza y metió la nariz y descubrió los libros. 

¡Son libros, son libros! gritó. Y el grupo de mirones se fue dispersando. A buenas horas iban a pararse en libros a la hora de la siesta porque a aquellos imberbes se les hubiera ocurrido hacer limpieza de buhardillas….

Pero la niña entonces se sentó en medio de la calzada, que era de piedra, dura, gris y a veces transparente cuando la lluvia la regaba, y empezó a rebuscar con cierto gesto compulsivo, sacando de la caja los libros y regándolos a su alrededor mientras leía los títulos y manoseaba las portadas. 

Así estuvo un buen rato, tanto que llegó el anochecer, esa hora indecisa en la que no se sabe si comienza o acaba el día y que, por eso mismo, a ella no le gustaba. Pero, en esta ocasión, absorta en la caza de los libros no pudo evitar que las sombras de la noche golpearan de pronto su cabeza y le recordaran que ya debía estar en casa. Mientras tanto, los hermanos porteadores se habían marchado y no quedaba ni un alma en la calle salvo los libros, si es que tienen alma, la niña y las cajas de vieja madera. 

Una vez hubo terminado la inspección convino en que casi todos los libros le gustaban. Dos o tres muy pesados de jardinería y alguno de cocina estaban fuera de su interés. Pero tirar libros o dejarlos en el suelo le parecía un pecado. Quiso asegurarse de que podía disponer del hallazgo y llamó a la puerta del 39. Asomó la cabeza la madre, rectilínea y con gesto de pájaro, y le afirmó con monosílabos que sí, no quería los libros, que hiciera con ellos lo que le diera en gana. 

Entonces la niña volvió a su propia casa, rápidamente para que nadie pudiera adueñarse de aquel tesoro, y llamó a su legión de hermanas. Salieron todas: Beatriz, Úrsula, Irene, Inés, Violeta…se asomaron a la puerta y le dijeron que si estaba loca. Jajajajajajaja. Sí, contestó ella, pero ayudadme que tenemos que trasladar todo esto a casa. ¿Todo? ¿Ese montón de libracos y esas cajas vencidas? Sí, todo, afirmó resuelta la niña. Venga, ea, vamos talante.

Se formó allí mismo una extraña procesión que movía los libros de unas manos a otras, llegaban a la casa, los dejaban encima de una mesa, volvían a salir, cruzaban la calle, cogían otros libros y así mucho rato. Y luego las cajas, que amontonaron en la casapuerta en un sitio que no estorbara el paso. Las niñas se reían mientras hacían el trabajo y se empujaban a veces unas a otras, llenas de bromas y de dichos alegres. La noche las sorprendió a casi todas aprisionando un libro entre las manos y leyendo con ansia las palabra impresas. Así ocurrió también los días sucesivos. Algunos de esos libros existen todavía. Podrías verlos si te asomas sin ser visto por aquellas ventanas. En todo caso, leyeron, ya lo creo que leyeron. 

(Ilustración: Interior con chica leyendo. 1905. Henri Matisse) 

Henry James

Mi deuda de gratitud con Henry James es impagable. No solamente por las obras que escribió, sino por el magisterio que ejerció sobre escritores (y escritoras) que forman parte de mi universo literario.  Dicho así suena trascendente y un poco cursi, pero así soy yo, demasiado trascendente y un punto cursi, en honor a mi tierra de origen, donde parece que se originó la palabrita. 

Leer a Henry James es una delicia. Y "La edad ingrata" es buen ejemplo de ello. Me gusta además cómo este hombre realiza una introducción de lo que vas a leer con una cantidad de claves literarias y lingüísticas que me resultan tan interesantes como el contenido mismo.

En el ejemplar que manejo (una edición de 1996 de Seix Barral-Biblioteca Breve), la traducción es de Fernando Jadraque. Tengo que decir, como tantas otras veces, que mi deficiente dominio del inglés me impide disfrutar de estas obras en versión original así que me tengo que fiar de las traducciones y los traductores. 

La portada del libro, la pintura que la ilustra, merece especial atención. Es una encantadora imagen de John Singer Sargent que representa a "Mrs. Fiske Warren y su hija Rachel". Este pintor es muy conocido por parte de todos los aficionados al flamenco, pues dejó algunas muestras de esta temática que son verdaderamente notable.

Aquí es precioso comprobar la calidad de la pincelada, el gesto cómplice de la hija y la madre, así como sus expresiones. Si nos fijamos, la hija tiene una mirada grave que poco acompasa con su edad y es la madre la que esboza una sonrisa y, sobre todo, una mirada pícara, verdaderamente curiosa. A veces los hijos se transforman en nuestros padres. 

El propio James, en el prefacio, explica el motivo de escribir lo que él pensaba que iba a ser un libro "cautivadoramente flaquito" y se convirtió en un "libro gordo". El motivo no es otro que "la percepción que inevitablemente servidor había tenido de la tribulación surgida en ciertas mansiones amistosas y para ciertas madres prósperas ante el a veces temido, a menudo demorado, pero nunca plenamente impedido acceso a primera línea de alguna borrosa hija llegada a la edad de merecer". 

Es un conflicto social, pues, el que está en la base del libro. Y una ciudad, Londres, que era entonces ya más que una ciudad. Un hervidero de situaciones, personajes y actos que podían ser interpretados o, lo que es mejor para un escritor, malinterpretados a conveniencia.

La riqueza de esas situaciones es la base de la novela y de otras muchas obras. Como Nueva York, Londres ha generado una literatura que es un género en sí misma. 

Tradiciones y costumbres de la buena sociedad, la de siempre, enfrentadas a los arribistas, gente venida a más que olvida algunas normas elementales y que necesita ser introducida en los usos adecuados.

Los matrimonios dispares que la movilidad social y el ascenso de determinada clase comercial por medio del logro de fortunas de desigual origen, dan lugar a estas disyuntivas que James se plantea en las relaciones humanas. La inteligencia social es el elemento que ofrece una suficiente argamasa como para hacer posible la convivencia de grupos y personas de procedencias distintas, biografías dispares e intenciones, a veces, perversas, en el sentido menos patológico del término. 

Los hechos que se suceden en el libro tienen amplios matices. Detalles que parecen anecdóticos se van sumando para obtener un cuadro completo de la red de intereses que sustenta a los grupos humanos que en él se retratan.

Es como si el escritor hubiera observado el comportamiento de todos ellos a través de una lente de aumento y así, hasta las pequeñas cosas, adquieren un relieve inusitado. Nos es dado contemplar toda esa suerte de ritos que acompañaban la vida de los grupos sociales en esa ciudad cambiante que era Londres entonces.

"The Awkward Age" publicada inicialmente en 1899, se publicó por primera vez en castellano con esta edición de 1996. El cambio de siglo y la amenaza de los advenedizos está presente constantemente en su desarrollo.

Un entramado de relaciones personales, con los sentimientos en primera línea, con el que dirán enfrentado a los deseos y con las diferencias generacionales al punto, son el adobo de un guiso que no puede resultar más brillante ni lleno de sorpresas.

Concebida a modo de obra de teatro, donde los distintos actos están presididos por espacios físicos diferentes, son los diálogos los que señalan la acción, ellos los que indican cómo son y qué piensan los personajes a los que el autor ha colocado en medio del caos sin darnos mayores indicaciones ni avisos.

Confía en nuestra inteligente adivinación y por eso leerlo es un ejercicio de equilibrismo literario sin pausa.